La vida extranjera inoportuna

Viernes santo y Langlois aún no ha visto procesión. “Y no es una chulería, sino una forma de estar en el mundo”, dice. Entre otros motivos por su incapacidad para permanecer inmóvil durante las horas que dura un desfile procesional sin hacer nada. Antes rezaba rosarios mientras pasaban las vírgenes y las mantillas, los cristos y los nazarenos, pero hoy le aturde tanto el gentío y la guarrería de la gente, la falta de decoro cívico y la insoportable impiedad ambiental, que cuando leyó esta cita en el libro que le ha ocupado el seso durante esta semana, se alegró. No era un tipo raro, sino consciente:

Si no puedes hacer de tu vida lo que quisieras, trata al menos de no envilecerla con demasiados contactos con el mundo, con demasiadas gesticulaciones y palabras. No la despilfarres arrastrándola de derecha a izquierda, exponiéndola a la estupidez cotidiana de las relaciones humanas y de la multitud, no sea que vaya a convertirse de este modo en extranjera inoportuna.

La cita la escribía Cavafis para que Carmen Martín Gaite la recogiera transcrita en su cuaderno 17 de tapas de plástico azul y una pegatina en la portada, que fue estrenado en diciembre de 1976 y utilizado hasta febrero de 1977. En él recogió impresiones sobre las lecturas que hizo de Savater, Buzzati, Maturin, Vargas Llosa y como acabo de demostrar, de Cavafis.

Langlois tampoco ha leído a Hesse, que era un tipo del que Gaite decía “bendito seas Herman Hesse. Siguiendo a Hesse debo acentuar las frases enigmáticas y sentenciosas de Alejandro. No debo buscar a nadie. No debo esperar a nadie ni nada de nadie. Lo que buenamente coincida de los demás, con nosotros, bien está. Serenidad. Imperturbabilidad”.

Imagen cabecera: @fundaciondeclausura

Langlois se había hartado de adecuar sus gustos y su vida a las exigencias de los demás: si no vas a la comida de empresa no eres buena persona, si te sales del pérfido grupo de WhatsApp ya no te queremos y te consideramos perro verde, porque hay quien hoy sigue tomando como unidad de medida del amor y del cariño “estar o no estar en un grupo de WhatsApp” como regla o criterio que dirime el interés que esa persona tenía hacia el que se quedaba en el grupo. ¡Un grupo de WhatsApp!, que es el mayor atentado contra la genuina y personalísima relación humana. WhatsApp es un invento del demonio, se imaginaba que diría Salinger, por ejemplo. Langlois parecía un paria. Langlois había dejado de entrar por el aro de lo que los demás esperaban de él. Hay un momento en la vida, y es importante que sea temprano, que tienes que hacer las cosas independientemente de lo que los demás esperan que hagas, se decía. La mayoría de las veces, y esto lo explicaba muy bien Rogers, las personas son infelices cuando continuamente amoldan su quehacer a lo que otro espera de él. Si no lo hace como el otro quiere que lo hagas o como el otro espera que tú lo hagas, pareces un fraude. Y no, no, no, repetía Langlois. Había descubierto que no era así. Que ser persona, ser alguien con individualidad no era vivir tu vida de acuerdo a las expectativas de los demás; eso era ahogarse y morir. Había quien se suicidaba. La meta, decía Langlois, era ser una persona independiente de la opinión de los demás. En cambio, cuando los demás consiguen que tu opinión dependa de lo que los demás piensan, estabas muerto, morío y matao como individuo, persona y ser.

Langlois se había hartado. Había descubierto durante las semanas anteriores a esta Semana Santa el espíritu que emocionaba a los monjes de clausura, el agarradero existencial en el que surfeaban: ellos, el silencio y Dios. Porque el monje se pasa el día solo y en silencio, salvo en aquellos momentos donde rezaba en comunidad, con otros, pero la mayor parte del día, reza solo, profundizando en la amistad consigo mismo y con Dios. La contemplación era la única manera de conocer a Dios y conocerse a sí mismo. Langlois decía que la gente tomaba en vano la palabra “contemplación”, que la mayoría no tenía ni idea de lo que era. Langlois recordaba en esos momentos a Dorian Gray, que le susurraba: “Tengo un amigo que soy yo, a nadie quiero tanto, nada me gusta más que estar solo”.

Langlois anhelaba vivir así, pero en medio del mundo:

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