En el campo del arte y de la literatura valen menos cien pájaros en mano que el que, para encanto y tortura nuestros, sigue volando

La regularidad de las muchachas en flor no era, no era el título de A la sombra de las muchachas en flor, de Proust, una novela, equis tomos, solo leí el primero, no el segundo ni el… ¿Los leeré? ¿Quién sabe? ¿Es literatura? ¿Tú lo sabes?

Esta semana he decidido que no voy a leer Patria. Siempre me quedará la duda de si era una obra literaria o un producto editorial. Ya nunca lo sabré. Las reseñas de Patria están colmadas de frases estereotipadas y huecas que no me han ayudado a dilucidar qué o qué. Además, ya es un bestseller y hay tan pocas horas buenas y tanto que leer…

Esta semana he reflexionado sobre si soy o no un millennial. No lo sé. Solo sé que tengo un blog alojado en WordPress, cuenta en Twitter e Instagram, donde me hago selfis con libros —que por lo visto a otros les jode— y algunas, muy pocas, una, dos fotos con mis hijos; recientemente regresé a Facebook por culpa de Fernández Mallo; sí, lo cuento en alguno de los párrafos siguientes.

Esta mañana, además, mientras me tomaba el café a las siete menos cinco leí un par de artículos interesantes en Feedly y diez minutos después repartí cinco o seis likes en Instagram hasta que me encontré con esta imagen de Celso Castro que publicó en su cuenta:

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¿La han visto? Pues bien, esa imagen imantó el día y mi imaginación hasta la hora de la cena y me preguntaba, con el café de la tarde, mientras cerraba el libro Hombres en el espacio por qué no conseguía borrar la imagen en la cabeza, ese bolígrafo y esos folios escritos.

Después de trabajar, por la tarde, entré en Twitter y vi en Facebook (entrar en Twitter y ver en Facebook lo llamo nivel millennial premium) a Fernández Mallo sentado donde Wittgenstein. FlipéRegresé, reactivé mi cuenta de Facebook solo para ver todas las fotografías de la hazaña. 

Tanta estimulación (Proust, Patria, Fernández Mallo, Hombres en el espacio, Celso Castro, Wittgenstein) tuvo una extraña consecuencia: me acordé de un libro de Jack London: La llamada de lo salvaje. Lo leí hace tantos años… ¡Eso era! Lo entendí todo pero no puedo seguir por aquí, desvelar mi secreto, porque es algo íntimo, y la crítica lo consideraría pornográfico; sí puedo seguir con Genet. Pues sigo con Genet entonces. 

Me esperaba Genet, decía. Encontré otro día de la semana su por qué empezó a escribir. Fascinante. Lean por qué Genet empezó a escribir:

Creo que tenía entre veintinueve y treinta años. Estaba en la cárcel. Era, pues, en el 39, en 1939. Estaba solo en el calabozo, en la celda. Ante todo quiero decir que yo no había escrito nunca nada, salvo algunas cartas a amigos, a amigas, y creo que las cartas eran muy convencionales, es decir, frases hechas, escuchadas, leídas. Nunca sentidas. Luego, mandé una postal de Navidad a una amiga alemana que estaba en Checoslovaquia. La había comprado en la cárcel, y el reverso de la postal, la parte reservada a la escritura, era granulosa. Y esa granulosidad me había conmovido. Y en lugar de hablar de las fiestas de Navidad, hablé de la granulosidad de la postal y de la nieve que eso me evocaba. A partir de ahí empecé a escribir. Fue un desencadenante. Fue el desencadenante registrable.

[Jean Genet en una entrevista que publicó la revista Quimera en febrero de 1982, en su número 16.]

Y después leí por qué todavía no soy escritor, ni se me espera, gracias a Dios:

La empresa novelesca, tal como la concibo, es una aventura: decir lo aún no dicho, explorar las virtualidades del lenguaje; es la conquista de nuevos territorios expresivos: esos pocos metros de tierra que, como dijo Carlos Fuentes, los holandeses ganan pacientemente al mar. Escribir una novela es dar un salto a lo desconocido: llegar a un lugar insospechado por el autor en el momento de ponerse a escribirla. Cuando se domina una técnica o se ha llegado al fin de una experiencia hay que dejarlas para ir en busca de algo que se ignora. En el campo del arte y de la literatura valen menos cien pájaros en mano que el que, para encanto y tortura nuestros, sigue volando.

[Juan Goytisolo en el número 23 de la revista Quimera de septiembre de 1982.]

La semana transcurrió así. Acabé con la lectura de dos relatos, uno de Sara Mesa y el otro de Inés Martín, que estaban guardados en El cuaderno Caníbal, un librito que recibí como obsequio por comprar en Pálido Fuego. Todos los días me leo uno. Me gustó más el desarrollo del relato de Sara (“La importancia de no entenderlo todo) pero mucho más el final del relato de Inés (Naufragio), pim pam pum.

Cuéntame tú a mí qué es la literatura pero si algo intuí esta semana es que la literatura solo es tener estilo, solo eso, estilo y nada más. Pregúntale a Céline.

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*Todos los meses envío por correo una lista de libros —no la publico en el blog— con los mejor que he leído, por si estás buscando qué leer.

Por eso a veces me tienta colgar textos en internet, porque allí prometen tener una existencia continua

«Diez. Hace varios años comencé a publicar un blog. Un poco de manera inconstante, o descuidada, o las dos cosas a la vez; y creo que lo sigo haciendo de ese modo. Pero su presencia, siendo lateral y a veces extemporánea, cambió en su momento la forma como entiendo mi propia escritura. Este blog consiste en una serie de escritos de distinta índole. No lo tomo como un sitio donde colgar opiniones o anunciar cosas relacionadas con mis libros. Aprovecho el espacio gratuito y las plantillas predefinidas para poner fragmentos textuales, ensayos y escritura dispersa en general. Los comentarios no están activados y tampoco hay enlaces a otras páginas. Es de algún modo un sitio un poco autista, o que pretende ser lo más silente posible. Continue reading “Por eso a veces me tienta colgar textos en internet, porque allí prometen tener una existencia continua”

14 de enero de 2017, página 137 del cuaderno cd8nov2016

img_20170620_235328.986.jpg«14 de enero de 2017

Acabo de descubrir a jose_naranja en Instagram y ahora lo único que puedo hacer es recomendarte que lo sigas. Me fascinan sus cuadernos, cómo los ilustra y qué textos con tanta enjundia escribe. Llegaba de la calle de ver la carrera de san Antón que este año 2017 no he podido correr porque el lunes me dieron cuatro puntos en la región cubital de la mano derecha. He de aprender a dibujar manos y ojos y lápices en perspectiva y [libros].

Decía que llegaba de la calle cuando recibí un tuit personal de @rafasarmentero con el enlace de la cuenta de @jose_naranja. Y así llevo hora y pico, con cena de por medio, curioseando en las fotos de don […] No es una naranja pero como siempre hay que aprender algo, ¿por qué no empezar a dibujar microescenas de la vida cotidiana que me revelan/desvelan/muestran los libros que leo? Es solo una pregunta que me hago y que no descarto hacérmela hasta la extenuación hasta que consiga dibujar la O con un […] o canutillo.

Dibujar, ilustrar demandan un uso de la lentitud excelente. Del buen uso de la lentitud. Ilustrar debe ser PAZ. Quiero disfrutar de la lentitud de la lectura, escritura y dibujatura. Es buscar ensimismamiento en lo que haces y un poquito de excelencia.

Muy agradecido a @rafasarmentero por descubrirme a @jose_naranja. 

@blumm.»

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NO entrar en una biblioteca NO es una imbecilidad

«No entrar en una biblioteca no es una imbecilidad» fue publicado el 17jun/17 en LacontradeJaén.

Hay quien se ha sorprendido de la doble negación del título. No importa. En el artículo escribo sobre qué es lo más importante que le ocurrió a Vargas Llosa en su vida. Hablo de mí, sí, de las visitas que hacía de zagalín a la biblioteca pública. Y que uno no es imbécil si decide no entrar en una biblioteca en su vida pero tampoco es imbécil el desempleado, por ejemplo, que sí decide entrar. Y bueno, denuncio que la biblioteca pública de Jaén tenga la desfachatez de cerrar por las tardes durante los tres meses de verano. Espantoso. Esta es la importancia que tiene la cultura para las instituciones, que suelen estar dirigidas por tipos que ni leen ni sirven a la sociedad.

Los artículos que publico en LacontradeJaén se mostrarán si pinchas en la tilde de Jaén.

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Fue el primer relato que leí que me hizo querer ser escritor

«El globo» es un relato de Donald Barthelme extraído de Prácticas indecibles, actos antinaturales, obra editada en 1972 por Anagrama y que compré cuando leí…

En Aunque por supuesto  terminas siendo tú mismo, en su anexo final, se listan los productos culturales mencionados en el libro. Ahí pude leer que, en una entrevista a Salon de 1996, David Foster Wallace le dijo a Laura Miller que «El globo» fue «el primer relato que leí que me hizo querer ser escritor».

He leído el relato muchas veces, como ustedes imaginarán. Es un magnífico relato. Además, en mi fichero encontré esta cita de Dillard que lo desmultiplica. Disfrutad con su lectura porque será, sin ninguna duda, una buena lectura y una magnífica inversión literaria y más sabiendo que fue principio inspirador para David Foster Wallace. 

El escritor continúa como de costumbre creando un sentido artístico real a partir de lo que no tiene sentido, a la antigua, fabricando así una entidad artística autopertinente. Produce una obra cuyas partes se articulan de forma coherente. Impone al caos un orden estricto. […] La obra de arte puede, como el número de magia de un mago, aspirar a un cierto grado de espontaneidad, de fantasía un punto aleatoria, siempre que los efectos producidos por el conjunto estén calculados y unificados […] En esta unidad estructural es donde radica toda integridad, y la integridad es lo que separa al arte de todo aquello que no lo es.

Annie Dillard en Living by Fiction

 

EL GLOBO, de Donald Barthelme

El globo, comenzando en un punto de la Calle Catorce, cuyo emplazamiento exacto no puedo revelar, se fue extendiendo hacia el norte durante toda la noche, mientras la gente dormía, hasta llegar al Parque. Allí lo detuve; al alba su extremo norte descansaba gracioso y agradable. Pero experimenté una leve irritación al detenerlo aun cuando fuese para proteger los árboles; y no hallando razón alguna que impidiera al globo expandirse hacia arriba, hacia el «espacio aéreo» de las zonas de la ciudad que ya cubría, pedí a los ingenieros que se ocuparan de ello. Esta expansión tuvo lugar a lo largo de la mañana, un suave e imperceptible gemir del gas a través de las válvulas. El globo cubría ya cuarenta y cinco manzanas en dirección norte-sur y un área irregular en dirección este-oeste, que llegaba a abarcar en algunas partes hasta seis manzanas transversales a ambos lados de la Avenida. Tal era la situación, entonces.

Pero es erróneo hablar de «situaciones», porque éstas implican series de acontecimientos que se dirigen a un fin, a un alivio de tensión; no había situaciones, simplemente el globo flotaba allí —marrones y grises sobrios y pesados predominantemente, contrastando con tonos nogal y amarillo suave. Una deliberada falta de acabado, realzada por un habilidoso montaje, daba a su superficie un aspecto tosco y descuidado; los contrapesos que se balanceaban en su parte interior, cuidadosamente ajustados, anclaban aquella enorme y multiforme masa en varios puntos. Ya habíamos tenido una avalancha de ideas originales en todos los medios de comunicación, obras de singular belleza e hitos significativos en la historia de la aerostática, pero en aquel momento sólo existían aquel globo, particular y concreto, colgando allí.

Hubo reacciones. Algunos encontraban el globo «interesante». Como respuesta no parecía ajustarse a la inmensidad del globo, a su súbita aparición sobre la ciudad; por otra parte, en ausencia de histeria o de otra ansiedad socialmente inducida, debe considerarse una respuesta tranquila y «madura». Hubo al principio cierto número de polémicas sobre el «significado» del globo; todo esto se dejó de lado, porque hemos aprendido a no insistir en los significados, y ahora rara vez se buscan, salvo que se trate de los más simples e inofensivos fenómenos. Se concluyó que puesto que nunca podría conocerse totalmente el significado del globo, la discusión no tenía objeto, y que desde luego era menos positiva que, por ejemplo, las actividades de los que colgaban farolillos de papel verdes y azules de su capa inferior cálida y gris, en ciertas calles, o aprovechaban la ocasión para escribir mensajes en la superficie, anunciando su disponibilidad para realizar actos antinaturales, o la disponibilidad para entablar relaciones.

Algunos niños atrevidos saltaban a él, especialmente en aquellos sitios donde el globo se aproximaba mucho a un edificio, hasta el punto de que la distancia entre el globo y edificio era de unos centímetros, o en los puntos en que el globo realmente tocaba el edificio, ejerciendo una ligerísima presión sobre el costado de éste, de modo que globo y edificio parecían una unidad. La superficie superior estaba estructurada de forma tal que semejaba un «paisaje», pequeños valles y también leves lomas y montículos; una vez arriba se podía dar una vuelta, e incluso hacer un viaje, de un punto a otro. Era un placer poder correr inclinado hacia abajo, después subir a la loma opuesta, ambas estaban delicadamente graduadas, o saltar de una a otra. Al ser la superficie neumática, era posible rebotar, y también dejarse caer, si se quería. Todos estos variados movimientos, y muchos otros, estaban al alcance de cualquiera. El recorrer el lado superior del globo era extraordinariamente emocionante para los niños, acostumbrados a la piel lisa y dura de la ciudad. Pero el objetivo del globo no era el de entretener a los niños.

Además, el número de personas, tanto niños como adultos, que aprovechó las oportunidades descritas no fue tan grande como podría haber sido: se percibía una innegable timidez, una falta de confianza en el globo. Y también, una cierta hostilidad, debido a que habíamos ocultado las bombas que alimentaban de helio el interior, y a que la superficie era tan vasta que las autoridades no podían determinar el punto de entrada —es decir, el punto por el que se inyectaba el gas— era patente una cierta frustración entre los funcionarios de la ciudad en cuya jurisdicción sucedían normalmente tales fenómenos. La visible falta de propósito del globo era ultrajante (como lo era el simple hecho de que estuviera «allí»). Si hubiésemos escrito, con grandes letras «PRUEBA DE LABORATORIO» o «18 % MÁS EFECTIVO» en los lados del globo, esta dificultad se hubiese salvado. Pero yo no podía apoyar que se hiciese eso. En definitiva, aquellos funcionarios eran notablemente tolerantes, si consideramos las dimensiones de la anomalía, y esta tolerancia era resultado, en primer lugar, de las pruebas secretas realizadas durante la noche que les convencieron de que poco o nada podía hacerse para trasladar o destruir el globo; y en segundo, de que en el ciudadano común se había desarrollado (sin que lo empañaran chispazos de la hostilidad anteriormente mencionada) un cierto cariño hacia el globo.

Al igual que un solo globo puede significar toda una vida de meditación sobre los globos, así cada ciudadano reflejaba, en la actitud que elegía, un complejo de actitudes. Un hombre podía considerar el globo relacionado con la noción manchar, como en la frase El globo manchaba el habitualmente claro y radiante cielo de Manhattan. Es decir, el globo era, desde el punto de vista de este hombre, una impostura, algo inferior que se interponía entre la gente y su «cielo». Pero en realidad estábamos en enero, el cielo era feo y oscuro; no era un cielo que se pudiera contemplar, tendido de espaldas en la calle, con placer, a menos que para ti el placer se derivase de sentirte amenazado, de sentirte maltratado. Y resultaba agradable contemplar el lado inferior del globo, ver aquellos grises y marrones sobrios que predominaban, y que constrastaban con los tonos nuez y con los amarillos suaves y desvaídos. Y así, aunque aquel hombre pensaba manchar, había de todos modos una mezcla de placentero entendimiento en su pensar, en lucha con la percepción original.

Otro, por ejemplo, veía el globo como parte de una serie de recompensas insólitas, como si un patrono llegara y dijera: «Aquí tienes, Henry, este fajo de billetes que he dispuesto para ti, porque nos ha ido muy bien en el negocio, y me gusta mucho la forma en que machacas los tulipanes, sin tu trabajo esta sección no hubiese sido un éxito, o no sería el éxito que es.» Para este hombre el globo podría ser una experiencia brillantemente heroica de «valor y músculo», aunque una experiencia pobremente entendida.

Otro podría decir: «Sin el ejemplo de —es dudoso que—, existiese hoy en su forma actual», y encontrar muchos que estuvieran de acuerdo con él, o que discutieran con él. Se introdujeron las ideas de «hinchar» y de «flotar», al tiempo que conceptos de sueño y responsabilidad. Otros se enredaron en fantasías notablemente detalladas en torno al deseo de perderse en el globo, o de engullirlo. El carácter privado de estos deseos, de sus orígenes, profundamente enterrados y desconocidos, era tan acusado que apenas se hablaba de ellos; existen, sin embargo, pruebas de que estaban muy extendidos. También se discutió la idea de que lo más importante era lo que sentías cuando estabas bajo el globo; algunas personas proclamaban que se sentían cobijadas, abrigadas, como nunca se habían sentido antes, mientras los enemigos del globo se sentían, o decían sentirse, oprimidos, con una sensación de «pesadez».

Las opiniones de los críticos estaban divididas:

 

«monstruosos abultamientos»

 

 

«arpa»

 

XXXXXXX «ciertas contradicciones con las porciones más oscuras»

 

«alegría interior»

 

«esquinas grandes, cuadradas»

 

«el eclecticismo conservador que ha regido durante tanto tiempo el diseño moderno de globos»

 

 

:::::::: «vigor anormal»

 

«cálidos, suaves, lánguidos pasajes»

 

«¿Ha sido sacrificada la unidad en aras de la expansión?»

 

«Quelle catastrophe!»

 

«puro parloteo»

 

 

La gente comenzó, de modo curioso, a situarse en relación a aspectos del globo: «Será en aquel lugar donde se hunde en la Calle Cuarenta y Siete, casi junto a la acera, de Alamo Chile House», o, «¿Por qué no subimos arriba y tomamos el aire, y si nos apetece damos una paseíto, donde forma una línea gruesa y curvada con la fachada del Museo de Arte Moderno…?» Las interesecciones marginales ofrecía accesos durante un tiempo determinado, así como «cálidos, suaves y lánguidos pasajes» en los que… Pero es un error hablar de «intersecciones marginales», todas las intersecciones eran cruciales, no podía ignorarse ninguna (como si, caminando allí, no pudieras encontrar a nadie capaz de volver tu atención, en un instante, de viejos ejercicios a nuevos ejercicios, riesgos y escaladas). Toda intersección era crucial, unión de globo y edificio, unión de globo y hombre, unión de globo y globo.

Se sugirió que lo que se admiraba en el globo era en definitiva esto: que no estaba limitado o definido. A veces un abultamiento comba, o sub-sección se desplazaba hacia el este en dirección al río por su propia iniciativa, al modo de las maniobras militares sobre un mapa, tal como se ve desde el cuartel general lejos del combate. Después aquella porción sería, de algún modo, arrojada otra vez atrás, o retrocedería a otras posiciones nuevas; a la mañana siguiente, aquella porción habría hecho otra salida, o desaparecido totalmente. Esta capacidad del globo para cambiar de forma, para transformarse, resultaba muy agradable, sobre todo para los que tenían sus vidas estructuradas de modo rígido, aquéllos para los que el cambio, aunque deseado, era inasequible. El globo, durante los veintidós días de su existencia, brindó la oportunidad, con sus caprichos, de un vuelo libre del yo, en contraposición con la red de senderos precisos, rectangulares que había bajo nuestros pies. El volumen de práctica y de especialización necesarias, y el consecuente deseo de tareas a largo plazo, se deben a la importancia siempre creciente de una compleja maquinaria, prácticamente en todos los tipos de operaciones; dado que tal tendencia se incrementa, cada vez se volverá más gente, en un desesperado desajuste, hacia soluciones de las que el globo podría considerarse un prototipo, o «borrador».

Yo te encontré bajo el globo, con ocasión de tu regreso de Noruega; me preguntaste si era mío; te dije que sí. El globo, dije, es un desbordamiento autobiográfico espontáneo, que tiene relación con lo incómodo que me siento cuando estás ausente, y con la abstinencia sexual, pero ahora que tu visita a Bergen ha terminado, no es ya ni necesario ni adecuado. El traslado del globo fue fácil; camiones de remolque transportaron el armazón desarmado, que está almacenado ahora en West Virginia, aguardando otro período de infelicidad, quizás algún otro día en que nos enfademos.

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«¿Qué sería yo capaz de hacer si me dedicara a escribir en vez de…?»

Hemingway dijo una vez que el primer borrador de todo lo que escribía era una mierda.

Y es verdad, lo puedes comprobar tú mismo con cualquier cosa que te salga del tirón.

En el minuto 56:17 de esta entrevista Vicente Luis Mora explica qué le ha sucedido cuando ha profesionalizado su escritura. Profesionalizar su escritura es escribir en serio y no hacerlo solo en los ratos libres y fines de semana. Y se preguntaba al final de la entrevista «¿Qué sería yo capaz de hacer si me dedicara a escribir en vez de…?» Completen el espacio blanco y profundo que dejan los puntos suspensivos. A mí la pregunta me ha dado un revolcón y ha provocado la escritura de estas letras. Continue reading “«¿Qué sería yo capaz de hacer si me dedicara a escribir en vez de…?»”

No estés donde no deberías estar

No estés donde no deberías estar

«Ni en las terminales de aeropuerto de vuelos nacionales o a otros puntos de destino, ya sean comunitarios o al resto del mundo. Ni en las líneas de metro, trenes, y autobuses, por muy seguras que te parezcan. Ni en cafés, discotecas y otros locales de esparcimiento nocturno. Ni en oficinas, talleres, fábricas y demás lugares de trabajo. Tampoco en edificios administrativos, bancos y hospitales habitualmente atestados. Ni en estadios, conciertos raperos ni sitios incluidos por las agencias de viaje en sus circuitos turísticos. Las horas punta y los atascos urbanos son particularmente peligrosos. Como los ascensores, rascacielos, grandes almacenes y aparcamientos subterráneos.

Sobre todo, no te quedes en casa a hojear los periódicos, seguir la tele o follar con tu cónyuge. Éste será siempre nuestro objetivo estratégico primordial.»

Juan Goytisolo en la página 94 de El exiliado de aquí y allá, Galaxia Gutenberg, 2008, leído entre el 9 y el 10 de junio de 2017. Había, de alguna manera, que rendir un homenaje leído a este singular escritor español.

Aprovecho para listar tres artículos que he leído y que te recomiendo leer si eres, sobre todo, un alumno que está preparando la selectividad, o la PAU, o como te hayan dicho que hay que decirlo. Tres estilos distintos para que, si te cae el texto, puedas relacionar uno con el resto, y viceversa. Ojalá Juan Goytisolo te ayude a sacar el 10. Lee:

  1. Goytisolo en su amargo final“, de Francisco Peregil.
  2. Juan Goytisolo, el exiliado incómodo de una España sin remedio“, de Alberto Olmos.
  3. Juan Goytisolo, el escritor que sabía mirar“, de Vicente Luis Mora.

También he visto dos veces esta entrevista. Sí, también te la recomiendo. Aquí —parece ser— Almería salvó a Juan Goytisolo como escritor. Mira:

No voy a pedir perdón por leer en inglés. ¿Se pide perdón por leer en español?

Recordad que la mediocridad depende del contexto —David Foster Wallace

La cita está extraída de la página 326 de La broma infinita. Llevo un par de meses con ella. Son mil doscientas y pico páginas de materia gris literaria. Mi error como lector es simultanear dos y tres libros a la vez y por eso, con este tipo de libros establezco un ritmo de lectura diario de veinticinco minutos. Es mi unidad de lectura o el pomodoro de lectura.

Cuando leí la entrevista que Alberto Olmos le hizo la semana pasada en El Confidencial a Ray Loriga a propósito de su última obra, Rendición, enseguida la relacioné con la cita que encabeza la entrada. Y no, no, Ray Loriga no es un escritor mediocre; al menos para mí, advierto. De la entrevista me entretuve en capturar, arrastrar y pegar tres fragmentos que me resultaron interesantes; léanlos, huelan el pegamento y seguimos: Continue reading “No voy a pedir perdón por leer en inglés. ¿Se pide perdón por leer en español?”

Leer te mantiene callado; piénsalo

Un libro es una ventaja secreta —Ryan Holiday

Había doscientas maneras de empezar este proyecto, este blog y esta entrada, hasta este párrafo. Elegí la que estás leyendo. Si mear en la nieve sí que sienta bien, como diría DFW, crear un sitio nuevo también. Y es que lo pienso: «Siempre es mejor escribir en un blog que no hacerlo».

No hay vuelta atrás. Lo hago de nuevo. Anteayer se lo leí a James Altucher en Reinvent Yourself: Picasso lo hacía cada cinco años. ¿Qué hacía Picasso cada cinco años? Reinventarse. ¿Se imaginan a Picasso pintando siempre cuadros azules? No. O, ¿se imaginan a Vila-Matas escribiendo dietarios volubles sin parar? Tampoco. Este escritor se reinventa con cada nuevo libro. Continue reading “Leer te mantiene callado; piénsalo”