Tropo 14: Las palabras

Porque Thomas Bernhard comienza, en su obra de teatro “El ignorante y el demente”, definiendo qué es Twitter, como si fuese un resumido y metafórico cuento:

[...] y la técnica 
cada dos palabras la palabra auténtica
cada tres palabras la palabra célebre
Aquí
las palabras máquina de coloraturas
(tira un periódico sobre el tocador)
Ahí
la palabra fenomenal
la palabra agudos
(tira otro periódico sobre el tocador)
doce veces las palabras material sonoro
diecinueve veces la palabra estupendo
una actuación excelente
Lo que oímos
oiga usted
no son más que gorjeos artificiales
lo que vemos
teatro de marionetas.

*Demás tropos*

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Saturno, de Eduardo Halfon

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«Usted, padre, también se burlaba de mi trabajo literario. Le parecía a usted ridículo que su hijo pretendiese ganarse la vida escribiendo. Se avergonzaba usted de mi vocación. A sus amigos les solía mentir. ¿Lo recuerda, padre? Entré al restaurante y usted, recio, imponente, ya estaba hablando con uno de sus socios. Al verme, usted me dio una palmadita en la espalda. Te presento a mi hijo, el ingeniero. Otras veces, yo era un abogado. Nunca pudo usted aceptar que su primogénito no siguiera sus mismos pasos. Nunca pudo usted comprender que mi vocación no era la suya. Yo, padre, le daba pena. Lo humillaba. Ante sus ojos, yo era un fracaso y, por lo tanto, como padre, usted también era un fracaso. Y esa frustración, ese dolor, salía en sus bromas e insultos. ¿Lo recuerda, padre? No soy ingeniero, le dije a su socio. Soy un escritor. Yo escribo, rematé con estoicismo. Usted, padre, me devoró con su mirada»[1].

«Los romanos identificaban a Saturno, su antigua divinidad agrícola, con el dios griego Cronos, hijo de Urano (el Cielo) y de Gea (la Madre Tierra), que tras expulsar a su padre se hizo dueño del mundo. Se casó con Rea y tuvo numerosos hijos, pero Gea le predijo que uno de ellos le arrebataría el poder y los devoró a todos salvo a Júpiter, a quien Rea logró poner a salvo en Creta, donde creció alimentándose con la leche de la cabra Amaltea; cuando estuvo preparado, se enfrentó con su padre y lo destronó, convirtiéndose en señor de todos los dioses»[2].

«No pienso en absoluto en la muerte, pero la muerte piensa continuamente en mí»[3]. Thomas Bernhard se atreve a abrir un libro de Álvaro Colomer: Los bosques de Upsala.

Cuando lees Saturno, de Eduardo Halfon, te preguntas si, para ser escritor, tienes que acabar suicidándote, si tienes que terminar, a la fuerza, devorado por una madeja de demonios rojos a los que diste entrada un día frío de enero. Te lo preguntas así, ahora, en abril, sin mucho sentido común de por medio.

Saturno es una metáfora en sesenta y ocho páginas. Una metáfora que rotula la peculiar relación de un padre con el hijo de puta de su hijo —piensa el padre— que ha decidido destinar su vida a la escritura. Y así como Saturno lo hizo, así el padre quiso «irrelevar» su paraíso, la escritura. El protagonista, entonces, entra en una enumeración de suicidios; y lo hace en barrena. Es una metáfora también, sí, donde Rea, o la escritura, logra salvar a Eduardo, o al narrador de Saturno.

El libro se lee antes de que puedas actualizar el timeline de Twitter. Así que, con la angustia y la ansiedad que soportan hoy los libros, qué me dices de la ventaja. Además, la edición está numerada y es una edición preciosista; está cuidadísima. Enhorabuena. Ni que fuese un libro de poesía, doctor Jekyll. Pero aunque no lo sea, ¿cuándo una metáfora no ha sido el tropo perfecto para hacer poesía, poeta? Pues imagina una metáfora de sesenta y ocho páginas sobre la prosa depurada de Halfon, sin tilde en la «o». Querré leer más de Halfon, sin duda. Saturno ha sido un sabroso aperitivo. Y no sé por dónde empezar. ¡Por turno!

[1] Eduardo Halfon en la página 40 de Saturno, título editado por Jeckyll & Hill el 3 de marzo de 2017.

[2] Fragmento del comentario al óleo de Francisco Goya “Saturno devorando a un hijo” publicado en la página 170 de Goya. Los grandes genios del arte, Biblioteca El Mundo, 2005.

[3] Cita de Thomas Bernhard con la que Álvaro Colomer abre Los bosques de Upsala (Alfaguara, 2009).

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Así es como se asienta la locura: leyendo

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«Como el niño recién nacido, ansiad la leche auténtica, no adulterada, para crecer con ella sanos. Aleluya.» (1 Pe 2,2).

Hay tres razones principales por las que consigues leer en un fin de semana dos libros. La primera, que son cortos; la segunda, que has tenido apagado el móvil casi todo el fin de semana y la tercera, que están escritos, en su mayor parte, en primera persona.

Los libros que he leído este fin de semana han sido Alimentar la mente, de Lewis Carroll (Gadir, 2009.  8,10 € en librería Metrópolis de Jaén) y Sano y salvo en Shibuya. Cómo ser un genio de Rafael Sarmentero (Rafael Sarmentero, 2016. 2,99 € en Amazon).

Tengo que reconocer mi debilidad por los textos escritos en primera persona. También son los textos más fáciles de producir. Quizás por su «facilidad» para ser escritos, suelen constituirse en ricas golosinas para el cerebro de un lector. Pienso que sucede eso, que cualquiera que narre en primera persona tiene más posibilidades de captar la atención de un lector que el que narra en cuarta, o en quinta. Narrar en primera persona no significa, y aquí entramos en otras veredas, que narre el propio escritor, sino un narrador, o un personaje que narra. Quien narra en primera persona también le es y le resulta más fácil ser auténtico, hay más cercanía y, cuanto más cerca, más fácil es atraer: la primera persona atrae. Tres ejemplos y un bonus track: Carroll, Sarmentero y Dickens.

Escribe Carroll en Alimentar la mente:

Hace años solía recibir cartas muy interesantes escritas por una de las manos más atroces jamás inventadas. Por lo general me costaba alrededor de una semana leer cada una de esas cartas. Solía llevarlas en el bolsillo, y las sacaba en los tiempos muertos, devanándome los sesos con los acertijos que la componían…

Escribe Sarmentero en Sano y salvo en Shibuya:

Duermo entre cinco y seis horas. Tengo la suerte de no necesitar más para mantenerme lúcido. Me levanto a las siete. Desayuno: pan con aceite, nueces, fruta, infusión. Escribo unos cuarenta y cinco minutos. Alcanzo así el mínimo diario exigible, que en mi caso está entre doscientas y trescientas palabras. A veces me quedo corto y otras veces me paso. Voy a trabajar. Cuando vuelvo del trabajo, ya tengo la conciencia tranquila, pues he cumplido con mi tasa de palabras diarias, así que puedo tomarme la libertad de hacer cualquier otra cosa (desde escribir un poema hasta incluso quedar con algún afortunado para tomar café). Estoy pensando en cobrar por tomar café. Es una idea que barajo desde hace tiempo. Soy egotista. Soy egoísta. Soy egomaníaco. Si quieres tomar café conmigo, escríbeme. Cobro 15 euros por una hora de conversación (el café o la infusión, aparte).

También Dickens en El viajero sin propósitolibro que tengo cerca, y que compré el sábado:

Permítanme presentarme; en primer lugar, en sentido negativo.

Ningún director de hotel es amigo ni hermano mío, no conozco ninguna ama de llaves que me ame, camarero que me adore o limpiabotas que me admire o envidie. No tengo el gusto de que nadie cocine expresamente para mí un guiso de carne, lengua o jamón; mucho menos un pastel de pichón. En los hoteles no veo ningún cartel expresamente dirigido a mí, ni se reservan a mi nombre habitaciones donde se haya dispuesto un juego de sobrecubiertas como las que suelen emplearse en los ferrocarriles. Y en ningún lugar público de reunión del Reino Unido importa demasiado mi opinión sobre su brandy o jerez.

Y aprovechando la ocasión, lo tengo frente a mí, acudo a los Relatos autobiográficos de Bernhard. Es el bonus track:

Si sintiera vergüenza, por pequeña que fuera, no podría escribir en absoluto, sólo el desvergonzado escribe, sólo el desvergonzado es capaz de hacer y deshacer frases y, sencillamente, soltarlas, sólo el más desvergonzado es auténtico

La primera persona atrae. La primera persona es auténtica y por este motivo, quizás también porque he tenido el móvil apagado casi todo el fin de semana, he leído con voracidad el libro de Lewis Carroll y la golosina de Rafael Sarmentero.

Leer textos donde los escritores sobreabundan en sus rutinas y quehaceres (siendo ellos, ¿quién lo sabe? los creadores del narrador que cuenta lo que un personaje cuenta o, quizás, sea él mismo pero ¿quién narra? ¡La primera persona! ¿Quién la crea? ¡El escritor! ¿A quién pertenece esa persona? ¡A la imaginación!) me gustan demasiado. Todo esto me resulta cada día más fascinante. Textos, los escritos en primera persona, que arrastran casi sin dificultad, el lector a la lectura. Textos donde parece que pedaleas hacia abajo y ya sabemos qué ocurre cuando pedaleas hacia abajo, que dejas de pedalear y disfrutas del paisaje, aunque frenas de vez en cuando, pero sigues. Si sabes narrar en primera persona, si de supinas golosinas pueblas un texto escribiéndolo en primera persona, qué fácil es enganchar a un buen lector. Y eso ha sucedido con los dos libros de este fin de semana, que además de utilizar la primera persona, están bien escritos, son literatura y tratan asuntos, en el caso de Carroll, casi misteriosos para un lector del siglo veintiuno: cómo alimentar la mente con buenas y exquisitas lecturas, que si ocho o nueve palabras sabias sobre escritura epistolar, sobre las fundas de los sellos que se pegan en las cartas para franquearlas, cómo comenzar una carta y cómo seguirla, cómo finalizarla y cómo clasificar la correspondencia que entra y sale de tu casa. ¡Tremendo, Carroll!

Sarmentero también. Sano y salvo en Shibuya es un tiempo de y para su yo. Un yo que se expande y se prepara para ocupar un espacio como Japón. Un Japón que lo inunda todo en la segunda parte del libro. Pero una inundación que gira, siempre, en torno a su oficio como escritor, a sus opiniones y a la vida que le colma, que es la que puebla su escritura que yo caracterizo rebosante de autenticidad.

Pero quizás nada de lo que he escrito ahora aquí tenga sentido para mí. De verdad. Quizás, de lo que más ganas me ha entrado haya sido de escribir más, de aumentar en mis días el tiempo que le dedico al cuaderno de las ideas y «fragmentos de nada» que llevo coleccionando desde hace ya algunos años. Ese «ponerse otra vez la corbata» y acudir a tu mesa para encerrarte con una pluma y un papel. Apagar internet, apagar el móvil, leer y anotar, estudiar y experimentar, borrar, tirar y reescribir hasta descubrir alguna pepita. Un trabajo por el que tanto Carroll como Sarmentero, Dickens y Berhnard dedican y han dedicado casi todos los segundos de la vida. Ese es uno de los efectos que la lectura de ambos libros pudiera también provocar a quien los lea, que alimente su ansia por la escritura hasta olvidar lo que este siglo XXI nos ofrece: velocidad. Quizás haya que regresar y volver y sentarse con solo papel, solo lápiz, solo leer, solo imaginar, solo escribir: solo felicidad. Que es quizás nada más (y recuerdo cuando escribo «quizás» a Luis Rodríguez y su La herida se mueve a la que le debo un comentario en este blog, que está escrito pero que está en «borrador» y que ya saldrá, ya saldrá, quizás, que sí, que sí, que pronto…).

Y que sí, que recomiendo la lectura del libro de Lewis Carroll y la del libro de Rafael Sarmentero. Hay en ellos la autenticidad que describe la cita que encabeza el post. Serás capaz, como yo, de leértelos en menos de veinticuatro horas. Pero apaga tu «exterior». Descubrir que puedes leer como antes cuando apagas tu exterior, asusta; ese exterior que es, si lo analizas con cierta perspectiva, un sumidero muy gordo por donde se nos escapa el tiempo, el tiempo que antes dedicábamos a leer y a construirnos, para estar enteros en la vida.

Diviértete con Carroll, sonríe con Sarmentero.

PD: El título del post está extraído de una cita del Rey Lear porque pienso que la lectura siempre asienta nuestra locura. Carroll utiliza la cita para otro asunto, el de cómo comenzar una carta, como se puede leer: «Pon la fecha en letra grande. Otra cosa fastidiosa es que, cuando desees, años más tarde, organizar una serie de cartas, las encuentres con fecha del “17 de feb.” o “2 de ago.”, sin año que te indique cuál viene antes. Y nunca, nunca, querida Señora (N.B. este comentario está dirigido sólo a las damas; jamás ningún hombre haría cosa semejante) ponga “miércoles”, solamente, como fecha. “Así es como se asienta la locura”».

Añado al post algunas fotografías tomadas con el móvil en esos cortos instantes en los que ha estado encendido:

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Estos tres libros los compré el sábado 2 de abril. Fue un «a primera vista».

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Aquí, en la Alameda de Capuchinos de Jaén, acabé de leer hoy, tres de abril, Alimentar la mente. Eran las 11:45 h. Mi hijo andaba en bicicleta. Me encontré y saludé efusivamente a un escritor y poeta de Jaén, Joaquín Fabrellas, que paseaba con su familia.

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Trabajo frente a parte de mi biblioteca. Antes le daba la espalda; ya no. Ahora veo la luz. No me canso de ver la luz.

Sano y salvo en Shibuya lo acabé de leer en la madrugada del sábado 2 de abril. Escuchaba en Spotify a Marin Marais, uno de mis compositores favoritos.