Hacer literatura no es hacer diplomacia

Ayer, a las 1.52 h de la madrugada, terminé de leer Los Reconocimientos y soñé de manera completa y sugerente. Esta mañana estuve paseando. Le dije a mi hijo a eso de las once: “coge la bici, que nos vamos a la Alameda”. Me he llevado un lápiz con goma arriba y unos pinitos en pedantería; los de Ben y Rubén: Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos  + con unos pinitos de pedantería.

Mientras paseaba terminé la primera parte, la de Ben: Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos. Inmediatamente escribí, en una de las hojas finales: “Ben Marcus me representa desde las 12.43 h. 27 de enero de 2019”. Sí, me representan las cincuenta y cinco páginas (desde la página 11 hasta la página 66) de mi ejemplar número 0937 de Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos +con unos pinitos de pedantería. ¿Por qué considero que me representan? Porque son páginas que me hubiese gustado escribir. Comparto la mayoría de los argumentos que utiliza para revocar la superioridad ¿moral? de un Franzen simplón. Sí, desde hoy soy del Ben Marcus y de Gaddis, caiga quien caiga. Me da igual que no lo entiendas. Insisto, del Ben Marcus y del Rubén Martín.

La diatriba establecida en torno a la literatura “realista” y la literatura “experimental” me ha interesado desde siempre. Ya la intuía Chenetier en aquel libro sobre novelistas norteamericanos Más allá de la sospecha. Los argumentos ofrecidos por Marcus son tan deliciosos, masticables y demostrables que los estudiaré y usaré cuando algún adalid editorial en Twitter o donde sea me venga con sus vacuas milongas (todo por la pasta): “si vende es que es bueno, joder”. Lo haré con respeto, por supuesto, pero seré radical. O cuando escuche el santo y seña de algunos editores, que con toda la desfachatez del mundo insinúan y ponen al mismo nivel la venta de libros y el mérito artístico de la novela. Qué desastre, que inflación intelectual, por Dios. Y si no, pregúntenle a los editores de… que se lo digan a Defreds.

“Hacer literatura no es hacer diplomacia”. En mayúscula: “HACER LITERATURA NO ES HACER DIPLOMACIA”. Página 48.

Ahora me toca leer la parte que ha escrito Rubén. Pronto. Ya. Esta noche.

Pero voy preguntando: ¿Quién no está harto de que el mercado considere la literatura experimental como una villana? ¿Quién no está hasta el moño gitano -podría gritar Gaddis que conocía muy bien España- de que tres dulzones editores pongan al mismo nivel la venta de libros y el mérito artístico? Si estás harto, ¡únete! Franzen parece un past participle, por legible, absorbente y predecible, claro; además de gilipollas, como dicen algunos en GoodReads.

El libro ofrece suficientes argumentos para contrarrestar a quienes defienden, de manera mononeuronal, que la literatura es ocio, entretenimiento, papilla intelectual, sentimiento, realismo y realismos, ficción acojonada, temerosa por descarrilar de la realidad de la que bebe, satisfaciendo “una cultura que da más valor a la historia real que a la imaginada”. Gracias a Dios que Hawkes comenzó a escribir ficción porque estaba “convencido de que los auténticos enemigos de la novela eran la trama, los personajes, los escenarios y el tema”.

Si bien en Los Reconocimientos Gaddis no hace funcionar la lengua literaria como la lengua hablada -que lo acabo de terminar, repito-, sí ofrece una expresión fidelísima sobre el papel de lo que los pensamientos de los personajes provocan. Y es asombroso. Es alucinante. Es de Gaddis. Y así, mil cien páginas en la edición de Alfaguara.

Y un último apunte. Y ojo, que salvo la distancia: la trama y la historia (pero ¿qué historia?) que desarrolla Los Reconocimientos me transportó a fragmentos de otra maravillosa y experimental novela, La fiesta de Gerald, de Robert Coover. Novelas que, para asirlas, solo necesitas silencio, una velocidad lectora adecuada y mucho azúcar para que tu seso arranque a la imaginación y no se le cale.

A mí me ha convencido Ben Marcus. Pero bueno, yo solo venía a hablar de Gaddis. Es lo que pasa, que las letras te llevan siempre a un huerto con más flores que frutos.

Qué vasta es la inteligencia literaria de Gaddis. Tendré que escribir algo sobre Los Reconocimientos, ¿no? Sí, ¿por qué no? Cómo me hizo sonreír el señor Difícil.

Blumm en la Alameda de Jaén, sonriéndole a Rodrigo y acordándose de Franzen

20181113 La comunicación luego, cuando te acabes la seducción

Escritor, ¿no te pasa, cuando escribes, esto?:

“Hasta el hecho de anotar estas pocas líneas me hace consciente de un ritmo emergente,un patrón de repeticiones, y en consecuencia de una atención a lo escrito que medirá qué escribir, como si las primerísimas palabras fuesen semillas en las que ya se prefigura la planta que será […] las ortigas que formarán, las alergias que terminarán exacerbando. Es decir: la oración busca su forma satisfactoria”.

Lo dijo William H. Gass en alguno de sus ensayos. Hoy se lo he leído a Rubén Martín Giraldez en esta entrevista, que puedes leer si no tienes nada que favoritear: ¡la comunicación luego, cuando te acabes la seducción!

¡Quiero este libro!: «Lo que sé o lo que creo saber lo sé durante un rato y si no lo escribo se disipa». https://t.co/LN5MgwVqdE— Bernardo Munuera Montero (@blumm) 13 de noviembre de 2018

Ha sido leer esa sentencia de Gass y la entrevista de Rubén y he escrito en Twitter que quería ese libro. Sí, este: Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzeny la vida tal y como la conocemos.

La frase de Gass tiene mucha miga. Tanta, que no sé yo si sería capaz de parar de hacer pan. “Lo escrito medirá qué escribir, como si las primerísimas palabras fuesen semillas”. Sí, por eso cuando un escritor afirma en alguna entrevista que él no planifica, que él comienza a escribir y que es la historia la que lo lleva, en cierto modo es mentira, ¡son las primeras palabras que escribe las que le permiten culminar su trabajo!

No, no es desolipante. Desolipante es que cuando vas a abrir un mantecado, nunca sabes si te lo vas a encontrar desecho o compacto. En este caso da igual, porque si te lo encuentras desecho, lo comprimes con la mano y te lo comes.

Es la forma satisfactoria. Esa forma de polvorón, se encuentre desecho o no, es la forma óptima, satisfactoria. Como las palabras que conforman toda tu obra.

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Las lecturas favoritas de 2016; no es broma

IMG_20161227_164004.jpgCuando llega diciembre, haces memoria. Recorres tu biblioteca con el fin de localizar, de la lista de libros leídos, los libros favoritos del año. Buscas esos libros fenomenales que le han traído a tu imaginación alegrías y a tu vida, por qué no, color. Y te sientas a escribir este post como una rutina anual. Te preguntas por qué lo haces, con qué finalidad y con ganas de qué escribes estas líneas. Y respondes con una simplicidad pasmosa: me gustaría que alguno de los lectores de este blog compre y lea algunos de los títulos sobre los que escribo hoy porque creo que no se va a sentir defraudado. Y no hay más razón que esta: yo he disfrutado y espero que tú también.

Los siguientes libros han conseguido que mi imaginación permaneciera estimulada incluso después de cerrar el libro, mientras el día se gastaba. A eso lo llamo también bienestar. Sin buscarlo, pero consintiéndolo cuando sucedía, alguna secuencia de la novela reaparecía en los momentos más extraños: esperando en un semáforo, paseando por mis calles o escuchando algún programa de música clásica. Libros que habían coloreado mi imaginación son libros que siempre recomendaré, como hago ahora.

El criterio que utilizo para seleccionar una lectura como favorita además de lo que cuento más arriba es sencillo: podría empezar a releerlo mañana. Sencillo, ¿verdad? Pues bien, una vez aplicado ese criterio a cada uno de los cuarenta títulos que he leído en 2016 los que selecciono han sido cinco:

Satin Island, de Tom McCarthy y editada por Pálido Fuego en 2016. Conmocionó mi imaginación. Leída en un solo día. Merece la pena leer la ficha editorial y visitar los sitios donde han escrito sobre ella. Cuando abres al azar esta obra puedes leer fragmentos como el siguiente. Me quedé con las ganas de escribir algo más extenso en el blog sobre ella, para qué engañarme:

Todo, como decía Peyman, es susceptible de ser una ficción; pero el Futuro es el cuento más largo y pesado de todos.

Magistral, de Rubén Martín Giráldez está editada por Jekyll & Jill en 2016. Otra joya. Magistral. Si me preguntasen que diese una razón de por qué elijo Magistral como favorita, diría que por el jugoso juego jodidamente jueno que hace con el lenguaje, trastabillándolo y fabricando con él una semántica espectacular. Forjar ficción así es magistral. Este libro no lo prestaría por nada del mundo. Es el tipo de libro que no quieres perder de vista de tu biblioteca, es el tipo de libro que lo coges fuera de hora, lo abres y te recreas con alguna página. En la ficha editorial, al igual que en el anterior, podéis leer más razones inteligentes. Como aperitivo, este fragmento:

Como mi bravata no era amable, tuvisteis que hacerla pasar por amable amansándola con vuestra lectura de mayordomos. ¡Mira que hay que ser retorcido para hacer pasar una soflama por una obra amable! Hay que reconocer, eso sí, que de esta forma conseguisteis desactivar casi por completo su sentido, y brindasteis con coños para celebrarlo. ¡No! No vale decir que yo soy bueno y decir que el que está a mi lado es bueno y decir que el que está a mi lado es bueno, porque eso es imposible o, como mucho, paraverdad, porque yo no veo a mi lado más que individuos aquejados de corrección, libretistas muertos de miedo de hacer una frase que no se entienda a la primera, copistas locos por evitar la menor arruga en la frente de su dios hipnótico, el lector, el praegustador, el probador de venenos. Al fin y al cabo ése fue el motivo que me llevó a escribir un libelo breve y ambicioso, un masaje de tortura para doscientas y pico personas —¿cuántas más pretendes que te lean?, ¿te van a traducir acaso, galano? No ha nacido todavía el libro que lastime a quien no lo lee, al menos de manera directa, y no creas que no lo siento.

El rey, IMG_20161227_171706.jpgde Donald Barthelme está publicado en Círculo de Lectores en 1996. Acabar el año con este libro ha sido una buena decisión, y una suerte. Lo compré en una feria de libro antiguo porque quería leer algo de Barthelme y una vez comprado había permanecido en ese sitio titulado «libros que quiero leer pronto» hasta este mes. Con un finísimo sentido del humor Barthelme humaniza una divertidísima sátira donde ríes de verdad y donde lo inverosímil del mundo caballeresco juega a los dados con el anacronismo de una guerra mundial. Parodia de nuestro imbécil mundo, rifirrafes que Barthelme construye con este peculiar collage literario. Es su última obra antes de morir. Es otra obra de arte. Como muestra, un fragmento:

Ginebra conversa con el Caballero Marrón.

—El bombardeo ha sido terrorífico —dice él—; hace poco pasé por Londres: hay incendios por todas partes. Están enviando más de quinientos o seiscientos aviones de golpe. Teniendo todo en cuenta, la gente se lo está tomando bastante bien.

—Pero ¿no los bombardeamos nosotros también? —pregunta Ginebra.

—Sí —dice el Caballero Negro—, estamos utilizando Wellingtons, Hampdens y Halifaxs contra sus ciudades. Pero las pérdidas son elevadas. Alrededor del seis o siete por ciento en cada incursión. Lo que está muy cerca de lo inaceptable.

—¿Qué es inaceptable?

—Nunca se explicita qué es inaceptable —dice el Caballero Marrón-. Depende, sabéis, de la situación. La situación puede requerir que un día se declare que lo que es aceptable es más importante, ¿me seguís?, que lo que había sido previamente inaceptable. Una trampa en la que no se quiere caer. Por esa razón utilizamos la fórmula «muy cerca de lo inaceptable».

—Un modo espantoso de hacer la guerra —comenta Ginebra—; prefiero sin duda el viejo estilo.

—Estoy de acuerdo —dice el Caballero Marrón—; la guerra debería dejarse en manos de los guerreros, es decir, en nuestras manos.

—Ésa no es la razón —replica Ginebra—, sino que vos, caballeros, estáis siempre perdiendo el tiempo por los bosques haciéndoos trizas a mamporros. Carecéis de sentido para planear a largo plazo y también sentido de estrategia.

—Es nuestra tradición —dice el Caballero Marrón—; es así como conseguimos acumular fama y respeto.

—Más a mi favor —afirma Ginebra; y admito que me gusta ver un golpe bien dado en el yelmo o una estocada hasta la ingle tanto como a cualquier otro. Pero en estos tiempos, ese tipo de comportamiento, como se dice vulgarmente, no corta el bacalao. ¿Qué es hoy un caballero a caballo, por más competente que sea, frente a seiscientos aviones que bombardean con precisión?

—Son cualquier cosa menos precisos —dice el Caballero Marrón—. Causan muchos daños, en efecto, pero no son precisos. Destrozan la tetera y no aciertan en el depósito de petróleo.

—¿Es eso cierto?

—Totalmente cierto. En una época fui piloto. Lo dejé porque, aunque el combate aéreo individual conserva algunos de los atributos de un combate caballeresco, no es lo mismo. Una ametralladora no es una arma atractiva.

Ginebra en la cama con el Caballero Marrón.

—Maravilloso —dice la reina—, el mejor con mucho de todos los que he echado.

Me llaman capuchino, de Daniil Jarms, editado por Automática Editorial en 2012. En una entrada del blog escribo sobre esta obra singular de la literatura. La potencia abruma. Cuánto oxígeno para la imaginación. Una obra que considero «metro» para medir libros de relatos. Muy sorprendido me dejó este descomunal Jarms. Algunos fragmentos, como he señalado, están en este post, que os invito a leer.

El arte de la memoria, de Frances A. Yates, que fue editado por Siruela en 2005. Cuando no existía el papel, cuando no existía ni el lápiz y el papel era necesario recurrir a la memoria. El libro es un recorrido desde que el poeta Simónides de Ceos, quinientos años antes de Cristo, recurriera a la asociación de imágenes y lugares para recordar dónde se habían sentado los comensales en un palacio después de un terremoto. Y de ahí a la Edad Media, la imaginería, los tratados de memoria, don Santo Tomás de Aquino, El Teatro de la Memoria de Giulio Camillo, el Renacimiento veneciano, el lulismo, Giordano Bruno, el ramismo, Robert Fludd y el método científico en el arte de la memoria. Sí, es un soberbio ensayo que me embelesó sobre todo en su primera parte. Este libro entró en mi esfera lectora porque le leí a Coetzee que contaba que el escritor Gerald Murnane fraguó su propio sistema de memoria a raíz de la lectura de este ensayo allá por 1966. Este detalle hizo que entrase pronto en mi lista de próximas lecturas, y entró; además, estaba en la biblioteca pública. Considero comprarlo y tenerlo en casa. Es un gran libro, un libro favorito, como los cuatro anteriores, para tomarlo de vez en cuando y sentarte en el sillón con él. Escribí un divertimento sobre él a raíz de un tuit de Inés.

El hombre no puede entender sin imágenes [phantasmata].

Y hasta aquí la lista de los libros favoritos de 2016. Las fotografías, además de ilustrar el post, me servirán para el fondo de pantalla de la única red social que me sirve: Twitter. Se quedan cerca otros libros, pero una lista, tiene que ser una lista sincera.

Feliz Navidad.

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