Once libros sobre los que tengo que escribir

Si fuese capaz, solo capaz, de escribir la cara de un folio como este de cada libro que me leyera y que eso fuese suficiente para nutrir este blog… sería feliz, o muy feliz. Me había rondado esta idea la cabeza cuando hoy comprobé que, desde que publiqué la última entrada referida a una lectura, me he leído uno, dos, tres, y hasta once libros. ¡Ya está bien! No, no está bien.

Todos los libros de los que debí escribir aquí y que no lo hice son los siguientes, siendo “son los siguientes” una construcción que odio:

  1. Némesis, de Philip Roth.
  2. Teoría del ascensor, de Chejfec.
  3. Mero cristianismo, de C. S. Lewis. (He descubierto que a DFW le influyó).
  4. En el corazón del corazón del país, de William H. Gass. (Contiene el mejor relato que un lector literario puede leer en su vida. Soy un lector literario, me acabo de percatar).
  5. Mac y su contratiempo, de Vila-Matas.
  6. Estanque, de Claire-Louisse Bennett.
  7. El retablo de no, de Luis Rodríguez (Del que estoy preparando una reseña que saldrá publicada el 27 o 28 de este mes. Porque es ya como un amigo y porque me «epistolo» con él. Chincha. Te adelanto el comienzo: «Los trucos de siempre están muy manidos, y en mi opinión el lenguaje ha de encontrar nuevas maneras de tirar al lector»).
  8. El conde Lucanor, de don Juan Manuel. (Rererelectura).
  9. Aunque por supuesto terminas siendo tú mismo, de David Lipsky. Atrévete a conocer a DFW.
  10. Para ser novelista, de John Gardner. (No quiero ser novelista, advierto).
  11. Prácticas indecibles, actos antinaturales, de Barthelme. (Libros que no olvidas).

IMG_20170319_210042.jpgEste último título ha sido el que me ha incitado —¿incitado? (¿puedo utilizar ese participio?)— a escribir a máquina de escribir las primeras impresiones que me produce la lectura de un libro. Me hubiese gustado comenzar la serie hoy y hacer buen uso del nombre de este blog, “La manía de leer”, con el alucinante libro de Donald Barthelme, aunque escribir “alucinante” no sea ni de crítico literario ni de escritor de noticias de libros. No sé si me explico. (La primera persona tiene estas tonterías, que no sabes a veces, ni con regularidad ni sin ella, de qué va y se pone a hablar sin ton ni son, como ahora.)

La manía de leer que tengo y que enseño aquí, en este blog, dista de dar frutos maduros. Me refiero a fruto maduro a la reseña literaria como las que pueden encontrar ustedes todos los fines de semana en los suplementos y en las revistas de literatura. Insistimos en que aquí no sabemos escribir reseñas literarias ni nos gusta encajar en ningún molde seriado, repetitivo y  monótono. Nada me impide escribir piezas breves, fugaces, efímeras y todo lo subjetivas que pueda sobre la impresión que me causan —desconozco dónde— los libros que leo. Al final, y llevo comprobándolo años, lo que más les gusta a los lectores de este blog son esas sinceras impresiones sobre un libro que tenían pensado leer. Es lo que a la gente les impulsa al final a leer un libro, y a comprarlo, y a ir a una librería, y a todo ese blablá en torno a la industria editorial… una frase sincera sobre el libro que querían leer.

Eso sí, podré hablar con todo el entusiasmo posible de Barthelme, por ejemplo, pero Barthelme no es para todo el mundo. Zafón, por ejemplo, sí es para todo el mundo, incluso para las hormigas; o Murakami. Pero Barthelme, Gass o DFW, por colocar aquí en medio un ejemplo, no; son escritores con los que me divierto pero no son para todos los que saben leer, independientemente de que aquí se hable o no con todo el entusiasmo de ellos. El lector inteligente debe realizar una labor de “investigación” que certifique que es un escritor apto para su gran inteligencia y sublimes entendederas. A veces solo es cuestión de quitarse las orejeras para entenderle. Es cuestión de educación literaria y de decidir entre el “azúcar o azucarillo literario”, de rápida absorción y proporción de energía, o de la proteína literaria, que construye músculo. Todo es interés. ¿Qué buscas?

Se acaba este primer folio. Si mañana se desprenden de alguna hora algún minuto, escribo en modo maníaco de lectura sobre Barthelme.

Te espero.

[Este blog tiene un canal en Telegram, por si te apetece leer las entradas que publico en el autobús, o en el metro, o mientras llueve, debajo de un paraguas, yo qué sé: t.me/lamaniadeleer]

Adenda: El primer borrador de esta entrada fue:

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Para ser novelista, despidan a esos desgraciados

El departamento de compras del blog ha adquirido recientemente los siguientes libros. Próximamente entrarán en cola de lectura y relectura. Copiamos y pegamos parte del texto de las contraportadas porque las chicas de marketing nos lo sugieren de ese modo y nosotros, los redactores, seguimos instrucciones. Las chicas de marketing son las chicas de marketing.

¡Despidan a esos desgraciados!, de Jack Green. Editado en Alpha Decay. Traducido por Rubén Martín Giraldez. Prologado por José Luis Amores.

¡Despidan a esos desgraciados! es una diatriba por entregas que corresponde a los números 12 a 14 del fanzine newspaper (1962), en los que se repasaba ferozmente cada una de las reseñas que suscitó en la prensa la aparición en 1955 de la primera novela de William Gaddis: Los reconocimientos. Uno a uno, Green examina las manifestaciones de aquellos reseñistas que, a su juicio, obviaron la lectura del libro del que hablaban; desgrana una teoría malhumorada y sin ínfulas según la cual la opinión Equivocada y Unánime (histórica) puede proceder de una mala lectura, pero nunca debe derivar de la omisión de esa lectura. Preguntas pertinentes a todas las épocas: ¿Se reseñan libros que no se han leído? ¿Se escribe lo que de ninguna manera se opina? ¿Decimos que entendemos lo que no entendemos?

Para ser novelista, de John Gardner. Editado por Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja. Traducido por Víctor Conill. Prologado por Raymond Carver.

Después de más de veinte años de dar lecturas y conferencias, y de visitar asiduamente las clases de escritura creativa, ya sé qué debo esperar que me pregunten en el inevitable turno de preguntas: cosas que a primera vista parecen de mera cortesía (“¿Escribe con lápiz, con bolígrafo o con máquina de escribir?”); cuestiones profesionales y cargadas del interés profesional (“¿Considera importante que el futuro novelista tenga un conocimiento amplio de los clásicos?”); y otras tímidas y serias, hechas como si fueran cuestiones de vida o muerte, lo que podrían muy bien ser para quien las pregunta, tales como :”Cómo puedo saber si soy o no escritor?”. Este libro reúne las respuestas a las preguntas que considero serias, incluidas algunas que considero más que serias de lo que puedan parecer al principio (…) Este libro es para el novelista que ya ha llegado a la conclusión de que es mucho más satisfactorio escribir bien que escribir sólo lo suficientemente bien como para poder llegar a publicar. (…) Mi intención es hablar de las preocupaciones del novelista principiante y librarle de ellas en la medida de lo posible.

 Seurat, de Catherine Grenier. Editado por Akal. Traducido por Gloria Cué.

Sin texto de contraportada. Me gusta Seurat. Anótenlo. A mis hijos también.

Extraje este texto de la introducción:

Desde un primer momento, Seurat aplica las teorías científicas aplicadas al arte, cuyo desarrollo sigue atentamente. En esta contribución científica encuentra respuestas prácticas para su exigencias estéticas, que evolucionarán a lo largo de su carrera. Al igual que los Impresionistas, que habían aportado soluciones intuitivas, Seurat aborda el problema de la traducción de las sensaciones ópticas y se interesa por la ley de los complementarios, ligada a la división de los tonos. Después de haber leído a Sutter, consigue la Teoría Científica de los colores de Ogden Nicholas Rood, recién traducida; descubre los experimentos de Maxwell y sus discos policromos, y las de Dove y Bruke sobre el color y la luz; estudia la teoría de Helmhotz sobre la sensibilidad del ojo y lee la Teoría de los colores de Chevreul, al que visita con Signac.