Los libros proceden de los libros

Esto hubiese ido de Faulkner si no hubiesen ganado Roth, Camus y Defoe. Es una entrada informativa, una nota-descubrimiento o nota-revelación, como ustedes prefieran, donde se refuta uno de mis lemas favoritos: «Los libros proceden de los libros».

El martes visité la biblioteca pública y en la vitrina de novedades estaban expuestos los dos volúmenes de Las manos de los maestros. Ensayos selectos, de Coetzee (por cierto, me gusta mucho las portadas que ha diseñado Javier Jaén). Me llevé uno, por probar, por saltarme la lista de lectura que configuro cada dos meses y que es la lista más inútil que hago al mes. No me sirve para nada. Comencé a leerlo nada más llegar a casa y ya terminado recomendaría los artículos de los hotentotes, «La ociosidad en Sudáfrica», el titulado «William Faulkner y sus biógrafos» y este que traigo hoy, el décimo, que se titula «Philip Roth y su crónica de la plaga», donde Coetzee analiza, comparando con dos obras, Némesis Elegía. Muy buenos los tres. Gozo. Bueno, también gocé con el titulado «Leer a Gerald Murnane», que ha sido todo un descubrimiento. Coetzee lector me parece superior al Coetzee escritor. No lo digan muy alto.

En las páginas 184 y siguientes Coetzee demuestra cómo Diario del año de la peste de Defoe, que conocía Albert Camus antes de escribir La peste, llega hasta Roth así:

En una entrevista de 2008, Philip Roth mencionaba que había estado releyendo La peste, de Camus. Dos años más tarde publicaba Némesis, una obra de ficción ambientada en Newark en el verano de la polio de 1944 (diecinueve mil casos en todo el país), situándose así en la tradición de escritores que habían usado el concepto de la plaga para explorar la tenacidad de los seres humanos y la durabilidad de sus instituciones bajo el ataque de una fuerza mortal, invisible e inescrutable. En este sentido —tal como comprenden Defoe, Camus y Roth—, la plaga no es más que una intensificación de la condición de la mortalidad.

Y de esta singular manera alimento mi plan de lecturas. La experiencia puede ser muy satisfactoria si leo los tres libros, uno detrás de otro, casi otra vez. Némesis no la leí, La peste creo que la he leído, sí, eso creo, y Diario de la peste…, ¡no la he leído! «Los libros proceden de los libros», refutamos.

Diario del año de la peste (1722)–>La peste (1947)–>Némesis (2010)

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Jaén, ciudad del norte

«Di siempre menos de lo necesario», me aconsejan, «haz el favor de prescindir de las explicaciones», me insisten. Di siempre menos y exprésalo con pocas palabras, solo las que necesita la ocasión; y cállate después, cállate por Dios, cállate y no metas la pata; aprende de los estoicos, del Séneca aquel y de Epicteto, su amigo. Autocontrol, necesitas autocontrol y respirar hondo, venga, ya, exprésate. Pues bien, escuchen, solo necesito cinco palabras: no me gusta el fútbol.

No me gusta el fútbol pero tengo dos hermanos árbitros, uno en primera y otro en segunda división. Tengo otro hermano que entrena a los zagalillos de un equipo de Córdoba y una hermana en la sala de máquinas del nuevo Real Jaén C.F. Mi hijo me sienta a ver partidos del Real Madrid y de la selección española y mi suegro me tiene al día del trajín que lleva y que trae el equipo de su vida. ¡Hala, Jaén! ¡Un proyecto, una ilusión! ¡Todos sumamos!

Pero a mí, y disculpen que lo repita otra vez, no me gusta el fútbol. Aun así les recomiendo uno de los mejores libros que he leído sobre fútbol, y solo he leído dos: Dios es redondo, de Juan Villoro, que es uno de los mejores cronistas de fútbol a pie de cancha. Un tipo que me atrapó con la vida secreta de los goles, sí ¡la vida secreta de los goles! Si les gusta el fútbol, se van a divertir con este libro.

Hoy quiero hablar de fútbol. Imaginen…

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Poseo el talento de saciarme con muy poco

Además, no tengo el menor deseo de hacer carrera. Lo que para otros es lo máximo, para mí es lo mínimo. Hacer carrera es algo que, Dios es testigo, no puedo respetar. Me gusta vivir, pero no afanarme en pos de una carrera, cosa que se considera extraordinaria. ¿Qué hay de extraordinario en ello? Espaldas prematuramente encorvadas a fuerza de estar de pie ante escritorios demasiados bajos, manos llenas de arrugas, rostros pálidos, pantalones de trabajo raídos, piernas temblorosas, vientres prominentes, estómagos estropeados, cráneos pelados, ojos cargados de encono, torvos, insípidos, descoloridos, sin brillo, frentes extenuadas y la conciencia de haber sido un perfecto idiota cumplidor de sus deberes. ¡Gracias! Prefiero seguir siendo pobre pero sano, renunciar a una casa lujosa a cambio de una habitación barata, aunque dé a la más oscura de las callejuelas, prefiero los apuros económicos al compromiso de tener que elegir dónde debo ir en verano a recomponer mi arruinada salud; cierto es que sólo soy respetado por una persona: yo mismo, pero es alguien cuyo respeto es el que más me importa; soy libre y puedo, cada vez que la necesidad lo exige, vender mi libertad por un tiempo para luego ser nuevamente libre. Vale la pena ser pobre a cambio de libertad. Tengo qué comer, porque poseo el talento de saciarme con muy poco. Me indigno cuando alguien me viene con la palabra trabajo fijo y los compromisos que ella supone. Quiero seguir siendo un ser humano. En una palabra: ¡me gusta lo peligroso, lo abisal, lo flotante y no controlable!
Robert Walser en Los hermanos Tanner

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Los alucinados, de Francisco Umbral

Hoy, después del café y del rato de estudio vespertino, durante el descanso que me tomo entre hora y hora, he terminado de releer las veinte últimas páginas de un libro que ha pasado a importarme: Los Alucinados, de Francisco Umbral.

He redescubierto nuestra literatura más básica y más clásica, la esencial, diría yo, la literatura de nuestro siglo XX hasta mediados de los ochenta. Ricas y agudas semblanzas de un par de generaciones de escritores españoles. Algunos los había estudiado durante el BUP y el COU (soy del BUP y del COU) en aquellos horribles libros de texto sin color y sin gracia: Cela, Rubén Darío, los Machado, Miguel Hernández, JRJ, Valle y de la Serna, Salinas y Alberti, Lorca y los Unamuno, Baroja y Azorín, es decir, todos los que se siguen estudiando con el mismo método, me atrevería a escribir, en los centros educativos de hoy.

Uno de mis personajes, no recuerdo ahora cuál de ellos, había pensado utilizar este libro de Umbral como libro de texto para sus clases de bachillerato en un instituto de Andalucía. Es una original manera de destaparles a estos chicos apantallados los magníficos escritores que ha dado la patria. 

El prólogo con el que se abre me parece espectacular y fíjense que yo, tiempo ha, llamaba a quien lo escribe, José Antonio Marina, “el manido”, pero reconozco que el prólogo que escribe para Los alucinados es soberbio, descriptivo, casi perfecto de largo y ancho para vestir a Umbral y su libro. Un prólogo que presenta el rico y trabajado estilo que Francisco Umbral derrocha en esta colección de artículos literarios. 

Umbral, yo qué voy a decir y escribir a estas alturas, es un artesano de la expresión y de la palabra. Es estilo. Umbral, después de leer este libro, te demuestra que no solo puede ser uno de los hombres que mejor conoce nuestra literatura y que más la ha “divulgado” sino que es uno de los escritores que mejor ha expresado las características y el estilo  de los escritores de los que habla. Así es. Así se trabaja la palabra y la literatura.  

Comienza sus semblanzas con Rubén Darío para acabar escribiendo de los Adonáis y del «férreo Gimferrer». Ha sido espectacular, créanme. Y ha sido un auténtico placer leer este catálogo de tipos que se dedicaban en cuerpo y alma a la escritura, vía prosa, vía poesía, vía teatro, con una singularidad deslumbrante.

Umbral se apoya en la anécdota personal para hacer del libro un ejemplar goloso. Sí, está salpicado con anécdotas personales que protagoniza con los «personajes» del libro.

En el recorrido descubres el buen oficio de la escritura, la consagración de vidas normales y risueñas a la página en blanco, empezando, cómo no, por el autor.

Pero si he de destacar uno de los porqués del libro, desde mi punto de vista, sería la nítida fotografía que es capaz de dibujar Umbral con el estilo de cada uno de los protagonistas. Si no sabes cómo escribe Baroja, espera, lee:

«Baroja no se gusta a sí mismo ni le gusta cómo escribe, y esto se aprecia en el descuido y la desgana de sus procedimientos literarios, desde la falta de sintaxis a la falta de organización. Lo que no se acaba de decirse nunca es que Baroja no creía en lo que estaba haciendo. Pero don Pío era ese antipático gracioso que tanto gusta a nuestro pueblo. Un complicado cruce de italiano, vasco, anarquista, burgués, artista, cientifista, pensador y mal gramático».

Y así con cada uno de los más de cincuenta escritores españoles del siglo veinte. Un libro necesario en la biblioteca de cualquier estudioso del articulismo literario y de los escritores que fraguaron nuestra literatura en el siglo pasado. 

Gracias, Umbral.

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A lo difícil se ha de llegar por lo fácil

La semana comenzó con un tuit de la Biblioteca Nacional que desembalé porque llevaba tiempo buscando una biografía breve sobre Ignacio como la que se incluye en el tuit.

Me descargué la biografía de Astrain (aquí la tenéis) y me la leí entre la tarde del lunes y la tarde del martes: dos tardes. Os la recomiendo. Son 143 páginas. Me aturdió, he de reconocerlo. Prendió la mecha. Me pregunté. Me templé.

Esa biografía me llevó a saber más, mucho más sobre los jesuitas y estuve dos días leyendo sobre ellos. Estoy de vacaciones y mi plan es sencillo: estudiar por la mañana y leer por la tarde. Después me pongo las zapatillas y me voy a pasear, a correr o a montar en bicicleta con mi familia (hay fotos). Y en los días de piscina buceo sin libro en la mano.

Hoy el texto que traigo para LA PÁGINA es de Santo Tomás de Aquino. Y se preguntarán, ¿qué pintará este santo aquí? Pues qué les voy a contar; que quede entre nosotros: siento una profunda admiración por este tipo. Ya les contaré algún día…

Antes de llegar a él he dedicado la semana a saber de jesuitas, dominicos y benedictinos. Por cierto, no se pierdan, por favor por favor, la serie que escribió el poeta ateo Antonio Lucas esta semana sobre la Abadía de Silos. Gracias a ella he apuntado en la lista de tareas “Algún día / Tal vez” enclaustrarme cuatro o cinco días allí, en su hospedería. Si después de leer la serie de Antonio Lucas no encuentran ese deseo, aunque solo sea el deseo de pasear por su claustro, no te enfades, quizás estés ya muy podrido y ciberapresado. Yo anhelo estar allí unos días.

No os distraigo más. La serie de Antonio Lucas está debajo enumerada. Regodeaos. Busquen una sombra y léanla con tranquilidad. En la tercera entrega cuenta esto. Ya me callo. A mí estas historias me dan mucho y mucho «de pensar».

El monje más joven del lugar, Luis Javier, es un sevillano de 32 años rápido como la sangre. Antes de ingresar en la orden pisó calle y discoteca. Terminó Derecho con Premio Extraordinario. En EEUU hizo un máster en Jurisprudencia Medioambiental. Regresó a casa y combinó las clases en la universidad con las tardes de picapleitos en un bufete. Ganaba buen parné. Vivía en un apartamento con vistas. Iba en línea recta a convertirse en un pollopera de éxito, creyente pero no beato, mundano, con amigos alejados de la Iglesia y una existencia color miel. Pero a los 24 años le dio por preguntarse algo fatal: “¿Y esto es todo?”. Cualquier chico de su edad firmaría por la mitad de su ajuar académico. Pero él se lanzó a dudar. Alguien le recomendó unos días en la hospedería de Silos, por templar la cosa. Y aquí, como un arponazo, le dio no sé qué golpe de cierzo y ya lo vio claro. Iba a ser monje.

Es domingo, no hay cierzo y es agosto; no estás en Jaén, peor para ti. Aquí alcanzaremos hoy los cuarenta y tantos. ¿Se pueden soportar? Sí. Pues sopórtalos y no te quejes, me diría Séneca. Releo la serie. Me gusta tanto que ha avivado algún rescoldo:

  1. Un ateo en Silos: Hacia no sabes dónde.
  2. Un ateo en Silos: Otra manera de callar.
  3. Un ateo en Silos: Una abeja de oro.
  4. Un ateo en Silos: Lo que viniste buscando.

Y el texto de esta semana para LA PÁGINA es el que es porque leyendo sobre los dominicos apareció deslumbrante. Fascinante. No todos los sacerdotes, monjes, frailes y obispos son pederastas, iluso. ¿Qué te creías? A Dios gracias. Tanto he leído sobre ellos que me he propuesto, a ese ritmo sencillo de pasatiempo, leer la Suma Teológica en latín. Sí, sí, me he puesto a estudiar latín como un lego, a refrescar lo que aprendí y enseñé a aquellos zagales de Marbella una vez. No quiero olvidarlo. Me han descubierto algunos manuales de Cambridge muy golosos. Ya tengo los dos primeros. Y en casa ya tenía a don Valentí Fiol. Maravilloso. Vacación era esto, independientemente de dónde te encuentres y dónde viajes y dónde te digan que has de hacerte el mejor selfie para que el mundo lo vea. Sé. Sé (del verbo «ser»).

El texto que Santo Tomás de Aquino escribió para mí es el siguiente:

Ya que me preguntas, carísimo hermano en Cristo, cómo debes estudiar para adquirir el tesoro de la ciencia, mi consejo es el siguiente.

No te lances de pronto al mar, sino acércate por los riachuelos, porque a lo difícil se ha de llegar por lo fácil. Te mando que seas tardo para hablar y para ir a distracciones; abraza la pureza de conciencia; date a la oración; procura permanecer en tu celda, si quieres entrar un día en el templo del saber; sé amable con todos; no te preocupes de lo que hacen los demás; no tengas demasiada familiaridad con nadie, pues la excesiva familiaridad engendra desprecio y roba tiempo al estudio; huye sobre todo de perder el tiempo; imita a los santos y a los buenos; guarda en la memoria todo lo bueno que oigas; cuando tengas alguna duda, aclárala; acumula cuantos conocimientos puedas en el arca de tu mente, como quien trata de llenar un vaso; no busques lo que sea superior a tus fuerzas.

Si sigues estos pasos producirás copiosas ramas y frutos en la viña del Señor. Cúmplelo y alcanzarás lo que deseas.

Después de leerlo me puse a leer la Suma (Aquí la tenéis entera, solo en castellano).

La Summa se escribiría con esta perfección. Intuyo (Gracias, R.):

Acabo con una recomendación de lectura. Estoy leyendo (para que el mundo lo vea lo publiqué en mi cuenta de Instagram) este libro medio biográfico medio filosófico de san Agustín, cuyas páginas me están procurando muchísima PAZ. Si pueden, léanlo. Dudo que sea superior a tus fuerzas: Agustín, de Gareth B. Matthews.

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Pasen un buen domingo. Paseen.

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Vacación y libros de compañía

«Los libros malos son un veneno intelectual que destruye el espíritu. Y porque la mayoría de las personas, en lugar de leer lo mejor que se ha producido en las diferentes épocas, se reduce a leer las últimas novedades, los escritores se reducen al círculo estrecho de las ideas en circulación, y el público se hunde cada vez más profundamente en su propio fango».

La cita con la que empiezo este artículo y mis vacaciones es de Enrique Vila-Matas. La leí hace años en Bartleby y compañía y desde entonces quedó archivada en el fichero de notas de los libros que leo. Recurro de vez en cuando a este archivo para hilar temas sobre los que escribir. Pero no solo descubrí la de Vila-Matas sino que di con otra muy buena de Francisco Umbral que justificaba la escritura de este artículo: «Cuando no se tiene nada que escribir, pero se sigue escribiendo, […] es por donde mejor se les conoce como escritores. Escritor es el que lo es más allá de sus temas. El que solo escribe cuando tiene algo que decir, es un señor que dice cosas.»

Con estas dos cartulinas sobre la mesa empecé a escribir…

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Cómo descubrí a Antonio Ortuño; y me lo leí

Descubrí a Antonio Ortuño en un tren, en una tarde de julio, camino de Madrid y de Atocha y de la Cuesta Moyano. Hoy justo hace una semana. Acabaría en Aravaca pero eso es otro cuento. Descubrí a Antonio Ortuño, decía, en un podcast del programa de Manuel Sollo en Radio Nacional: Biblioteca pública. Pero no lo escuché entero; llegué a Atocha antes.

Reinicié la escucha del podcast completo en el hotel con cierta ansiedad, después de la ducha. Aproveché el trayecto hacia el camino de la Zarzuela veintitantos para googlear «artículos de Antonio Ortuño». Y leí, mientras recorría la M-30, «La Porkycracia”, por ejemplo; y me dije: «¡Aquí hay mena, nene!». Me parecía muy bien escrito, muy bien articulado, muy bien enladrillado porque describía con tantos bordes la realidad, bueno, el abuso denunciado, que no dudé en retuitear el artículo. Ipso facto! Ese artículo merecía más lecturas, por supuesto, todas las lecturas que pudiera alcanzar, como las ondas que fabrica una piedra lanzada al azar, en un lago, mi retuit. Había detrás un fino y preciso análisis del problema que trataba, el cinismo de los ricos.

Suelo… Si el escritor es periodista, o escribe en alguna columna, me gusta leerle algún artículo antes de decidir más. Y leí, y quise más, desde luego. Introduje «Antonio Ortuño» en Wikipedia y vaya, también resultó SER finalista del Herralde en 2007 con Recursos humanos. Fichado porque no está leído. Comenzaba la vereda «Ortuño» en mi paseos como lector.

Sí, lo reconozco. Lo primero que tengo que hacer ahora es reconocer que no hubiese escrito nada acerca de La vaga ambición (Páginas de Espuma, 2017) si no hubiese leído, y ya releídos, el primer y último relato de esta singular colección de buena escritura en torno a la autoficción literaria, y al yo literario, y a lo que me divierte leer. Y me refiero, en concreto, al primer relato, ‘Un trago de aceite’, y al último, ‘La Batalla de Hastings’, para mí, los mejores.

Los cuatro relatos intermedios también son espectaculares pero los dos que subrayo, o señalo, son los que capacitan a Ortuño ante mí como lector, los que, desde luego, certifican que no es un pelanas literario, ni una estafa, ni un bluf, ni una pompa de jabón brillante que desaparece en cuanto se hace. Ni una novedad que se hará vieja en dos días. No.

Y me pregunto, siempre me he preguntado por qué escribo de ciertos libros que me han gustado y no de otros libros que también me han gustado, qué es lo que colma que me decida a escribir aquí sobre un concreto libro. ¿Por qué escribo ahora todo esto de un tipo que descubro viajando hacia Madrid y que, al regresar de nuevo a Jaén, me «obliga» a ir —al día siguiente, muy temprano—, a la librería para llevarme el último ejemplar de La vaga ambición que quedaba y leérmelo en dos tardes de julio al son del ciclo de un ventilador S&P? ¿Por qué? ¿Qué tiene este mexicano para que me chiflara por su escritura desde el primer relato? Pues qué va a ser, payo, sino literatura.

De repente, lo que primero me llama la atención de los relatos de Ortuño fue la estructura. La composición de cada uno de los relatos era como un ciclo y un círculo perfecto. Los temas, dentro de él, se elevaban como a una especie de potencia. Si en ‘Un trago de aceite’ el padre del protagonista, y del propio autor, quiso premiarle porque había ganado con doce años el concurso de escritura del distrito, el relato acaba elevando aquel primer motivo a una potencia, como elevándolo al cubo: «Escribe esto un día. Un libro», dice Guadalupe. Me sedujo mucho, por qué no lo voy a decir aquí, la estructura de los relatos de La vaga ambición. Y siempre que hay brillo en la estructura, la disposición de los temas y de los protagonistas a lo largo de las historias hacen que el relato culmine y se encumbre entre el montoncito de lascas que se han desprendido mientras se escribía. Incluso en el último, en el de ‘la Batalla de Hastings’, donde además de construir con precisión hay creatividad sin límites y una entrega palpable de su autor, de no dejarse nada, de un vaciamiento real del artista sobre su obra, sobre estos magníficos trozos de texto.

Ortuño pone, da, otorga voz a quien soporta, a quien ofrece la otra mejilla. La escritura de su primer relato es en realidad una batalla, una lucha de los inteligentes contra el bruto y el animal, donde la «rendición» de Guadalupe es en realidad una victoria, y un arma futura. La literatura venga, desenmascara y otorga todo el poder al que fue más débil en la realidad. Esta es la ventaja de la ficción, esta es la venganza de la verdad sobre la mentira y el vicio de alguien que se sobrepasa con su poder. Es otra vez, ahora en sus relatos, la denuncia del cinismo del poder. El primer relato es edificante, perturbador también, claro, y aunque tenga que crecer y brillar desde ese sustrato miserable, desde esa miseria del comportamiento humano, desde el hombre, en realidad, Ortuño redime nuestra imaginación.

Y termino con algo que le leía ayer a Pron no sé dónde, pero donde citaba a Bernhard. Leí la cita y recordé este libro de relatos de Ortuño, bien merecedor del premio recibido, el Ribera del Duero: «Lo que necesitáis, jóvenes escritores, no es más que la vida misma, nada más que la belleza y depravación de la tierra.»

Ortuño pasa a constituir pieza clave de mi canon en relatos, en cuentos. Y lo hace con un libro de relatos ambicioso, que determina, qué duda cabe, que no sabe redactar, sino escribir, como bien señala en ‘La Batalla de Hastings’: «No vinimos aquí a redactar, damas y caballeros, bestias y diablos: vinimos a cortar gargantas.»

Lo recomiendo, por supuesto. Vayan a la librería a por Ortuño porque este escritor me ha demostrado que «escribir es inventar quiénes somos y por qué estamos en este campo sucio.». ¡Oh, sí!


El libro puedes adquirirlo en:

El podcast al que hago referencia es: La vaga ambición. Antonio Ortuño narra las miserias y frustraciones de los escritores en los relatos que le valieron el V Premio Ribera del Duero.

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Los dormidos, y los muertos, no son sino como pinturas

«Ahora sé que la cita de Shakespeare procedía de Macbeth y que ese símil está en boca de su mujer, al poco de que Macbeth haya vuelto de asesinar al rey Duncan mientras dormía. Forma parte de los argumentos dispersos, o más bien frases sueltas, que Lady Macbeth va intercalando para quitarle hierro a lo que su marido ha hecho o acaba de hacer y es ya irreversible, y entre otras cosas le dice que no debe pensar ‘so brainsickly of things’, de difícil traducción, pues la palabra ‘brain’ significa ‘cerebro’ y la palabra ‘sickly’ quiere decir ‘enfermizo’ o ‘enfermo’, aunque aquí es un adverbio; así que literalmente le dice que no debe pensar en las cosas con tan enfermo cerebro o tan enfermizamente con el cerebro, no sé bien cómo repetirlo en mi lengua, por suerte no fueron esas palabras las que en aquella ocasión citó la mujer inglesa. Ahora que sé que esa cita venía de Macbeth no puedo evitar darme cuenta (o quizá es recordar) de que también ese nos susurra al oído sin que lo veamos acaso, la lengua es su arma y es su instrumento, la lengua como gota de lluvia que va cayendo desde el alero tras la tormenta, siempre en el mismo punto cuya tierra va ablandándose hasta ser penetrada y hacerse agujero y tal vez conducto, no como gota del grifo que desaparece por el sumidero sin dejar en la loza ninguna huella ni como gota de sangre que enseguida es cortada con lo que haya a mano, un paño o una venda o una toalla o a veces agua, o a mano sólo la propia mano del que pierde la sangre si está aún consciente y no se ha herido a sí mismo, la mano que va a su estómago o a su pecho a tapar el agujero. La lengua en la oreja es también el beso que más convence a quien se muestra reacio a ser besado, a veces no son los ojos ni los dedos ni labios los que vencen la resistencia, sino sólo la lengua que indaga y desarma, la que susurra y besa, la que casi obliga. Escuchar es lo más peligroso, es saber, es estar enterado y estar al tanto, los oídos carecen de párpados que puedan cerrarse instintivamente a lo pronunciado, no pueden guardarse de lo que se presiente que va a escucharse, siempre es demasiado tarde. No es sólo que Lady Macbeth induzca a Macbeth, es que sobre todo está al tanto de que se ha asesinado desde el momento siguiente a que se ha asesinado, ha oído de los propios labios de su marido ‘I have done the deed’ cuando ha vuelto, ‘He hecho el hecho’, o ‘He cometido el acto’, aunque la palabra ‘deed’ se entiende hoy en día más como ‘hazaña’. Ella oye la confesión de ese acto o hecho o hazaña, y lo que la hace verdadera cómplice no es haberlo instigado, ni siquiera haber preparado el escenario antes ni haber colaborado luego, haber visitado el cadáver reciente y el lugar del crimen para señalar a los siervos como culpables, sino saber de ese acto y de su cumplimiento. Por eso quiere restarle importancia, quizá no tanto para apaciguar el aterrado Macbeth con las manos manchadas de sangre cuanto para minimizar y ahuyentar su propio conocimiento, el de ella misma: ‘Los dormidos, y los muertos, no son sino como pinturas’; ‘Aflojas tu noble fuerza, al pensar en las cosas con tan enfermizo cerebro’; ‘No se debe pensar de esta manera en estos hechos: así, nos hará volver locos’; ‘No te pierdas tan abatido en tus pensamientos’. Esto último se lo dice tras haber salido con decisión y haber regresado de untar los rostros de los sirvientes con la sangre del muerto (‘Si sangra…’) para acusarlos: ‘Mis manos son de tu color’, le anuncian a Macbeth; ‘pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco’, como si intentara contagiarle su preocupación a cambio de contagiarse ella de la sangre vertida de Duncan, a no ser que ‘blanco’ quiera decir ‘pálido y temeroso’, o ‘acobardado’. Ella sabe, ella está enterada y esa es su falta, pero no ha cometido el crimen por mucho que lo lamente o asegure lamentarlo, mancharse las manos con la sangre del muerto es un juego, es un fingimiento, un falso maridaje suyo con el que mata, porque no se puede matar dos veces, y ya está hecho el hecho: ‘I have done the deed’, y nunca hay duda de quién es ‘yo’: aunque Lady Macbeth hubiera vuelto a clavar los puñales en el pecho de Duncan asesinado, no por eso lo habría matado ni habría contribuido a ello, ya estaba hecho. ‘Un poco de agua nos limpia’ (o quizá ‘nos limpie’) ‘de este acto’, le dice a Macbeth sabiendo que para ella es cierto, literalmente cierto. Se asimila a él y así intenta que él se asimile a ella, a su corazón tan blanco: no es tanto que ella comparta su culpa en ese momento cuanto que procura que él comparta su irremediable inocencia, o su cobardía. Una instigación no es nada más que palabras, traducibles palabras sin dueño que se repiten de voz en voz y de lengua en lengua y de siglo en siglo, las mismas siempre, instigando a los mismos actos desde que en el mundo no había nadie ni había lenguas ni tampoco oídos para escucharlas. Los mismos actos que nadie sabe nunca si quiere ver cometidos, los actos todos involuntarios, los acto que no dependen ya de ellas en cuanto se llevan a efecto, sino que las borran y quedan aislados del después y el antes, son ellos los únicos e irreversibles, mientras que hay reiteración y retractación, repetición y rectificación para las palabras, pueden ser desmentidas y nos desdecimos, puede haber deformación y olvido. Sólo se es culpable de oírlas, lo que no es evitable, y aunque la ley no exculpa a quien habló, a quien habla, éste sabe que en realidad no ha hecho nada, incluso si ha obligado con su lengua al oído, con su pecho a la espalda, con la respiración agitada, con su mano en el hombro y el incomprensible susurro que nos persuade.»

Javier Marías en Corazón tan blanco, Anagrama, 1992


La Página es una sección dominical del blog donde transcribo algún fragmento de los libros que he hojeado o leído durante esta semana.

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