Perder la fe en siete horas

20180822_114144219_iOSStephen el héroe (Lumen, 1978) es un libro de James Joyce que dio origen a Retrato de un artista adolescente y que te hará perder la fe en siete horas, que es lo que se tarda en leerlo. No dudo de que perderás tu fe cristiana si es una fe débil y mal afianzada. Ya, si no la tienes, partes con desventaja. Has de recuperarla, no alimentarla, leer Stephen el héroe y perderla. Sí, has de trabajar un poquito más. Pregúntate entonces, ¿es pereza o ateísmo lo tuyo?

Stephen el héroe comienza con una declaración de intenciones: el protagonista quiere llenar su granero léxico porque su afán en la vida es dotar a todos y cada uno de los pensamientos de palabras pertinentes, ajustando el significado y significante al máximo. Quiere palabras y por ese motivo se pasa las tardes paseando por la ciudad, camino de la biblioteca, leyendo del derecho y del revés todo texto que le sale al paso: carteles publicitarios, señales, escaparates. Pero las palabras traen argumentos y los argumentos sirven para desmontar lo que está mal construido. Vamos al grano: la religión.

Se trataba de perder la fe. Joyce ridiculiza la fe del cristiano irlandés en esta novela. El uso y abuso del ridículo unido a las ácidas dosis de sarcasmo y cinismo tienen como fin evidenciar las incongruencias, no de la religión católica, ojo, sino de quienes se llaman católicos y son en realidad medio católicos y por tanto no católicos. Es decir, la historia de siempre, los matices de todos los siglos que se enfocan en las actitudes y los comportamientos de personajes que van a medio gas en esto de convertirse y creer en el evangelio, desde obispos que faltan a la caridad porque se mueven por envidia hasta jesuitas ramplones que alimentan al ateo con sus sinrazones; también los amigos de Stephen que lo acompañan cada tarde a la biblioteca de la ciudad, pero estos menos, a pesar de lo que le diga su madre.

Stephen, el personaje principal, lucha con las palabras y los argumentos contra la religión católica en Irlanda. Y lucha contra el patetismo y las hipocresías de una religión que no es vivida sino que solo se transmite de padres a hijos sin más razón que esa, “soy tu padre y haces sin pensar lo que te diga”. Y así, se crean monstruos, monstruos que critica Joyce. Así no se vive una religión porque llega el vicio, pero gracias a Dios, aparece Joyce para denunciar tantísima hipocresía y sinrazón.

Joyce, recuerden, fue un tipo que estudió con cierta profundidad a Giordano Bruno y a santo Tomás de Aquino. Lo que demuestra con esta novela es que la fe sin práctica ni formación se pierde y se pudre. Y dos: cuando la fe se vive mal, de manera incongruente, viciada y de manera estanca, no impregnando toda la acción vital, suele ser carnaza para quien desde fuera, como Joyce y el ateo de turno, poco o nada conocedor de la misma (bueno, alberga todavía esa imagen infantil de lo que era la Iglesia católica cuando recibió la primera comunión) viene a quedarse para criticarla. Y con qué ferocidad lo hace. Pero estamos acostumbrados.

Stephen el héroe plantea el problema de siempre: el asunto del homo cristiano que practica vía consuetudinaria su religión. Ese homo que cree sin más y que renuncia a forjar una fe sólida alimentada, no solo por la convicción y la fe del carbonero, sino que la robustece con estudio y formación, práctica y oración, reflexión y aprehensión. Esa persona que baila al vaivén de la tradición y de los siglos, y que dejó de formarse con doce años, nada más recibir su primera comunión o la confirmación, es la que ridiculiza Joyce en Stephen el héroe. Ese tipo que dejó de estudiar su fe para comenzar a rezar solo en Semana Santa y que frecuenta los sacramentos según el frío que haga y los domingos a misa, pero si no hay resaca. Esa es la carne putrefacta de la Iglesia católica, que solo es apta para las hienas, y para que los agnósticos y ateos, ese tipo de hombres Caín, siempre sin colmillos, puedan entretenerse masticando y tragando hasta saciarse. Pero no desgarran.

Y qué más. Dejemos de hablar de religión. En Stephen el héroe también se subraya el intento de Joyce por sacar al personaje de lo establecido, de la tradición, de lo consuetudinario. Por eso critica todas aquellas acciones que encauzan a los personajes a hacer lo que se hace siempre porque se ha hecho siempre y que da sentido a ese modo de vida funcionario.

Pero, me preguntaba, para divertir a mi seso, ¿qué puede existir de verdad en un texto que es ficción, siendo la ficción una forma de mentira? No es el argumento con el que quiero acabar, pero esta novela de juventud de Joyce critica todo aquello que no es puro, y lo puro, para Joyce, para este Joyce joven, era lo que había admirado y estudiado en autores como santo Tomás de Aquino. Joyce en realidad era un tomista convencido, pero un tomista que perdió la fe porque no supo, ni quiso ni lo pretendió, acomodar su razón a las exigencias de la fe que los miembros de una Iglesia católica reflejaban.

Joyce no tuvo más remedio que minar y ridiculizar las costumbres de una sociedad enraizada en un cristianismo tibio, y por tanto, repulsivo. Porque recuerden, si no eres frío ni caliente, sino tibio, te vomitaré de mi boca. ¡El Apocalipsis!


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A lo difícil se ha de llegar por lo fácil

La semana comenzó con un tuit de la Biblioteca Nacional que desembalé porque llevaba tiempo buscando una biografía breve sobre Ignacio como la que se incluye en el tuit.

Me descargué la biografía de Astrain (aquí la tenéis) y me la leí entre la tarde del lunes y la tarde del martes: dos tardes. Os la recomiendo. Son 143 páginas. Me aturdió, he de reconocerlo. Prendió la mecha. Me pregunté. Me templé.

Esa biografía me llevó a saber más, mucho más sobre los jesuitas y estuve dos días leyendo sobre ellos. Estoy de vacaciones y mi plan es sencillo: estudiar por la mañana y leer por la tarde. Después me pongo las zapatillas y me voy a pasear, a correr o a montar en bicicleta con mi familia (hay fotos). Y en los días de piscina buceo sin libro en la mano.

Hoy el texto que traigo para LA PÁGINA es de Santo Tomás de Aquino. Y se preguntarán, ¿qué pintará este santo aquí? Pues qué les voy a contar; que quede entre nosotros: siento una profunda admiración por este tipo. Ya les contaré algún día…

Antes de llegar a él he dedicado la semana a saber de jesuitas, dominicos y benedictinos. Por cierto, no se pierdan, por favor por favor, la serie que escribió el poeta ateo Antonio Lucas esta semana sobre la Abadía de Silos. Gracias a ella he apuntado en la lista de tareas “Algún día / Tal vez” enclaustrarme cuatro o cinco días allí, en su hospedería. Si después de leer la serie de Antonio Lucas no encuentran ese deseo, aunque solo sea el deseo de pasear por su claustro, no te enfades, quizás estés ya muy podrido y ciberapresado. Yo anhelo estar allí unos días.

No os distraigo más. La serie de Antonio Lucas está debajo enumerada. Regodeaos. Busquen una sombra y léanla con tranquilidad. En la tercera entrega cuenta esto. Ya me callo. A mí estas historias me dan mucho y mucho «de pensar».

El monje más joven del lugar, Luis Javier, es un sevillano de 32 años rápido como la sangre. Antes de ingresar en la orden pisó calle y discoteca. Terminó Derecho con Premio Extraordinario. En EEUU hizo un máster en Jurisprudencia Medioambiental. Regresó a casa y combinó las clases en la universidad con las tardes de picapleitos en un bufete. Ganaba buen parné. Vivía en un apartamento con vistas. Iba en línea recta a convertirse en un pollopera de éxito, creyente pero no beato, mundano, con amigos alejados de la Iglesia y una existencia color miel. Pero a los 24 años le dio por preguntarse algo fatal: “¿Y esto es todo?”. Cualquier chico de su edad firmaría por la mitad de su ajuar académico. Pero él se lanzó a dudar. Alguien le recomendó unos días en la hospedería de Silos, por templar la cosa. Y aquí, como un arponazo, le dio no sé qué golpe de cierzo y ya lo vio claro. Iba a ser monje.

Es domingo, no hay cierzo y es agosto; no estás en Jaén, peor para ti. Aquí alcanzaremos hoy los cuarenta y tantos. ¿Se pueden soportar? Sí. Pues sopórtalos y no te quejes, me diría Séneca. Releo la serie. Me gusta tanto que ha avivado algún rescoldo:

  1. Un ateo en Silos: Hacia no sabes dónde.
  2. Un ateo en Silos: Otra manera de callar.
  3. Un ateo en Silos: Una abeja de oro.
  4. Un ateo en Silos: Lo que viniste buscando.

Y el texto de esta semana para LA PÁGINA es el que es porque leyendo sobre los dominicos apareció deslumbrante. Fascinante. No todos los sacerdotes, monjes, frailes y obispos son pederastas, iluso. ¿Qué te creías? A Dios gracias. Tanto he leído sobre ellos que me he propuesto, a ese ritmo sencillo de pasatiempo, leer la Suma Teológica en latín. Sí, sí, me he puesto a estudiar latín como un lego, a refrescar lo que aprendí y enseñé a aquellos zagales de Marbella una vez. No quiero olvidarlo. Me han descubierto algunos manuales de Cambridge muy golosos. Ya tengo los dos primeros. Y en casa ya tenía a don Valentí Fiol. Maravilloso. Vacación era esto, independientemente de dónde te encuentres y dónde viajes y dónde te digan que has de hacerte el mejor selfie para que el mundo lo vea. Sé. Sé (del verbo «ser»).

El texto que Santo Tomás de Aquino escribió para mí es el siguiente:

Ya que me preguntas, carísimo hermano en Cristo, cómo debes estudiar para adquirir el tesoro de la ciencia, mi consejo es el siguiente.

No te lances de pronto al mar, sino acércate por los riachuelos, porque a lo difícil se ha de llegar por lo fácil. Te mando que seas tardo para hablar y para ir a distracciones; abraza la pureza de conciencia; date a la oración; procura permanecer en tu celda, si quieres entrar un día en el templo del saber; sé amable con todos; no te preocupes de lo que hacen los demás; no tengas demasiada familiaridad con nadie, pues la excesiva familiaridad engendra desprecio y roba tiempo al estudio; huye sobre todo de perder el tiempo; imita a los santos y a los buenos; guarda en la memoria todo lo bueno que oigas; cuando tengas alguna duda, aclárala; acumula cuantos conocimientos puedas en el arca de tu mente, como quien trata de llenar un vaso; no busques lo que sea superior a tus fuerzas.

Si sigues estos pasos producirás copiosas ramas y frutos en la viña del Señor. Cúmplelo y alcanzarás lo que deseas.

Después de leerlo me puse a leer la Suma (Aquí la tenéis entera, solo en castellano).

La Summa se escribiría con esta perfección. Intuyo (Gracias, R.):

Acabo con una recomendación de lectura. Estoy leyendo (para que el mundo lo vea lo publiqué en mi cuenta de Instagram) este libro medio biográfico medio filosófico de san Agustín, cuyas páginas me están procurando muchísima PAZ. Si pueden, léanlo. Dudo que sea superior a tus fuerzas: Agustín, de Gareth B. Matthews.

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Pasen un buen domingo. Paseen.

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