La conquista de una expresión literaria propia

20180517_155528063_iOSBaroja decía de sí mismo que era un escritor de la calle sin la formación necesaria ni los conocimientos suficientes como para ingresar en centros académicos. Baroja no creía en la belleza del idioma y el objetivo que se marcaba cuando escribía era expresar con claridad mis ideas y mis sensaciones.[1]

Hasta aquí todo es diáfano y tan diáfano queda que resumo el párrafo anterior: Baroja persigue claridad y precisión. Ya está. Y yo, para comprobarlo, me he leído por segunda vez El árbol de la ciencia y un opúsculo de Eduardo Laporte titulado Barojiano y todo lo contrario, de la colección de Ipso Ediciones “Baroja (& Yo)”, que constituye el quinto después de las piezas de Soledad Puértolas, Luis Antonio de Villena, Ascesión Rivas y Antonio Castellote. Qué nómina.

Barojiano y todo lo contrario es un librito de apenas setenta y cinco páginas que Laporte divide en varios capítulos titulados “Vivir literariamente”, “Yo soy como Pío Baroja”, “Misógino y todo lo contrario”, “Baroja o el misterio de un suicidio en el viaducto”, “Pamplona de Pío Baroja” y “Lecturas de Baroja / Los años de formación”.

Baroja ha sido un autor clave para la formación literaria de Laporte. Que Laporte escriba se lo debe, en parte, a que abandonó pronto la tarea del bosquejo de palabras para buscar y encontrar el placer con ellas, pero el mayor placer, este: “El mayor placer de la escritura no es el tema que se trate, sino la música que hacen las palabras”. Y esta frase no es de Baroja, ni de Laporte, ni mía, por Dios, sino de Truman Capote. Y ese placer es una de las características de este ensayo, o de esta pieza, o de estas reflexiones sobre la influencia de Baroja en la escritura del estar (o ser) escritor.

Mientras lees, no es difícil detectar la autenticidad y el riesgo en la escritura, dos elementos que, junto a la libertad, también los encarna Baroja. Así pues, como todo barojiano, Laporte emula. El autor revela en estas páginas que convertir su vida en literatura ha sido una de sus obsesiones y que las primeras claves para descifrar los cómos se las debe a Baroja gracias a El árbol de la ciencia, que leyó en su juventud. Y de ahí, pasó a flâneur. Por cierto, ¿no les recuerda a ustedes esta palabra, flâneur, a Vila-Matas? Se acaba el segundo capítulo con Laporte convertido en lector-que-quiere-ser-escritor. Con todas las letras. La lectura, nos ha enganchado.

Pero, ¿valía todo para hacerse escritor?, se pregunta Laporte. La respuesta del autor fue valiente y resultó, justo, de la fusión entre lo que Baroja repartía y su propia vida. El resultado consistió en reventar algunos convencionalismos. Y huir de ellos, como nos cuenta. Resultaba seductor.

En “Baroja o el misterio de un suicidio en el viaducto”, Laporte recorrerá la fragua que le permitió forjarse como escritor. Se preguntará incluso, como hizo Tolstoi, que “¿qué era la literatura, el arte, sino un guiño a lo imposible, a lo que no es de este mundo, a lo divino en su sentido más amplio? Será un capítulo bisagra que se adentrará, como pulsión interior que es, en ese mundo religioso que, como Baroja, había relacionado con espíritus blandos. Pero había lecturas que le ayudaron a ponderar y cómo no, a sopesar, ese inicial punto de vista. Ese es el motivo por el cual nos trae el comentario sobre Entusiasmo, de Pablo D´Ors, que es para él una narración honesta sobre el asunto. De este modo, la reflexión en torno al modo religioso de Baroja le ha hecho involucionar hasta ese punto muerto, al tratar de “encontrar a Dios, o al menos su idea, en la textura de las cosas, y hacer mía aquella respuesta de Tolstoi a la particular pregunta del millón: ‘No es que crea en Dios, es que lo siento’”. Y nos lo vuelve a recordar al final, porque siempre queda la vía barojiana ante la disyuntiva del “alcohol o catequesis”: el autodidactismo, ese ir por libre que es a lo que se agarra al final Laporte.

Pamplona no podía faltar, la Pamplona que marcó a Baroja es la Pamplona de la ejecución de Toribio Eguía de la que Baroja hizo una simple apreciación cuando lo ejecutaron: “Tenía las alpargatas sin meter en los pies”. ¡Vaya imagen! En aquella Pamplona, Baroja se escaparía de su casa para ver un muerto y es que “un escritor es alguien que tiene los huesos del alma hechos de cristal”.

Laporte acaba con las lecturas que nutrieron a Baroja. Qué leyó, qué le influyó, cuánto, por qué. Ahí están, todas, todas las que explican el suicidio de su personaje.

Un libro sincero y auténtico que derrocha placer de escritura. Bien compuesto, articulado, con un hilo conductor que es la impronta de un escritor que pertenece a la historia de la literatura española de hace cien años, en un escritor actual.

A mí no me queda más. Solo quiero, desde este blog, felicitar a Eduardo Laporte por este opúsculo rebosante de hechos y de intenciones que completo con una cita de Goytisolo sobre Genet, pero que, jugando a sustituir apellidos, “Genet” por “Baroja”, se muestra igualmente el poder de transformación que Baroja ha tenido sobre algunos escritores contemporáneos:

“Conocer íntimamente a Genet es una aventura de la que nadie puede salir indemne. Provoca, según los casos, la rebeldía, una toma de conciencia, afán irresistible de sinceridad, la ruptura con viejos sentimientos y afectos, desarraigos, un vacío angustioso, incluso la muerte física. […] Genet me enseñó a desprenderme poco a poco de mi vanidad primeriza, el oportunismo político, el deseo de figurar en la vida literario-social para centrarme en algo más hondo y difícil: la conquista de una expresión literaria propia.” [Juan Goytisolo en la revista Quimera, número 400, marzo de 2017]

 

 

[1] Así se confiesa Baroja en el primer párrafo del discurso de ingreso en la RAE el 12 de mayo de 1935: “La formación psicológica de un escritor”.

 

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En el campo del arte y de la literatura valen menos cien pájaros en mano que el que, para encanto y tortura nuestros, sigue volando

La regularidad de las muchachas en flor no era, no era el título de A la sombra de las muchachas en flor, de Proust, una novela, equis tomos, solo leí el primero, no el segundo ni el… ¿Los leeré? ¿Quién sabe? ¿Es literatura? ¿Tú lo sabes?

Esta semana he decidido que no voy a leer Patria. Siempre me quedará la duda de si era una obra literaria o un producto editorial. Ya nunca lo sabré. Las reseñas de Patria están colmadas de frases estereotipadas y huecas que no me han ayudado a dilucidar qué o qué. Además, ya es un bestseller y hay tan pocas horas buenas y tanto que leer…

Esta semana he reflexionado sobre si soy o no un millennial. No lo sé. Solo sé que tengo un blog alojado en WordPress, cuenta en Twitter e Instagram, donde me hago selfis con libros —que por lo visto a otros les jode— y algunas, muy pocas, una, dos fotos con mis hijos; recientemente regresé a Facebook por culpa de Fernández Mallo; sí, lo cuento en alguno de los párrafos siguientes.

Esta mañana, además, mientras me tomaba el café a las siete menos cinco leí un par de artículos interesantes en Feedly y diez minutos después repartí cinco o seis likes en Instagram hasta que me encontré con esta imagen de Celso Castro que publicó en su cuenta:

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¿La han visto? Pues bien, esa imagen imantó el día y mi imaginación hasta la hora de la cena y me preguntaba, con el café de la tarde, mientras cerraba el libro Hombres en el espacio por qué no conseguía borrar la imagen en la cabeza, ese bolígrafo y esos folios escritos.

Después de trabajar, por la tarde, entré en Twitter y vi en Facebook (entrar en Twitter y ver en Facebook lo llamo nivel millennial premium) a Fernández Mallo sentado donde Wittgenstein. FlipéRegresé, reactivé mi cuenta de Facebook solo para ver todas las fotografías de la hazaña. 

Tanta estimulación (Proust, Patria, Fernández Mallo, Hombres en el espacio, Celso Castro, Wittgenstein) tuvo una extraña consecuencia: me acordé de un libro de Jack London: La llamada de lo salvaje. Lo leí hace tantos años… ¡Eso era! Lo entendí todo pero no puedo seguir por aquí, desvelar mi secreto, porque es algo íntimo, y la crítica lo consideraría pornográfico; sí puedo seguir con Genet. Pues sigo con Genet entonces. 

Me esperaba Genet, decía. Encontré otro día de la semana su por qué empezó a escribir. Fascinante. Lean por qué Genet empezó a escribir:

Creo que tenía entre veintinueve y treinta años. Estaba en la cárcel. Era, pues, en el 39, en 1939. Estaba solo en el calabozo, en la celda. Ante todo quiero decir que yo no había escrito nunca nada, salvo algunas cartas a amigos, a amigas, y creo que las cartas eran muy convencionales, es decir, frases hechas, escuchadas, leídas. Nunca sentidas. Luego, mandé una postal de Navidad a una amiga alemana que estaba en Checoslovaquia. La había comprado en la cárcel, y el reverso de la postal, la parte reservada a la escritura, era granulosa. Y esa granulosidad me había conmovido. Y en lugar de hablar de las fiestas de Navidad, hablé de la granulosidad de la postal y de la nieve que eso me evocaba. A partir de ahí empecé a escribir. Fue un desencadenante. Fue el desencadenante registrable.

[Jean Genet en una entrevista que publicó la revista Quimera en febrero de 1982, en su número 16.]

Y después leí por qué todavía no soy escritor, ni se me espera, gracias a Dios:

La empresa novelesca, tal como la concibo, es una aventura: decir lo aún no dicho, explorar las virtualidades del lenguaje; es la conquista de nuevos territorios expresivos: esos pocos metros de tierra que, como dijo Carlos Fuentes, los holandeses ganan pacientemente al mar. Escribir una novela es dar un salto a lo desconocido: llegar a un lugar insospechado por el autor en el momento de ponerse a escribirla. Cuando se domina una técnica o se ha llegado al fin de una experiencia hay que dejarlas para ir en busca de algo que se ignora. En el campo del arte y de la literatura valen menos cien pájaros en mano que el que, para encanto y tortura nuestros, sigue volando.

[Juan Goytisolo en el número 23 de la revista Quimera de septiembre de 1982.]

La semana transcurrió así. Acabé con la lectura de dos relatos, uno de Sara Mesa y el otro de Inés Martín, que estaban guardados en El cuaderno Caníbal, un librito que recibí como obsequio por comprar en Pálido Fuego. Todos los días me leo uno. Me gustó más el desarrollo del relato de Sara (“La importancia de no entenderlo todo) pero mucho más el final del relato de Inés (Naufragio), pim pam pum.

Cuéntame tú a mí qué es la literatura pero si algo intuí esta semana es que la literatura solo es tener estilo, solo eso, estilo y nada más. Pregúntale a Céline.

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*Todos los meses envío por correo una lista de libros —no la publico en el blog— con los mejor que he leído, por si estás buscando qué leer.