Regresar al clásico literario es "detox"

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Este incendio no puede darme muerte. Fernando de Herrera para mí.

Solo puedo escribir en domingo. No ha tiempo ni lugar para hacerlo otro día de la semana, ni otro momento, ni todas las semanas.

Hoy cuento que, después de un tiempo o casi dos, regreso a los clásicos. Permaneceré con ellos hasta el verano que viene aunque mi deseo es leerlos desde ahora, siempre. La primera razón que aparece lo hace en forma de simple símil: los clásicos son como una dieta que depura. ¿Qué considero clásico? Considero clásico a ese autor y obra que todavía incluyen en los currículos de educación secundaria y bachillerato, esos textos que, desde 2º de B.U.P. como mínimo, ni leía ni estudiaba. El truco que te permite relamer el jugo de esta literatura no reside en la lectura sino en la «estudia» de esa literatura. Por ejemplo Garcilaso de la Vega, el Poema de Mio Cid, Góngora, Lope de Vega, Quevedo, Fernando de Herrera, El lazarillo de Tormes, Juan Boscán, los de toda la vida y cientos más: Hurtado de Mendoza, Gutiérrez de Cetina, Sa de Miranda, Jorge de Montemayor, Guillén de Castro, Catillo Solórzano, Tirso y Vélez de Guevara… y mil más. Shakespeares pequeñitos… Todos esos que conoces y que alguien habrá releído. Yo no. Considero éste un giro excelso, un virar hacia la literatura de enjundia.

¿La considero literatura «detox» frente al bombardeo tóxico-editorial que sufrimos? Digan lo que digan los listos, la literatura de hoy es una literatura de novedad, endeble, virguera, gasificante, con burbujitas que cosquillean el paladar pero sin mucha sustancia, con fallas, artificial, pim pam pum ¡vaya generalidad! Podría demostrar mi hipótesis. Sea o no una generalidad lo que escribo, hubo una literatura que cambió la literatura. Y esa literatura no se está escribiendo ahora (segunda hipótesis).

Por otro lado, también llegaré, —un año de lecturas da para mucho—, a ese Baroja, Unamuno, demás «Valles» y golosinas. Estudiar otra vez esa literatura que he decidido devorar porque atisbo que es una literatura salvífica. Ya la enseñé a zagales de bachillerato en Marbella. Quiero recordar, y volver a disfrutar.

Y a este proceso singular que acaece en mí lo he denominado «reconversión industrial», que es casi  una hipérbole y una metáfora. Durante un año, y esto es una promesa muy seria, no voy a leer ninguna novedad editorial. Ayuno, me distancio de una industria que conforme está montada, intoxica y cuya tendencia es de enagua ancha, de coladero y alimento fast food de editores, que son esos seres listos o muy listos que nunca se equivocan cuando deciden sacar un libro que es una bazofia.

Percepción: no hay literatura para mí más pura que la que ahora leo. ¿Cuánto tiempo hacía que un libro no me sacaba una carcajada de cuatro «a»? Este fin de semana lo ha hecho El lazarillo de Tormes?

Es fácil.

Agostado

Agostado.

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«Agostado» iba a ser la única palabra para un domingo de agosto pero he dado un paso más y me recreo en el verbo que la origina porque «Cava de las viñas» no me convence. Hay belleza. No sé explicar esa belleza. A mí me aturde. Me ensimismo con estas búsquedas. Hay belleza, no mientan. Miren.

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Y después, conjuguen. Más belleza.

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Y la belleza se hace verso. Empeñado sigo. Garcilaso me ha llevado a Fernando de Herrera. Antes me presentó a Boscán. Garcilaso es como un quicio. Había poetas, solo poetas. Al vuelo abro Poesía castellana original completa de Fernando de Herrera editada en Cátedra (a ¡¡113,98 €!!) y encuentro estos versos de la “Elegía VI” que me gustan, con los que hoy me identifico aunque en ellos no aparezca ni «agosto» ni «agostado». Ahora bien, ¿para qué sirve la semántica y tu retórica? ¡Chuzón tú!

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