Del imposible lenguaje de la noche

Siempre que leo un libro que me sorprende y compruebo que apenas han escrito sobre él, me acuerdo de Holden Caulfield cuando decía aquello de “y todas esas gilipolleces estilo David Copperfield”. Hablo de El imposible lenguaje de la noche, de Joaquín Fabrellas (Chamán Ediciones, 2020), que no es una gilipollez estilo David Copperfield, sino una ópera prima digna de cualquier suplemento cultural de tirada nacional. Pero claro, es lo que respondía el otro día Alberto Olmos en una entrevista de la revista Centinela cuando le preguntaban si se veía como director de Babelia. Fue rotundo: “Sin ningún problema. El mito de Babelia es que la gente cree que es como un sanedrín de sabios infalible, un poco como el Nobel. No, es gente como tú y como yo; y si yo fuera su responsable, pues obviamente muchos de los que se pasean por sus páginas no saldrían y muchos que no salen nunca ocuparían la portada. La cultural, oficialmente, no es más que eso”.

El imposible lenguaje de la noche me ha sorprendido. Así he empezado este texto. He de revelar que tuve la oportunidad y la confianza del autor para leer el primer borrador del original de la novela, pero la versión final ha sido un espectáculo inesperado. Ya saben que aquí no se escriben reseñas, sino que se glosa, o se comenta, se talycualea sobre libros. A secas. Como no nos debemos a nadie, escribimos cómo y sobre lo que nos da la gana. Por este motivo, porque aquí no escribimos reseñas, les dirijo a una de las mejores reseñas que he leído sobre El imposible lenguaje de la noche. La firma Pedro Mármol para la revista Turia. En este vínculo están los porqués hay que leer esta pieza literaria.

Pero soy de comparar. En Literatura hay que comparar. Así que lo primero que hice cuando terminé de leer la novela de Fabrellas fue buscar un texto que condensase lo que había leído. Y lo encontré. Tenía un libro que comentaba Los vagabundos del Dharma. Era un texto que encontré tan preciso e idóneo para El imposible lenguaje de la noche que me sorprendí. Yo pensaba que Los vagabundos era una obra que pertenecía a Gary Snyder, pero buscando qué editorial lo había publicado comprobé que era de Kerouac, y que había editado Anagrama en la colección Compactos. El texto al que hago referencia y que utilizo para comparar la novela de Fabrellas con la de Kerouac es el siguiente. Tan fetén: “Su escritura automática se basa en las variaciones e improvisaciones sobre un tema apoyado en ritmos rápidos y recurrentes. Eso da la apariencia de un desvío del tema y de caos, pero en realidad consigue una estructura basada más en la armonía que en la melodía. Las improvisaciones, además, persiguen leves disonancias y se realizan en un estado casi de éxtasis”.

Sí, no tengo dudas. Este es un texto que encarna lo que he experimentado de la mano del protagonista de El imposible lenguaje de la noche, Paul Demut. Ahora solo me alegro de haber leído una novela con tanto ritmo en sus capítulos, sobre todo, y por gozar con algo tan bien tirado y hecho al modo bukowskiano y kerouaciano.

Tengo que leer es una perífrasis de obligación que refuta una de las más ciertas leyes de la termodinámica literaria: un libro te lleva a otro. Así que Los vagabundos del Dharma queda apuntado en la lista de desideratas.

Sin banquito de madera

Llevo unos días obsesionado con un banquito de madera, bueno, con el banquito de madera de un escritor que es profesor y muy padre. Lo de muy padre lo escribo porque tiene seis hijos. Mi padre, por ejemplo, también es muy padre. Y mi madre, muy madre, claro. Soy el mayor de diez hermanos, pero eso ahora no viene a cuento, muy hermano.

Decía lo del banquito. Llevo toda la semana intentando imaginar cómo es el banquito de madera de Jesús Montiel y aún no lo he conseguido. Hasta le he enviado el artículo a mi hermano C, que es arquitecto, pero tampoco logra elucubrarlo, y eso que sabe un rato de oración y de fe en las estructuras vigorosas de la vida. Había pensado escribirle al autor de Lo que no se ve (sí, así se titula su último libro –tiene guasa–) un mensaje privado por Twitter para que me enviara una foto de su banquito de madera, pero si bien me da igual que me tome por gilipollas, no lo voy a hacer. No suelo ir por ahí molestando a desconocidos con mis tonterías.

El artículo “Un banquito de madera” fue publicado en marzo de 2020 en “El Debate de hoy”, ese “diario móvil de opinión de España”, que tiene un lema que me seduce, por apocalíptico y sugerente: “Hay jinetes de luz en la hora oscura”, aunque ahora tampoco viene esto a cuento, así que sigamos con el banquito de madera, que es lo que no consigue dibujar mi imaginación. ¿Serían ustedes capaces de imaginarse el artilugio si les enumero sus características?:

a) Puede ir de copiloto.
b) Es de madera. El autor y yo creemos en la madera así: “La madera proclama una vida sin aditivos, añeja, con la que me siento más retratado que con el plástico”.
c) Es un objeto inútil para ti, pero no para el autor ni para mí, por supuesto. Desde que he leído el artículo quiero un banquito de madera. Conseguiré mi banquito de madera.
d) Es desplegable. Y aquí comienzan las dificultades. ¿Qué coloca debajo para sentarse y estar cerca del suelo? Arriba he conjeturado que puedo ser gilipollas, pero la verdad es que no logro dibujar en mi imaginación esta imagen: “Y luego despliego las patas de mi banquito, que coloco debajo para sentarme cerca del suelo, a una altura simbólica, que me recuerde la gravedad. Uno las dos manos a la altura del pecho y entro en mi silencio”.
e) Soporta el peso de un varón de talla normal, es decir, de ochenta y tantos kilos: “De rodillas, encima de mi banquito y con los ojos cerrados, hago una pequeña oración que me ayude a ser tonto”. Si me comparo con el autor, no estoy tan lejos. Jesús, rezando así, pretende ser tonto y yo ya soy gilipollas, por lo que intuyo que todo me resultará más sencillo. Además, cuando leo esto, empiezo a conmoverme:

“Quiero decir descender desde la idea, lo que llamamos inteligencia o cerebro, hasta el lugar del corazón. Normalmente vivo arriba, como todo el mundo. Vivir arriba significa hacer planes, lamentar las culpas del pasado, conjeturar lo que la gente piensa acerca de uno, vivir temiendo la enfermedad, la humillación, no ser considerado. No estar enraizado en lo que está sucediendo sino a merced del ego, esa muralla entre la realidad y la nuestra sustancia. Señor de los casos perdidos y los analfabetos, murmuro”.

Les revelo que estoy trastornado desde que he leído este artículo. Primero porque no logro imaginarme el banquito de madera y segundo porque he comenzado a retirarme todos los días media hora, aunque no tengo banquito, ni icono, pero sí una silla de madera, y una vela y…, bueno, un crucifijo de madera muy bonito con una imagen de la Virgen de Guadalupe en el crucero que me trajo R desde México. No obstante, para mi próximo cumpleaños, hacia octubre si Dios quiere, le he pedido a R –que dibuja muy bien– una réplica del icono de la Trinidad de Rublev, que es la imagen emblemática de los Amigos del Desierto. Soy un amigo del desierto, pero sin banquito de madera. Por culpa de Jesús.

ACTUALIZACIÓN 24/01/2021, 20.48 h:

Actualizo la entrada en el mismo día puesto que Jesús Montiel ha publicado las fotos de su banquito de madera en Twitter. Con ello ha aliviado mi imaginación. Muchas gracias, Jesús:

Oppiano Licario, de Lezama Lima

Oppiano Licario.
José Lezama Lima.
Alianza Tres Era,
Madrid, 1983. 292 páginas

La mejor manera de empezar el año como lector es, quizá, calibrando las futuras lecturas de 2021 con una lectura redonda, literaria, una lectura que colme todos mis estándares literarios. Recuerdo que el año pasado fue La suerte de Omensetter, de William H. Gass y a este recién estrenado año le ha tocado Oppiano Licario, de José Lezama Lima.

Definir cuáles son mis estándares literarios me parecería una tarea insufrible para quien ahora me lee, pero si tuviese que resumir entre qué mínimos y máximos oscilan, no dudaría en parafrasear lo que escribió Juan Goytisolo acerca de Oppiano Licario en “¿Un mundo sin contemplativos ni poetas?”

Oppiano Licario no está concebida para el lector habitual de novelas. Para leer Oppiano Licario hay que despojarse de todos los hábitos y las comodidades que los lectores traemos de serie. En esta obra no vamos a encontrar personajes realistas, ni acciones fáciles de seguir y mucho menos diálogos resultones. Oppiano Licario se construye sobre una sucesión de imágenes y asociaciones de ideas que entretejen una materia literaria, una urdimbre y una trama que constituyen una “insólita combinación de motivos y temas sutilmente enlazados”. Así, advierte Goytisolo: “Una sola página de Oppiano Licario contiene mayor incentivo literario que la suma total de una treintena de novelas ordinarias plebiscitadas por el público”.

Lezama en Oppiano Licario es difícil porque la trama está muy diluida y el argumento se esconde para superdotar a cada línea del texto de tal concentración de tropos que no hay más remedio que reconocer que la prosa de Lezama es prosa viva por evocación, “llena de sorpresas, capaz de unir los extremos y reconciliar lo opuesto”.

Hay carga simbólica en Oppiano. Hay concentración de saber enciclopédico. Hasta me atrevo a compararlo con Los reconocimientos de Gaddis. Poesía mucha, “alquimia poética” más bien, y por encima de todo, una arrolladora fuerza creadora de literatura fresca.

El libro funciona como opiáceo literario. Enterrar un hermano en él es “la ausencia de lo real que produce una presencia de lo irreal ofuscadora”. Una orden puede enunciarse así: “No vayas a despeñarte desde el gnomon alejandrino a la moralidad esópica. La cerveza te engorda el pensamiento, la moraleja es la grasa”. Aparecen reflexiones imaginativas como “El hombre del norte africano siente constantemente que la vida va a morir y que la muerte va a vivir, tiene un sentido vegetativo de la muerte, el sumergimiento dentro de la tierra significa la reaparición heliotrópica, los cambios ordenados por la energía solar. Eso lo siento vivazmente en el cuadro de “El Aduanero” La gitana dormida”. Las comparaciones son geniales y por tanto, inolvidables: “Cidi Galeb empezó a rondar la casa y el barrio de Fronesis con la obstinación de Raskólnikov”. Los llantos, llantos: “Lloraba como un manatí y enseñaba unas tetas grandes como jarras de cerveza”.

Por cualquier página el agotador desparpajo de la literatura de Lezama parece un insulto a nuestra inteligencia por cómo vapulea nuestra imaginación. En Lezama, ¡hasta los coprolitos se enfrentan!: “Dos coprolitos, mierda endurecida del terciario, que se huelen uno a otro para calentarse las almorranas”. Y sexo, cómo no, sexo de imagen tórrida: “así el acto sexual para el cubano es como comer en sueños”.

Hay un gato que muere. En la página 132 de la edición de Alianza se describe el desollamiento de un pobre gato y es que “Licario decidió cortarle la cabeza al gato, para aflojarle los dientes. Fresco por la caricia de la hoja, el cuchillo se adelantaba a vértebras, venas y tendones. La cabeza del gato volcada sobre su furia, no parecía adivinar la caída del cuerpo. Prendida al brazo, la cabeza del gato como una gorgona etrusca, recobraba una salvaje autonomía”. Antes del desuello se lanzaba una surrealista advertencia: “Así no se quemaba su piel, se protegían sus anfractuosidades testiculares, pues cuando el hombre vuela, sus pelotas son de oro”. Magia.

Tanta cultura y sapiencia destila Oppiano Licario que cualquier referencia mundana podría ser descrita así: “Toda cultura fluía como una comparsa en un Día de Reyes, dirigida por un farol y un perro”.

No sé si a estas alturas les he convencido para que lean Oppiano Licario, requeteridos lectores, pero si buscan perderse en el bosque de la literatura de Lezama y al mismo tiempo quieren comprobar cómo les patina la imaginación, no tienen más que atreverse a comprar o a tomar prestado de una biblioteca Oppiano Licario: “Estoy convencido de que todos ustedes son unos radicales perdedores de tiempo. Están disfrazados de un bisuterismo demoníaco, que a ustedes mismos les provoca risa. No tienen la gracia ni el destino y se ven obligados inexorablemente a copiarse a sí mismos”. Opio o leer lo de siempre porque con la escritura de Lezama te va a pasar lo que le pasaba a uno de sus personajes, que cuando veía una palabra al lado de otra le daban deseos de soplarlas para que la copulación fuera más frenética. Te lo aseguro.

Puedes comprar Oppiano Licario en las librerías de viejo que aún lo tienen en existencias.

Libros que ocuparon mi seso en 2020 (y VII)

La serie acaba hoy, aunque tenía decenas de libros de los que hablar. Pero no hay tiempo para entretenerse. Elegiré, entre los libros que leí cada mes, un título. Para eso voy a aplicar el criterio que aplicaba Goytisolo para discernir la buena literatura. Si me lo releería, sálvalo. Quedan seis meses, y aquí están los seis libros que releería.

Junio me lo dio Torné con su El corazón de la fiesta. Se quedaron finalistas La merienda de las niñas, de Cristina Morales y un flojucho La piel, del Molino. Son bastantes páginas las que tengo llenas de anotaciones del libro de Torné. Iba a escribir algo más extenso, pero el vórtice vital succiona con tal fuerza que ahí se quedan por ahora, archivadas. Pero hay que destacar el libro por su estilazo, su léxico y la voz narradora, de la que me quedé prendado. A mí los bastardos me daban un poco igual, incluso el tema, a mí lo que me ha gustado de la novela de Torné es el ejercicio de escritura tan brillante que gasta. Tropos, giros, perlas y psicología femenina. La novela da lecciones de cómo hay que usar un narrador en ficción, en este caso narradora. Qué tía.

Julio quedó marcado como el mes en que releí por segunda vez Don Quijote de la Mancha. Y vuelve a ser marcado para otra. No sé la vida. En segundo y en tercer lugar estuvieron El talón de hierro¸ de Jack London y Lectura fácil¸ de Cristina Gª Morales. El Quijote los devoró.

Agosto hubo lucha entre El libro vacío y los años falsos, de Josefina Vicens, y No leer, de Alejandro Zambra. Quedaron finalistas El mito de la izquierda¸ de Gustavo Bueno, La vida privada de los árboles, de Alejandro Zambra y una relectura para sacar brillo al método de organización personal que practico, el que ofrece Bullet Journal, de Ryder Carroll. Lo de Zambra es espectacular. Un bravo para él. Seguiré leyendo su obra, sin ninguna duda. Leed a Zambra, haced el favor.

Septiembre lo entoné con otra relectura, la de El trabajo intelectual, de Jean Guitton. Un clásico. Una sirena ante tanta distracción que nos consume. Los cerebros, antes, estaban mejor oxigenados. El trabajo intelectual se ejercía con sabor. Hoy se tiende al fast food y así nos va.

En octubre señalo dos, dejando en tercer lugar Tormento, de Galdós. En primer lugar sitúo una obrita de Karel Čapek, La peste blanca. Un tipo, como dicen, de certeza profética. En segundo lugar, si bien no es ficción, sino el cuento del embarazo de su mujer y la llegada de su hija Irene es Irene y el aire, de Alberto Olmos. Lo más interesante de este título es el runrún del narrador. Hay secuencias brillantísimas, propias de un narrador inteligente.

Noviembre dos, los Diarios de Uriarte y Las semanas del jardín¸ de Sánchez Ferlosio. Lo de este hombre, lo de Sánchez Ferlosio es un verdadero espectáculo. Todo brilla, todo enunciado escrito es brillante. Uno detrás de otro. Pero lo que más desborda es la semántica anexa. Alucinante. Uriarte, bueno, a Uriarte le dijeron que publicase sus notas y las publicó. Entretenidas.

Y este diciembre, que aún no ha acabado, pasará a mi historia como el mes en que leí El bosque de las letras de Juan Goytisolo. Debería ser lectura obligatoria en Historia y en Lengua y Literatura en el bachillerato. Qué libro tan completo, cómo demuele prejuicios, cómo razona este tipo, qué figura se nos fue, qué artistazo Juan Goytisolo. Sin internet, sin ordenador, sin nada más que un cerebro sano y lector y una mano diestra que daba forma a los pensamientos de don Juan. A Dios gracias.

Libros que ocuparon mi seso en 2020 (VI)

Los libros que ocuparon mi seso en mayo de 2020 estaban escritos en el blog en esta entrada: https://blumm.blog/2020/05/29/la-lista-de-lecturas-mayo-de-2020-5/ Hoy, hago fullería. Disfruten:

Comienzo una lista. Los libros que leo. Una lista comentada, claro. Si cuajase, si no fracaso mejor, publicaré, en la última semana de cada mes, algo sobre los libros leídos. Rebajar el perfil en Twitter se ha traducido en un incremento de las páginas leídas. Créeme, de otro siglo, como en mi juventud.

Hablando de listas. Glosé un artículo de Ignacio Echevarría sobre una literatura de nuestro país. Él esbozaba algunas líneas generales, pero no entró en detalles. Me hice eco titulando la glosa con un refrán extraído del Quijote: Cada puta hile y coma.

Abiertas las flores, recojamos la miel.

1.º Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, de Ángel Ganivet. Madrid, Cátedra, 1988. Edición de Laura Rivkin. 466 páginas.

Ángel Ganivet nació en 1865 en Granada y se suicidó el 29 de noviembre de 1898 mientras atravesaba el río Dwina, en Riga, en uno de los barquitos en que lo cruzaba a diario. Se arrojó dos veces al río porque la primera los pasajeros consiguieron salvarlo, pero en un momento de descuido, logró lanzarse de nuevo. Murió con 32 años ahogado, y ahogada quedó su prometedora carrera literaria. El suicidio, escribe Laura Rivkin, fue resultado de una depresión paranoide, tipo de psicosis fasotímica. Así lo certifica Castilla del Pino. Supe desde un principio que si tenía que escribir sobre Ángel Ganivet comenzaría mostrando el atentado que perpetró contra su existencia.

El libro de Los trabajos es un gozo. Ganivet se propuso con él “la transformación social y humana por medio de inventos originales (…) y es una novela de costumbres contemporáneas”; así la define él. Basada en los doce trabajos de Hércules, solo completó seis. Se corresponden con los seis capítulos de la obra. En el prólogo se dice que Unamuno y Gasset quedaron impresionados con la novela autobiográfica del suicida. Ya se escribían autobiografías en 1892, amigos de 2020. También apunta Rivkin que es “un relato retrospectivo en prosa que una persona real hace de su propia existencia, destacando su vida y especialmente la historia de su carácter”.

Ganivet escribió las 400 páginas en dos meses de 1892. Siete páginas diarias. Sin Mac, ni Word, ni típex. Sin Twitter, además.

Si decides leer esta novela te sorprenderán las mujeres que aparecen en ella. Sobre todo las dos protagonistas: Martina y Mercedes, moza de “insolente hermosura que nació con mal sino” y Martina, mujer con la que convive Pío Cid durante sus andanzas y que conquistó al comienzo de la obra mediante el juego del amor durante una fiesta. Todas las mujeres deslumbran, pero especialmente esas dos. La mujer es plural, enérgica e infatigable en esta novela. Su voz, multitudinaria. Frente a ellas, el antagónico, el hombre, el tío triste e interesado de principios de siglo, el del cliché mustio y apocado. Las mujeres… yo me he enamorado de las mujeres de esta novela, sobre todo de Martina y Mercedes.

Lean antes de morir Los trabajos. Recréense en dos de los clímax de la novela: la reprimenda que Martina le hace a Pío y el magnífico cuento de “Juanico el Ciego (Tragedia vulgar)” incluido magistralmente al comienzo del “Trabajo quinto: Pío Cid acude a levantar a una mujer caída”. Ese cuento es una joya. Atraviesa desde su ficción, la ficción de Los trabajos. ¿Cómo hace eso Ganivet en 1892? Qué efecto tan colosal, es la ficción fractal.

2.º Fundamentos de crítica literaria¸ de I. A. Richards. Buenos Aires, Huemul, 1976. Traducción de Eduardo Sinnot. 194 páginas

Sobre este libro escribí una reseña. No voy a escribir nada más. Para qué. Ahorro un párrafo: “Reseña 2: Con las piernas abiertas como una estrella”. Sí anuncio que pronto comenzaré la lectura de Crítica práctica, del mismo autor y en Visor, 1991.

3.º 10 razones para borrar tus redes sociales de inmediato, de Jaron Lanier, Madrid, Debate, 2020. 192 páginas. Edición para Kindle.

Este libro es la causa de que lleve dos semanas sin publicar casi nada en Twitter. Ahora publica en Twitter mi blog. Lo hace de manera programada y automatizada. Los artículos y entradas que escribo se publican solos. He ganado mucho tiempo. Mucho tiempo es mucho tiempo. Me enganché tarde a la lectura en el confinamiento. Las primeras semanas estábamos todos en Twitter orinando en la tapia y mirándonos la polla. Ahora, hemos regresado al monte para leer y escribir. Leemos y escribimos mejor. Mucho mejor. Di que no. También me he despegado considerablemente de Instagram y Facebook, aunque nunca estuve más de dos meses en esa grimosa red. Pero qué grima da, ¿verdad? Por cierto, ¿aún tienes cuenta en Facebook, so carroza?

Photo by Prateek Katyal on Pexels.com

Se ha escrito mucho sobre este libro. A mí me han convencido los argumentos de autoridad y cierta bibliografía. ¡A qué manipulación nos han sometido! Existe manipulación. Se demuestra. Demasiada. Toda. Mucha. Twitter donde más. Antes de abandonar la actividad en Twitter salías manchado de guerracivilismo. Purgué pronto mi timeline y todo se aclaró. En la vida real no existe lo que hay en Twitter. Twitter no es el microcosmos de nada. Algún día traeré pruebas. Twitter te manipula. Instagram te miente y Facebook, joder ¿todavía estás en Facebook?

4.º El sentido del estilo, de Steve Pinker. Madrid, Capitán Swing, 2019. 351 páginas.

Seis capítulos. Los tres primeros y el quinto no hay malo, esenciales. El sexto anglófilo y el cuarto, por condensación sintáctica. Me quedo con los tres primeros. Son el perfume que le he comprado a mi escritura.

Pinker detectó hace tiempo que en el siglo XXI había que escribir jugándosela. La guerra está en conseguir la atención para que te lean. Frente a Twitter, Instagram, Facebook, Netflix y Radio María, o escribes bien, con una ventana al mundo y maldiciendo todo lo que sabes, o ni con red sujeta con fuerza a un árbol podrás atraer hacia ti a los lectores, y mucho menos si escribes de un modo incoherente tus textos, que son textos malos porque en realidad no sabes escribir hablando, aunque sea escribir con estilo bajo, como decía Garlandia.

Con el estilo clásico que propone Pinker encuentras lo que merece la pena mostrar y le das al lector el punto de vista perfecto desde el cual observar lo que vale. ¿Para qué? Para que te lean, que es lo que quieres que suceda cuando le das al publish; y que presten menos atención a Twitter, claro, y a Instagram, a Netflix y a Radio María. Facebook… en serio, ¿aún sigues en Facebook?

Photo by Kei Scampa on Pexels.com

Es un buen trabajo. Es un trabajo serio y bien estructurado. Conforme pasas las páginas vas cogiendo barro sintáctico. Pero el barro lo despegas para enseñárselo a tus alumnos cuando vayan a tirarte esa piedra negra que llevan en el bolsillo: “Profesor ¿para qué sirve la sintaxis?” Pues mira, zagal, además de para entender que hay gente que encierra moscas en el lavavajillas, “la sintaxis es el código que utiliza la lengua para representar quién hizo qué a quién. Pero también determina la secuencia de un proceso, de anterior a posterior, en la mente del lector. La mente humana solo puede hacer un pequeño número de cosas a la vez, y el orden en el que aparece la información afecta al modo como se maneja y se asume dicha información”.

El sentido del estilo es un libro de estudio y puesta en práctica. Estrategias ofrece. Ya sabes, omitir palabras superfluas, escribir con sustantivos y verbos, colocar las palabras más relevantes al final de una frase y agarrar esta guía de escritura para el siglo XXI que pretende, en definitiva, que dos actos tan naturales como hablar y ver se consigan reflejar perfectamente sobre un papel o una pantalla mediante un acto tan antinatural como la escritura. Cuida tu estilo. Mira, escucha, lee: ¡Si lo haces, estás embelleciendo el mundo!

5.º El público, de Bruno Galindo. Madrid, Lengua de Trapo, 2012. 219 páginas.

«¿Usted es escritor, verdad?»

Ópera prima. Me gustan las óperas primas. Desde que leí la de Barth, La ópera flotante, las comparo todas con ella. Así pondero calidades. Lo siento. El público es una novela con muchísimos tintes autobiográficos. Se intuye. Y lo digo por las abundantes y bien construidas descripciones. Etopeyas y prosopografías que ya saben, sirven para sujetar las imaginaciones. Un protagonista culto desubicado en un mundo mediocre y vano. Autoestima tocada. Por lo menos al principio.

El público comienza con frases cortas. Así es como se levanta el vuelo y más con la primera. Una reunión inicial donde se ha de hablar así, expeditivo. Surgen las metonimias, como la del Anclas y tío Burberry, protagonistas de un mundo donde la prensa está mercantilizada –como ahora– y donde se busca desesperadamente más público. Vaya radiografía del sector. Año 2012.

Curiosidades: ¡Aparece una Blackberry! y aparece la palabra “ensalmo” (como por) en la página 55, pero no aparece Twitter ni Instagram; sí «redes sociales». ¿Bruno Galindo trabaja en una revista literaria, musical? Pregunto porque derrocha sabiduría de oficio en esta novela, que es, como dijo una vez Juan Malherido, generacional también.  

La novela es un derrotero hacia un ocaso existencial, lleno de tropos oscuros y variopintos. Hay literatura, sí. Y hay literatura porque hay tropos. Muchos y bien repartidos. Chulas comparaciones, metonimias a kilos, antítesis hiladas, dispuestas, rozándose con las metáforas.

Eso sí, me quejo. Mira, Bruno, si en el capítulo de la fiesta…, fíjate lo que digo, si hubieses tomado otra decisión… Y me refiero al personaje de la camarera. Yo quería más camarera así como bebo café después de comer. Qué fuerza tenía ese personaje. ¡Pero no aparece más! Reconozco la extraña frustración que me causó no encontrarla más durante la historia. Quiero a esa camarera. Soy un enamoradizo. Con esa camarera se estableció una conexión literaria que hubiese ofrecido a tu novela más brillo, pienso. Y desde luego que al protagonista y a mí más placer. Pero la novela creció de la mano de una patosa borracha.

Después, acontece la historia, un poco ideologizada, sí, pero que te animo a leas. Ten en cuenta que es la primera novela de Galindo y escribir una novela así a la primera no es fácil. Además, es un entretenido puzle. Léela, regresa a esta entrada, y me dejas tu opinión sobre “el protagonista de un libro sobre el fracaso que había escrito su autor más admirado”.  

Libros que ocuparon mi seso en 2020 (V)

“Lo que se comprende en un abrir y cerrar de ojos no suele dejar huella”, decía Gide, André. En abril leí La escuela no es un parque de atracciones, y hasta le escribí una reseña. ¿Fue la primera que tuvo el libro a nivel mundial? Este libro soportaría una relectura en los términos que establece Juan Goytisolo. No es un mero producto editorial, es un ensayo muy pertinente para que los profesores de secundaria que no leen empiecen a leer, primero, y después a practicar algo de lo que Gregorio Luri expone en ese ensayo.

Apunté en las páginas del cuaderno títulos como El mudejarillo y El fútbol no es así de Manuel Mandianes. Algunos más que me sopló Echevarría como Enfermos antiguos. Rafael Narbona también lo hizo, sugiriéndome El dios crucificado, de Moltmann. Rodrigo Blanco, al que conocí por la zasca que le endosó a Carrión en un asunto sobre Amazon, me recomendó The Night, que es un libro suyo, pero da igual. Alguien con esa capacidad de zasquear merecía una oportunidad.

Abril fue un mes en el que recibí recomendaciones golosas, como Caterva, de Filloy, que me recomendó JM Álvarez (ahora te recomiendo que leas sus historias); Zibaldone, de Leopardi me lo recomendó el editor de Gadir Javier Santillán. Por último, una editora de la que nunca pude saber su nombre (entra de incógnito en Twitter), me recomendó El hombre que camina, de Maubert.

Abril fue de leer Ejemplaridad, de Gomá. Se me hizo bola, si se me permite ahora utilizar este vulgar registro. Mi formación en Filosofía es rasa, aunque de vez en cuando enseño mi matrícula de la carrera en ese discurrir. Ese libro de Gomá es duro. Yo ni lo entendí.

También empecé la relectura de El Quijote.

Descubro, como viene siendo habitual, una segunda página dedicada al mes de abril. Quedaron en ella recogidas algunas referencias, de las cuales todavía no he leído ninguna. Cómo ser un estoico, de Massimo Pigliucci, Idearium español, de Ganivet, así como Ángel Ganivet, un iluminado¸ de un tal Herrero. Roberto Colom me recomendó Sin destino, y Ernesto Castro, El artesano, de Richard Sennet.

Ahora que releo la recomendación de Ernesto Castro, pienso que la artesanía está relacionada con esta cita que descubro apuntada en el 1 de mayo de 2020, página 68 del 14º cuaderno de Blumm. Dice así:

“La fragua del hombre está en el cerebro, y el fuelle es la palabra. El cerebro es un antro desconocido; pero la palabra depende de nuestra voluntad, y por medio de la palabra podemos influir en nuestro cerebro. La transformación de la humanidad se opera mediante invenciones intelectuales, que más tarde se convierten en hechos reales.”

Ganivet

Libros que ocuparon mi seso en 2020 (IV)

Marzo. Lo que dice Juan Rulfo me hizo pensar un poco, porque Rulfo afirma que diferenciaba entre lo que él sabía y las mentiras que iba a contar. Mentiras a continuación no hay, puesto que voy a nombrar los libros que ocuparon mi seso durante el mes de marzo de 2020, pero Rulfo se entretenía en discernir qué era lo que sabía, y se cercioraba de qué conocía para empezar ahí, es decir, para decirse que no contaría nada de lo que conocía, sino de lo que no conocía. Era el camino que seguía para centrarse en la pura invención. Si no lo hacía así, decía, se escribía historia o un reportaje.

Rulfo se lo inventó todo. Despegarse de los hechos reales era una obsesión. Además, leo, escribía a mano, con plumas Sheaffer y tinta verde. Pero temía la hoja en blanco que combatía enfrascándose en largos procesos de “escritura automática” para encontrar al personaje y el ambiente donde se desarrollaría todo. Buscaba, escribía hasta que la imaginación cerraba el círculo y hallado lo buscado, perfilaba.

En relación con todo esto que cuento sobre Rulfo, nada de lo que voy a contarte tiene relación con los libros que leí en marzo. O quizá sí. Quizá sea capaz de escribir y escribir en este folio blanco con este bolígrafo –recuerda que cada vez en menos ocasiones escribo el primer texto directamente en el ordenador, sino que lo engendro a mano o en máquina de escribir— hasta que encuentre un personaje. Rulfo escribía a mano y no dejaba de hacerlo hasta encontrar una dirección, una salida sugerente de su personaje o del cuento que estaba escribiendo. Quizá, escribiendo como estoy ahora consiga desembocar en Insolación, de Emilia Pardo Bazán, que fue uno de los libros que leí en marzo por culpa de una reseña de David Mejía que leí en “Rinconete”, revista del CVC Miguel de Cervantes.

Así marzo, entre la novedad de la peste y que fue final de trimestre, además del librito de Pardo Bazán, solo leí en el Kindle El arte de escribir, de Antoine Albalat, por recomendación de un lector de este blog, que me lo insinuó en los comentarios de la entrada “Tropo 309: Para pensar de verdad y a fondo”.

Marzo no dio para más. Si Rulfo hubiese cogido o hubiese tenido que escribir un texto a partir de la realidad que aquí se ha mostrado, hubiese desechado todos los datos fundamentales de la realidad y se hubiese inventado un cuento prescindiendo de todo. Hoy, por el contrario, se trabaja al revés de Rulfo. Hoy necesitas “tu historia y vida” para escribir “tu ficción”. En realidad, hoy se editan más trampantojos que antes. Y a pesar de que la última oración que he escrito puede ser una generalización, yo le cuento a usted que no voy tan desencaminado. Porque, ¿quién inventa narradores así?:

“Cuidado lector: el narrador no es fiable. Bajo una apariencia desgarrada de franqueza y honradez –mientras multiplica los mea culpa y cargos contra sí mismo—no deja de engañarte un instante. Su estrategia defensiva, destinada a envolverte en una nube de tinta, multiplica las presuntas confesiones para ocultar lo esencial. Si a veces se muestra sincero, lo hace porque es un mentiroso desesperado. Cada revelación sobre su vida es una invención derrotada: fuga adelante o política de tierra quemada, acumula a tu paso asechanzas y ruinas con la esperanza ilusoria de impedirte avanzar”.
–Juan Goytisolo en algún sitio del “Manuscrito digital de Juan Goytisolo”.

Después de escribir sobre Rulfo visioné esta entrevista de 1977. Está en RTVE y en YouTube. Ahora soy rulfista:

https://www.rtve.es/alacarta/videos/a-fondo/juan-rulfo-fondo-1977/980963/