20181118 ¡Despidan a esos posmodernos!

Ayer por la tarde, un alumno del año pasado con el que congenié muy bien, me envió un reciente -tan reciente que es de ayer- vídeo de Jordan B. Peterson. Esta vez se trataba de la entrevista que Un hombre blanco hetero había conseguido hacerle. Retrasé su visionado hasta la noche, después de la cena. Me comí un rosco de vino de postre.

La entrevista es interesante. Añadiría, muy interesante, pero el motivo por el que Peterson levanta otra vez la mano en este blog es porque habla de la lógica posmoderna y la aplica a la literatura. Me agradó lo que decía porque estaba de acuerdo con sus argumentos. Todo a partir del minuto 31. No se extiende demasiado, pero resume muy bien el poder que ciertas editoriales imponen, incluso algunos críticos, el poder de lo que es canónico frente a lo que no es nada.

Peterson arranca el minuto 31 retomando algo que había dicho antes, que la lógica posmoderna se come a sí misma. Merece la pena escucharlo. Después, refiriéndose a las posibles maneras de interpretar un texto, una novela, por ejemplo, dice que son indefinidas. Esto es de cajón, pero cada día cuesta más levantar la voz hacia lo que desde un principio se ha establecido como “lo correcto”. Y así es. Hay infinidad de posibilidades para dotar a un texto de cierta interpretación. Pues bien, Peterson se plantea que cuál es la forma canónica de interpretación de ese texto, que cómo se ordenan las interpretaciones. ¿De qué manera ordenamos nuestras interpretaciones para saber cuál es la que vale? ¿De acuerdo con su valor? ¡No puedes!, exclama. Y qué gran verdad. No puedes ordenar las interpretaciones de un texto en función de su valor.

Entonces, se pregunta, ¿cuál es la alternativa? Pues lo que hace con toda la frecuencia posible lo posmoderno. La posmodernidad entra a caballo y usa la interpretación que da a su grupo la mayor cantidad de poder. El concepto es alucinante. Para mí, revelador. De repente recordé un libro que leí hace algunos años cuyo fin era mostrar cómo se podía reventar ese tipo de poder, de proceder. Tomen nota: ¡Despidan a esos desgraciados!, de Jack Green.

La interpretación adecuada se debe a ciertos intereses. Y resulta asombroso cómo, si tu interpretación no se alinea, parece que es inválida, no adecuada, sin dosis de “canonicidad”.

Hoy, por ejemplo, he tildado de reseñas mamporreras algunas de las que aparecen en ‘Babelia’. No me pidan que señale. Las hay. Todas las semanas. Nadie podría rebatirme esta afirmación. Es demostrable. Y algunas de ‘El Cultural’, otras en el ABC Cultural. Todo tan demencial. Y bueno, lo que hace ‘Mercurio’ en casa se queda, pero es que algunas publicaciones solo se deben al $. No he podido contener mis dedos ni mi Twitter cuando he leído la entrevista a José Ángel Mañas, donde tilda a Alberto Olmos como el único referente de la crítica joven. Y es muy verdad, casi verdad del todo. Sí, a mí me fascinan las críticas de Alberto Olmos, cada vez más umbralianas, eso sí. Y lo he dicho en un tuit. Alguien debería fundar una suplemento cultural llamado Mamporrero Literary Review y allí aunar todas las interpretaciones canónicas de la posmodernidad. Las palabras de Mañas son tajantes: “Un suplemento literario como ‘Babelia’ apenas tiene importancia y diría que Olmos es el único referente de la crítica joven”. Así, como lo pueden leer: aquí.

Pero yo venía aquí a hablar de Peterson. Y terminar de hablar de Peterson, que ya está bien. Es evidente que cuando este habla de esa mayor cantidad de poder que otorga utilizar una interpretación frente a otra, ese poder que se queda tu grupo, esto puede constatarse en algunos suplementos culturales. Por eso hay que beber en otras fuentes.Y hay que descubrir otras reseñas, y otras referencias, ¡¡y otras editoriales!!

En fin. Después del vídeo le escribí un wásap a mi alumno para agradecerle el envío, pero quería saber qué era lo que más le atraía de Peterson. Me contestó -ojo, un chaval de 16 años que estudia en un IES- lo siguiente:

Peterson realiza un análisis interesantísimo de las identidades de grupo con el que, para qué mentir, estoy de acuerdo. Hay muchos jóvenes que empiezan a nutrir sus sesos con las ideas que defiende Jordan B. Peterson. Y vía YouTube. No te alarmes, lector. Es necesario que alguien rescate del posmodernismo, de esa ola cuya finalidad es anular al hombre, ahogarlo en el nihilismo, al mismo hombre. Y quien dice al hombre, ¡a la Literatura! Peterson te ayudará si te dejas. Salir del pozo nihilista nunca había sido tan fácil. Leer otras reseñas tampoco. Aliméntate bien. Escucha el final de la entrevista. Suspende el juicio, sé valiente, Sapere aude!, decían antes.

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Para ser novelista, despidan a esos desgraciados

El departamento de compras del blog ha adquirido recientemente los siguientes libros. Próximamente entrarán en cola de lectura y relectura. Copiamos y pegamos parte del texto de las contraportadas porque las chicas de marketing nos lo sugieren de ese modo y nosotros, los redactores, seguimos instrucciones. Las chicas de marketing son las chicas de marketing.

¡Despidan a esos desgraciados!, de Jack Green. Editado en Alpha Decay. Traducido por Rubén Martín Giraldez. Prologado por José Luis Amores.

¡Despidan a esos desgraciados! es una diatriba por entregas que corresponde a los números 12 a 14 del fanzine newspaper (1962), en los que se repasaba ferozmente cada una de las reseñas que suscitó en la prensa la aparición en 1955 de la primera novela de William Gaddis: Los reconocimientos. Uno a uno, Green examina las manifestaciones de aquellos reseñistas que, a su juicio, obviaron la lectura del libro del que hablaban; desgrana una teoría malhumorada y sin ínfulas según la cual la opinión Equivocada y Unánime (histórica) puede proceder de una mala lectura, pero nunca debe derivar de la omisión de esa lectura. Preguntas pertinentes a todas las épocas: ¿Se reseñan libros que no se han leído? ¿Se escribe lo que de ninguna manera se opina? ¿Decimos que entendemos lo que no entendemos?

Para ser novelista, de John Gardner. Editado por Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja. Traducido por Víctor Conill. Prologado por Raymond Carver.

Después de más de veinte años de dar lecturas y conferencias, y de visitar asiduamente las clases de escritura creativa, ya sé qué debo esperar que me pregunten en el inevitable turno de preguntas: cosas que a primera vista parecen de mera cortesía (“¿Escribe con lápiz, con bolígrafo o con máquina de escribir?”); cuestiones profesionales y cargadas del interés profesional (“¿Considera importante que el futuro novelista tenga un conocimiento amplio de los clásicos?”); y otras tímidas y serias, hechas como si fueran cuestiones de vida o muerte, lo que podrían muy bien ser para quien las pregunta, tales como :”Cómo puedo saber si soy o no escritor?”. Este libro reúne las respuestas a las preguntas que considero serias, incluidas algunas que considero más que serias de lo que puedan parecer al principio (…) Este libro es para el novelista que ya ha llegado a la conclusión de que es mucho más satisfactorio escribir bien que escribir sólo lo suficientemente bien como para poder llegar a publicar. (…) Mi intención es hablar de las preocupaciones del novelista principiante y librarle de ellas en la medida de lo posible.

 Seurat, de Catherine Grenier. Editado por Akal. Traducido por Gloria Cué.

Sin texto de contraportada. Me gusta Seurat. Anótenlo. A mis hijos también.

Extraje este texto de la introducción:

Desde un primer momento, Seurat aplica las teorías científicas aplicadas al arte, cuyo desarrollo sigue atentamente. En esta contribución científica encuentra respuestas prácticas para su exigencias estéticas, que evolucionarán a lo largo de su carrera. Al igual que los Impresionistas, que habían aportado soluciones intuitivas, Seurat aborda el problema de la traducción de las sensaciones ópticas y se interesa por la ley de los complementarios, ligada a la división de los tonos. Después de haber leído a Sutter, consigue la Teoría Científica de los colores de Ogden Nicholas Rood, recién traducida; descubre los experimentos de Maxwell y sus discos policromos, y las de Dove y Bruke sobre el color y la luz; estudia la teoría de Helmhotz sobre la sensibilidad del ojo y lee la Teoría de los colores de Chevreul, al que visita con Signac.