Tropo 2: Lo primero que se te ocurre no vale

La querencia de borrar parte de lo que se hizo ayer: ese texto malo, esa frase inoportuna, ese juicio erróneo, ese ingenuo tuit. Querencia de borrar y deseo de reiniciar, qué digo reiniciar, moldear mejor el día que se fue, que es pasado y por ello, inamovible. Sentido común. O verdad. ¿Hay más verdad que escribir que es imposible modificar el pasado? Es verdad. Imposible modificarlo. Hoy bastaba levantarse y acoger como segundo pensamiento del día la vergüenza que permitiese mejorar aquello: construir una frase oportuna, emitir un juicio maduro, publicar un tuit ingenioso.

En ocasiones, persistir en lo fallido se asemeja a la adquisición de una deuda. Porque necesitas más tiempo para rectificar y por tanto, necesitas más días, y por conclusión necesitas más vida. Lo que ahora comienza, esta serie de tropos, ¿llegará a madurar para conseguir lo que se propone? Hay que empezar a conseguir lo que te propones porque, entre otras cosas, te avergüenza mantenerte en el error, puesto que es un error. Y le das a publicar; y le das a publicar porque ayer leíste en Quimera que Julián Marías se puso pesado, cuando a su hijo Javier le repetía: “lo primero que se te ocurre no vale, sigue pensando, a ver qué se te ocurre, prueba a llevarte la contraria”.  Y relees este fragmento tres veces, hasta que algo termina brillando: “Y qué más. Sigue. Vamos, corre, date prisa, sigue pensando. Pensar una sola cosa, o divisarla, es algo, pero también es apenas nada, una vez asimilada: es haber llegado a lo elemental, a lo cual, es cierto, ni siguiera la mayoría alcanza. Pero lo interesante y difícil, lo que puede valer la pena y lo que más cuesta, es seguir: seguir pensando y seguir mirando más allá de lo necesario, cuando un tiene la sensación de que ya no hay nada más que pensar ni nada más que mirar […]. Lo importante está siempre ahí […]. Allí donde uno diría que ya no puede haber nada. Así que dime más, qué más se te ocurre y qué más arguyes, qué más ofreces y qué más tienes. Sigue pensando, corre, no te pares, vamos, sigue”. Gran texto que rescata Alexis Grohmann de Tu rostro mañana. I. Fiebre y lanza.

Es una empresa. Será escritura porque, porque el que es insensible al paso del tiempo es un cadáver.

30 de abril de 2019  

De penalidades y de naderías [sic]

Desde aquel “Una región ocultamente furibunda” hasta este “Literatura de penalidades y de naderías” han pasado muchos años, casi diez. No sé qué va a ser de mí cuando Javier Marías me falte, se ausente algún sábado de madrugada, que es cuando aprovecha, no él, sino quien le mantiene el blog, para subir a su web su artículo semanal.

20181001_124446000_iOSPero lo que le envidio a Javier Marías es su capacidad para producir artículos disidentes. Javier Marías diside. Conjuga de maravilla el verbo. Javier Marías provoca ira en el espectro de tuiteros e instagramers que pululan, obsesos, entre tuit y tuit, e historia e historia, por subir una opinión insustancial, penosa y en harina de nadería.  Una bagatela francachela, una mierda inconsistente, tres argumentos sin chicha, algunas opiniones del común de los mortales, dos razones sin sentido, mucha frase hecha, sin juicios prejuicios y seso sin eso. Eso hacen cuando Javier Marías les enardece, les aviva el ánimo. O la malaleche; yo creo que les sube la malaleche e hierven. Y a mí todo esto me encanta. Disfruto, y tiro de frasecita hecha, como un marrano.

He leído protestas de escritores con selfis en su Instagram. Con muchos selfis en su Instagram. Argumentos de tipos modernos. Argumentos infantiles, tan manidos, tan faltos de arquitectura intelectual que no merecen ser reproducidos. Tampoco los iba a buscar. Los leí. Que eso valga.

A mí me gusta Marías, sobre todo, por su sintaxis. Sí, ríete. Es verdad. Nunca lo he dicho, y si lo he dicho, no lo había escrito. A mí también me gusta Marías por sus protocolos a la hora de producir escritura, savia periodística, maná léxico, pragmática pura. Por sus temas, por su disidencia, y por supuesto, por su cipotudez ¡divina! Javier Marías pica, les pica, y a mí, insisto, repito y grito, me encanta.

Y no te canso más, lector. Y no te digo más, sabio, pero te resumo por dónde van al menos los tiros de Javier Marías. Su último artículo lo resumiría con un tajante: ¡no saben escribir ficción! ¡No saben! Sí saben escribir, articular, usar los marcadores y los conectores, alguna locución adverbial, el punto y aparte y alguna palabrita mona, que no sola. Y es todo tan vano, tan penoso, con tanta nadería, que repele. Y había que denunciarlo. Hoy, brindo por ese magnífico artículo.

Decía que acababa, pero esto y ya está. Mirad, esta tarde no he visitado la biblioteca, como hago todos los viernes con mis hijos. Esta tarde hemos finiquitado el presupuesto que había en octubre para libros en la librería. Aquí he abierto al azar uno de los cuatro tomazos de cuentos de Chéjov, en Páginas de Espuma. Joder, qué gustazo. Y recordé de repente el artículo, el fogonazo del artículo. He aquí parte de la verdad literaria, que estaba construida, como me gusta decir, sobre una mentira, sobre algo inventado, creado casi de la nada: la ficción. Ahí no había vida de escritor, ni penalidad de escritor, ni nadería de escritor. Tampoco había lágrimas, ni las sombras de una existencia similar a la de cualquiera de los siete mil u ocho mil millones que habitamos el planeta. Qué aburrimiento. ¡Fuera! ¡Quiero ficción! ¡Queremos arte!

Rematé la faena proponiendo a mis alumnos de segundo de bachillerato el texto de Marías. Selectividad se nutre de artículos de El País, y aunque sea un artículo extenso, quería que se desfogaran con él. Y lo van a trabajar. Y van a esencializarlo y a detectar un par de rasgos de subjetividad y a terciar con algunas palabras y significados (al final del post detallo las cuestiones), y a que me digan, por ejemplo, qué significa “Qué crueles y qué cerdos” en el contexto del artículo; y más cosas. Todas chulas. Algunos se divertirán y a otros, se les abrirá del todo el seso, o eso espero. El buen seso, el que proporciona placer cuasi eterno.

Me divertiré corrigiendo sus respuestas, pero lo que de verdad me gustaría es que, de todas las vueltas que le van a dar al texto, consigan dotar a su juicio de criterio para seleccionar calidad literaria, buena literatura, la mejor literatura. Y eso, artista, ¿cómo se consigue? Mi método es radical, pero conforme crezco y acumulo lecturas, me resulta más sencillo, y discrimino con más acierto, pienso, porque la “calidad literaria” de cualquier libro que leo es calibrada, no por mí, sino por todos los libros que anteriormente he leído.

Y me preguntas que qué quiero decir. Es sencillo, mira. Si después de leer seis títulos, por ejemplo, de William H. Gass de repente tomas la decisión de leer uno de Ruiz Zafón, se te romperá la caja de cambios, es decir, lo leído en tu vida calibra lo que acabas de leer, lo recién leído. Si, por el contrario, no sales de Falcones ni de Halcones, no pretendas entender por qué Luis Rodríguez es savia. Y así todo.

20181017_203459606_iOSY claro que muchos libros merecen ser bestsellers. Sí, por supuesto. Hay algunos libros buenos que se merecen ser bestsellers. Ahí tienen a El guardián entre el centeno, por ejemplo, y a otros cientos más, pero en ocasiones, el hecho de que sean bestsellers, y ya te sabes el cuento, no significa que ofrezcan calidad literaria. Cada día estoy más convencido de que la calidad de un libro es subjetiva -¡déjate de formalismos rusos!-, sí, claro, pero está determinada por lo que previamente has leído en tu vida. Seguro que Garfunkel tenía más criterio que algunos de esos escritores que critican sin haber leído lo suficiente. Porque es moda esto de escribir sin antes haberse nutrido. Sí, es moda. Solo nos falta un artículo de Marías para terminar de refutarlo.

Y esto es, en realidad, lo que quería escribir. De la manera en que calibro lo nuevo que leo. Y no soy yo, ya saben, son ellos, los libros leídos. Y hoy Marías me ha ayudado.

Aquí tienen las preguntas que les he formulado a mis alumnos, por si se animan. El texto, ya saben, sobre el texto de la semana: Literatura de penalidades y de naderías.

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Descubriendo subjuntivos: si ellas no mintieran…

Como escribía ayer en un tuit, durante esta semana estuve entretenido con un texto de Javier Marías. Quise descubrirle los subjuntivos. El artículo fue publicado a esta hora hace una semana: “Ojo con la barra libre”. No había tantos subjuntivos, dos “hayas” y  poco más, uno al principio y otro casi al final. Era rasgo de subjetividad —no rotundo—, pero de eso se trataba, de levantarle la falda al texto —¡y el texto va de faldas!—. Quería detectar los rasgos de subjetividad, ya saben, que si grupos tónicos irregulares, elementos tematizados, primeras personas, adverbios modales, ruptura del orden lógico de la oración, proformas léxicas, es decir, comodines, vulgarismos y expresiones informales, palabras polisémicas por doquier, formas verbales valorativas, ironías y distopías, connotación de la buena y presencia de elementos humorísticos así como una progresión temática sin respetar el orden: esto es ¡subjetividad!

Y sí, le descubrí bastantes rasgos al texto, pero dejo el resultado para otro momento. No lo voy a exponer aquí, por Dios. Sí, en cambio, me apetece exponer el texto con el que trabajé, manoseado y con algunas notas manuscritas sobre el mismo antes de embarcarme en la aventura de escribir casi diez carillas de folio sobre él. (Ya saben, me entreno todas las semanas con algún texto cara a una prueba que quiero superar en junio de 2018).

Así les demuestro que me he peleado con el texto. Pero sigan leyendo, que la sorpresa está todavía por descubrir.

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Si bien no voy a exponer el resultado del comentario (¡se aburrirían!), sí quería escribir esta entrada, este post, o este lo que ustedes quieran, para conocer la intención del autor para con el título que ha elegido para el artículo. Léanlo de nuevo: “Ojo con la barra libre”.

Si no han leído el artículo, les sugiero que lo hagan para comprender dónde quiero llegar. El artículo podría resumirse del siguiente modo (una interpretación): si las mujeres son siempre las víctimas y las mujeres nunca mienten (pseudoverdades las define el autor), el hombre siempre es el culpable. Y esa actidud, incluso pensar así, es como disponer de una barra libre.

Hasta ahí he llegado. Y solo hasta ahí quiero llegar porque, si se fijan en el título, “Ojo con la barra libre”, contiene una genial oposición siempre y cuando se lea “ojo con” al revés, es decir, “no cojo”. Y claro, puestos a elucubrar, me ha quedado la duda de si Javier Marías ha utilizado este “medio palíndromo” para enfrentar semánticamente dos enunciados, “no cojo” la “barra libre”, es decir, yo no le echo al hombre toda la culpa cuando alguna mujer  ha pasado por el “casting del sofá”, que es la tesis de todo el texto.

Con este fin escribo este post, con el fin de conocer si ese medio palíndromo que utiliza Javier Marías es fortuito o voluntario, porque si es voluntario, es una puta genialidad semántica, pragmática y lingüística del autor.

Si recibo respuesta del autor, actualizaré este post. Y lo anunciaré. Ojalá.