1/53 La persona como centro, de Carl R. Rogers o cómo no conducir a nadie hacia el suicidio

Si en algún momento te has preguntado por qué hay quien se suicida, La persona como centro, de Rogers, da bastantes pistas.

Llegué a Rogers vía Jalics. Ya saben, un libro te lleva a otro. En distintas páginas de Escuchar para ser, Jalics mencionaba a Rogers como autor imprescindible para trabajar y tratar a personas. Los dos libros son muy recomendables.

De La persona como centro pueden escribirse muchas páginas, pero no será la finalidad de esta entrada. No soy especialista en Psicología. Del libro destacaría su principal tesis, que es una idea que Rogers esparce por numerosas páginas:

“La persona tiene dentro de sí suficientes recursos para la autocomprensión, para modificar su autoconcepto, sus actitudes y su comportamiento autodirigido”.

Carl R. Rogers

De hecho, afirma que igual que existen relaciones que benefician a los individuos en general, hay otras relaciones que las empeoran. A estas últimas hoy las denominamos relaciones tóxicas. Sobre esta idea subrayará la importancia de la escucha del otro de manera comprensiva. Una escucha que alcance a transmitir comprensión, una escucha que atienda de manera empática con el fin de proporcionar la ayuda necesaria para conocer el psiquismo humano.          

Sr. Blumm & Rogers

Rogers defiende que la empatía que desplegamos hacia una persona cuando nos habla es el factor más relevante en una relación. Así, “el estado de empatía o de ser empático consiste en darse cuenta con precisión del cuadro de referencias interno de otra persona, juntamente con los componentes emocionales y los significados a ella pertenecientes, como si fuésemos la otra persona, sin perder nunca la condición de ‘como si’”. Es decir, hay que sentir las amarguras y las alegrías del otro de la misma manera a como este las percibe, pero ojo, sin perder la noción del “como si”. Si pierdes ese enfoque, te identificarás con sus problemas y no es lo idóneo. Eso significa, dice Rogers, que en realidad lo que hay que hacer es estar con el otro, abandonar nuestros puntos de vista y por tanto nuestro yo.

Hoy es difícil escuchar así. Hoy, pienso, es heroico desarrollar ese “escuchar integral”. Escucharemos de manera integral al otro, afirma Rogers, si somos capaces de reformular y expresar con una o dos frases lo que el otro te ha dicho y te ha querido transmitir. Si no, debemos olvidarnos de pensar que hemos estado escuchándole bien, de manera integral. Hoy muy pocos escuchan así. Hoy, con frecuencia, cuando te escuchan, en realidad lo que está haciendo el otro es pensar qué te va a “escupir”. No te escucha, maquina qué va a decirte. No fluye, trampea. Cuando te das cuenta de eso, desconectas.

Rogers ofrece magníficas ideas sobre cómo relacionarnos con los demás. Por ejemplo, cuando decides ser empático con alguien terminas de inmediato con su alienación. Y esto es muy importante porque el receptor de tu empatía se transforma y

“se siente a sí mismo como un miembro de la raza humana. Deja de ser un paria. Es como si el individuo dedujese: ‘Si nadie me entiende, si nadie puede captar lo que significan estas experiencias, es que de verdad estoy mal, peor de lo que pensaba’”.

Pero alguien le escucha. Es la más alta expresión de empatía, escucharle y “aceptar sin enjuiciar”, porque cuando juzgamos al otro mientras nos habla se derruye su aceptación. La verdadera empatía, dice Rogers, “jamás supone la menor característica estimativa o diagnóstica. Este hecho causa una cierta sorpresa en el receptor. ‘Si no estoy siendo juzgado, tal vez no sea tan malo o anormal como pensaba. Quizá no deba juzgarme a mí mismo con tanta severidad’. De esta forma, la posibilidad de autoaceptación aumenta gradualmente”.

La lectura de este libro me ha ofrecido una singular visión del difícil arte de la escucha, sobre todo. Es evidente que cuando establecemos un clima empático capacitamos a una persona a interesarse por sí misma. Oír, escuchar a una persona, es permitirle oírse a sí mismo. Es lo que Jalics reformulaba en su teoría del reflejo. Otra alucinante propuesta, por cierto de Escuchar para ser.

Pero si por algo merece la pena leer este gran libro, si me pidiesen que diese una razón del porqué deberías leerlo sería para que te ilustrases a partir del desgraciado caso de Ellen West. De hecho, el capítulo cuarto lleva por título “Ellen West y la soledad”. Demoledor. Rogers considera el caso de Ellen West un paradigma de lo que sufre hoy el hombre moderno, de la soledad fundamental a la que se ve sometido y que, por desgracia, se desarrolla hasta culminar, en muchísimos casos, en el suicidio. Vivir tu vida de acuerdo con las expectativas de los demás es ahogarte y morir. La misma Ellen West lo deja escrito:

“Si de niña yo era totalmente independiente de la opinión de los demás, ahora la mía depende por entero de lo que los demás piensan”.

Ellen West, mujer suicida

¿Adónde le llevan estos pensamientos? A no saber de modo alguno lo que ella misma siente o cuál es su opinión. Y este es el estado, dice Rogers, más solitario de todos, aquel en el que la persona se separa casi por completo de su propio yo, de su propio organismo autónomo.

En una ocasión, antes de suicidarse, Ellen West escribía:

“Estoy aislada. Me encuentro en una bola de vidrio, veo a la gente a través de una pared de vidrio. Grito, pero ellos no me escuchan”.

Ellen West, mujer suicida

Ella, por desgracia, no pudo experimentar el encuentro, no hubo nadie que pudiese encontrarse con ella tal como era, y aceptarla así.

Y es que ser uno mismo tiene un precio elevado. A mí me lo van a contar…

Es un buen libro. Hacia el final, Rogers transcribe una cita de Lao-Tse. Si bien la percibe simple, contiene algunas de las premisas de su quehacer como terapeuta:

“Si yo dejase de estorbar a las personas, ellas se ocuparían de sí mismas.”

Lao-Tse

Por este motivo, hay que dejar de mandar a las personas, para que obren por sí mismas. Hay que dejar de sermonear al prójimo, para que se perfeccione por sí mismo. Hay que olvidarse de imponerse al otro para que este se convierta en sí mismo. ¡Qué labor!

Dejad en paz a la gente, dejad de dar consejos, dejad de sermonear. Dejad juzgad, haced el favor, por favor.

La persona como centro, de Carl R. Rogers terminé de leerlo el 5 de enero de 2022. Ahora se encuentra en la biblioteca pública de Jaén con la signatura 615/ROG/per, por si te apetece leerlo.

Imagen de cabecera: @marifouzcollage

Un comentario en “1/53 La persona como centro, de Carl R. Rogers o cómo no conducir a nadie hacia el suicidio

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.