Fue el primer relato que leí que me hizo querer ser escritor

«El globo» es un relato de Donald Barthelme extraído de Prácticas indecibles, actos antinaturales, obra editada en 1972 por Anagrama y que compré cuando leí…

En Aunque por supuesto  terminas siendo tú mismo, en su anexo final, se listan los productos culturales mencionados en el libro. Ahí pude leer que, en una entrevista a Salon de 1996, David Foster Wallace le dijo a Laura Miller que «El globo» fue «el primer relato que leí que me hizo querer ser escritor».

He leído el relato muchas veces, como ustedes imaginarán. Es un magnífico relato. Además, en mi fichero encontré esta cita de Dillard que lo desmultiplica. Disfrutad con su lectura porque será, sin ninguna duda, una buena lectura y una magnífica inversión literaria y más sabiendo que fue principio inspirador para David Foster Wallace. 

El escritor continúa como de costumbre creando un sentido artístico real a partir de lo que no tiene sentido, a la antigua, fabricando así una entidad artística autopertinente. Produce una obra cuyas partes se articulan de forma coherente. Impone al caos un orden estricto. […] La obra de arte puede, como el número de magia de un mago, aspirar a un cierto grado de espontaneidad, de fantasía un punto aleatoria, siempre que los efectos producidos por el conjunto estén calculados y unificados […] En esta unidad estructural es donde radica toda integridad, y la integridad es lo que separa al arte de todo aquello que no lo es.

Annie Dillard en Living by Fiction

 

EL GLOBO, de Donald Barthelme

El globo, comenzando en un punto de la Calle Catorce, cuyo emplazamiento exacto no puedo revelar, se fue extendiendo hacia el norte durante toda la noche, mientras la gente dormía, hasta llegar al Parque. Allí lo detuve; al alba su extremo norte descansaba gracioso y agradable. Pero experimenté una leve irritación al detenerlo aun cuando fuese para proteger los árboles; y no hallando razón alguna que impidiera al globo expandirse hacia arriba, hacia el «espacio aéreo» de las zonas de la ciudad que ya cubría, pedí a los ingenieros que se ocuparan de ello. Esta expansión tuvo lugar a lo largo de la mañana, un suave e imperceptible gemir del gas a través de las válvulas. El globo cubría ya cuarenta y cinco manzanas en dirección norte-sur y un área irregular en dirección este-oeste, que llegaba a abarcar en algunas partes hasta seis manzanas transversales a ambos lados de la Avenida. Tal era la situación, entonces.

Pero es erróneo hablar de «situaciones», porque éstas implican series de acontecimientos que se dirigen a un fin, a un alivio de tensión; no había situaciones, simplemente el globo flotaba allí —marrones y grises sobrios y pesados predominantemente, contrastando con tonos nogal y amarillo suave. Una deliberada falta de acabado, realzada por un habilidoso montaje, daba a su superficie un aspecto tosco y descuidado; los contrapesos que se balanceaban en su parte interior, cuidadosamente ajustados, anclaban aquella enorme y multiforme masa en varios puntos. Ya habíamos tenido una avalancha de ideas originales en todos los medios de comunicación, obras de singular belleza e hitos significativos en la historia de la aerostática, pero en aquel momento sólo existían aquel globo, particular y concreto, colgando allí.

Hubo reacciones. Algunos encontraban el globo «interesante». Como respuesta no parecía ajustarse a la inmensidad del globo, a su súbita aparición sobre la ciudad; por otra parte, en ausencia de histeria o de otra ansiedad socialmente inducida, debe considerarse una respuesta tranquila y «madura». Hubo al principio cierto número de polémicas sobre el «significado» del globo; todo esto se dejó de lado, porque hemos aprendido a no insistir en los significados, y ahora rara vez se buscan, salvo que se trate de los más simples e inofensivos fenómenos. Se concluyó que puesto que nunca podría conocerse totalmente el significado del globo, la discusión no tenía objeto, y que desde luego era menos positiva que, por ejemplo, las actividades de los que colgaban farolillos de papel verdes y azules de su capa inferior cálida y gris, en ciertas calles, o aprovechaban la ocasión para escribir mensajes en la superficie, anunciando su disponibilidad para realizar actos antinaturales, o la disponibilidad para entablar relaciones.

Algunos niños atrevidos saltaban a él, especialmente en aquellos sitios donde el globo se aproximaba mucho a un edificio, hasta el punto de que la distancia entre el globo y edificio era de unos centímetros, o en los puntos en que el globo realmente tocaba el edificio, ejerciendo una ligerísima presión sobre el costado de éste, de modo que globo y edificio parecían una unidad. La superficie superior estaba estructurada de forma tal que semejaba un «paisaje», pequeños valles y también leves lomas y montículos; una vez arriba se podía dar una vuelta, e incluso hacer un viaje, de un punto a otro. Era un placer poder correr inclinado hacia abajo, después subir a la loma opuesta, ambas estaban delicadamente graduadas, o saltar de una a otra. Al ser la superficie neumática, era posible rebotar, y también dejarse caer, si se quería. Todos estos variados movimientos, y muchos otros, estaban al alcance de cualquiera. El recorrer el lado superior del globo era extraordinariamente emocionante para los niños, acostumbrados a la piel lisa y dura de la ciudad. Pero el objetivo del globo no era el de entretener a los niños.

Además, el número de personas, tanto niños como adultos, que aprovechó las oportunidades descritas no fue tan grande como podría haber sido: se percibía una innegable timidez, una falta de confianza en el globo. Y también, una cierta hostilidad, debido a que habíamos ocultado las bombas que alimentaban de helio el interior, y a que la superficie era tan vasta que las autoridades no podían determinar el punto de entrada —es decir, el punto por el que se inyectaba el gas— era patente una cierta frustración entre los funcionarios de la ciudad en cuya jurisdicción sucedían normalmente tales fenómenos. La visible falta de propósito del globo era ultrajante (como lo era el simple hecho de que estuviera «allí»). Si hubiésemos escrito, con grandes letras «PRUEBA DE LABORATORIO» o «18 % MÁS EFECTIVO» en los lados del globo, esta dificultad se hubiese salvado. Pero yo no podía apoyar que se hiciese eso. En definitiva, aquellos funcionarios eran notablemente tolerantes, si consideramos las dimensiones de la anomalía, y esta tolerancia era resultado, en primer lugar, de las pruebas secretas realizadas durante la noche que les convencieron de que poco o nada podía hacerse para trasladar o destruir el globo; y en segundo, de que en el ciudadano común se había desarrollado (sin que lo empañaran chispazos de la hostilidad anteriormente mencionada) un cierto cariño hacia el globo.

Al igual que un solo globo puede significar toda una vida de meditación sobre los globos, así cada ciudadano reflejaba, en la actitud que elegía, un complejo de actitudes. Un hombre podía considerar el globo relacionado con la noción manchar, como en la frase El globo manchaba el habitualmente claro y radiante cielo de Manhattan. Es decir, el globo era, desde el punto de vista de este hombre, una impostura, algo inferior que se interponía entre la gente y su «cielo». Pero en realidad estábamos en enero, el cielo era feo y oscuro; no era un cielo que se pudiera contemplar, tendido de espaldas en la calle, con placer, a menos que para ti el placer se derivase de sentirte amenazado, de sentirte maltratado. Y resultaba agradable contemplar el lado inferior del globo, ver aquellos grises y marrones sobrios que predominaban, y que constrastaban con los tonos nuez y con los amarillos suaves y desvaídos. Y así, aunque aquel hombre pensaba manchar, había de todos modos una mezcla de placentero entendimiento en su pensar, en lucha con la percepción original.

Otro, por ejemplo, veía el globo como parte de una serie de recompensas insólitas, como si un patrono llegara y dijera: «Aquí tienes, Henry, este fajo de billetes que he dispuesto para ti, porque nos ha ido muy bien en el negocio, y me gusta mucho la forma en que machacas los tulipanes, sin tu trabajo esta sección no hubiese sido un éxito, o no sería el éxito que es.» Para este hombre el globo podría ser una experiencia brillantemente heroica de «valor y músculo», aunque una experiencia pobremente entendida.

Otro podría decir: «Sin el ejemplo de —es dudoso que—, existiese hoy en su forma actual», y encontrar muchos que estuvieran de acuerdo con él, o que discutieran con él. Se introdujeron las ideas de «hinchar» y de «flotar», al tiempo que conceptos de sueño y responsabilidad. Otros se enredaron en fantasías notablemente detalladas en torno al deseo de perderse en el globo, o de engullirlo. El carácter privado de estos deseos, de sus orígenes, profundamente enterrados y desconocidos, era tan acusado que apenas se hablaba de ellos; existen, sin embargo, pruebas de que estaban muy extendidos. También se discutió la idea de que lo más importante era lo que sentías cuando estabas bajo el globo; algunas personas proclamaban que se sentían cobijadas, abrigadas, como nunca se habían sentido antes, mientras los enemigos del globo se sentían, o decían sentirse, oprimidos, con una sensación de «pesadez».

Las opiniones de los críticos estaban divididas:

 

«monstruosos abultamientos»

 

 

«arpa»

 

XXXXXXX «ciertas contradicciones con las porciones más oscuras»

 

«alegría interior»

 

«esquinas grandes, cuadradas»

 

«el eclecticismo conservador que ha regido durante tanto tiempo el diseño moderno de globos»

 

 

:::::::: «vigor anormal»

 

«cálidos, suaves, lánguidos pasajes»

 

«¿Ha sido sacrificada la unidad en aras de la expansión?»

 

«Quelle catastrophe!»

 

«puro parloteo»

 

 

La gente comenzó, de modo curioso, a situarse en relación a aspectos del globo: «Será en aquel lugar donde se hunde en la Calle Cuarenta y Siete, casi junto a la acera, de Alamo Chile House», o, «¿Por qué no subimos arriba y tomamos el aire, y si nos apetece damos una paseíto, donde forma una línea gruesa y curvada con la fachada del Museo de Arte Moderno…?» Las interesecciones marginales ofrecía accesos durante un tiempo determinado, así como «cálidos, suaves y lánguidos pasajes» en los que… Pero es un error hablar de «intersecciones marginales», todas las intersecciones eran cruciales, no podía ignorarse ninguna (como si, caminando allí, no pudieras encontrar a nadie capaz de volver tu atención, en un instante, de viejos ejercicios a nuevos ejercicios, riesgos y escaladas). Toda intersección era crucial, unión de globo y edificio, unión de globo y hombre, unión de globo y globo.

Se sugirió que lo que se admiraba en el globo era en definitiva esto: que no estaba limitado o definido. A veces un abultamiento comba, o sub-sección se desplazaba hacia el este en dirección al río por su propia iniciativa, al modo de las maniobras militares sobre un mapa, tal como se ve desde el cuartel general lejos del combate. Después aquella porción sería, de algún modo, arrojada otra vez atrás, o retrocedería a otras posiciones nuevas; a la mañana siguiente, aquella porción habría hecho otra salida, o desaparecido totalmente. Esta capacidad del globo para cambiar de forma, para transformarse, resultaba muy agradable, sobre todo para los que tenían sus vidas estructuradas de modo rígido, aquéllos para los que el cambio, aunque deseado, era inasequible. El globo, durante los veintidós días de su existencia, brindó la oportunidad, con sus caprichos, de un vuelo libre del yo, en contraposición con la red de senderos precisos, rectangulares que había bajo nuestros pies. El volumen de práctica y de especialización necesarias, y el consecuente deseo de tareas a largo plazo, se deben a la importancia siempre creciente de una compleja maquinaria, prácticamente en todos los tipos de operaciones; dado que tal tendencia se incrementa, cada vez se volverá más gente, en un desesperado desajuste, hacia soluciones de las que el globo podría considerarse un prototipo, o «borrador».

Yo te encontré bajo el globo, con ocasión de tu regreso de Noruega; me preguntaste si era mío; te dije que sí. El globo, dije, es un desbordamiento autobiográfico espontáneo, que tiene relación con lo incómodo que me siento cuando estás ausente, y con la abstinencia sexual, pero ahora que tu visita a Bergen ha terminado, no es ya ni necesario ni adecuado. El traslado del globo fue fácil; camiones de remolque transportaron el armazón desarmado, que está almacenado ahora en West Virginia, aguardando otro período de infelicidad, quizás algún otro día en que nos enfademos.

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A su cerebro le faltaba vinagre

Subyugado:

«¿Y qué pasaría si vivieran todos siempre juntos y felices? Una posibilidad extremadamente improbable. ¿Qué era lo que prohibía en su cerebro semejante felicidad? Su cerebro decía demasiada felicidad, pero, en último extremo, un cerebro no es más que un cerebro, aunque se trate de un cerebro excelente, un cerebro rebosante de glucosa metabolizada con aspecto de crema quemada que lo mantenía en funcionamiento, aunque con poco vinagre. A su cerebro le faltaba vinagre. Por las mañanas, Simon bebía vinagre en botellas supuestamente vendidas como vino blanco y esencia filosófica de París, donde, por cierto, una simple botella de quince francos era excelente, lo mejor que había bebido en la vida. En Suiza, en verano, en Zurich y Basilea, había probado un tinto frío que tampoco estaba nada mal, toda una experiencia pedagógica, pese a lo cual por nada del mundo viviría en un país tan ferozmente pulcro. En Zurich, las prostitutas eran cebras elegantemente vestidas, representación del más extremo blanco y negro, piezas de un mobiliario callejero tan ornamental como los severos e impecables policías o los escaparates de la Bahnhofstrasse con sus excesos de oro centelleante al otro lado de cristales blindados. Para nada quería un reloj, ni unos gemelos, ni un servicio de café con baño de oro, por lo que estaba en franca desventaja. ¿Y qué haría con aquellas mujeres? ¡Enviarlas a la Escuela Superior a estudiar arquitectura! Había un número creciente de mujeres en la profesión. Por las noches, frente a la chimenea, el grupo podría disertar beatamente sobre los parteluces y, agotado el tema, afrontar el de los revestimientos para, a su vez, atacar con todo entusiasmo los problemas del presurizador de cemento armado. ¡Una felicidad inenarrable!

Alguna quedaría embarazada. Todas quedarían embarazadas. A los setenta años tendría que lidiar con ataques de paperas y salidas de dientes. Los niños se llamarían Susanah, Clarice y Buck. Al atardecer, saldría con una pelota a jugar con Buck en el jardín. Chutaría y la pelota daría un par de botes ridículos sobre el césped. Entonces el pequeño exclamaría en tono lastimero “¿Es que aquí no hay nadie capaz de jugar al fútbol?”».

[Donald Barthelme en Paraíso, Anagrama, 1988, páginas 83 y 84]

 

Once libros sobre los que tengo que escribir

Si fuese capaz, solo capaz, de escribir la cara de un folio como este de cada libro que me leyera y que eso fuese suficiente para nutrir este blog… sería feliz, o muy feliz. Me había rondado esta idea la cabeza cuando hoy comprobé que, desde que publiqué la última entrada referida a una lectura, me he leído uno, dos, tres, y hasta once libros. ¡Ya está bien! No, no está bien.

Todos los libros de los que debí escribir aquí y que no lo hice son los siguientes, siendo “son los siguientes” una construcción que odio:

  1. Némesis, de Philip Roth.
  2. Teoría del ascensor, de Chejfec.
  3. Mero cristianismo, de C. S. Lewis. (He descubierto que a DFW le influyó).
  4. En el corazón del corazón del país, de William H. Gass. (Contiene el mejor relato que un lector literario puede leer en su vida. Soy un lector literario, me acabo de percatar).
  5. Mac y su contratiempo, de Vila-Matas.
  6. Estanque, de Claire-Louisse Bennett.
  7. El retablo de no, de Luis Rodríguez (Del que estoy preparando una reseña que saldrá publicada el 27 o 28 de este mes. Porque es ya como un amigo y porque me «epistolo» con él. Chincha. Te adelanto el comienzo: «Los trucos de siempre están muy manidos, y en mi opinión el lenguaje ha de encontrar nuevas maneras de tirar al lector»).
  8. El conde Lucanor, de don Juan Manuel. (Rererelectura).
  9. Aunque por supuesto terminas siendo tú mismo, de David Lipsky. Atrévete a conocer a DFW.
  10. Para ser novelista, de John Gardner. (No quiero ser novelista, advierto).
  11. Prácticas indecibles, actos antinaturales, de Barthelme. (Libros que no olvidas).

IMG_20170319_210042.jpgEste último título ha sido el que me ha incitado —¿incitado? (¿puedo utilizar ese participio?)— a escribir a máquina de escribir las primeras impresiones que me produce la lectura de un libro. Me hubiese gustado comenzar la serie hoy y hacer buen uso del nombre de este blog, “La manía de leer”, con el alucinante libro de Donald Barthelme, aunque escribir “alucinante” no sea ni de crítico literario ni de escritor de noticias de libros. No sé si me explico. (La primera persona tiene estas tonterías, que no sabes a veces, ni con regularidad ni sin ella, de qué va y se pone a hablar sin ton ni son, como ahora.)

La manía de leer que tengo y que enseño aquí, en este blog, dista de dar frutos maduros. Me refiero a fruto maduro a la reseña literaria como las que pueden encontrar ustedes todos los fines de semana en los suplementos y en las revistas de literatura. Insistimos en que aquí no sabemos escribir reseñas literarias ni nos gusta encajar en ningún molde seriado, repetitivo y  monótono. Nada me impide escribir piezas breves, fugaces, efímeras y todo lo subjetivas que pueda sobre la impresión que me causan —desconozco dónde— los libros que leo. Al final, y llevo comprobándolo años, lo que más les gusta a los lectores de este blog son esas sinceras impresiones sobre un libro que tenían pensado leer. Es lo que a la gente les impulsa al final a leer un libro, y a comprarlo, y a ir a una librería, y a todo ese blablá en torno a la industria editorial… una frase sincera sobre el libro que querían leer.

Eso sí, podré hablar con todo el entusiasmo posible de Barthelme, por ejemplo, pero Barthelme no es para todo el mundo. Zafón, por ejemplo, sí es para todo el mundo, incluso para las hormigas; o Murakami. Pero Barthelme, Gass o DFW, por colocar aquí en medio un ejemplo, no; son escritores con los que me divierto pero no son para todos los que saben leer, independientemente de que aquí se hable o no con todo el entusiasmo de ellos. El lector inteligente debe realizar una labor de “investigación” que certifique que es un escritor apto para su gran inteligencia y sublimes entendederas. A veces solo es cuestión de quitarse las orejeras para entenderle. Es cuestión de educación literaria y de decidir entre el “azúcar o azucarillo literario”, de rápida absorción y proporción de energía, o de la proteína literaria, que construye músculo. Todo es interés. ¿Qué buscas?

Se acaba este primer folio. Si mañana se desprenden de alguna hora algún minuto, escribo en modo maníaco de lectura sobre Barthelme.

Te espero.

[Este blog tiene un canal en Telegram, por si te apetece leer las entradas que publico en el autobús, o en el metro, o mientras llueve, debajo de un paraguas, yo qué sé: t.me/lamaniadeleer]

Adenda: El primer borrador de esta entrada fue:

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