Tropo 104: El niño prodigio

Leo todos los días en vacaciones, durante media hora, Opiniones del gato Murr. Digo media hora y escribo en vacaciones porque o te marcas una disciplina de lectura, o no acabas ninguno de los libros que empiezas. Y no es porque no leas, sino porque empiezas muchos. Ayer acabé La España negra II, de Solana y hoy he empezado Una Odisea, de Mendelsohn (vaya comienzo tan deslumbrante). Gracias a esta disciplina, incluido el registro diario de lo que leo (agosto permite estas florituras), desde hace dos semanas, no supero las cuatro lecturas simultáneas. Esta cifra, en septiembre, se reajustará a no más de dos. Es año de estudio y no daré para más.

Pero la razón de este tropo era otra. La razón es que ayer, leyendo a Hoffmann, autor de Murr, me sorprendió un pasaje donde critica el aprendizaje memorístico; y no solo esto, sino ese afán por cebarnos de “migajas comestibles de sabiduría”.

La escena que digo se desarrolla en la casa del dueño del gato Murr, que es el maestro Abraham. A su casa llega un profesor que le plantea a este maestro que qué piensa de que “presupuesta la salud física, y sin tener en cuenta la capacidad intelectual innata, el talento, el genio, con una educación especialmente reglada es posible hacer de cualquier niño, en breve plazo, dentro de la infancia, un héroe de las ciencias y las artes”. A lo que el maestro le responde que ese principio es “necio y absurdo” porque, a pesar de que un niño tenga esa capacidad de comprensión, como más o menos la tiene un mono, apostilla, y una buena memoria, “se le puedan embutir sistemáticamente un montón de cosas que luego desembuche delante de la gente”. Y añade algo suculento: “ese niño tiene que carecer de todo ingenio natural, porque de lo contrario su mejor inteligencia se resiste a ese atroz procedimiento”. Es decir, aprender de memoria es un “atroz procedimiento”. La escena se remata con una pregunta: “¿Quién llamaría erudito en el auténtico sentido de la palabra a semejante joven simple, cebado con toda clase de migajas comestibles de sabiduría?

El profesor responde a la pregunta del maestro Abraham: “El mundo, ¡el mundo entero! ¡Oh, es espantoso! ¡Toda fe en la inteligencia íntima, superior, innata, la única que crea al erudito, al artista, se va al diablo por culpa de ese atroz y loco principio!”

El diálogo es genial y suculento y continúa con las exposiciones que se hacían por esos años, en torno a 1817, de niños prodigio, como fue el caso de un tal Karl Wittel, que parecían “perros y monos trabajosamente adiestrados que mostraban sus artes previo pago una modesta entrada”.

En fin, a qué asuntos me atengo. Tampoco he contado cuál ha sido la causa de que escribiese este tropo. Algunas tardes de agosto dan para el entretenimiento y me dedico a ordenar el fichero de fichas índice, que este año me gustaría utilizar más. Cuando estudias regresas a lo analógico como hace el oso cuando regresa a su cueva para hibernar. Así entretenido, me encontré una ficha donde había trascrito una cita de las Meditaciones de Marco Aurelio, que la relacioné enseguida con este fragmento de Opiniones del gato Murr. Era esta: “Leer con precisión y no conformarse con hacer un recorrido mental genérico ni con agregarse con rapidez a la opinión de los que charlan en demasía”. Que mi cabeza haya establecido esa relación quizás sea un misterio que refute eso tan popular de “qué cabezas, las cabezas son las cabezas”.  

“Non ex quovis ligno fit Mercurius” significa “no de cualquier madera sale el mercurio”. En el lenguaje de los alquimistas el mercurio designaba lo volátil.

Tropo 98: El oficio

Hoy, mientras te relajabas, has pinchado un programa de Mercedes Menchero: Música y Pensamiento. El programa fue emitido en febrero, pero el podcast es un gran invento. Hablaba de la confianza y la sospecha y claro, han invitado a Montalbano. Si cuando te has puesto a escribir has traído estos datos para el tropo ha sido porque hay algo que ha dicho Mercedes que te ha llamado la atención. Y va sobre la escritura, esa obsesión. Mercedes contaba casi al final que Camilleri, a pesar de sus noventa años, se levantaba todos los días temprano y enseguida se ponía a escribir -en este caso a dictar porque no podía ver ya suficiente-. Comentaba que eso era un oficio, sentarse delante de una página en blanco, saliese o no saliese nada. Y seguir haciéndolo con noventa años. Recuerdas de inmediato a Philip Roth que venía a decir que su trabajo era sentarse en una silla frente a una mesa con una página y una pared para escribir, en ocasiones, y después de una mañana, un solo párrafo. Oficio. Horas, claro.

Y estás escribiendo esto porque comparas y sobre todo porque te preguntas por las horas que pasan algunos escritores en las redes sociales, que qué hacen escribiendo sin parar ahí, qué hacen que no están manchándose de tinta en un escritorio frente a una pared, qué escritura puede producir alguien tan al día de tantas gilipolleces. Qué prosa podría destilarse de una cabeza tan expuesta a esa ventolera, qué prosa de plástico, qué ficción tan chunga…

Tú, mientras, te has marcado el objetivo de reducir tu presencia en las redes al mínimo. Al mínimo es al mínimo. Murr, además, me decía hoy: “Cuando supe leer, y me llené cada día más de pensamientos ajenos, sentí el impulso irresistible de arrancar al pasado mis propios pensamientos, tal como los alumbraba el genio que habitaba en mí, y eso incluía en todo caso el arte, naturalmente muy difícil, de la escritura”.

Tropo 68: Los abismos secretos que habitan nuestro pecho

Tropo sesenta y ocho, o lo que es lo mismo, sesenta y ocho días escribiendo en este sitio un texto, una cita, un título. Veinticinco mil ochocientas sesenta y nueve palabras. Cincuenta y dos páginas en Word. Antes, nunca había escrito en un mismo documento tantas palabras. Os miento. He participado en dos ocasiones en NanoWrimo, esa americanada. Ocultos al universo y hasta el día del Juicio Final están los dos textos que escribí. Sería capaz de exiliarme de España si saliesen a la luz, incluso presentarme voluntario para pisar Marte. El tropo es la hipérbole, el exilio es la real opción.

Pero hoy quería hablar de un libro que comencé hace unos días: Opiniones del gato Murr. No sabía quién era Hoffmann, pero gracias a AB, que trabaja en una librería, lo anoté cuando me dijo que era una genialidad. AB es un lector voraz. AB no tiene móvil. AB no tiene WhatsApp. AB no tiene Twitter. AB no tiene Facebook. AB tiene un gato con veinte años y AB está escribiendo un texto para Soporto Tropos, mi revista, la que edito en mi tiempo libre. Empezaré a moldear su segundo número la semana que viene, pero me he puesto una condición. Solo me emplearé en ella si saco dos horas de estudio todos los días. Sigo estudiando, a mi edad. Y voy a llevar la contabilidad. Soporto Tropos se va forjando así: sin línea editorial, sin necesidad de programas caros de diseño editorial, sin más aspiración que publicar textos que me “extrañan”, que “transmiten la experiencia inmediata de una cosa como si se viese y no como si se reconociese” (Sklovski dixit); textos que me gustaría encontrar en cualquier revista literaria, entradas que leo, artículos que chispean, relatos que relees. Y junto a ellos, los otros: textos de hace un siglo que rescato de la hemeroteca de la BNE, a la que por cierto, le ha nacido una hija: la BNEscolar.

Pero hoy quería hablar del libro que comencé hace algunos días: Opiniones del gato Murr. Y quería hablar de él porque el prólogo de Carlos Fortea me parece una maravilla. Por la página que voy está tratando de la literaturización de la vida, que era una de las grandes tendencias de la época en que se escribe esta obra, a finales del siglo XVIII. El ensalzamiento del propio yo, el, como decía Werther, la necesidad de retornar a sí mismo para encontrar un mundo. Estamos hechos de literatura, diría también Ludwig Tieck, que publicó una traducción del Quijote en 1800. Se habla de las Confesiones de Rousseau, que inspiraron a Hoffmann y que las convierte en un libro de culto que relee durante toda su vida, de que el yo es libre y que será este el primer principio para crear su propio mundo. En fin, el yo otra vez, la autoficción de nuevo, la visión subjetiva, literaturizada, que nos descubre “los abismos secretos que habitan en nuestro pecho”. Creo que me va a gustar Opiniones del gato Murr.

“Estoy, pues, estudiando el arte de buscarlo todo en mí mismo y creo también que con el tiempo encontraré en mí lo que me pueda servir.”

12-XII-1794 E. T. A. Hoffmann

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