Tropo 46: El encuentro

Es el encuentro con la idea sugerente lo que promueve tu escritura. Es el encuentro con esa idea que se presenta sin ninguna solicitud. Es el encuentro, en definitiva, del extrañamiento cotidiano que te permite, al final, escribir un texto con cierto desparpajo. Así, hay quien articula una pequeña obra maestra con una exnovia, un fotógrafo amigo, un Instituto de la Memoria, un probador (hombre) de zapatos, varios informes, o reportes escritos sobre los zapatos, la precariedad económica, una peluquera, una antigua amiga que se convierte en amante cuando rondas los cincuenta, una señora abducida por ese Instituto de la Memoria, la profundidad cotidiana y dos escenas deliciosas de sexo bien escrito, como William H. Gass decía que había que hacer en Sobre lo azul. Pero estás aquí, en la biblioteca del lugar donde trabajas. No tienes clase, pero tienes una hora de esas raras. Sacas el cuaderno y escribes. Rompes. Eres agraciado por ello. Si todo va bien, trabajarás siempre en lugares que contienen bibliotecas: quien persigue lo consigue. Menos cafeterías y más bibliotecas; menos bares y más bibliotecas; menos pantallas y más bibliotecas. Y te guiño un ojo. Qué salto tan espectacular daría la sociedad. ¿Por qué te crees que ardió la biblioteca de Alejandría? Tú, en serio, responde, ¿por qué crees que ardió? Y así, desde entonces.

*Demás tropos*

Por el sexo mueres, escritor

Artículo publicado en “LacontradeJaén” el 15 de enero de 2018

Evernote Snapshot 20180121 130939POR EL SEXO MUERES, ESCRITOR

Este fin de semana terminé un libro del que me apetece escribir. Lo escribe William H. Gass y lleva por título Sobre lo azul. Está editado en La Navaja Suiza Editores y lo ha traducido muy bien Ce Santiago. Además, está prologado por una experta en literatura norteamericana, Belén Piqueras, que no tengo el gusto de conocer.

William H. Gass es un escritor norteamericano que falleció hace muy poco, el 6 de diciembre del año pasado, a los noventa y tantos. Yo siempre he admirado a William H. Gass. Mi admiración hacia él comenzó hace algunos años cuando terminé de leer un relato difícil pero brutal: “El chico de Pedersen”. Dicen que es el mejor relato sobre la nieve de todos los tiempos, aunque la nieve en el relato sea una metáfora demoledora. Les animo a que lo lean. Acaban de reeditarlo en la misma editorial, y está contenido en el libro titulado En el corazón del corazón del país.

Pero hoy quiero escribir Sobre lo azul, el otro libro de Gass. Y quiero hablar Sobre lo azul porque Sobre lo azul va de sexo. Y el sexo siempre interesa. El sexo en literatura siempre ha sido, para algunos escritores, como meterse en un avispero.

He leído a escritores que, por desgracia, no supieron escribir una escena de sexo. Son demasiados. Esos escritores han terminado por escribir una escena de sexo, pero lo han hecho a lo bestia y a lo basto, y a lo bestia y a lo basto significa utilizar una descripción literal de la materia con que se hace lo sexual. Sobre esto versa Sobre lo azul. Sobre el sexo, sobre la manera de escribir sobre sexo; y nos interesa.

William H. Gass está enamoradísimo del lenguaje y en este ensayo nos demuestra que es posible escribir sobre sexo sin verter sordidez y zafiedad, palabras sexuales, humedad y cuerpos sudorosos. No. Gass defiende, y yo con él, «el uso del lenguaje como un amante… no el lenguaje del amor, sino el amor del lenguaje, no la materia, sino el significado, no lo que la lengua toca, sino lo que forma, ni labios ni pezones, sino verbos y nombres». Este es Gass, y lo admiro.

Gass ejemplifica con autores y sus obras a lo largo de todo el ensayo para apoyar su tesis. Por eso nos insinúa: «comparad la escena de la masturbación en Ulises con cualquiera de las que hay en Portnoy, decidme luego dónde están los autores: si en la escena como cualquier soñador, de noche o de día, podría estar, o en el lenguaje, donde está y ha de estar siempre el artista».

El artista, o el escritor que es un artista, ha de tener capacidad para evocar utilizando el lenguaje, porque lo «sexual», dice William Howard Gass, puede desbaratar la forma de una historia. Si el escritor no es capaz de producir una pintura hecha de palabras sobre el sexo es un escritor mediocre.

Belén Piqueras lo resume así: «Lo que admira Gass […] es lo que distancia a estos espléndidos autores de otros mediocres, pues consiguen eludir el lenguaje manido y sórdido de la sexualidad —lenguaje azul— y logran concebir y transmitir la sexualidad de un modo sugerente y evocador, desplazando el erotismo hacia el lenguaje. Esta ambiciosa empresa no es materia para aficionados».

Hasta Juan Ramón Jiménez lo decía y así lo recoge Ce Santiago, traductor de la obra, en un fantástico epílogo. El poeta nos aseguraba que «la perfección de la forma artística no está en su exaltación sino en su desaparición».

Tengo el libro en casa y no me importaría prestártelo, pero lo he manchado, está repleto de subrayados y anotaciones. Practico el/la «marginalia» en todos mis libros. En realidad les sugiero que se acerquen a una librería y se lo compren. Sí, por supuesto, claro que les recomiendo la lectura de Sobre lo azul, aunque sea un ensayo. Su lectura puede proporcionarles criterio para discernir entre la buena y la mala literatura.

Por el sexo mueres, escritor. ¿Tienes capacidad para evocar o eres de los que necesitas en tu jerga más de una verga?

Puedes seguir a Blumm en Twitter y leer lo que escribe en blumm.blog

Puedes adquirir este título sin gastos de envío en la web de La Navaja Suiza Editores.

Sobre lo azul, de William H. Gass

Sobre lo azulSobre lo azul by William H. Gass

My rating: 4 of 5 stars

Le doy un cuatro. Es ensayo. Es uno de mis autores extranjeros favoritos. Es un libro del recientemente fallecido William H. Gass, filósofo de la literatura. Lo admiro. Hubiese dado lo que fuera por estar en algunas de sus clases de escritura creativa, que por cierto, no le gustaba impartir. Leía, leía y escribía, sabía de literatura, no como yo.

Lo que te enseña este libro, escritor, lector, es a ver cómo «la exaltación de la forma artística no está en su exaltación sino en su desaparición». Si bien esto lo escribe Juan Ramón Jiménez y lo subraya el traductor del libro, Ce Santiago (magnífica traducción, por cierto), podría ser, sin lugar a dudas, la frase con la que resumiría este ensayo de William H. Gass.

A no ser basto[1]. A no ser basto escribiendo, escritor. A buscar creatividad en las escenas de sexo porque lo «sexual», dice Gass, suele «desbaratar la forma». Y es quien prologa el libro, Belén Piqueras, la que lo resume muy bien: «Lo que admira Gass en ellos (en Shakespeare, Virginia Woolf, Colette, John Barth, John Hawkes o Ezra Pound) es lo que distancia a estos espléndidos autores de otros mediocres, pues consiguen eludir el lenguaje manido y sórdido de la sexualidad —lenguaje “azul”— y logran concebir y transmitir la sexualidad de un modo sugerente y evocador, desplazando el erotismo hacia el lenguaje —también este lenguaje conceptual y sensualmente sublime es paradójicamente etiquetado por Gass como “azul” más adelante—. Esta ambiciosa empresa no es materia para aficionados, afirma Gass».

Gass cree en la «pintura hecha de palabras», Gass rechaza los «discursos desestructurados y caóticos» y cree que el artista, el escritor, es como un «profeta y un visionario, un demiurgo de sensibilidad privilegiada y con una misión trascendente, la de hacer ver que el arte es y debe ser capaz de iluminar la realidad.»

Conocer lo azul, querido escritor, te permitirá «vivir una experiencia verbal sensual».

Recomiendo la página 14 de este libro donde Gass describe los cinco métodos comunes con los que se gana el sexo su entrada en la literatura y claro está, con cuál de los cinco se queda él. Desde luego que con el más común, con el más desvergonzado, ¡no!: «la descripción literal de material sexual —pensamientos, actos, deseos—». Ni con el segundo, ni con el tercero, creo. Pero eso te tocará descubrirlo a ti, lector, en este libro de la colección Sacacorchos de la editorial La Navaja Suiza Editores.

Acabo con un texto de Barth de El plantador de tabaco[2], que es en realidad un «breve relato de lo que sucedió cuando unos piratas abordaron el barco de prostitutas Cyprian». Con este fragmento abre Gass el segundo capítulo de Sobre lo azul[3]. Lo glosará a lo largo del mismo para encumbrar a Barth como «maestro del arte narrativo, que modula la magnitud de sus eventos y supervisa su ritmo». Advierto. Es muy sugerente y aviva en demasía la imaginación. Quedan advertidos:

«[…] la escena en cubierta resultaba muy atractiva para la atención dividida: los piratas sacaban a rastras a sus víctimas de una en una y de dos en dos, aturdidas o despiertas, a punta de pistola o por la fuerza. Vio cómo violaban a las mujeres en cubierta, en las escalerillas, en las barandillas, en todas partes, de todas las maneras concebibles. Para ninguna hubo clemencia, y las presas más bonitas cayeron en las garras de dos y hasta tres hombres a la vez. Boabdil apareció con una encima de cada hombro, que lo pateaban y arañaban en vano: cuando en el alcázar le ofreció una al capitán Pound, la otra logró zafarse y trató de escapar de su monstruoso destino trepando por los flechastes de mesana. El moro le concedió una ventaja justa y se puso luego a escalar lentamente en su busca, llamándola a cada paso en un voluptuoso árabe. A cincuenta pies de altura, donde se amplifica considerablemente cualquier bandazo del casco, a la muchacha le fallaron los nervios: desnuda de brazos y piernas se arrojó por entre las cuadrículas de las jarcias y se quedó colgando a la desesperada mientras Boabdil, tras aparecer por detrás, la violaba sin piedad. Abajo en la chalupa el velero daba palmas y se reía con ganas; Ebenezer, desconsolado, se alejó».

 

[1] Adj. Grosero, tosco, sin pulimento.

[2] El plantador de tabaco, de John Barth (Sexto Piso, 2013)

[3] Sobre lo azul, de William H. Gass (La Navaja Suiza Editores, 2017)

View all my reviews