Tropo 8: El pintamonos

No soy un cazador de monos, pero hay que estar dispuesto a reírse cuando te tocan la nariz. La oración anterior es un tropo y esta entrada es el tropo número ocho, con mala rima, eso sí. Los tropos se acumulan como las hojas en el suelo cuando otoña. De hecho, así dispuestos, resultan una atractiva panacea existencial. Hay quien vive gracias a los tropos, y hay quien produce frémitos de placer cuando se le aparecen como cuando lo hace la Virgen.

Los tropos se acumulan, decía. En un archivo Word titulado “Tropo”. Hasta esta palabra hay 3371 palabras, válganlas todas. Y ocho páginas. Pensaba ahora que no será difícil, si insisto en los días y en esta labor perfunctoria, descubrir a una prima entre tantas palabras. Algo similar, pero escrito de una manera más profesional, decía ayer Miguel Ángel Hernández en su recién inaugurada sección en el periódico de su pueblo. Así:

Escribes ahora para obligarte a escribir. Para poder hacerlo. Un diario para convocar una novela. La novela que aún no ha nacido. La novela que ahora comienza. En el momento de ser nombrada. Como si nombrar fuese un modo de crear. Y, a partir de entonces, todo empezase a surgir por arte de magia. Por magia de arte.

Miguel Ángel Hernández en “Diario de escritura” en La Verdad,5 de mayo de 2019

No será difícil descubrir entonces, aquí, insisto, a mi prima, la del párrafo anterior; entre estas letras. Será la única manera que tenga de llevarla a la ópera. Juntas, ya ven lo que puede resultar, una ópera flotante, como La ópera flotante de John Barth, de mi admiradísimo John Barth, autor de la que fue y será mi “qué primera novela te hubiese gustado escribir”, pues esa, la de Barth. Léela si no lo has hecho y no pierdas el tiempo. La tienen en Sexto Piso y en Debolsillo.   

Cambiando de tercio, lugar común donde los haya. Tampoco soy cazador de pelafustanes. Aviso: en Twitter me ha salido un pelafustán o pelafustanyá, no lo sé. Si su plural es pelafustanes o pelagatos, es lo mismo, quiero que desde hoy sea mi pelamonos. Estoy cayendo en barrena y por ese motivo es mejor irse. Antes, y desde aquí lo recordamos, advertimos que para los pelamonos tenemos luz azul (¡bendito palíndromo!) y tropos, muchos tropos. Hasta los hijos más tontos sabrán descrifrarlo. ¿Quién, perteneciendo al mundo editorial, no sabría descifrar este tropón? Porque, ¿pertenecerá este tipo de verdad a la orden sagrada de la sabiduría, donde la lechuza sabe mirar en la oscuridad de cualquier tropo? Seguro que sí, aunque muy tontorrón se muestre. Aunque, más que tontorrón, lo definiría como miles gloriosus, es decir, un soldadito fanfarrón, cobardica y juguetón. Pero él insiste en mostrarse tonto.

Desde aquí insistimos en ofrecerle nuestra ayuda: si necesitas un mistagogo, conque avises, pelafustán…

20181101 Veremundo no participará en Nanowrimo

Como todos los años, desde hace no sé cuándo, hoy empieza Nanowrimo. Hoy ha empezado Nanowrimo -ya es una acción perfecta-, pero este año Veremundo no va a participar. El primer año que participó, un noviembre de no sé qué año, tenía reciente la lectura de La ópera flotante, de John Barth. Aprovechó dicha lectura para inspirar su escritura durante su participación. De allí salió La sonrisa de Lázaro Guevara y se prometió que nunca saldría del cajón del ordenador donde la había guardado, hecha carne, en un archivo Word. Cuando le pregunté por ella hace unos días fue tajante: “¡Hasta el final de los tiempos, Blumm!” “Quizás después de la Parusía la haga pública. Así seréis todos benévolos con ella”, me dijo riéndose. Después, durante toda la tarde, estuve pensando en La sonrisa de Lázaro Guevara, en aquellas cincuenta y pico mil palabras que bien podrían sacarle del anonimato y procurarle fama de muerto de hambre, como les sucede hoy a tantos escritores, pero él prefería esperar.

Cuando me disponía a abandonar su apartamento, Veremundo me propuso que por qué no me animaba a escribir durante treinta días aquí, en mi blog. Que él lo leía con regularidad y que siempre le aportaba alguna referencia novísima para leer. “Novísima para leer” había utilizado. Pensé rápidamente en lo pequeños que se me habían quedado Twitter e Instagram, y me dije que por qué no lo intentaba. Recordé entonces, mientras abría la puerta del ascensor, aquella frase de Harry Mathews, que a él le salvó: veinte líneas por día, geniales o no, y me comprometí. Llegué a casa pronto y después de cenar proseguí con la lectura de La máscara o la vida, que me dio el empujoncito para posibilitar que estés leyendo lo que estás leyendo ahora. Ahí estaba, en la página 151:

“Si hubiera que destacar una figura del discurso autobiográfico, la más importante, y eje central de este, sería el desdoblamiento del yo. El yo autobiográfico es, por definición, una instancia desdoblada, psíquica y temporalmente, que como mínimo comprende al que el autobiógrafo fue, o creyó ser, en el pasado y al que es, o cree ser, en el presente (Lejeune, 1971)”

Si no te quieres perder lo que publico, suscríbete al blog

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

o sigue sus actualizaciones vía Twitter