Tropo 100: En un puñado de cuartillas

Dice Manuel Sánchez-Camargo que José Gutiérrez-Solana llevaba siempre encima un puñado de cuartillas. Y aclara después, como subrayando, en un enunciado solitario: un puñado de cuartillas. No llevaba un cuaderno, ni un bloc de notas y menos un paquete de cuartillas. Llevaba eso y un “lápiz que chupaba antes de dibujar”. Si has leído algo de Gutiérrez-Solana te habrás dado cuenta de cómo describe. Si no, tienes que leerle algo porque describe muy bien, y cualquier escena hace que deslumbre.

Mira, por ejemplo: “Toda la barrera está ocupada de mozos, y en la segunda barrera, la empalizada de troncos de árboles, trepan por los barrotes las mozas del pueblo, y hasta las mujeres viejas se encaraman para ver la corrida. Cuando el toro engancha a algún mozo por la faja y lo tira al alto, empiezan todas a chillar y un gran vocerío de angustia llena la plaza. Bajo el encendido sol, la masa de gente huele muy mal, a sudor y a establo, por el calor. Los mozos que no se atreven a salir al redondel, los más cobardes y prudentes, se tiran al suelo y sacan la cabeza y el cuerpo por debajo de la barrera y, cuando se acerca al toro a las tablas, como no les puede cornear, le dan fuertes palos en los hocicos. Se ve cómo los largos y amarillentos cuernos golpean la barrera, convirtiendo al toro manso en fiera, mientras cae una lluvia de palos en su cabeza. El toro busca rabioso el bulto y coge a un mozo y le da dos o tres volteretas, cayendo de cabeza contra el suelo y abriéndose la cabeza. Se le llena la camisa de sangre y le llevan a la enfermería entre un gran vocerío, silbidos y aullidos de mujer. Cuando el toro está ya mareado, rendido y molido a palos, salen los cabestros y vuelve al corral no sin haber tardado mucho pues los mozos también quieren torear a los cabestros”.

Pero para llegar aquí, y así continúa contándonoslo Ricardo López Serrano en el estudio que escribe para La España negra II, Gutiérrez-Solana acostumbraba a anotar fielmente todo lo que veía, con quién hablaba, qué decían los carteles, los rótulos y las inscripciones; hasta copiaba el contenido de algunos bandos municipales que se encontraba. Todo menos sus sentimientos y pensamientos. Después, y es ahora Campoy quien lo cuenta “ya en casa, escribe y pinta sus impresiones”. Es en su habitación donde comienza a rellenar y completar cuadernos y octavillas, pero siempre a partir del puñado de cuartillas que rellenaba en sus salidas y viajes. Llega, en ocasiones, a completar tres cuadernos con diferentes versiones de lo que recogió en las cuartillas. La cuarta, el texto definitivo, lo enviará a la imprenta y todavía allí le esperará la tijera de algún amigo, como Gómez de la Serna, o la de su hermano Manuel Gutiérrez, pero los cuadernos definitivos, después de este periplo, ya están en la imprenta. Cerrar el ciclo, desde el apunte al texto literario.

El primer ejemplo de texto tengo que completarlo con el siguiente, que es lo que le contó un viejo del pueblo mientras veía la corrida de toros en la plaza de Chinchón. Se sentó a su lado y empezó a ilustrar a Solana con los detalles de otras capeas. Imagino sus cuartillas rebosantes de datos. Terminar lo que se empieza, ahora sentado en la grada de una plaza de toros:

“—Estos no son toros –me dice–, están ya muy corridos por los pueblos; están cansados y no tienen sangre; todos son bueyes de carreta. Aquí en esta plaza ha habido varias muertes de mozos. Cuando yo era joven, en una corrida, mató el toro a dos mozos. ¿Ve a esos que asoman el cuerpo por debajo de la barrera? Pues allí corneó a uno en la cabeza y, clavada al cuerno, lo sacó fuera del escondite como un pelele: se le veían todos los sesos por el agujero que le dejó en ella. Luego el toro alcanzó a un mozo en medio de la plaza y lo destrozó a cornadas dejándole muerto. ¡Aquel sí que era un toro, negro y de alzada y con muchas canas en el testuz, viejo y de casta! Otra vez hubo en una corrida muchos heridos. Los mozos, en vez de capearlos, empezaron a pincharlos con las navajas, mutilándolos y cortándoles las orejas, concluyendo por convertirlos en fieras; repartieron muchas cornadas. La Guardia Civil bajo a la plaza tirando tiros. Una oleada de gente se precipitó a la puerta y el alcalde fue arrollado y apaleado rompiéndole una pierna y quedando cojo para toda su vida”.

Qué tropo entero esta España negra.

Tropo 99: El expurgo

Ningún lunes visitas la biblioteca, excepto si es agosto. Plagada de estudiantes que no leen, sino que estudian auscultando el móvil en bermudas y sin las chanclas calzadas. Llego para dejar dos libros, La España negra I de Solana y Clásicos de traje gris, de Trapiello. Dirigiéndome al ordenador, donde las búsquedas en el catálogo -¡han cambiado los monitores, gritan entre aleluyas!-, veo colmada la mesa de expurgos. Hojeamos. Me acompaña R. Me llevo a casa Europa en el siglo XVI, de Koenigsberger y Mosse, en Aguilar, del 74, años ha. Un libraco de cuatrocientas páginas. “No hay sitio en el depósito”. “Cada vez hay menos sitio en el depósito, y claro, hay que expurgar”. ¡Haced una biblioteca más grande, hijos de puta!, piensa alguien acordándose del político. ¡Haced una biblioteca más grande, hijos de puta! Por segunda vez, alguien piensa con mucha bilis. Está respondiendo, en realidad, al lelo que cree en “es que no hay sitio en el depósito”. Construid tantas bibliotecas como barrios desfavorecidos haya en la ciudad, y llevad allí lo que no queréis en esta. Un tercero. Ahora sobra escribir de nuevo hijos de puta, pero había una cuarta, chica esta vez, que estaba a punto de decirlo en voz alta. De campos de fútbol estamos colmados, de instalaciones para hacer el gilipollas también. De bares, yo ya, borracho. Lo que faltan son bibliotecas y es un buen momento, dicen, porque eppur si muove. Los libros electrónicos se beben con pajita frente a los de papel, en cubas. Y así, sobrepasado el año 1000 digital, la esperanza es otra, qué quieres que te diga. Haced más bibliotecas y dejad el expurgo para los videojuegos.

Ningún lunes visitas la biblioteca, y menos, al tuntún. Te traes a casa La España negra II, de Gutiérrez-Solana, Escuadra hacia la muerte. Mordaza, de Alfonso Sastre y Una odisea, de Daniel Mendelsohn. Este último te lo llevas porque leíste dos tuits donde agradecían a Alberto Olmos la recomendación. Por lo visto habla del libro en un artículo que todavía no he leído. Y no lo he leído porque ya saben lo cachondo que se pone el ordenador en agosto; y el móvil está en un cajón, apagado, y sin batería. Lo saco y lo enciendo para mandar tres wasaps, escribir dos tuits y pintarle un like a algún libro en bikini. Iba a escribir que también lo enciendo para decirle a mi mujer que la espero en el chiringuito de la playa, pero hasta mitad de mes está sin batería.

Tropo 93: La negra idiosincrasia

Escribe, pero describe. Cuenta sin argumenta. Microtramas, retratos de la España del primerizo siglo veinte. Anticlerical Solana, muy anticlerical, un jocoso anticlerical, con escudo antifrailes y antimonjas. De clerófobo lo tilda Trapiello en el prólogo. Divertido a pesar de ser negro y muy negra la España que retrata. Hay rotundidad en las oraciones, parecen esquirlas que saltan tras tallar con su mirar así, aplicando el estique sobre la piedra de lo que hay. De lo que hay. Prostitutas, ganapanes, zapateros y pescadores, clérigos, curas y monjas; romeros y embarazadas, mujeres muchas. Pero clerófobo, insistimos. Así Torquemada era un pájaro que rezaba de rodillas para ganarse la gloria, «después de haber mandado quemar a tantos infelices dementes de la Inquisición».

Pueblos, costumbres y toros. «En los días de corrida el espectáculo era más brutal: los que volvían a pie venían cantando, con las botas de vino ya vacías y las cestas de la merienda, con banderillas en las manos, arrancadas por su mano del toro al tirarse al redondel al terminar la corrida, y los más borrachos vomitaban donde podían, y los pendencieros se metían con algún tranquilo transeúnte y alguna pobre mujer embarazada, a la que le daban un susto».

Un susto a las mujeres embarazadas con unas banderillas es jugo de mi imaginación. La fuerza de la sangre, en definitiva. La fuerza oscura y generosa que recorre las arterias del pueblo español, pero el pueblo que vive en la más miseria, en las calles, el pueblo que es capaz de engañar a un ciego para comer más uvas que él. Ese pueblo, ese pueblo de hace un siglo.

Un libro con mucho sabor, con un sabor de lo español que es característico y auténtico, tan de idiosincrasia española, de idiosincrasia térrea y negra.