Tropo 318: Un día perfecto

Cada cual se fabrica su destino. El pez plátano siempre tuvo el suyo.

Hoy, 10 de marzo de 2010, he entendido el significado del relato de Salinger “Un día perfecto para el pez plátano”. Hoy, después de haber leído ese relato tres o cuatro veces en mi vida. Te dejas influir por los recovecos de los demás y te llevan a la equivocación. Que si Salinger era pederasta, que si Salinger abusaba, que si Salinger… ¡Salinger era un genio! Hoy he escuchado una interpretación que me ha convencido. De hecho, me he llevado a la barbería el relato para releerlo durante la espera. La interpretación que he escuchado esta mañana en el pódcast de Aula de Literatura es una magnífica interpretación. Someter a criterios racionales ese relato ha sido chispeante. Salinger es un genio. Escribió ese relato en 1948, recién aterrizado de Europa, tras la Segunda Guerra Mundial. El relato también certifica este hecho. Salinger me fascina. La muestra de mi fascinación está en el minuto 17. Antes de ese corte hay una interpretación de un cuento de Roald Dahl y otro de James Salter. El último, el de Salinger. También advierto que la interpretación del cuento de Dahl ha sido espectacular. Disfruta: “Los contenidos estéticos de una obra literaria“.

Tropo 184: El regalo

El tropo de hoy lo voy a escribir con la máquina de escribir que me regalaron para el día de mi cumpleaños, que fue la semana pasada. Tiene algún defecto, pero como pueden comprobar los lectores de este blog, o de este dietario, o de este lo que quieran llamar, puedo escribir. De vez en cuando se produce un salto indeseado dentro de una palabra, y te la separa sin que tú lo hayas querido. De hecho, si se fijan, tanto en la línea anterior como en la tercera, aparece un saltito divisor de sílabas. Pero escribe bien, está lo suficientemente engrasada para que haya podido escribir ya diez línea s. ¿Lo ven? ¿Ven el saltito que ha dejado entre la “a” de líneas y la “s”? Yo sí.

Me pueden considerar un fetichista de las máquinas de escribir. De hecho, con esta “nueva” son ya tres las que tengo en casa. Las más pequeñas, la Olivetti Lettera y esta, en casa. La más grande la tengo en el trastero. Las tres funcionan y las tres funcionan porque suelo utilizarlas con cierta frecuencia.

Ayer vi la nueva película de Salinger. A mí, que me he leído las dos biografías del artista, me supo a poco. Yo, que me leído toda la obra del escritor me supo a poco. Es verdad, no miento. Claro, dirán, en hora y pico no se puede contener la vida de un escritor. Sí, ya, pero sí los hitos más importantes. Con la única escena que me quedé con todas las ganas fue con aquella en que el escritor desembarcó con el borrador de El guardián en Normandía.

De Salinger se aprende pronto que la escritura es un oficio con ciertas similitudes con el trabajo en la mina. Enfoque en el pico, aislamiento y constante búsqueda de la mejor veta, de la mena, desechando la ganga. Es asombroso cómo hipoteca su vida familiar, sus dos hijos y a su mujer, para encerrarse en el búnker. Pero Salinger, es mi opinión, hubiese sido otro si no hubiese padecido estrés postraumático después de la Segunda Guerra Mundial.

Qué placentera está siendo la escritura de esta pieza. El s altito que pega de vez en cuando a ver si lo arreglo. Es el único fallo visi ble que me impediría utilizarla con cierta asiduidad. Así que solucionar este fa llito será vital. Tengo que aprender a hacerlo yo mismo o encontrar cerca un mr.mrs.vintage. Les preguntaré por Instagram a ver qué me puede decir o incluso solucionar.

Por hoy basta, y lo voy a hacer con una disposición tipográfica de párrafo que ayer aprendí del señor Martínez de Sousa. Consiste en el párrafo español, que es esta disposición, la que ven, aunque dos líneas se me hayan escapado por ahí. De Salinger aprendí, aunque estoy tardando en hacerlo carne, el observar, ser muy observador para empezar por ejemplo un relato preguntándome qué hace un padre de familia con dos bolsas de pienso para gatos un sábado a última hora, paseándose con ellas por medio Jaén, por ejemplo. ¿O no?

Jaén, 27 de octubre de 2019. Escrito con una Olympia Traveller de Luxe

El camino de la amargura lo alcanzaron con 29 años

IMG_20151205_135352Datos que hacen más bella la literatura:

La colmena se publicó en 1951. Cela tenía 35 años aunque la escribió con 29 años.

El guardián entre el centeno se publicó en 1951. Salinger tenía 32 años aunque la pergeñó con 29 años.

29 años: es solo un dato. 1951, el año.

La primera edición apareció en el continente americano. De las dos. No recuerdo si la primera edición de El guardián fue editada en Reino Unido por Jamie Hamilton. Tengo que comprobarlo. La colmena fue editada por Emecé Editores en Buenos Aires. Y es curioso, la primera traducción al castellano de la novela de Salinger también apareció en Buenos Aires diez años después, en 1961. España no empezó a existir hasta 1964; renació en 1975.

Cela, en la solapa de la primera edición, decía: «Esta novela mía no aspira a ser más cosa —ni menos, ciertamente— que un trozo de vida narrado paso a paso, sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre, exactamente como la vida discurre. Su arquitectura es compleja, y a mí me costó mucho trabajo hacerla […] Los 160 personajes que bullen —no corren— por sus páginas me han traído durante cinco largos años por el camino de la amargura». La colmena en un principio iba a titularse Café europeo y se quería concebir como el primer volumen de una trilogía: Caminos inciertos. Al final, la novela solo sufrió cinco redacciones sucesivas puesto que Cela continuaba «corrigiendo y puliendo y sobando, quitando aquí, poniendo allá y sufriendo siempre».

A Salinger, le sucedería algo similar. Slawenski, su biógrafo, decía sobre El guardián que «la tarea que se le presentaba era infernal. El materia del que disponía era una maraña de relatos sin ensamblar escritos desde 1941. A medida que había ido aumentando el manuscrito, su filosofía y sus puntos de vista habían cambiado y las partes de la novela que tenía Salinger a finales de 1949 contenían temas y mensajes dispares. El desafío que lo aguardaba era tejer todos los hilos y convertirlos en una obra de arte unitaria».

El camino de la amargura se alcanza con 29 años, deduzco. La literatura que pervive a través de los siglos suele ser una literatura que se obtiene tras el sudor, tras un camino de amargura, tras mucho trabajo, tras el sudor.

¿Y? Nada, solo son datos.

 La colmena empezaba —y empieza— así:

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El guardián entre en centeno empezaba —y empieza— así:

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Los datos para escribir este post NO han sido extraídos de Wikipedia. En realidad, odio Wikipedia aunque la use esporádicamente.

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Las fotografías están realizadas con la cámara de una BlackBerry Classic.

Ahora paz, y después gloria. Me voy a leer… ¡y a estudiar!