Tropo 80: Es el topos, bonita

“Casa con dos puertas, mala es de guardar” es lo primero que apuntas el viernes en tu cuaderno. Ni sabes de dónde ni sabes de quién. Mal. Justo después de esa cita encuentras apuntada una tarea en la página 143 que llenará de palabras este tropo. Reza así: “revisar sistema memoria/números”. De dicho sistema escribirás otro día, si se presenta la ocasión. Siempre que vas a empezar una temporada larga de estudio repasas alguno de sus puntos.

La tarea te hace recordar una anécdota que leíste en un virguero libro sobre la memoria. En él se recorrían los sistemas de memoria que habían surgido a lo largo de la historia: El arte de la memoria, de Frances A. Yates. Hoy, incluso, has encontrado una flojita reseña en “El Cultural” de hace catorce años.  

El libro se abre con una anécdota que utilizas con cierta frecuencia en tus clases cuando tratas de hablar de cómo memorizar mejor y cómo utilizar algunas reglas nemotécnicas. La anécdota es tan gráfica que entienden enseguida cómo funciona y cómo se utilizaba la memoria hasta que la imprenta hizo estallar esa necesidad de retener tantos datos. Como quedaban escritos y eran accesibles…

¿Por qué llamas tópico a un lugar común? Porque topos significa lugar. Pero no sigues por ahí porque quieres presentar a Simónides de Ceos, nuestro protagonista. Simónides fue un poeta griego que fue invitado al banquete que se daba en honor de un famoso púgil del momento. En un momento de la fiesta avisaron a Simónides de que alguien lo esperaba en la puerta. Simónides salió, pero no encontró a nadie, por lo que regresó a la sala donde todos seguían comiendo, pero justo antes de llegar, la sala se derrumba y mueren todos los comensales.

Tras la tragedia, le preguntaron a Simónides, que fue el único superviviente, si podía decir quién había en la fiesta, pero en un principio no fue capaz de recordar nada. Fue después de un rato cuando pensó que si conseguía visualizar el lugar (topos) donde se encontraba cada invitado, reconocería con la mente y gracias a la memoria a cada comensal. Junto a esa columna estaba… Sentado en el segundo escalón había… Los recordó a todos.

De esta manera Simónides de Ceos descubrió un método nemotécnico que hoy en día se conoce como “Topos de la memoria”. A partir de este hecho, la autora de El arte de la memoria, Frances A. Yates viaja a lo largo de los siglos para desentrañar cómo se ha utilizado y potenciado la memoria con la asociación de imágenes y lugares. Espectacular.

Por este motivo, a día de hoy, los que fueron mis alumnos de segundo de bachillerato, reconocerían en el perchero del aula uno de los rasgos del estilo literario de Pío Baroja. Uno de los ganchos del perchero donde colgaban sus chupas tenía forma de O que es la última letra del adjetivo “cotidiano”, característica estilística del lenguaje de Baroja. Un día me acerqué al perchero, mientras explicaba el estilo de Baroja, les hice imaginar un letrero con la palabra “cotidiano” y la colgué. Supongo que el adjetivo seguirá ahí, colgado y lleno de polvo, y en su imaginación, claro, para toda su vida; es el topos, bonita.

Vínculos en este tropo: El arte de la memoria (afiliado) | Reseña de El arte de la memoria en el “El Cultural” de 2005.

Tropo 77: El martes

Semana. El martes. Te levantas temprano para estar pronto en la biblioteca pública. Abrirla. Estás en Jaén, pero tú abres las anotaciones del cuaderno con un “buscar en la Biblioteca Nacional artículos de Jaime Salom”. En la hemeroteca, claro. Quieres comprobar en Salom lo que Ricardo F. Colmenero descubrió en Camba: “Pienso en Camba, en aquella frase acerca del periodismo, que más que una forma de contar la realidad se trata de ir a disfrutar de la realidad para tener algo que contar”. Claro, para que después llegue González-Ruano y te cuente en un artículo qué objetos encontró en el cajón de una mesa de su padre, hasta dónde le conmovieron. Y en otro artículo te relate el recuerdo de la portera de su edificio cuando estalla la guerra, no la guerra.

Estoy en la biblioteca pública escribiendo sobre la Biblioteca Nacional. Hoy no, claro, el martes. Leo sobre el drama burgués, es decir, sobre Jacinto Benavente, Pemán y Calvo Sotelo. Después paso al teatro cómico con más ganas: Jardiel, Mihura y Paso. No colman. Descubres, no vía cómica ni burguesa, qué son las gorgonas y te acuerdas de algunas feministas violetas que más que mujeres parecen coños. ¡Lueñe de mí, coños! Qué gracioso. Vaya metonimia, ¿no?

El martes lo acabas copiando tres textos en el cuaderno. Tres citas con las bailo hasta que caigo en la cama con ellas. Tres avemarías:

A los cincuenta años, hoy, tengo una bicicleta.
Muchos tienen un yate
y muchos más un automóvil
y hay muchos que también tienen ya un [avión.
Pero yo,
a mis cincuenta años justos, tengo sólo una [bicicleta.
Rafael Alberti

A las masas que las parta un rayo. El hombre es lo último que nos interesa, el hombre individual. El hombre masa no existe. Desconfiad del tópico “masas humanas”. Mucho cuidado: a las masas no las salva nadie.

Pío Baroja

El tiempo, que ni vuelve ni tropieza.

Quevedo

Miras a Galdós de otra manera

La tarde del sábado ha arrancado como todas las tardes del sábado. Así, como la primera fotografía de la entrada muestra. Los sábados me gustan por el rato que hay desde las cuatro o así, hasta la hora de merendar con los chiquillos. Esas dos, dos horas y media configuran el segundo mejor momento de la semana. El primero, ni lo miento.

Sábado, café, libro y lápiz

Tengo encima de la mesa un libro de González-Ruano; y es sábado. Lo compré después de leer uno de esos artículos helicoidales de Jorge Bustos, donde me lo recomendaba. Había supuesto para él, escribía, como un curso acelerado de escritura. Parafraseo y casi invento. Sigue releyéndolo, decía. Así que, después de presupuestar el mes -tenía que saber si era mes para cómics o para libros-, las cuentas salían; y lo compré. No me arrepiento. Hasta subí la típica y tópica fotografía a mi nuevo perfil de Instagram. Eduardo Laporte certificó, con un comentario en el pie de la fotografía, mi acierto con la decisión: “Me encantó”.

Memorias, de González-Ruano

A mí también me está gustando. El libro está encantando las clases de literatura. He empezado a desperdigar, entre explicación y explicación, algunas de las anécdotas que he leído en el libro sobre la Generación del 98 (ahora estoy explicando la novela de principios del veinte). Las dos últimas las extraje en fichitas A6 y ya están digitalizadas en Evernote. Versaban sobre Galdós, Baroja y Azorín, pero qué granero de citas me está surtiendo el libro.

Por la cantidad de anécdotas que González-Ruano ofrece sobre los integrantes de la Generación del 98, recomiendo esta obra a los profesores que quieran salpicar sus explicaciones con graciosas anécdotas sobre Valle-Inclán, Baroja, Ramón Gómez de la Serna, Azorín y el mismo César González-Ruano.

Estas memorias también están iluminando, con otro foco, a toda una generación de escritores. Un foco que enriquece lo que en un libro de texto o manual puro de literatura podía ofrecer. Hay tanta luz en estas memorias como sombras sorprendentes.

El primer texto que transcribo hoy versa sobre Azorín. La etopeya que hace Ruano de él me parece soberbia. El segundo, más corto, va sobre lo que piensa Baroja de las descripciones que realiza Galdós en los Episodios Nacionales. Desternillante. Ese segundo texto me derribó. ¡Qué imaginación la de Galdós! Baroja le recrimina que invente con tanto lujo de detalles lugares para sus novelas, sitios en los que nunca ha estado. ¿No cambia conocer esta impresión de Baroja tu percepción sobre, por ejemplo, los Episodios Nacionales? Se calibra, desde luego que sí.

No les entretengo más. Aquí están los dos textos. Que les aprovechen las etopeyas:

Salió Azorín a aquella salita como una figura de cartón, casi inmóvil, correcto; se sentó frente a mí, y después de dos o tres palabras convencionales, de esas que no sabe uno si han sido dichas o si han sido simplemente supuestas, se quedó herméticamente callado, mejor aún, cerrado como una caja. Yo le expresé mi agradecimiento por el artículo que había dedicado a mi Baudelaire. Luego me callé también. Hubo un silencio denso, y de pronto Azorín empezó a hablar de Baudelaire y de la poesía francesa. Hablaba bien, muy bien. Pausadamente y muy parecido a como escribía: pensando las cosas y en párrafos bien construidos y cortos.

González-Ruano sobre Azorín en sus Memorias (Renacimiento, 2017)

Los dos, cuando yo los veía, vivían su último año de vida. Galdós, con todos sus enormes valores que nadie le discute, debió de ser hombre poco escrupuloso con la sinceridad ni en la vida ni en la obra. Esto yo creo que con una mágica intuición lo notábamos los jóvenes. Don Pío Baroja –por cuya casa recientemente he ido con frecuencia– me contó hace poco, (en 1950, desde luego), que él había comprobado que en varios pueblos que don Benito describe profusamente en sus “Episodios”, no había estado nunca. Pasando de una cosa a otra, con ese pintorequismo cazurro y estupendo que tiene la conversación, de Baroja, me dijo después:

–Mire usted, Galdós tenía cosas de esas que no están bien… porque hablar con pelos y señales de un pueblo sin haber ido, pues no me parece a mí que está bien, y lo de aquella muchacha de Santander, vamos, eso ni medio bien.

–¿Qué es lo de la muchacha de Santander, don Pío?

González-Ruano sobre Baroja, Galdós y una muchacha de Santander.

Léanse estas Memorias, hagan el favor, por favor. Disfrutarán. Empiecen, si quieren, por la página 77, donde se cuenta la historia de la pobre muchacha de Santander.

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