Ajedrez por correspondencia

Ajedrez por correspondencia

El lector de este sitio sabe que utilizo un apartado postal para recibir libros y revistas, cartas[1] y postales. La última, de hecho, llegó desde los Alpes franceses y antes desde Chile. El apartado de correos tiene retrato en el blog. Si se fijan, y suben o bajan el ratón, pueden verlo en la parte derecha de la página si acceden desde un ordenador; y en la parte inferior, después de las entradas, si lo hacen con un móvil. Ahí lo tienen, el 119.

En realidad, no sé por qué les enseño el acero y cromado de la cajita. Es una información secundaria, desde luego. Lo que de verdad importa es el interior de esa cajita porque el cartero depositará ahí una jugada de ajedrez.

Soy aficionado al ajedrez y la modalidad por correspondencia es la que más disfruto. Tanto la aplicación Lichess como la de Chess.com la ofrecen. Reconozco que no soy ningún lince y me gusta pensar muy bien las jugadas, aunque por desgracia, esa estrategia no se traduce en más victorias.

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Me han hecho una propuesta. Me retan a una partida de ajedrez por correspondencia, vía sobre y chupón de sello. He aceptado, claro. Parecerá absurdo, incluso algo nostálgico y derrochador, invertir esos cientos de céntimos de la hucha común de casa en sobres y sellos para jugar al ajedrez por correspondencia. Sí, he contestado sí porque urge y es necesario continuar dando jaque a este tiempo de prisas y desasosiego.

Después de aceptar me ha picado la curiosidad y he investigado algo en Internet para comprobar datos relacionados con el ajedrez postal. Hasta existe una asociación[2]. Hay archivos con partidas inmortales, como las que protagonizaron Sundin y Andersson en 1964 y la de Morillo contra Ortiz en 1969. Se disputaban, incluso, partidas entre ciudades. Perplejo.

He entrado en ilusión. Mientras espero la primera jugada, he decidido comenzar un diario: Diario de un jugador de ajedrez por correspondencia. No sé si dispondré de suficiente papel para relatar mis impresiones y enumerar los beneficios que traerá esta modalidad. Ya escucho los prejuicios de quienes piensan en lo anacrónico de nuestro comportamiento. ¿Qué hacen dos tipos que viven en 2020 jugando al ajedrez por correspondencia? ¿No tienen nada más importante que hacer que disfrutar de una partida lenta de ajedrez? Yo no sé a qué dedicas el tiempo libre, si a ver cómo se orinan en Twitter o Facebook o a qué, pero la ilusión que albergo por abrir esa primera carta es la misma que tenía cuando esperaba alguna cartita de amor. Vaya expectación. ¿Será la primera jugada un e4 o sacará por el flanco de dama el caballo?  

Cuando empieces esta partida sabes que inaugurarás otro ritual. Visitar Correos cada dos o tres días –como haces ahora–, recoger la carta, estudiar la jugada, analizarla y tenerla en el seso mientras haces la compra, paseas por la Alameda o esperas en la cama; esbozar una respuesta y buscar los céntimos desahuciados para comprar el sobre y chupar, de vuelta, el sello. Por último, buscarás la boca del buzón y te faltará besarla. Un placer más. Con qué bagatelas disfruta uno.

Aceptar esta partida traerá más beneficios que contraindicaciones[3]. ¿Qué puede tener de malo elogiar y disfrutar de la lentitud de una partida de ajedrez por correspondencia? ¿No constituirá un remedio para protegerse de las prisas y tormentas de este tiempo[4]?

Desconozco si cuajará la propuesta, pero había que seguir dando jaque al tiempo en red social; y buscar otra recreación analógica, distinta de la lectura y escritura, afín a nuestra sedienta provincia interior Y así, aunque sea vía postal, en el 119 de Jaén. Atento.


[1] Sobre la defensa de la carta y la correspondencia epistolar como manifestación del recogimiento y meditación Pedro Salinas escribió El defensor, Alianza Editorial, 1983.
[2] Asociación Española de Ajedrez por Correspondencia: https://ajedrezaeac.com/aeac/
[3] Si no la han leído, por favor, háganlo cuanto antes: Novela de ajedrez, de Stefan Zweig, Acantilado.
[4] Recomiendo leer Del buen uso de la lentitud, de Pierre Sansot, Tusquets, 1999

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¿Usar la lentitud?

searchHOY HE LEÍDO una entrevista de Carl Honoré, líder, embajador y divulgador del Movimiento Slow. La vinculo al final del post, por si te apetece leerla. En ella se citan tres libros de los que me gustaría leer alguno, por ejemplo, este: Elogio de la lentitud (2013). ¿Por qué quiero leer Elogio de la lentitud? Porque quisiera compararlo con el de Pierre Sansot que ya tengo en casa y que leí hace muchísimo tiempo: Del buen uso de la lentitud (1999). ¿Por qué no descubrir más argumentos que me sirvan para ralentizar un poquito la vida? Porque más rápido no se puede ir, más rápido no nos pueden hacer ir, ni estar más hiperconectado, ni menos enfocado. Así es imposible leer todo lo que quieres leer, ni podrás pintar todos los cuadros que quieres pintar. ¡Ay! si te devolviesen todo el tiempo que te están quitando… Y claro, las consecuencias son trágicas: tampoco paseas y no pasear supone que no llegas a sentarte en el banco del parque, y no sentarte en el banco del parque supone no pensar ni reflexionar y no pensar supone no escribir, ¡nada!, no escribes nada, prefieres contestar, ya sentado, un puto whatsapp de alguien que te cae mal y que verás mañana con toda seguridad. Y liarte. Y así, la idea, chispa y sugerencia de la musa, celosa, se evapora. Así no escribes con originalidad, por supuesto. Así no escribes nada, nada de nada. Bueno, sí, whatsapps y tuits. ¡Qué guay! «Vivir y saborear la vida debe ser esto, la hiperconexión y el desenfoque en todo, así es como hay que vivir la vida», te susurras. Es un ejemplo.

HOY TAMBIÉN HE LEÍDO, junto a esta entrevista, un artículo de Mertxe. Lo que la velocidad le hace a tu cerebro y cómo el estrés lo está dañando. Más argumentos pro Slow.

Y claro, empiezas a sumar causas y puedes entender por qué no se leen tantos libros como antes —ni tú los lees ni los zagales quieren— a pesar de que, cuando te decides, apagas cinco de los diez artilugios que te rodean; menos mal que tú eres de los que cuando sales a la calle, abandonas el móvil en el cajón del mueble de la entrada y te echas un libro o el Kindle al bolsillo. El truco es sencillo pero eso lo haces tú y solo tú entre un millón porque cuesta.

Hoy se escribe tanta literatura fastfood por eso, ¿qué te creías? Por no usar la lentitud. Demasiados escritores ni saben usar la lentitud ni quieren saber cómo se usa; tampoco saben aislarse, ni saben entretenerse con un párrafo toda una tarde. Pero este es otro tema, y otra tesis. Me lo apunto. Hoy tocaba escribir este fastpost porque es lunes y no se crean, ha sido escrito gracias a que estreno Slow Mode.

Y el vínculo aquí, no lo olvido: la entrevista de Carl Honoré.

Imagen cortesía de Giacomo Balla.