Libros que ocuparon mi seso en 2020 (y VII)

La serie acaba hoy, aunque tenía decenas de libros de los que hablar. Pero no hay tiempo para entretenerse. Elegiré, entre los libros que leí cada mes, un título. Para eso voy a aplicar el criterio que aplicaba Goytisolo para discernir la buena literatura. Si me lo releería, sálvalo. Quedan seis meses, y aquí están los seis libros que releería.

Junio me lo dio Torné con su El corazón de la fiesta. Se quedaron finalistas La merienda de las niñas, de Cristina Morales y un flojucho La piel, del Molino. Son bastantes páginas las que tengo llenas de anotaciones del libro de Torné. Iba a escribir algo más extenso, pero el vórtice vital succiona con tal fuerza que ahí se quedan por ahora, archivadas. Pero hay que destacar el libro por su estilazo, su léxico y la voz narradora, de la que me quedé prendado. A mí los bastardos me daban un poco igual, incluso el tema, a mí lo que me ha gustado de la novela de Torné es el ejercicio de escritura tan brillante que gasta. Tropos, giros, perlas y psicología femenina. La novela da lecciones de cómo hay que usar un narrador en ficción, en este caso narradora. Qué tía.

Julio quedó marcado como el mes en que releí por segunda vez Don Quijote de la Mancha. Y vuelve a ser marcado para otra. No sé la vida. En segundo y en tercer lugar estuvieron El talón de hierro¸ de Jack London y Lectura fácil¸ de Cristina Gª Morales. El Quijote los devoró.

Agosto hubo lucha entre El libro vacío y los años falsos, de Josefina Vicens, y No leer, de Alejandro Zambra. Quedaron finalistas El mito de la izquierda¸ de Gustavo Bueno, La vida privada de los árboles, de Alejandro Zambra y una relectura para sacar brillo al método de organización personal que practico, el que ofrece Bullet Journal, de Ryder Carroll. Lo de Zambra es espectacular. Un bravo para él. Seguiré leyendo su obra, sin ninguna duda. Leed a Zambra, haced el favor.

Septiembre lo entoné con otra relectura, la de El trabajo intelectual, de Jean Guitton. Un clásico. Una sirena ante tanta distracción que nos consume. Los cerebros, antes, estaban mejor oxigenados. El trabajo intelectual se ejercía con sabor. Hoy se tiende al fast food y así nos va.

En octubre señalo dos, dejando en tercer lugar Tormento, de Galdós. En primer lugar sitúo una obrita de Karel Čapek, La peste blanca. Un tipo, como dicen, de certeza profética. En segundo lugar, si bien no es ficción, sino el cuento del embarazo de su mujer y la llegada de su hija Irene es Irene y el aire, de Alberto Olmos. Lo más interesante de este título es el runrún del narrador. Hay secuencias brillantísimas, propias de un narrador inteligente.

Noviembre dos, los Diarios de Uriarte y Las semanas del jardín¸ de Sánchez Ferlosio. Lo de este hombre, lo de Sánchez Ferlosio es un verdadero espectáculo. Todo brilla, todo enunciado escrito es brillante. Uno detrás de otro. Pero lo que más desborda es la semántica anexa. Alucinante. Uriarte, bueno, a Uriarte le dijeron que publicase sus notas y las publicó. Entretenidas.

Y este diciembre, que aún no ha acabado, pasará a mi historia como el mes en que leí El bosque de las letras de Juan Goytisolo. Debería ser lectura obligatoria en Historia y en Lengua y Literatura en el bachillerato. Qué libro tan completo, cómo demuele prejuicios, cómo razona este tipo, qué figura se nos fue, qué artistazo Juan Goytisolo. Sin internet, sin ordenador, sin nada más que un cerebro sano y lector y una mano diestra que daba forma a los pensamientos de don Juan. A Dios gracias.

Glosa 7: Lectura fácil, empezar y acabar

La primera frase de Lectura fácil es un alejandrino.

Ten|go u|nas| com|puer|tas| ins|ta|la|das| en| las| sien|es[1].

También es un circuito eléctrico, como decía Millás. Las frases tenían y debían ser como los circuitos eléctricos. Así, cuando accionas el interruptor de la frase, la frase se enciende; es eficaz. Un circuito eléctrico no tiene por qué ser bello. Su belleza, en realidad, reside en la eficacia.

Un alumno eficaz, por ejemplo, tematiza bien los textos. Si tú le pides a un alumno eficaz que tematice la primera frase de Lectura fácil, donde ahora resido, lo primero que hace es leer la frase: “Tengo unas compuertas instaladas en las sienes”. Entonces, escribe en un examen: “Yo me arriesgaría, profesor, a señalar que el tema sería la vida cotidiana porque una sien es un objeto cotidiano”. Estamos en bachillerato.

Una sien es un objeto cotidiano sin calibrar, pero ahora nos sirve. Una sien nos acompañará siempre, ¿verdad?: “Me duele la cabeza y tengo pinchazos en las sienes”. Nos acompaña a todas partes, incluso, en ocasiones, asume un protagonismo chorreante cuando llega y hace migas con el suicidio. La sien y el suicidio son elementos cotidianos, y contemporáneos; uno aún está sin calibrar en este texto y el otro, el otro es un ruido con sordina: hay quien se levanta la mano contra sí porque no tiene oportunidad de aprehender otra cosa que tiempo muerto[2] y por ese motivo se percute la sien. Porque donde no hay compuerta…

¿Cómo evitarlo? Primero has de retirarte el aladar para instalarte bien las compuertas. Ellas te preservarán del segador y del hastío del ex-sistere. No será, después de la operación, y a pesar de todo, una lectura fácil de la vida: seguirá existiendo el amo, mi Dios, tu marido y los partidos del Madrid, pero tendrás instaladas las compuertas y taladas las ganas de quitarte de aquí. Lo real.

No obstante, algún día llegarás a convencerte: “Prefiero trabajar limpiándole el culo a Sadam Hussein que…”. Sí, ya, lo sé, el tiempo es preocupación[3] y esa es tu verdadera preocupación, pero gracias a Cristina, Lectura fácil continúa así: “Cierran en vertical, como las del metro, y me clausuran la cara”. Y con la cara semioculta, como ahora con una mascarilla, puedes empezar a leer Lectura fácil.

La última frase de Lectura fácil es un alejandrino:

Es|to| de| re|zar| y| del| li|bro es| u|na| me|tá|fo|ra.

[…]


[1] Primera oración de Lectura fácil, de Cristina Gª Morales, Anagrama 2018.
[2] Amery, Levantar la mano sobre uno mismo, 95
[3] Heidegger en algún sitio.

Bernardo Munuera Montero
Apartado de correos 119. 23080. Jaén
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Reseña 3: La merienda de las niñas, de Cristina Morales

Hoy tenía dos opciones para llegar a las 1000 palabras del diario. O escribir del día, de lo que ha pasado o escribir sobre el último libro que me he leído, que ha sido el de Cristina García Morales, aunque ella firma como Cristina Morales y es la autora del archiconocido, por ser premio Herralde 2018, Lectura fácil. La merienda de las niñas es su primer libro y está editado en esa maravillosa e independiente editorial andaluza llamada Cuadernos del Vigía. En 2008.  

Yo llegué a Cristina Morales por una entrevista que le realiza Ernesto Castro. Había oído hablar de ella en un par de reseñas y hace poquito Ignacio Echevarría le decía “hola” en su columna de El Cultural. No sé si a ese “hola, Cristina, ¿cómo estás?” Cristina le ha respondido, pero los asuntos versaban sobre cómo consideraba ella a una editora, y en su conjunto, el trabajo de editor. El tema es complejo, pero ambos llevaban parte de razón desde mi humilde opinión. Cristina porque denunciaba el desorbitante poder que tiene un editor e Ignacio Echevarría, por otra parte, insinuaba que el trabajo de edición siempre había sido así y que desde su punto de vista era un malentendido sobre las reglas del juego. Lo he simplificado demasiado, pero lean las palabras de ambos y empleen su juicio como les dé la gana.

Mientras ella se dedica a escribir esta pequeña y obscena joya literaria, La merienda de las niñas, nosotros, en este caso yo, me entretengo en hablar sobre esta pequeña y obscena joya literaria. Y escribo y digo lo de obscenas porque en los tres primeros relatos aparece el sustantivo pezón, que no mortadela, pero en plural. De hecho, ese sustantivo es una isotopía léxica en los tres primeros relatos por lo no podemos dudar de la cohesión y coherencia de la ficción de Cristina Morales. El resto de los relatos, los quince restantes, son pura enjundia. Además, contienen un componente erótico visceral. ¿Visceral? Sí, visceral. Déjenme que adjetive.

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Lees el libro y cuando lo terminas lees en otro sitio que son textos que Cristina Morales escribió con dieciséis años y otros con casi veintidós. Echas el freno. Relees algunos, los más cortitos, y piensas de repente en algunas de tus alumnas de 16, 17 o 18 años. Imposible. Sabes entonces, y es cuando te percatas de que estás ante una escritora inteligente, de espumosa imaginación, y muy muy madura. Chequeas todo. Sí es atrevida, sí es desvergonzada, sí es maliciosa y sí es ingenua. Lo carnal y lo sensitivo recorren todos los relatos y te relames porque aún te quedan catorce días para entregar el libro en la biblioteca.

Hay dos, tres relatos que para mí son muy buenos. El del facha, el de las fotos perdidas y el de Cecilia. El de las cartas también es espectacular, sobre todo porque piensas ahora, en la relectura, en la edad en que fue escrito. Cristina rebosa una madurez narrativa que te deja en algunos patidifuso. Si hiciésemos caso a Richards, el gurú del New Criticism, no debería considerar que fueron relatos escritos a una edad muy temprana, con dieciséis o veintidós años, sino que deberíamos fijarnos en la impresión estética que nos han producido. Desde luego, y no voy a engañar a nadie: gozas en narrativo. El yo narrativo de Cristina es potentísimo. Aún no le he leído nada más, pero haré todo lo posible por leérselo todo. Y mirad que más anárquica que Bakunin y Malatesta hay poquita gente, pero Morales les iguala. Tengo la máxima de acercarme a las obras literarias obviando las ideologías de los escritores. Leo de todo porque no cerceno por ideología. Decía que el yo narrativo es exuberante y muy homogéneo. Un yo narrativo que sitúa nuestra imaginación donde le da la gana, donde un café aguado o entre el polvo que le echa un fascista, que es el que mejor folla, dice, o el más divertido, que quién iba a ser si no que un anarquista como ella. Una imaginación que vuela al centro comercial donde Cecilia trabaja o espera con ansia la carta del polaco. Una hermana, a la que te imaginas casi como una hermana de verdad, a pesar de que está esparcida en un libro de relatos escrito por una autora granaína. Madurez, inteligencia… Cristina no tiene el cerebro lleno de aire cuando escribe esta serie de relatos. Tiene vida y experiencia y tiene vida e imaginación.

La colección acaba con un relato titulado “La puta literatura”, que está dedicado a los residentes de la sexta promoción de la Fundación Antonio Gala “donde la puta Literatura nació y aprendió un oficio”. Donde Cristina, claro, estuvo becada para convertirse y fraguar su arte. Tiene arte esta niña, esta niña que me encanta ver en las entrevistas porque desarrolla un histrionismo contenido que me mantiene pegado a su discurso, aunque su discurso, desde mi yo más liberal y conservador no comparta. Pero se trata de Literatura.

Acabo desvelando que tengo una mala costumbre. Me gustaría erradicarla, pero si la hubiese erradicado, que es la de simultanear muchos libros a la vez, nunca hubiese saltado esta chispa. Y la chispa es que según le parece a don Quijote, “este género de escritura y composición cae debajo de aquel de las fábulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados que atienden solamente al deleitar, y no a enseñar, al contrario de lo que hacen las fábulas apólogas, que deleitan y enseñan justamente”. Relean el capítulo XLVII, por donde voy. A esta cita le sale un pie de página que reza: “Las fábulas milesias se conocían solo por referencias que las presentaban como lascivas y dañinas, frente al género ejemplar que es el apólogo”. Los relatos de Cristina Morales tienen un componente lascivo, que es un componente muy atrevido para la edad con que los escribió. A mí me gustan la mayoría de los relatos y son prueba de fe de que la escritura de Cristina Morales va a significar mucho en nuestra literatura española. Deo volente.