Tropo 69: El truco es el yo

Yo recibí ayer un paquete con un libro de Julio Camba. Yo lo abrí. Yo empecé a contar los separadores que venían dentro y tuve que sentarme. ¡Y cien! (tropo). Yo terminé de contar hasta cien (tropo sobre tropo). Yo tuve tan grata experiencia de compra en la web de la editorial Pepitas de Calabaza que yo, desde hoy, compraré todos los libros de la editorial Pepitas de Calabaza en su web. ¿Por qué no potencian la venta directa sin gastos de envío más editoriales? Es sencillo, editor: el porcentaje que te cobra el distribuidor, casi un 35 %, ¿no?, lo destinas a enviar libros gratis desde tu web para satisfacer al lector que no encuentra tu libro en el pueblo de al lado; o en Jaén. Al final sales ganando tú, pero estábamos con el yo. Yo abriré otra categoría de enlaces en el blog -abajo, a la derecha- de editoriales donde compro y me venden directamente sin gastos de envío. Por potenciar yo el fluido editorial. Hombre, si vives en Madrid, acércate a una librería, pero yo vivo en Jaén y solo tengo una librería decente, cuyo fondo me llega por los tobillos (tropo). Yo no me voy a tirar de cabeza en una librería donde el agua me llega a los tobillos (trompazo). Si no tiene el libro que quiero, primero me tiro de cabeza en la web de la editorial, y después, si me cobran muchos gastos de envío, en Amazon, que tengo el Prime. Yo no quiero engañar a nadie. Yo soy yo y mi circunstancia jiennense. Pero insisto, esto iba y va de yos. Y quería hablar del yo de Julio Camba, que un día tuvo que pensar lo mismo que E. T. A. Hoffmann: “el juicio del mundo me es bastante indiferente”. Aquí y ahora puedes pensar “se la refanfinflan”. Es verdad, pero se dijeron “usemos el yo sin medida”. Y yo digo Julio Camba porque he empezado a leer el libro Mis páginas mejores, que prologa Manuel Jabois y me trae recuerdos del libro del último premio Julio Camba, Ricardo F. Colmenero: Literatura infiel. Son tan persuasivos los dos; gritas en uno “yo” y se escucha eco en el otro. Magia. Pero sigamos con el yo. Yo solo quería dejar aquí escrito que Julio Camba comienza los cuatro primeros artículos de Mis páginas mejores así: uno, “Tenía yo diez o doce años”; dos, “Heme aquí en una diligencia, camino de Cambados”, tres, “El viejo maestro está orgulloso de ”, y cuatro, “Yo no comprendo bien a la gente mientras no la veo comer”. El truco de los genios es su yo, no me digan.

Vínculos de este tropo: Mis páginas mejores un euro más barato y sin gastos de envío | Repampinflar | Refanfinflársela una cosa o una persona a alguien

Tropo 60: Los textículos

Empiezas la mañana abriendo la biblioteca del centro, como todas las mañanas de esta semana. Portas dos libros en la mochila: Literatura infiel, de Ricardo J. Colmenero y Persuasión. Fundamentos de retórica, de Kurt Spang. Uno para la distracción y el otro para un rato de estudio. La primera hora de la mañana obliga estudio, y después de abrir las cinco ventanas de la biblioteca, se establece la conexión perfecta: empieza a correr una brisa fresca por toda la estancia. Es temprano. Te sientas, colocas los dos libros sobre la mesa, te replanteas el día en el Bullet Journal y empiezas a estudiar. Para mí estudiar es leer con un lápiz bicolor entre los dedos, subrayar con una regla plástica y extraer un esquema de lo que voy leyendo; escanear, archivar y de vez en cuando releer, o refrescar la memoria. Es el estudio “no obligado”. El que te hace feliz.

Empiezas por tanto con Persuasión y nada más comenzar te topas con una nota a pie de página que reza “Véase mi artículo ‘La minimización de la narración periodística y literaria’. Y remite a un congreso. Tienes el ordenador con el Enclave abierto y decides buscar el artículo porque te llama la atención. Das con él a la primera en una página francesa. Te alegras por segunda vez en el día. Retiras el libro, capturas el artículo en Evernote y empiezas a subrayarlo. Ya sabes de qué irá el tropo de hoy, de los textículos.

“Guillermo Fernández quiso comprobar con una cerilla si había gasolina en su coche. Edad 58 años.”

Te vas a divertir hoy, sí. Devoras el artículo y copias los textículos en el cuaderno. Te parecen geniales. Tomas un par de referencias bibliográficas, entre ellas el Curso general de redacción periodística de Martínez Albertos. Buscas si está en la biblioteca pública. Te apetece echarle un vistazo. Está. También en Iberlibro. A 10 €. Esta tarde, de camino al dentista con R. haremos una paradita en la biblioteca. Ah, no he contado que por fin me han hecho caso. Abren todas las tardes de junio y todas las tardes de septiembre. Llevaban no sé cuántos años cerrando todas las tardes de junio y todas las tardes de septiembre. Debería dedicar un tropo a contarlo, pero el verano es corto.

Estoy escribiendo demasiado. No quería escribir tanto. Quería transcribir solo textículos. Me gusta tanto… por muy no idónea que sea la expresión, la voy a utilizar a partir de ahora. En clase la soltaré de vez en cuando. Para cambiar los ritmos, hacerla comodín, palabra de transición entre actividades. Me callo. Antes de exponer los textículos, al final del tropo, vincularé el artículo donde están recogidos, el artículo de Kurt Spang, que creo interesante que te leas, periodista, y muy interesante que lo releas, escritor. La literatura está viva. La literatura se multiplica. Y nosotros disfrutamos.

El primer textículo es de José Barnoya y se titula Así es el amor:

“Todas en fila. Se les quedó mirando fijamente con lascivia. Escogió a la tercera de la segunda fila. Con la mano izquierda le ciñó el cuello. Con la derecha empezó a acariciarle el vientre. Apasionadamente, acercó sus labios a la boca anhelante de ella. Después, se la bebió enterita”.

El segundo es de José Javier Alfaro Calvo y este texto iba acompañado de este otro: “El tiempo no funciona cuando llega el amor”:

“Mañana te estuve contemplando durante dos horas seguidas. Ayer me compraré dos ojos de repuesto y así seguir mirándote”.

El textículo de Luisa Valenzuela es entrañable, desde luego:

El sabor de una medialuna a las nueve de la mañana en un viejo café de barrio donde a los 97 años Rodolfo Mandolfo todavía se reúne con sus amigos los miércoles a la tarde. «Qué bueno»”.

Otro de Barnoya, microcuento o textículo:

“Agonizante, el dictador entreabrió la boca para decir : «Perdono a todos y cada uno de mis enemigos, con la única condición de que no asistan a mi entierro. Pueden quedarse en sus tumbas»”.

Y finalmente, Spang nos ilustra con qué pocos datos juega Manuel Rivas en Frontera:

“Uno de los muchachos portugueses llevaba bajo el brazo los zapatos nuevos. Fue éste el que murió de un tiro. El guardia puso la rodilla en tierra y disparó. Cuando la madre cruzó la frontera, sólo los niños estábamos allí. Extendió el delantal y recogió la tierra ensangrentada : «No quiero que quede nada aquí»”.

Pues he aquí la verdad y la belleza de los textículos. ¡Dime que no!

Vínculos referidos en el tropo: Persuasión. Fundamentos de retórica | Literatura infiel | Artículo (en Evernote) “La minimización de la narración periodística y literaria” |

Tropo 59: Escribir de imaginación

Cada día entiendo mejor aquella afirmación, no sé si pensamiento, que dejó escrito en algún sitio Vila-Matas. Venía a decir que cada vez que no sabía cómo seguir un escrito, se levantaba, abría un libro y se inspiraba. Advierto que estoy parafraseando, incluso inventándome la cita, replicando, al fin y al cabo, al mismo Vila-Matas.

Estos días, ya sin clase, y mientras apuro el magnífico destino que he disfrutado este año en la Escuela de Arte José Nogué, a sesenta pasos de mi casa, estoy aprovechando para abrir y cerrar la biblioteca del centro. Me atraen las bibliotecas. Me enclaustro en ellas siempre que me dejan. Me imantan. Así que la abro, me siento en mi sitio favorito, junto a una ventana con alféizar de madera, y me dedico a leer, a leer y a leer durante toda la mañana. Los exámenes de septiembre están puestos y el trabajo docente es escaso. Faltan cuatro días para que acabe el mes y desde luego leo así, como si se acabara el mes, y el mundo. Como siempre, por otra parte. Nada nuevo en mí.

Hoy, saturado de carcajadas por culpa de Literatura infiel –qué libro tan divertidísimo, joder—, me he puesto a navegar entre revistas literarias. Me he entretenido en “Granta”, pero la “Granta” punto com, no la “Granta” punto com, punto es. Allí he descubierto un artículo titulado “How I Write My Books”, de Anne Serre. Hasta hoy no sabía quién era Anne Serre. En él la autora describe cómo escribe, cuál es su proceso de escritura. Terminado, he pensado que, si alguna vez decidiera escribir ficción, solo lo intentaría de esa manera. Replicaría su método. Es sencillo. Anne Serre selecciona una frase “esencia” y, escrita, se produce la partenogénesis -como dice-, los borbotones de escritura. Una vez escrita la frase disparador, la imaginación, frente a la memoria, hace su trabajo. Construye, escribe, y de hecho se apoya en su parte más imaginativa, nueva y renovadora. Obvia la memoria, casi la recluye. No escribe de memoria sino de imaginación. Piensas en lo que ahora está de moda, la autoficción que, si bien es considerada –y así la considero— literatura, es una literatura como “temerosa”, “memorística”, incapaz de presentar ante nuestras mentes un mundo nuevo, una situación inventada, imaginada. Claro que existe una gradación entre el escritor que aporta un 1 % de memoria, vida, hecho real, recuerdo y el que aporta un 99 %, siendo los diarios el fruto maduro de ese proceso. Tan de moda también hoy.

Sobre este hecho, o sobre esta manera de enfocar la escritura, William H. Gass escribió abundantemente. Él defendía, y voy a recrear otra cita al más puro estilo vilamatiano, que la narrativa es recursiva, es decir, que una oración, la primera oración debía generar íntegramente la siguiente y así hasta el punto y final del relato.

Pero no revelo ningún secreto. La literatura es gradación entre porcentajes de memoria y de imaginación, a tantos por cientos de invención pura y dura, imaginación, le corresponden tantos por ciento de realidad y vivencias. Si a esto le añades conflictos refrescantes y atractivos, madre, ahí tienes a tu hija, la literatura.

Hay que probar, te dices. Antes de morir tienes que probar. Elegir una frase que te haya deslumbrado, mejor si es de tu factoría, y tirar de ella, escribir desde ella hasta agotar toda la recursividad e imaginación que lleves concentrada, dentro, almacenada. Si llevas algo, claro.

Vínculos referidos en el tropo: “How I Write My Books” | “Nuevos autores, nuevos diarios” | Literatura infiel