Recomiéndales que dejen de decir necedades, de discutir acerca del Universo

La página es una sección o categoría del blog donde, todos los domingos, transcribo un fragmento de algunos de los libros que he hojeado durante la semana. En realidad suele ocupar la página de un documento Word en Google Drive a tamaño 12. Este último dato era innecesario pero el blog es mío.

DIÓGENES.—Polideuces, quiero encargarte que, apenas subas a la tierra (es a ti a quien corresponde, según creo, volver mañana a la vida), si ves en alguna parte a Menipo, el cínico (podrás encontrarlo en el Craneo de Corinto, o en el Liceo, riéndose de las disputas que tienen los filósofos unos con otros), le digas estas palabras: «Menipo, si te has reído bastante de las cosas de la tierra, Diógenes te invita a que vayas a la morada de Hades, a reírte mucho más. Aquí tu risa no puede ser todavía una risa franca, y es frecuentemente preguntarse: “¿Quién conoce bien el más allá?” En el Hades, en cambio, no cesarás de reír a carcajadas, como hago yo, sobre todo cuando veas a los ricos, sátrapas y tiranos, tan oscuros e insignificantes, diferenciándose de los demás tan sólo por sus gemidos, y adviertas que su escasa hombría y su vileza les hace recordar los bienes de arriba.» Esto quiero que le digas. Y añade que, antes de venir, llene la alforja de abundantes altramuces y ponga en ella también comida de Hécate, si encuentra en el suelo en alguna encrucijada, o un huevo procedente de sacrificio, o algo semejante.

POLIDEUCES.—Le transmitiré tu mensaje, Diógenes. Pero antes dame información necesaria para que yo sepa con exactitud qué aspecto tiene ese hombre.

DIÓGENES.—Es viejo y calvo, y viste un «tribonio» lleno de agujeros, abierto a todos los vientos, y de color vario a causa de las piezas de tela que lleva aplicadas. Siempre está riendo, y generalmente mofándose de esos filósofos fanfarrones.

POLIDEUCES.—Fácil es encontrarlo con esas señas.

DIÓGENES.—¿Puedo darte también algunas instrucciones para que se las comuniques a aquellos filósofos?

POLIDEUCES.—Hazlo. Tampoco eso me será molesto.

DIÓGENES.—En resumidas cuentas, pues, recomiéndales que dejen de decir necedades, de discutir acerca del Universo, de proporcionarse cuernos unos a otros, de inventar cocodrilos y de enseñar a hacer semejantes preguntas sin solución.

POLIDEUCES.—Pero dirán que soy un inculto e ignorante, por hacer reproches a su sabiduría.

DIÓGENES.—Mándalos, pues, a paseo de mi parte.

POLIDEUCES.—Les daré también ese recado, Diógenes.

DIÓGENES.—Y a los ricos, queridísimo Polideuces, diles esto de mi parte: ¿por qué, necios, echáis siete llaves a vuestro dinero?, ¿por qué os torturáis, calculando intereses y amontonando talentos sobre talentos, si dentro de poco tendréis que marchar de aquí con sólo un óbolo?

POLIDEUCES.—Haré como dices.

[Fragmento del “Diálogo de los muertos” en Diálogos de tendencia cínica, de Luciano de Samosata.]

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