Libros que ocuparon mi seso en 2020 (III)

Febrero.

Ayer, entre tanta espuma de libros, olvidé señalar cuatro títulos más que tenía apuntados en la página 113 del cuaderno. No me percaté del capítulo II de enero. El primero era Manual de espumas, que fue un intento de Gerardo Diego de trasponer la poesía al cubismo. También se encontraba La forja de un escritor, donde Cela reunió los artículos que escribió entre 1943 y 1952. Los pasos perdidos de Breton era el tercer libro anotado en esta segunda página del cuaderno de enero de 2020. Por último, estaba La guerra de los botones, de Louis Pergaud, que aún no he leído, pero que haré en cuanto pueda. No me pierdo ninguna de las recomendaciones que me hace mi hijo y de este me comentó que le encantó, que era muy bueno. Además, está en la biblioteca pública de Jaén (a partir de ahora BPJ).

He dedicado un párrafo de esta página de febrero de 2020 a enero de 2020. Y se trataba de emplear como máximo una página a cada mes. Así pues, y contando con este medio párrafo, no me quedará más remedio que adecuar febrero a lo que es, un mes comprimido.

Buena parte de febrero lo dediqué a leer Los trabajos del infatigable creador Pío Cid. Según los que saben se trataba del punto de partida de la moderna ficción española. Y yo, estas cosas, no me las suelo perder. Estaba en la BPJ, pero lo adquirí en la edición de Cátedra.

Otros libros que anoté fueron Desembalo mi biblioteca, de Walter Benjamin, que lo refiere Irene Vallejo en El infinito en un junco. Además, también anoté, porque me los recomendó Antonio Lucas no sé dónde Nostalgia del absoluto, Lenguaje y silencio, Sobre la dificultad y otros ensayos y Presencias reales, sobre el que apostillé que estaba en la BPJ. Por último, La idea de Europa. Antonio Lucas lee, como comprueban. Supongo que mucho más desde que no está en Twitter.

Compruebo que en febrero me dediqué más a anotar. Qué barbaridad. Debería sopesar qué apunto y con qué fin. Si finalmente el título pasa la criba, deberé precisar las razones y argumentos de mi apunte. Apuntar por apuntar libros sin ninguna razón o argumento es vano. No sirve para nada. Tomo nota. Habré de luchar contra esta cabeza de Diógenes. Los libros anotados fueron Los pedagogos, de Jean de Viguerie, El vértido de las listas, de Umberto Eco, El libro de la almohada, de Sei Shonagon, Creatividad práctica, de Todd Henry, Entre bobos anda el juego, de Rojas Zorrilla, Los juegos de la edad tardía, de Landero y recomendado por un compañero de departamento, Entrena tu cerebro, del que ahora intuyo que puede ser un trampantojo de libro, Una librería en Berlín, de Fraçoise Frenkel, que según anoté es “el absorbente relato autobiográfico de una librera judía expropiada y nómada”.

Febrero continúa en una segunda página del cuaderno, en la 173. Enumero y saco conclusión: no vale la pena apuntar libros sin ton ni son, por mucho que te gusten los libros y su canción. Ceñirte a una carilla de una página del cuaderno será uno de los objetivos para 2021. En esta segunda página quedaron anotados La voluntad de estilo, de Juan Marichal y varios libros sobre análisis morfológico y filológico de textos medievales además de Belarmino y Apolonio, de Pérez de Ayala, Españoles de tres mundos y La España de Galdós, de Zambrano.

Una lista. Una aburrida lista de libros sin más enjundia que la nos pueden hacer imaginar sus títulos. Retomo ahora la atención hacia ese de Umberto Eco, El vértigo de las listas. ¿Por qué lo apunté, de qué irá? No tengo ni la menor idea.

Tantos libros para terminar leyendo dos, el de Ángel Ganivet y el de Irene Vallejo. Al menos fueron dos libros importantes para mi formación como lector y profesor de Lengua Castellana y Literatura. El segundo me ha proporcionado un sinfín de anécdotas sobre los libros. Algunas las utilizo, de vez en cuando, para ilustrar mis clases como aquella que cuenta que antes se mataba para conseguir libros.

Hasta mañana, que será marzo de 2020.

Tropo 351: Un perdis libresco

Escasez de papel, le escuchas decir a Cela en un documental donde su nieta lo pone a parir. La escasez de papel era un problema para los escritores principiantes. Siempre escribía con pluma y cuando tachaba, procuraba que la mancha cegase la palabra errada, el yerro mental, la estafa semántica.

La palabra escrita con la mano surge sin enfermedad venérea. Tanta promiscuidad digital aturde. Atas en corto el teléfono móvil porque sabes que es imposible trabajar, y no te digo imaginar. Atar en corto es desconectarlo durante tres horas para leer y escribir. A este extremo has llegado. El siguiente paso será desinstalar WhatsApp y Twitter. Yerma la página y seca, reseca la imaginación.

Retiras los libros de la mesa. Los apartas. Has estado hojeando Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, de un tipo que se suicidó a los treinta y dos. Búscalo, es gratis. No lo olvidarás si lo haces así. Además, tienes el Quijote empezado, y uno de Kurt Spang sobre Retórica, y otro de Cervera sobre el comentario de textos; más otro sobre la felicidad escrito por un monje de Silos. Y ya está. No son cinco, sino cuatro. Pero ese “y ya está” que acabas de escribir no es nadie. Y no es nadie porque has olvidado enumerar los que tienes empezados en el Kindle del móvil: uno de Gomá Lanzón sobre la dignidad, otro sobre san Pablo, que es un original que te han pedido que leas por favor y ya está. Pero vuelves a mentir. Ahora recuerdas que estás leyendo otro original que fue rechazado por Seix Barral. Pobres, lo que se han perdido por no ser una editorial independiente…

Te convences de que tienes que reducir el desperdigue. Y escribes desperdigue sin saber muy bien si existe. Paras. Lo compruebas. Como sustantivo no; lo sabías. Sí como presente del subjuntivo. Te lo dices de nuevo, “eres un bausán de las letras, un tío dionisiaco con las lecturas, un perdis sin remedio”. Y respondes, “¡de eso se trata, no leer oxte ni moxte”.

Tropo 282: Pio Cid

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid es el punto de partida de la moderna ficción española, escriben los que de verdad saben de literatura. Yo no he leído Los trabajos del infatigable creador Pio Cid (1898) de Ángel Ganivet, pero la biblioteca pública que frecuento tiene dos ediciones en el depósito que consultaré el próximo viernes. Estoy ilusionado. No temas por la fecha de edición, B. Recuerda que dentro de cien años lo que se está editando ahora tendrá la misma fecha que la novela de Ganivet.

Ha sido el primer libro que he apuntado en la colección “Libros/Desideratas de febrero de 2020” de mi cuaderno, o bulletjournal si me lees desde U.K. o EE.UU. El segundo ha sido Desembalo mi biblioteca, de Walter Benjamin. No he leído nada de Benjamin, pero El infinito en un junco lo refiere de mágico modo.

Di la verdad, o por lo menos no mientas. Se lo repito mucho a mis alumnos.