Tropo 73: Escribir después de la siesta

Renault 4. Motor (frío) Scalextric.

El mejor momento para escribir un artículo debe ser después de la siesta. Después de una siesta te encuentras preparado para casi todo, incluso si son siestas cortas, como las mías, que no superan nunca los diecisiete minutos. Termina la siesta y tienes la sensación de lavavajillas recién acabado. Sí, ya, ¡perdonen el tropo!, pero después de la siesta percibes tu cerebro sin las motitas del día, limpio, preparado, y notas cómo arranca de nuevo, que queda la tarde, y día.

El despertar de una siesta es diferente al despertar matutino. Por la mañana resulta todo más lento, es más difícil dejar el negro. Pareces el motor de un Renault. De pequeño escuchaba mucho esta expresión. Y de adolescente, hasta que me independicé con veintipocos. Mi padre casi siempre tuvo coches Renault: un Gordini, un R-5, una furgoneta R-4 y un R-18, con el que, recién sacado el carnet, me trompeaba sin querer en las incipientes rotondas de la ciudad. Pues bien, siempre, pero sobre todo en invierno, escuchaba a los amigos de mi padre decir: “Es que el Renault es muy frío, es que el motor del Renault es muy frío; yo no quiero un Renault”. Semana tras semana. Mes tras mes. Así, hasta que compró un Peugeot 306, que es con el motor que te levantas después de una siesta y no como el motor de un frígido Renault.

Motores aparte, hemos quedado que el mejor momento para escribir un artículo es después de echarse una siesta. Eso sí, advierto que será el mejor momento para escribir siempre que añadas tanto de escritura manuscrita, o mecánica, es decir, mecanográfica. Aprovecho y anuncio: ¡adquiere una máquina de escribir cuanto antes! Por el bien de tu escritura. O súrtete de plumas y bolígrafos este verano. Enciérrate sin wifi (¡maldita wifi y maldita voluntad!). Verás la luz. Sí, llevo un tiempo que obvio el ordenador para escribir. Con el portátil te diluyes, te licúas entre las teclas y tu cerebro desaparece. Si te acabas de levantar de la siesta y tienes la mala costumbre de encender el móvil o el ordenador para escribir lo habrás comprobado: cuánto potencial desperdiciado. La plenitud con la que te habías levantado de la siesta para escribir un artículo repleto de menudencias o platos con patatas fritas desaparece.

A mí me pasa. Primera persona. El tiempo entre escrituras, el tiempo que había dispuesto para escribir un artículo o un tropo o tres páginas de tu próxima novela, el tiempo que tenías para escribirlo, revisarlo y publicarlo se multiplica por un mogollón. Un mogollón es un mogollón de minutos. Y no compensa. Así que te desanimas. Y dejas de escribir. Esto sucede porque aúnas en un mismo teclado al autor, narrador, al personaje, a la wifi y al hijo de puta; yo al hijo de puta lo llamo corrector. El que tiene la culpa de que tus escritos se eternicen cuando escribes en el ordenador es el corrector, que es ese que viene con un cartel colgado al cuello todos los días que reza “el corrector que todos llevamos dentro”. Topicazo. Hideputa. Y si encima flirteas con miss Wifi… Qué pesados, siempre pidiendo prórrogas.

Por eso insisto. Después de las siestas, escribe un artículo manuscrito o mecanoscrito todos los días. Es el mejor momento para escribirlo. No pierdas la oportunidad y el placer de sacar un plato brillante del lavavajillas. Después de una siesta, un artículo. Si encima sumas que podrías levantarte de una siesta sin ganas de Twitter, ni de Instagram ni de mosca cojonera voladora de tarde calurosa de julio que te coma el tiempo, dime tú a mí qué tarde de julio se te queda, gachó: una tarde perfecta para un pez plátano y para lo que tú quieras, en mi caso, una tarde perfecta para leer.  

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