Baza de espadas

 

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Sinécdoque, la tercera hija

Porque yo crecí con una sinécdoque entre mis labios. Era tan sencilla que traerla aquí me da un poco de vergüenza. Fue la primera sinécdoque que conocí, y era tan sabrosa, y me sentaba tan bien después de cenar… Mamá, ¿me traes un danone? En realidad lo que quería era un yogur; Yoplait ya había perdido la batalla. Hasta hoy.

Hoy vamos de sinécdoques.

Escribía Miriam Álvarez en Tipos de escrito II: Exposición y argumentación que incluir ejemplos en un texto permite dotarlo de momentos descriptivos eficaces. Hacerlo así suponía activar la persuasión en el lector. Para ilustrar esta afirmación recurre a un texto de Todorov donde este compara la sinécdoque con la metáfora y la metonimia:

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Miriam Álvarez en Tipos de escrito: Exposición y argumentación, página 37.

Tan persuasiva ha sido Miriam que durante esta mañana de domingo he estado entretenido capturando en Evernote las definiciones que he encontrado de sinécdoque en los libros que tengo en casa. Las mañanas de domingo sirven para estos ocios:

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Julio Casares en Diccionario ideológico de la lengua española

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María Moliner en Diccionario del uso del español

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Antonio Azaustre y Juan Casas en Manual de retórica española

 

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Kurt Spang en Fundamentos de retórica

No contento con esta colección he recordado el magnífico archivo de la RAE. Así que me he entretenido en buscar en el Fichero General de la Real Academia Española el término sinécdoque. ¡Hasta me he encontrado la opinión de Unamuno!

Ha sido una mañana provechosa. Si llegas hasta el final del post te prometo que nunca olvidarás qué es una sinécdoque.

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¡Qué bueno era Quevedo!

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Para Unamuno una sinécdoque era una palabrota

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La economía del lenguaje trae estas “vaguedades”: sinécdoques

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Ejemplo de sinécdoque (Fichero General de la Real Academia Española)

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Alumna responde a profesor definiendo sinécdoque

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Ejemplo de sinécdoque extraído del Fichero General de la Real Academia Española

Esto de que ser sea dejar de ser

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Catedral de Jaén. Febrero de 2018

“La lucha es el tiempo, es el mar encrespado y embravecido por los vientos, que nos manda sus olas a morir en la playa: la paz es la eternidad, es la infinita sábana de las aguas quietas. Y la eternidad, ¿no te aterra? ¿Qué vas a hacer en toda ella tú, pobre ola del mar de las almas?

¿Te acuerdas de aquellas noches de invierno en que en derredor a la hoguera del viejo tronco de la encina muerta divagábamos -¡dulce tristeza de consuelo desesperado!- las eternas divagaciones de los hombres nacidos del barro? Porque allí éramos hombres. El uno dejaba de ser labrador, el otro médico, el otro abogado, cada cual se desnudaba de su oficio y quedábamos los hombres.
La visión de las llamas de una hoguera es como la visión de la rompiente del mar; las lenguas de fuego nos dicen lo mismo que las lenguas de agua. Lo mismo que de ellas se hacen para deshacerse, rehacerse y volverse a hacer. Y nuestra conversación era la de los hombres cuando sienten en presencia de la eternidad, la de cómo se van los días y cómo nos vamos haciendo viejos, la de
cómo pasa la vida,
cómo se viene la muerte,
tan callando.
¡Sublime lugar común y eterna paradoja viva! Eterna paradoja, sí, esto de que ser sea dejar de ser, esto de que vivir sea ir muriendo. Y morir, dime, ¿no será acaso ir viviendo?
Me sucede hace ya algún tiempo una cosa pavorosa, y es que el corazón parece habérseme convertido en un reloj de arena y me paso los días y las noches dándole vueltas. Jamás me sentí de tal modo el correr del tiempo. Ya no es que se me agranda mi pasado, que aumentan mis recuerdos; es que se me achica el porvenir, que dismimuyen las esperanzas. No es ya la infancia que se me aleja y con ella mi brumoso nacimiento; es la vejez que se me acerca y mi brumosa muerte con ella. ¿Comprendes ahora lo de mi lucha?”
(Miguel de Unamuno, Mi religión y otros ensayos breves)