Rechaza la sed de libros

Me he propuesto, después de leer el artículo de Rafael Sarmentero[1] “Esto no es un juego”, publicar todas las semanas una entrada, como si fuese un articulito para cualquier suplemento dominical, que es en lo que se va a convertir el blog este año. Un texto gratuito y accesible para quien visite el blog, un texto misceláneo.

Sarmentero en su artículo se acusa de su laxitud de compromiso, del relajo en el que ha caído: “He sido mariquitamente autoindulgente. Y eso se ha terminado”, escribe. “¿Qué estoy haciendo con tal grado de pagafantismo creativo?”, se pregunta. Después afirma que “si cada día al menos escribo mi media hora, tres cuartos…” recuperará la sensación del deber cumplido.

Me he sentido identificado con sus afirmaciones, si bien yo no he venido al mundo a escribir obras maestras, pero sí a jugar con las palabras y las letras. Es más, sus palabras me han servido para recomenzar la escritura aquí. Justo ayer publicaba en Twitter que llevaba veinte días sin escribir nada. Y sí, hubo un momento del día en que aislé el hecho y la reflexión sobre la no escritura, esa bartlebymanía, y me resultó rarísimo. Me pregunté por qué, aunque las razones eran muy evidentes: nuevo curso, nuevo plan de estudio, niños y colegios, hogar y familia, Dios e Instagram.

Nunc Coepi!: el pagafantismo creativo se ha acabado. Y se ha acabado porque el año pasado fui capaz de escribir una entrada diaria y era feliz. Ahora no escribo una entrada diaria y no soy feliz. Eso es verdad, aunque este tipo de felicidad sea una felicidad vana. Usted me entiende.

Recojo muchas notas a lo largo de la semana. Notas sobre quienes me rodean. Notas sobre pensamientos y exabruptos, ideas para una nueva educación, planificaciones de estudio (ahora estoy con Galdós, tema 59), ideas para una novela que nunca escribiré y asuntos de variopinta naturaleza, como guardias de recreo, criterios de evaluación o citas tales como “ridícula pedantería libresca” (a propósito de Calisto, el de Melibea). También tomo notas sobre como sube y baja el IBEX-35 y lo poco o mucho que repercute en lo poco que hay en un fondito de inversión. Vida, en general. Nunca se sabe si andamos sobre simientes o sobre residuos, decía A. de Musset.

Pero si hoy he abierto este editor, es para escribir sobre qué plan de lecturas me he propuesto para este curso. Y será un plan austero, entre otros motivos porque voy a tomar como lema “Rechaza la sed de libros”. Y les explico.

Estoy releyendo El trabajo intelectual, de Jean Guitton[2]. Un libro que no estaba marcado, ni subrayado ni trabajado. Lo leí hacia el 2000 o así. Y claro, puse remedio. Comencé su relectura en agosto con un lápiz bicolor. Empecé releyendo la segunda parte a finales de agosto y comencé la primera ahora, en septiembre. Nunca había invertido el orden de lectura de un libro, pero este me lo permitía. Ahora no recuerdo las razones del porqué lo hice. Anoche llegué al capítulo VI, que se titula “La lectura como enriquecimiento de sí mismo”. Me gustó tanto la cita con la se abría, que transcribo la primera página del capítulo completa:

“‘Rechaza la sed de libros –dice Marco Aurelio–, para morir no con lamentos, sino con serenidad’.
Es curioso observar los convencionalismos que aceptan los hombres cuando hablan de sus lecturas.
Al oírles, se diría que han leído todos los libros que se les nombra: los escritores clásicos (por supuesto), los recientes ganadores de premios, los libros extranjeros. Sin embargo, el cálculo demuestra que la capacidad de leer es pequeña, excepto en aquellos cuya profesión es la crítica y que saben apreciar el contenido de una obra solamente con hojearla. Suprimid de la vida humana los trabajos, las preocupaciones, los cuidados del cuerpo y del mundo, los viajes, los accidentes, queda poco tiempo para la lectura. El que hubiera leído diez libros al año y hubiera hecho esto durante medio siglo no habría conocido nada más que una ínfima parte de lo que contiene la biblioteca más pobre de su ciudad. Y contar con diez libros bien leído en un año, ¿es acaso demasiado? Y, quizá, este lector regular, al cabo de treinta años, ¿no preferiría releer los libros que le habían gustado en su juventud en vez de coger otros nuevos?

Jean Guitton en el capítulo VII de El trabajo intelectual.

El texto sigue hablando sobre “saber detenerse” y “tener libros de cabecera”. El capítulo entero es una magnífica reflexión en torno a la necesidad de leer para conocer el sentido de la vida y de las vidas de los que nos rodean “y que el embrutecimiento de lo cotidiano nos esconde”. Pero leer detenidamente, ese va a ser el plan de lectura para este curso. Por un fin: “En el fondo, el arte de leer bien, consiste en componer una segunda Biblia para sí mismo, en leer la primera con inteligencia, y la segunda, la nuestra, con nuestra fe”.


[1] Rafael Sarmentero cose las ideas y los pensamientos que recoge en su cuaderno y muestra el resultado en su blog cada cierto tiempo en piezas como “Esto no es un juego”. Diamantinas, por cierto.
[2] Publicado en Rialp en 1999 aunque el texto original apareció en 1951 en Editions Montaigne, de París (enlace afiliado)

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Así es como se asienta la locura: leyendo

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«Como el niño recién nacido, ansiad la leche auténtica, no adulterada, para crecer con ella sanos. Aleluya.» (1 Pe 2,2).

Hay tres razones principales por las que consigues leer en un fin de semana dos libros. La primera, que son cortos; la segunda, que has tenido apagado el móvil casi todo el fin de semana y la tercera, que están escritos, en su mayor parte, en primera persona.

Los libros que he leído este fin de semana han sido Alimentar la mente, de Lewis Carroll (Gadir, 2009.  8,10 € en librería Metrópolis de Jaén) y Sano y salvo en Shibuya. Cómo ser un genio de Rafael Sarmentero (Rafael Sarmentero, 2016. 2,99 € en Amazon).

Tengo que reconocer mi debilidad por los textos escritos en primera persona. También son los textos más fáciles de producir. Quizás por su «facilidad» para ser escritos, suelen constituirse en ricas golosinas para el cerebro de un lector. Pienso que sucede eso, que cualquiera que narre en primera persona tiene más posibilidades de captar la atención de un lector que el que narra en cuarta, o en quinta. Narrar en primera persona no significa, y aquí entramos en otras veredas, que narre el propio escritor, sino un narrador, o un personaje que narra. Quien narra en primera persona también le es y le resulta más fácil ser auténtico, hay más cercanía y, cuanto más cerca, más fácil es atraer: la primera persona atrae. Tres ejemplos y un bonus track: Carroll, Sarmentero y Dickens.

Escribe Carroll en Alimentar la mente:

Hace años solía recibir cartas muy interesantes escritas por una de las manos más atroces jamás inventadas. Por lo general me costaba alrededor de una semana leer cada una de esas cartas. Solía llevarlas en el bolsillo, y las sacaba en los tiempos muertos, devanándome los sesos con los acertijos que la componían…

Escribe Sarmentero en Sano y salvo en Shibuya:

Duermo entre cinco y seis horas. Tengo la suerte de no necesitar más para mantenerme lúcido. Me levanto a las siete. Desayuno: pan con aceite, nueces, fruta, infusión. Escribo unos cuarenta y cinco minutos. Alcanzo así el mínimo diario exigible, que en mi caso está entre doscientas y trescientas palabras. A veces me quedo corto y otras veces me paso. Voy a trabajar. Cuando vuelvo del trabajo, ya tengo la conciencia tranquila, pues he cumplido con mi tasa de palabras diarias, así que puedo tomarme la libertad de hacer cualquier otra cosa (desde escribir un poema hasta incluso quedar con algún afortunado para tomar café). Estoy pensando en cobrar por tomar café. Es una idea que barajo desde hace tiempo. Soy egotista. Soy egoísta. Soy egomaníaco. Si quieres tomar café conmigo, escríbeme. Cobro 15 euros por una hora de conversación (el café o la infusión, aparte).

También Dickens en El viajero sin propósitolibro que tengo cerca, y que compré el sábado:

Permítanme presentarme; en primer lugar, en sentido negativo.

Ningún director de hotel es amigo ni hermano mío, no conozco ninguna ama de llaves que me ame, camarero que me adore o limpiabotas que me admire o envidie. No tengo el gusto de que nadie cocine expresamente para mí un guiso de carne, lengua o jamón; mucho menos un pastel de pichón. En los hoteles no veo ningún cartel expresamente dirigido a mí, ni se reservan a mi nombre habitaciones donde se haya dispuesto un juego de sobrecubiertas como las que suelen emplearse en los ferrocarriles. Y en ningún lugar público de reunión del Reino Unido importa demasiado mi opinión sobre su brandy o jerez.

Y aprovechando la ocasión, lo tengo frente a mí, acudo a los Relatos autobiográficos de Bernhard. Es el bonus track:

Si sintiera vergüenza, por pequeña que fuera, no podría escribir en absoluto, sólo el desvergonzado escribe, sólo el desvergonzado es capaz de hacer y deshacer frases y, sencillamente, soltarlas, sólo el más desvergonzado es auténtico

La primera persona atrae. La primera persona es auténtica y por este motivo, quizás también porque he tenido el móvil apagado casi todo el fin de semana, he leído con voracidad el libro de Lewis Carroll y la golosina de Rafael Sarmentero.

Leer textos donde los escritores sobreabundan en sus rutinas y quehaceres (siendo ellos, ¿quién lo sabe? los creadores del narrador que cuenta lo que un personaje cuenta o, quizás, sea él mismo pero ¿quién narra? ¡La primera persona! ¿Quién la crea? ¡El escritor! ¿A quién pertenece esa persona? ¡A la imaginación!) me gustan demasiado. Todo esto me resulta cada día más fascinante. Textos, los escritos en primera persona, que arrastran casi sin dificultad, el lector a la lectura. Textos donde parece que pedaleas hacia abajo y ya sabemos qué ocurre cuando pedaleas hacia abajo, que dejas de pedalear y disfrutas del paisaje, aunque frenas de vez en cuando, pero sigues. Si sabes narrar en primera persona, si de supinas golosinas pueblas un texto escribiéndolo en primera persona, qué fácil es enganchar a un buen lector. Y eso ha sucedido con los dos libros de este fin de semana, que además de utilizar la primera persona, están bien escritos, son literatura y tratan asuntos, en el caso de Carroll, casi misteriosos para un lector del siglo veintiuno: cómo alimentar la mente con buenas y exquisitas lecturas, que si ocho o nueve palabras sabias sobre escritura epistolar, sobre las fundas de los sellos que se pegan en las cartas para franquearlas, cómo comenzar una carta y cómo seguirla, cómo finalizarla y cómo clasificar la correspondencia que entra y sale de tu casa. ¡Tremendo, Carroll!

Sarmentero también. Sano y salvo en Shibuya es un tiempo de y para su yo. Un yo que se expande y se prepara para ocupar un espacio como Japón. Un Japón que lo inunda todo en la segunda parte del libro. Pero una inundación que gira, siempre, en torno a su oficio como escritor, a sus opiniones y a la vida que le colma, que es la que puebla su escritura que yo caracterizo rebosante de autenticidad.

Pero quizás nada de lo que he escrito ahora aquí tenga sentido para mí. De verdad. Quizás, de lo que más ganas me ha entrado haya sido de escribir más, de aumentar en mis días el tiempo que le dedico al cuaderno de las ideas y «fragmentos de nada» que llevo coleccionando desde hace ya algunos años. Ese «ponerse otra vez la corbata» y acudir a tu mesa para encerrarte con una pluma y un papel. Apagar internet, apagar el móvil, leer y anotar, estudiar y experimentar, borrar, tirar y reescribir hasta descubrir alguna pepita. Un trabajo por el que tanto Carroll como Sarmentero, Dickens y Berhnard dedican y han dedicado casi todos los segundos de la vida. Ese es uno de los efectos que la lectura de ambos libros pudiera también provocar a quien los lea, que alimente su ansia por la escritura hasta olvidar lo que este siglo XXI nos ofrece: velocidad. Quizás haya que regresar y volver y sentarse con solo papel, solo lápiz, solo leer, solo imaginar, solo escribir: solo felicidad. Que es quizás nada más (y recuerdo cuando escribo «quizás» a Luis Rodríguez y su La herida se mueve a la que le debo un comentario en este blog, que está escrito pero que está en «borrador» y que ya saldrá, ya saldrá, quizás, que sí, que sí, que pronto…).

Y que sí, que recomiendo la lectura del libro de Lewis Carroll y la del libro de Rafael Sarmentero. Hay en ellos la autenticidad que describe la cita que encabeza el post. Serás capaz, como yo, de leértelos en menos de veinticuatro horas. Pero apaga tu «exterior». Descubrir que puedes leer como antes cuando apagas tu exterior, asusta; ese exterior que es, si lo analizas con cierta perspectiva, un sumidero muy gordo por donde se nos escapa el tiempo, el tiempo que antes dedicábamos a leer y a construirnos, para estar enteros en la vida.

Diviértete con Carroll, sonríe con Sarmentero.

PD: El título del post está extraído de una cita del Rey Lear porque pienso que la lectura siempre asienta nuestra locura. Carroll utiliza la cita para otro asunto, el de cómo comenzar una carta, como se puede leer: «Pon la fecha en letra grande. Otra cosa fastidiosa es que, cuando desees, años más tarde, organizar una serie de cartas, las encuentres con fecha del “17 de feb.” o “2 de ago.”, sin año que te indique cuál viene antes. Y nunca, nunca, querida Señora (N.B. este comentario está dirigido sólo a las damas; jamás ningún hombre haría cosa semejante) ponga “miércoles”, solamente, como fecha. “Así es como se asienta la locura”».

Añado al post algunas fotografías tomadas con el móvil en esos cortos instantes en los que ha estado encendido:

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Estos tres libros los compré el sábado 2 de abril. Fue un «a primera vista».

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Aquí, en la Alameda de Capuchinos de Jaén, acabé de leer hoy, tres de abril, Alimentar la mente. Eran las 11:45 h. Mi hijo andaba en bicicleta. Me encontré y saludé efusivamente a un escritor y poeta de Jaén, Joaquín Fabrellas, que paseaba con su familia.

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Trabajo frente a parte de mi biblioteca. Antes le daba la espalda; ya no. Ahora veo la luz. No me canso de ver la luz.

Sano y salvo en Shibuya lo acabé de leer en la madrugada del sábado 2 de abril. Escuchaba en Spotify a Marin Marais, uno de mis compositores favoritos.

 

El proceso de escritura de los demás me entretiene

Inés entrevistó a César. Pablo me cae muy bien aunque la temática con la que colorea sus novelas sea de otro siglo. Rafael es cartesiano y por eso progresa.

Todo lo que rodea al proceso de escritura de los demás me entretiene. El proceso de escritura es el meollo. Suele ser la forma material que adopta o que coge prestada la forma inmaterial de la ficción, de la creatividad, que expulsa ficción. Como un volcán. ¿Es el proceso de escritura el surco por donde corre, pendiente abajo, la lava de la ficción?

  1. Inés entrevistó a César en estas dos fotografías. Si pinchas sobre la que te dé la gana algo te llevará a la entrevista completa que Inés hizo César.
    1. ¿Es la escritura disciplina, César?
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    2. ¿Cómo ha cambiado el mundo editorial, César?
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  2. Pablo me cae muy bien aunque la temática con la que colorea sus novelas sea de otro siglo es una entrevista que vi en Youtube hace una semana y que provocó que tomara una decisión muy importante en mi vida que no puedo revelar aquí. Pues no le debo na ni na a Pablo… «Paciencia y barajar», como se lee en Don Quijote. La desigualdad no puede combatirse con violencia ideológica de izquierda; ni de derecha. Optar por el otro sale de dentro si se tienen adentros. Ya está. No es ideología. No puede ser de la ideología ayudar al otro.
    1. «La revolución empezó con un texto». Olé. El autor colgó este vídeo en su página, El adjetivo mata, para que te sientes con un café, un bolígrafo y algo dónde apuntar:

 

  1. Rafael es cartesiano y por eso progresa es un tuit que rescato para que reflexiones, escritor de mofa. Moja pluma, usa el molinillo para los granos de ficción y el café, siempre a la misma hora. Todos los días. Si pinchas sobre el tuit te llevaré a su web que hoy, 2 de agosto de 2015, muestra unos morritos de Lolita de 19 años que ni Nabokov.
    1. Es un genio y él no lo sabe…
      rafasarmentero

Y finalmente revelo que Robert Coover me ha destrozado. Ayer acabé El hurgón mágico. Robert Coover puede trasnformar la opinión que sobre la ficción tenías hasta hoy, dos de agosto de 2015. Cervantes hizo algo similar en su día, con diecisiete años, creo.

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