Tropo 351: Un perdis libresco

Escasez de papel, le escuchas decir a Cela en un documental donde su nieta lo pone a parir. La escasez de papel era un problema para los escritores principiantes. Siempre escribía con pluma y cuando tachaba, procuraba que la mancha cegase la palabra errada, el yerro mental, la estafa semántica.

La palabra escrita con la mano surge sin enfermedad venérea. Tanta promiscuidad digital aturde. Atas en corto el teléfono móvil porque sabes que es imposible trabajar, y no te digo imaginar. Atar en corto es desconectarlo durante tres horas para leer y escribir. A este extremo has llegado. El siguiente paso será desinstalar WhatsApp y Twitter. Yerma la página y seca, reseca la imaginación.

Retiras los libros de la mesa. Los apartas. Has estado hojeando Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, de un tipo que se suicidó a los treinta y dos. Búscalo, es gratis. No lo olvidarás si lo haces así. Además, tienes el Quijote empezado, y uno de Kurt Spang sobre Retórica, y otro de Cervera sobre el comentario de textos; más otro sobre la felicidad escrito por un monje de Silos. Y ya está. No son cinco, sino cuatro. Pero ese “y ya está” que acabas de escribir no es nadie. Y no es nadie porque has olvidado enumerar los que tienes empezados en el Kindle del móvil: uno de Gomá Lanzón sobre la dignidad, otro sobre san Pablo, que es un original que te han pedido que leas por favor y ya está. Pero vuelves a mentir. Ahora recuerdas que estás leyendo otro original que fue rechazado por Seix Barral. Pobres, lo que se han perdido por no ser una editorial independiente…

Te convences de que tienes que reducir el desperdigue. Y escribes desperdigue sin saber muy bien si existe. Paras. Lo compruebas. Como sustantivo no; lo sabías. Sí como presente del subjuntivo. Te lo dices de nuevo, “eres un bausán de las letras, un tío dionisiaco con las lecturas, un perdis sin remedio”. Y respondes, “¡de eso se trata, no leer oxte ni moxte”.

Tropo 76: El lunes

La semana. El lunes. Comienzo a asentar las bases del proyecto número 02020. Empiezo con el teatro español a partir de 1940, que alimentará, de manera exponencial, el número de desideratas. Cuando aumentas, de esta manera, la lista de libros que deseas leer, te sientes más grano de arena de playa, aunque nunca pierdes la perspectiva y concluyes que la realidad te cobija: el sol y el mar.

El lunes leo, y lo recojo como nota en el cuaderno (bulletjournal), que Julio Camba escribía y entregaba sus artículos manuscritos. Así como Azorín se reconvirtió con cierta dificultad a la escritura con máquina de escribir, Julio Camba fue fiel a su pluma y a su caligrafía durante toda su vida. Apunto en el cuaderno como desiderata Noche de guerra en el Museo del Prado, de Rafael Alberti y Memoria de doce escritores. Ambos están en la biblioteca pública y los saco esa misma mañana para leerlos cuanto antes. Esa misma tarde leo de un tirón Memoria de doce escritores, de Rafael Penagos. Tomo algunas notas con el Bic normal negro. He redescubierto el placer de escribir con Bic. No me voy a la cama sin apuntar un tercer libro: El arte del buen decir. Predicación y retórica, de Kurt Spang (2002). No pretendo el sacerdocio, pero sí reconozco mi afán por descubrir los secretos del discurso, la oratoria, la retórica, el estilo y la escritura con literatura. Puro enfoque. Emborrono el cuaderno con significados de la palabra “intonso”.

Acabo las anotaciones del día 8 de julio de 2019, lunes, con un pensamiento sobre Camba: “Sueños, surreal, vivo lenguaje, mundo por montera, divertimento. Para qué decir lo que dicen todos, los otros y los demás. Para qué, si vives, no escribir”.

Cuando digo que creo en Dios me toman por gilipollas. Cuando digo que creo en la Literatura también. Saco foto de la página de la lista de lectura y las desideratas de julio y subo el tropo a WordPress. Ahora, sábado trece y ocho y pico de la tarde, me voy a correr y a sudar con ellos a la Alameda de Capuchinos; bueno, R va en bici.

Tropo 60: Los textículos

Empiezas la mañana abriendo la biblioteca del centro, como todas las mañanas de esta semana. Portas dos libros en la mochila: Literatura infiel, de Ricardo J. Colmenero y Persuasión. Fundamentos de retórica, de Kurt Spang. Uno para la distracción y el otro para un rato de estudio. La primera hora de la mañana obliga estudio, y después de abrir las cinco ventanas de la biblioteca, se establece la conexión perfecta: empieza a correr una brisa fresca por toda la estancia. Es temprano. Te sientas, colocas los dos libros sobre la mesa, te replanteas el día en el Bullet Journal y empiezas a estudiar. Para mí estudiar es leer con un lápiz bicolor entre los dedos, subrayar con una regla plástica y extraer un esquema de lo que voy leyendo; escanear, archivar y de vez en cuando releer, o refrescar la memoria. Es el estudio “no obligado”. El que te hace feliz.

Empiezas por tanto con Persuasión y nada más comenzar te topas con una nota a pie de página que reza “Véase mi artículo ‘La minimización de la narración periodística y literaria’. Y remite a un congreso. Tienes el ordenador con el Enclave abierto y decides buscar el artículo porque te llama la atención. Das con él a la primera en una página francesa. Te alegras por segunda vez en el día. Retiras el libro, capturas el artículo en Evernote y empiezas a subrayarlo. Ya sabes de qué irá el tropo de hoy, de los textículos.

“Guillermo Fernández quiso comprobar con una cerilla si había gasolina en su coche. Edad 58 años.”

Te vas a divertir hoy, sí. Devoras el artículo y copias los textículos en el cuaderno. Te parecen geniales. Tomas un par de referencias bibliográficas, entre ellas el Curso general de redacción periodística de Martínez Albertos. Buscas si está en la biblioteca pública. Te apetece echarle un vistazo. Está. También en Iberlibro. A 10 €. Esta tarde, de camino al dentista con R. haremos una paradita en la biblioteca. Ah, no he contado que por fin me han hecho caso. Abren todas las tardes de junio y todas las tardes de septiembre. Llevaban no sé cuántos años cerrando todas las tardes de junio y todas las tardes de septiembre. Debería dedicar un tropo a contarlo, pero el verano es corto.

Estoy escribiendo demasiado. No quería escribir tanto. Quería transcribir solo textículos. Me gusta tanto… por muy no idónea que sea la expresión, la voy a utilizar a partir de ahora. En clase la soltaré de vez en cuando. Para cambiar los ritmos, hacerla comodín, palabra de transición entre actividades. Me callo. Antes de exponer los textículos, al final del tropo, vincularé el artículo donde están recogidos, el artículo de Kurt Spang, que creo interesante que te leas, periodista, y muy interesante que lo releas, escritor. La literatura está viva. La literatura se multiplica. Y nosotros disfrutamos.

El primer textículo es de José Barnoya y se titula Así es el amor:

“Todas en fila. Se les quedó mirando fijamente con lascivia. Escogió a la tercera de la segunda fila. Con la mano izquierda le ciñó el cuello. Con la derecha empezó a acariciarle el vientre. Apasionadamente, acercó sus labios a la boca anhelante de ella. Después, se la bebió enterita”.

El segundo es de José Javier Alfaro Calvo y este texto iba acompañado de este otro: “El tiempo no funciona cuando llega el amor”:

“Mañana te estuve contemplando durante dos horas seguidas. Ayer me compraré dos ojos de repuesto y así seguir mirándote”.

El textículo de Luisa Valenzuela es entrañable, desde luego:

El sabor de una medialuna a las nueve de la mañana en un viejo café de barrio donde a los 97 años Rodolfo Mandolfo todavía se reúne con sus amigos los miércoles a la tarde. «Qué bueno»”.

Otro de Barnoya, microcuento o textículo:

“Agonizante, el dictador entreabrió la boca para decir : «Perdono a todos y cada uno de mis enemigos, con la única condición de que no asistan a mi entierro. Pueden quedarse en sus tumbas»”.

Y finalmente, Spang nos ilustra con qué pocos datos juega Manuel Rivas en Frontera:

“Uno de los muchachos portugueses llevaba bajo el brazo los zapatos nuevos. Fue éste el que murió de un tiro. El guardia puso la rodilla en tierra y disparó. Cuando la madre cruzó la frontera, sólo los niños estábamos allí. Extendió el delantal y recogió la tierra ensangrentada : «No quiero que quede nada aquí»”.

Pues he aquí la verdad y la belleza de los textículos. ¡Dime que no!

Vínculos referidos en el tropo: Persuasión. Fundamentos de retórica | Literatura infiel | Artículo (en Evernote) “La minimización de la narración periodística y literaria” |