Libros que ocuparon mi seso en 2020 (IV)

Marzo. Lo que dice Juan Rulfo me hizo pensar un poco, porque Rulfo afirma que diferenciaba entre lo que él sabía y las mentiras que iba a contar. Mentiras a continuación no hay, puesto que voy a nombrar los libros que ocuparon mi seso durante el mes de marzo de 2020, pero Rulfo se entretenía en discernir qué era lo que sabía, y se cercioraba de qué conocía para empezar ahí, es decir, para decirse que no contaría nada de lo que conocía, sino de lo que no conocía. Era el camino que seguía para centrarse en la pura invención. Si no lo hacía así, decía, se escribía historia o un reportaje.

Rulfo se lo inventó todo. Despegarse de los hechos reales era una obsesión. Además, leo, escribía a mano, con plumas Sheaffer y tinta verde. Pero temía la hoja en blanco que combatía enfrascándose en largos procesos de “escritura automática” para encontrar al personaje y el ambiente donde se desarrollaría todo. Buscaba, escribía hasta que la imaginación cerraba el círculo y hallado lo buscado, perfilaba.

En relación con todo esto que cuento sobre Rulfo, nada de lo que voy a contarte tiene relación con los libros que leí en marzo. O quizá sí. Quizá sea capaz de escribir y escribir en este folio blanco con este bolígrafo –recuerda que cada vez en menos ocasiones escribo el primer texto directamente en el ordenador, sino que lo engendro a mano o en máquina de escribir— hasta que encuentre un personaje. Rulfo escribía a mano y no dejaba de hacerlo hasta encontrar una dirección, una salida sugerente de su personaje o del cuento que estaba escribiendo. Quizá, escribiendo como estoy ahora consiga desembocar en Insolación, de Emilia Pardo Bazán, que fue uno de los libros que leí en marzo por culpa de una reseña de David Mejía que leí en “Rinconete”, revista del CVC Miguel de Cervantes.

Así marzo, entre la novedad de la peste y que fue final de trimestre, además del librito de Pardo Bazán, solo leí en el Kindle El arte de escribir, de Antoine Albalat, por recomendación de un lector de este blog, que me lo insinuó en los comentarios de la entrada “Tropo 309: Para pensar de verdad y a fondo”.

Marzo no dio para más. Si Rulfo hubiese cogido o hubiese tenido que escribir un texto a partir de la realidad que aquí se ha mostrado, hubiese desechado todos los datos fundamentales de la realidad y se hubiese inventado un cuento prescindiendo de todo. Hoy, por el contrario, se trabaja al revés de Rulfo. Hoy necesitas “tu historia y vida” para escribir “tu ficción”. En realidad, hoy se editan más trampantojos que antes. Y a pesar de que la última oración que he escrito puede ser una generalización, yo le cuento a usted que no voy tan desencaminado. Porque, ¿quién inventa narradores así?:

“Cuidado lector: el narrador no es fiable. Bajo una apariencia desgarrada de franqueza y honradez –mientras multiplica los mea culpa y cargos contra sí mismo—no deja de engañarte un instante. Su estrategia defensiva, destinada a envolverte en una nube de tinta, multiplica las presuntas confesiones para ocultar lo esencial. Si a veces se muestra sincero, lo hace porque es un mentiroso desesperado. Cada revelación sobre su vida es una invención derrotada: fuga adelante o política de tierra quemada, acumula a tu paso asechanzas y ruinas con la esperanza ilusoria de impedirte avanzar”.
–Juan Goytisolo en algún sitio del “Manuscrito digital de Juan Goytisolo”.

Después de escribir sobre Rulfo visioné esta entrevista de 1977. Está en RTVE y en YouTube. Ahora soy rulfista:

https://www.rtve.es/alacarta/videos/a-fondo/juan-rulfo-fondo-1977/980963/

El libro vacío, de Josefina Vicens

He comprado El libro vacío de Josefina Vicens para aprender. Era una escritora que prefería la “esquiva simpleza de las frases naturales” al escribir por escribir. Así la cita Alejandro Zambra en un magnífico texto: No leer. Crónicas y ensayos sobre literatura (Alpha Decay, 2010). Josefina fue entrevistada por Juan Rulfo, que le preguntó por qué tardaba tanto en escribir sus novelas. Sí, eso le preguntó Rulfo, el escritor que solo publicó ¿tres, cuatro? Pues bien, hace un rato acabo de comprar toda la obra de Josefina Vicens. El impulso.

Josefina Vicens tardó ocho años en escribir su primera novela. Así te lo cuenta Alejandro Zambra y yo, que voy por ese camino y estoy calculando qué me costará el doctorado en bartlebyología, me he sentido muy identificado; sobre todo con el tempo. Enseguida me he puesto a buscar quién editaba a Josefina. Y vaya sorpresa. Después de la primera búsqueda, me he quedado como triste. Los precios de la edición en papel oscilaban entre los 150 € y 170 €, envío incluido. Así que me arrojaron a Amazon, o a ese dios demonizado por algunos escritores listillos, que en realidad son gurús faltos de realidad. Y sonreí, hallé una edición para mi Kindle[1].

Kindle de Blumm

El primer libro de Josefina Vicens, El libro vacío, fue publicado en 1958. Zambra, en el articulito que le dedica en No leer, “La soledad de Josefina Vicens”, cuenta que esa novela, al principio, escenifica el proceso de un tipo que lucha contra la página en blanco. Cómo me atraen estas confidencias. Luchar contra la página en blanco es el sino. Recuerdo ahora cómo describía ese enfrentamiento diario Philip Roth en ¿Por qué escribir? Lo que Zambra cuenta del narrador de El libro vacío es otra cosa: “Esto que ves aquí, este cuaderno lleno de palabras y tachones, no es más que el nulo resultado de una desesperante tiranía que viene no sé de dónde”. Después prosigue: “Todo esto y todo lo que iré escribiendo es solo para decir nada y el resultado será, en último caso, muchas páginas llenas y un libro vacío”.

Zambra desgrana las luces de la primera novela de Josefina Vicens, donde muestra a una clase política haciendo lo que siempre hace la puta clase política: cleptocracia. Después, casi al final, Zambra escribe: “es posible leer Los años falsos y El libro vacío, como relatos íntimos, más bien reacios a dimensiones mayores, pero ese énfasis sería injusto, pues en los bellos libros de Josefina Vicens la intimidad es una condena, el último y obligatorio refugio ante un espacio hecho pedazos. Los personajes quisieran integrarse al mundo, pero el único modo que tienen de hacerlo es reconociendo su soledad radical, su subterránea y definitiva locura”.

Yo quiero ser lector de Zambra y escritor con capacidad de cimbrear así el lenguaje. Yo quiero ser lector de Josefina Vicens y escritor de una novela que me ocupara ocho años. Y conseguir todo, así como se consigue escribir cartas de sobre y sello, aunque eso es mucho más difícil; Y después, solo después, escribir una segunda novela, incluso una tercera, como hizo Rulfo, y morirme, morirme del todo después. Sí quisiera que me enterraran en un cementerio donde una lápida rezase: “Todos hemos venido a verme”. Lo que le pido a la vida, ¿eh? Sería genial.

Artículo publicado el 9/08/2020 en https://lacontradejaen.com/el-libro-vacio-opinion-jaen/


[1] La edición para kindle de Los años falsos y El libro vacío, de Josefina Vicens (Fondo de Cultura Económica, 2012) está aquí: https://amzn.to/33tPutf (vínculo afiliado).


2. Sílabo de Blumm: Juan Rulfo siempre reconoció…

Juan Rulfo siempre reconoció la influencia que tuvo en su escritura la novela Gente independientede Halldór Laxness. [sáb. 10/DIC/16]

Entrevista a Juan Rulfo grabada con una BlackBerry

IMG_20161206_220720.jpgEl autor de la siguiente entrevista me aseguró que comenzó un día por la tarde la lectura de  El Llano en llamas; durante esa misma noche soñó que entrevistaba a Juan Rulfo en la terraza de un restaurante con la fachada de color verde oscuro. Gracias a Dios el entrevistador tuvo la genial idea de marcharse al sueño con lápiz, papel y una BlackBerry, que le sirvió para grabar la entrevista. No dudo de la veracidad de las respuestas porque ¿quién osa dudar de una letra cursiva? Parecen tan verídicas… El resultado es el que es y es el siguiente:

Pregunta: ¿Por qué el cuento, Juan?

Respuesta: Desgraciadamente, yo no tuve quien me contara cuentos; en nuestro pueblo la gente es cerrada, si, completamente, uno es un extranjero ahí. Están ellos platicando; se sientan en sus equipales en las tardes a contarse historias y esas cosas; pero en cuanto uno llega, se quedan callados o empiezan a hablar del tiempo: «hoy parece que por ahí vienen las nubes…». En fin, yo no tuve esa fortuna de oír a los mayores contar historias: por ello me vi obligado a inventarlas y creo yo que, precisamente, uno de los principios de la creación literaria es la invención, la imaginación.

P: ¿Que es la literatura para usted?

R: Somos mentirosos; todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad: recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación.

P: ¿Cómo plantea la escritura de un cuento?

R: Considero que hay tres pasos: el primero de ellos es crear el personaje, el segundo crear el ambiente donde ese personaje se va a mover y el tercero es cómo va a hablar ese personaje, cómo se va a expresar. Esos tres puntos de apoyo son todo lo que se requiere para contar una historia; ahora, yo le tengo temor a la hoja en blanco, y sobre todo al lápiz porque yo escribo a mano; pero quiero decir, más o menos, cuáles son mis procedimientos en una forma muy personal.

P: ¿Cree en las musas, en su inspiración?

R: Cuando yo empiezo a escribir no creo en la inspiración, jamás he creído en la inspiración, el asunto de escribir es un asunto de trabajo; ponerse a escribir a ver qué sale y llenar páginas y páginas, para que de pronto aparezca una palabra que nos dé la clave de lo que hay que hacer, de lo que va a ser aquello. A veces resulta que escribo cinco, seis o diez páginas y no aparece el personaje que yo quería que apareciera, aquel personaje vivo que tiene que moverse por sí mismo. 

P: ¿Cómo crea a sus personajes?

R: Como decía, mientras escribo páginas de pronto, aparece y surge, uno lo va siguiendo, uno vas tras de él. En la medida en que el personaje adquiere vida, uno puede, entonces, ver hacia dónde va; siguiéndolo lo lleva a uno por caminos que uno desconoce, pero que, estando vivo, lo conducen a uno a una realidad, o a una irrealidad, si se quiere. Al mismo tiempo, se logra crear lo que se puede decir, lo que, al final, parece que sucedió, o pudo haber sucedido, o pudo suceder pero nunca ha sucedido. Entonces, creo yo, que en esta cuestión de la creación es fundamental pensar en qué sabe uno, qué mentiras va a decir; pensar que si uno entra en la verdad, en la realidad de las cosas conocidas, en lo que uno ha visto o ha oído, está haciendo historia, reportaje. 

P: ¿Por qué le acusan de contar mentiras?

R: A mí me han criticado mucho mis paisanos que cuento mentiras, que no hago historia, o que todo lo que platico o escribo, dicen, nunca ha sucedido y es así. Para mí lo primordial es la imaginación; dentro de esos tres puntos de apoyo de que hablábamos antes, está la imaginación circulando; la imaginación es infinita, no tiene límites, y hay que romper donde se cierra el círculo; hay una puerta, puede haber una puerta de escape y por esa puerta hay que desembocar, hay que irse. 

P: ¿Cuándo considera que ha logrado la historia en su imaginación?

R: Cuando se trabaja con imaginación, intuición y una aparente verdad. Cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer: el trabajo es solitario, no se puede concebir el trabajo colectivo en la literatura, y esa soledad lo lleva a uno a convertirse en una especie de médium de cosas que uno mismo desconoce, pero que sin saber que solamente el inconsciente o la intuición lo llevan a uno a crear y seguir creando. Creo que eso es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiere contar.

P: ¿Qué temas tratan sus cuentos?

R: Sabemos perfectamente que no existen más que tres temas básicos: el amor, la vida y la muerte. No hay más, no hay más temas, así que para captar su desarrollo normal, hay que saber cómo tratarlos, qué forma darles, no repetir lo que han dicho otros. Entonces, el tratamiento que se le da a un cuento nos lleva, aunque el tema se haya tratado infinitamente, a decir las cosas de otro modo; estamos contando lo mismo que han contado desde Virgilio hasta no sé quiénes más, los chinos o quien sea. Mas hay que buscar el fundamento, la forma de tratar el tema, y creo que dentro de la creación literaria, la forma es la que rige, la que provoca que una historia tenga interés y llame la atención a los demás. Conforme se publica un cuento o un libro, ese libro está muerto; el autor no vuelve a pensar en él. Antes, en cambio, si no está completamente terminado, aquello le da vueltas en la cabeza constantemente: el tema sigue rondando hasta que uno se da cuenta, por experiencia propia, de que no está concluido, que hay algo que se ha quedado dentro; entonces hay que volver a iniciar la historia, hay que ver dónde está la falla, hay que ver cuál es el personaje que no se movió por sí mismo.

P: ¿Se cuenta en sus cuentos, podemos descubrir elementos biográficos?

R: En mi caso personal tengo la característica de eliminarme de la historia, nunca cuento un cuento en que haya experiencias personales o que haya algo autobiográfico o que lo haya visto u oído, siempre tengo que imaginarlo o recrearlo, si acaso hay algún punto de apoyo. Ese es el misterio, la creación literaria es misteriosa, pero el misterio lo da la intuición; la intuición misma es misteriosa, y uno llega a la conclusión de que si el personaje no funciona, y uno llega a la conclusión de que si el personaje no funciona, y el autor tiene que ayudarle a sobrevivir, entonces falla inmediatamente. Estoy hablando de cosas elementales, usted debe perdonarme, pero mis experiencias han sido estas, nunca he relatado nada que haya sucedido; mis bases son la intuición y, dentro de eso, ha surgido lo que es ajeno al autor. 

P: ¿Dónde encuentra usted la solución para construir y cerrar un cuento?

R: El problema, como les decía antes, es encontrar el tema, el personaje y qué va a hacer ese personaje, cómo va a adquirir vida. En cuanto el personaje es forzado por el autor, inmediatamente se mete en un callejón sin salida. Una de las cosas más difíciles que me ha costado hacer, precisamente, es la eliminación del autor, eliminarme a mí mismo. Yo dejo que aquellos personajes funcionen por sí y no con mi inclusión, porque, entonces entro en la divagación del ensayo, en la elucubración; llega uno a meter sus propias ideas, se siente filósofo, en fin, y uno trata de hacer creer hasta en la ideología que tiene uno, su manera de pensar sobre la vida, o sobre el mundo, sobre los seres humanos, cuál es el principio que movía a las acciones del hombre. Cuando eso sucede, se vuelve uno ensayista. Conocemos muchas novelas-ensayo, mucha obra literaria que es novela-ensayo; pero, por regla general, el género que se presta menos a eso es el cuento. Para mí el cuento es un género realmente más importante que la novela, porque hay que concentrarse en unas cuantas páginas para decir muchas cosas, hay que sintetizar, hay que frenarse; en eso el cuentista se parece un poco al poeta, al buen poeta. El poeta tiene que ir frenando el caballo y no desbocarse; si se desboca y escribe por escribir, le salen las palabras unas tras otras y, entonces, simplemente fracasa. Lo esencial es precisamente contenerse, no desbocarse, no vaciarse, el cuento tiene esa particularidad; yo precisamente prefiero el cuento, sobre todo, a la novela, porque la novela se presta mucho a esas divagaciones. 

P: ¿Qué es entonces una novela, qué diferencias tiene con el cuento?

R: La novela, dicen, es un género que abarca todo, es un saco donde cabe todo, caben cuentos, teatro y acción, ensayos filosóficos, una serie de temas con los cuales se va a llenar aquel saco; en cambio, en el cuento tiene uno que reducirse, sintetizarse y, en unas cuantas páginas, decir o contar una historia. Es muy difícil, es muy difícil que en tres, cuatro o diez páginas se pueda contar una historia que otros cuentan en doscientas páginas; esa es más o menos, la idea que yo tengo sobre la creación, sobre el principio de la creación literaria; claro que no es una exposición brillante la que les estoy haciendo, sino que les estoy hablando en forma muy elemental, porque, en realidad, yo soy muy elemental, porque yo les tengo mucho miedo a los intelectuales, por eso trato de evitarlos; cuando veo a un intelectual, le saco la vuelta, y considero que el escritor debe ser el menos intelectual de todos los pensadores, porque sus ideas y sus pensamientos son cosas muy personales que no tienen por qué influir en los demás; no debe tratar de influir en los demás ni hacer lo que él quiere que hagan los demás; cuando se llega a esa conclusión, cuando se llega a ese sitio, o llamémosle final, entonces siente uno que algo se ha logrado. 

P: Por último, deme un consejo, puesto que en sueños escribo.

R: Como usted sabe, no hay ningún escritor que escriba todo lo que piensa, es muy difícil trasladar el pensamiento a la escritura, creo que nadie lo hace, nadie lo ha hecho, sino que, simplemente, [hay] muchísimas cosas que al ser desarrolladas se pierden.

Gracias, Juan Rulfo. Un placer.

«…cuando se suelta la vida en manos de la noche y cuando el cansancio del cuerpo raspa las cuerdas de la desconfianza y las rompe.»