Tropo 59: Escribir de imaginación

Biblioteca de la Escuela de Arte José Nogué (Jaén). Vía IG: @blu_mm

Cada día entiendo mejor aquella afirmación, no sé si pensamiento, que dejó escrito en algún sitio Vila-Matas. Venía a decir que cada vez que no sabía cómo seguir un escrito, se levantaba, abría un libro y se inspiraba. Advierto que estoy parafraseando, incluso inventándome la cita, replicando, al fin y al cabo, al mismo Vila-Matas.

Estos días, ya sin clase, y mientras apuro el magnífico destino que he disfrutado este año en la Escuela de Arte José Nogué, a sesenta pasos de mi casa, estoy aprovechando para abrir y cerrar la biblioteca del centro. Me atraen las bibliotecas. Me enclaustro en ellas siempre que me dejan. Me imantan. Así que la abro, me siento en mi sitio favorito, junto a una ventana con alféizar de madera, y me dedico a leer, a leer y a leer durante toda la mañana. Los exámenes de septiembre están puestos y el trabajo docente es escaso. Faltan cuatro días para que acabe el mes y desde luego leo así, como si se acabara el mes, y el mundo. Como siempre, por otra parte. Nada nuevo en mí.

Hoy, saturado de carcajadas por culpa de Literatura infiel –qué libro tan divertidísimo, joder—, me he puesto a navegar entre revistas literarias. Me he entretenido en “Granta”, pero la “Granta” punto com, no la “Granta” punto com, punto es. Allí he descubierto un artículo titulado “How I Write My Books”, de Anne Serre. Hasta hoy no sabía quién era Anne Serre. En él la autora describe cómo escribe, cuál es su proceso de escritura. Terminado, he pensado que, si alguna vez decidiera escribir ficción, solo lo intentaría de esa manera. Replicaría su método. Es sencillo. Anne Serre selecciona una frase “esencia” y, escrita, se produce la partenogénesis -como dice-, los borbotones de escritura. Una vez escrita la frase disparador, la imaginación, frente a la memoria, hace su trabajo. Construye, escribe, y de hecho se apoya en su parte más imaginativa, nueva y renovadora. Obvia la memoria, casi la recluye. No escribe de memoria sino de imaginación. Piensas en lo que ahora está de moda, la autoficción que, si bien es considerada –y así la considero— literatura, es una literatura como “temerosa”, “memorística”, incapaz de presentar ante nuestras mentes un mundo nuevo, una situación inventada, imaginada. Claro que existe una gradación entre el escritor que aporta un 1 % de memoria, vida, hecho real, recuerdo y el que aporta un 99 %, siendo los diarios el fruto maduro de ese proceso. Tan de moda también hoy.

Sobre este hecho, o sobre esta manera de enfocar la escritura, William H. Gass escribió abundantemente. Él defendía, y voy a recrear otra cita al más puro estilo vilamatiano, que la narrativa es recursiva, es decir, que una oración, la primera oración debía generar íntegramente la siguiente y así hasta el punto y final del relato.

Pero no revelo ningún secreto. La literatura es gradación entre porcentajes de memoria y de imaginación, a tantos por cientos de invención pura y dura, imaginación, le corresponden tantos por ciento de realidad y vivencias. Si a esto le añades conflictos refrescantes y atractivos, madre, ahí tienes a tu hija, la literatura.

Hay que probar, te dices. Antes de morir tienes que probar. Elegir una frase que te haya deslumbrado, mejor si es de tu factoría, y tirar de ella, escribir desde ella hasta agotar toda la recursividad e imaginación que lleves concentrada, dentro, almacenada. Si llevas algo, claro.

Vínculos referidos en el tropo: “How I Write My Books” | “Nuevos autores, nuevos diarios” | Literatura infiel