Tropo 177: Coetzee sobre Faulkner

Coetzee sobre Faulkner: “La facilidad con que embaucó a la buena gente de Oxford, sostiene Karl, le demostró a Faulkner que una mentira, si es ingeniosa y se expone de manera convincente, puede triunfar sobre la verdad, y por tanto que uno puede no solo inventarse una vida, sino ganarse la vida con la fantasía”.

Más adelante, tengo otra apuntada, también extraída de un libro que deberías leer, para que te convencieras de que escribir, escribir bien, escribir muy bien, es una labor, y por ende, un trabajo, un duro trabajo:

“Faulkner revisaba con una tenacidad extraordinaria su propia obra”.

“Tenacidad”. Son estos los sustantivos que me recuerdan, inútilmente, el porqué siempre es mejor leer en el idioma original, en este caso en inglés, que medio chapurrea todo el mundo. No así con el polaco, o el ruso, o el alemán, que solo lo entendía Ortega y Gasset.

El libro, por si tienes algo ahorrado: Las manos de los maestros I, de Coetzee.

Mañana más.

Una mujer que envejece

Artículo publicado en “La Contra de Jaén” el 30 de julio de 2018

El año pasado, por estas fechas, les recomendaba una lista de libros entre los que se encontraban los de dos jiennenses: El relojero de la Puerta del Sol, de Emilio Lara, y La japonesa calva, de Jesús Tíscar. Espero que mi recomendación no les haya defraudado.

Hoy no les voy a recomendar ningún libro de escritor jiennense, sino africano, aunque afincado en Australia. Y digo africano porque nació en Ciudad del Cabo y se crio en Sudáfrica y Estados Unidos. Es licenciado en Matemáticas -con honores- y en Filología Inglesa y a sus setenta y ocho años escribe de maravilla. De hecho, recibió el Premio Nobel de Literatura en 2003. Es uno de los mejores escritores en lengua inglesa. Ah, y le encanta el español. Y esto no es ninguna broma. Investiguen a John Maxwell Coetzee.

La recomendación que les traigo lleva por título Siete cuentos morales, (Penguin Random House, 2018). Pueden encontrarlo en todas las librerías, puesto que es novedad, y en la biblioteca pública de Jaén, pero por la mañana; ya conocen ustedes la batalla que libro con nuestra biblioteca porque todos los años la cierran durante tres meses por las tardes y todos los sábados. Qué desastre. Así pues, cuando se hagan con el libro, empiecen a leerlo en algún bar cercano. Para eso, y estando en Jaén, no tendrán problema.

Ahora, a estas alturas de artículo, querrán saber por qué se lo recomiendo. Son razones sencillas, no les miento, ahora lo comprobarán.

La primera razón es que se lee en dos tardes; en tres si tuitean. Es un libro de apenas 123 páginas, compuesto por siete magníficos relatos. Un libro que, con tan pocas páginas, y sin Twitter, ni Instagram ni Facebook, podrían leerlo en una tarde. Esta brevedad lleva implícito que es un libro estival.

La segunda razón es una razón literaria y será la razón que ocupe el resto del artículo. Si con la primera no les he convencido, sigan leyendo.

Es un libro deslumbrante por dos relatos: “Una mujer que envejece” y “El matadero de cristal”. El primero describe los pensamientos que rodean a una mujer setentona, escritora, que recibe la visita de sus dos hijos que viven en el extranjero. Le inquieta mucho que ha envejecido y que ha empezado a escuchar de su boca palabras que en otros tiempos solía oír en los labios de la gente mayor. Ella siempre se había jurado que no las diría jamás, pero se sorprende diciéndoselas a sus hijos, ya adultos y con la vida tejida. Con su hijo muestra este pesimismo: ya no es la mujer que solía reír porque ya no ríe; ahora “soy la que llora”, repite. Un pesimismo que la encamina hacia otro temor, presentarse a las puertas del cielo “con las manos vacías y un gran signo de interrogación en la frente”. Pero aparece su hija para rescatarla y demostrarle que, como escritora que ha sido, ha escrito durante toda su vida belleza: “ha cambiado la vida de los otros, ha hecho de ellos seres humanos mejores, o algo mejores”.

El relato desemboca en una bellísima comparación que utiliza al zapatero de río, o patinador de agua, o mosca de patas largas. Este insecto “piensa” que caza para alimentarse, pero “sus movimientos describen una y otra vez en la superficie del estanque la palabra más hermosa y trascendental, el nombre de Dios. Los movimientos que hace la pluma sobre el papel también trazan el nombre de Dios, y tú, desde cierta distancia lo ves, pero yo no”, le contesta la madre anciana a su hija.

No les cuento más, pero el relato ahonda en el sentido trascendente de todo lo que hacemos. Y, si bien no le encontremos sentido, quizá para otros nuestras acciones doten de significado sus vidas, y queden transformados.

Había otra razón más para leer este libro, el último relato: “El matadero de cristal”. Un deslumbrante desde el punto de vista formal y que además, evidencia nuestra actitud ante la naturaleza, hacia los animales. Un relato cabrito, en algunos momentos repugnante, pero cuyo fin es combatir el olvido hacia lo que nos sostiene.

No creo que deba contarles más. No merece la pena. Tienen que leerlo. Me animó escribir esta recomendación que es un magnífico libro para que puedan disfrutar plenamente de sus vacaciones.

Si quieren más, y como siempre hago al firmar mis artículos, visiten nuestro bar; perdón, nuestro blog: blumm.blog

¡Buen verano!


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Equívoco individual

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Admiro a Erasmo. De hecho, leí este artículo porque la primera palabra era Erasmo. Erasmo, como escribe Vila-Matas, solo hay uno. Erasmo me gusta. A Erasmo le sucedía lo mismo que me sucede a mí, que soy equidistante, políticamente hablando (aunque el final del artículo me aturda un poco y me cueste aprehenderlo, sí, sin duda, soy equidistante, y de Erasmo.)

Pero hoy tampoco toca hablar de política por lo que me sobra el último párrafo de Enrique. En realidad nunca toca hablar de política. A mí no me gusta la política, la política es zafia y hablar de política te convierte en un zafioso, y pierdes el tiempo de tu precioso tiempo. Tienes que convencerte de una máxima, de que nunca convencerás a nadie en política. El que es de Podemos seguirá siendo de Podemos mientras le interese y el que es de Ciudadanos seguirá siendo de Ciudadanos mientras le interese. Cuando al votante de Ciudadanos le interese votar a Podemos votará a Podemos y cuando al de Podemos le interese convertirse al evangelio se convertirá al evangelio. Esos son los pequeños milagros que nadie sabe cómo suceden, pero suceden. ¿Cómo explicas, por ejemplo, que Giovanni Papini presumiera toda la vida de “mira qué ateo soy y mira cómo me río de los curas y qué chistes tan jocosos hago con las hostias que reparten en misa, jijijij” para terminar en un convento franciscano de Verna? No puedes responderme. No, no puedes, y lo sabes. Lo único que puedes es elucubrar, pero sin argumentos. Y si te grabas, escucharás después obviedades, generalidad elevada al cubo. No hay argumentos para explicar cómo un tipo como un Giovanni blasfemo termina muriendo en la cama de un convento franciscano. Es más, ni aunque te leyeras su obra maestra, Gog.

El artículo “Independencia individual” de Enrique Vila-Matas ha hecho que abra Onenote, pegue el artículo en pdf y empiece a escribir junto a él, a la derecha. ¿Resultado? Esta entrada. En realidad me apetecía escribir algo. Y pegado el artículo, leo y escribo. En realidad pretendía escribir una glosa, pero la glosa se me ha ido de madre, como se puede comprobar.

He de utilizar la aburrida primera persona. Disculpad. Podría empezar a mentir pero no sé mentir. Eso sí, a mis alumnos les advierto que la literatura es mentira, incluso lo que cuenta Papini en Gog, porque lo que cuentan los libros de literatura son mentiras, que todo nace de la imaginación de un tipo con capacidad para mentir de la manera más artística que existe.

Desde que realizo ejercicios prácticos para preparar la parte práctica de la oposición —soy docente interino—, miro y remiro con sumo regusto algunos textos. Hoy me entretuve con este de Enrique Vila-Matas. Algún día le enviaré a Fernando Fedriani, mi mentor, un comentario literario basado en un artículo de Vila-Matas. ¿Te imaginas que en junio de 2018 apareciese un texto de Vila-Matas en el examen de oposición de Lengua Castellana y Literatura? No lo elegiría. Quedaría descartado, por supuesto. No hay nada más peligroso que acometer en un examen de oposición un tema que dominas, pero me gustaría.

Si algo quiero que quede claro con esa entrada es que, quien quiera elevar su nivel de lecturas, debería empezar a leer los artículos de Café Perec de Vila-Matas. ¿Por qué debes leer todos los artículos que escribe Vila-Matas? Porque son los artículos de la prensa española que más referencias literarias de calidad ofrece. Es fácil que aciertes y consigas extraer de cada artículo una pequeña pero sabrosa lista de libros.

Hoy, por ejemplo, cita a Erasmo, a Terencio, a Tabucchi, a Coetzee y a Zweig. Lo más sorprendente es que los hipervincula, tira de intertextualidad. En el texto evidencio esas relaciones con colores. Es algo que me fascina. Es una capacidad asombrosa. No solo los cita sino que, junto a ellos, ofrece una lista de tres títulos: Pequeños equívocos sin importancia, Las manos de los maestros —¡leído!— y Elogio de la estupidez —que quiero leer en julio—. (Ahora que caigo, Javier Marías publica libro con un título que me recuerda también a la estupidez: Cuando los tontos mandan. Sí, leeremos cuando los tontos manden)

En este artículo Vila-Matas empieza con Terencio y acaba con Erasmo. Lo relaciona enseguida con Tabucchi gracias a un equívoco y a la magia de la lluvia. ¡La magia de la lluvia! ¿Has leído a Terencio? ¿No? ¿Y a Tabucchi? ¿A qué esperas? El equívoco constituye un anzuelo que le permitirá escribir sobre Coetzee para decir que este, en un libro que recomiendo que leas cuanto antes, Las manos de los maestros (Tomo I y II), desenreda los típicos tópicos que repites, sin darte cuenta, sobre escritores.

Glosaría el último párrafo del artículo, pero aparece el sema «político»; no tengo ganas.

Quizás me equivoque zanjando aquí la escritura de esta entrada pero no se podrán imaginar de qué irá el artículo siguiente; pero será deleite y goce propio, aunque lo escriba él: ¡vaya equívoco!

Divirtiéndome con un texto de Enrique Vila-Matas

Divertimento con Onenote sobre un artículo de Enrique Vila-Matas

Los libros proceden de los libros

Esto hubiese ido de Faulkner si no hubiesen ganado Roth, Camus y Defoe. Es una entrada informativa, una nota-descubrimiento o nota-revelación, como ustedes prefieran, donde se refuta uno de mis lemas favoritos: «Los libros proceden de los libros».

El martes visité la biblioteca pública y en la vitrina de novedades estaban expuestos los dos volúmenes de Las manos de los maestros. Ensayos selectos, de Coetzee (por cierto, me gusta mucho las portadas que ha diseñado Javier Jaén). Me llevé uno, por probar, por saltarme la lista de lectura que configuro cada dos meses y que es la lista más inútil que hago al mes. No me sirve para nada. Comencé a leerlo nada más llegar a casa y ya terminado recomendaría los artículos de los hotentotes, «La ociosidad en Sudáfrica», el titulado «William Faulkner y sus biógrafos» y este que traigo hoy, el décimo, que se titula «Philip Roth y su crónica de la plaga», donde Coetzee analiza, comparando con dos obras, Némesis Elegía. Muy buenos los tres. Gozo. Bueno, también gocé con el titulado «Leer a Gerald Murnane», que ha sido todo un descubrimiento. Coetzee lector me parece superior al Coetzee escritor. No lo digan muy alto.

En las páginas 184 y siguientes Coetzee demuestra cómo Diario del año de la peste de Defoe, que conocía Albert Camus antes de escribir La peste, llega hasta Roth así:

En una entrevista de 2008, Philip Roth mencionaba que había estado releyendo La peste, de Camus. Dos años más tarde publicaba Némesis, una obra de ficción ambientada en Newark en el verano de la polio de 1944 (diecinueve mil casos en todo el país), situándose así en la tradición de escritores que habían usado el concepto de la plaga para explorar la tenacidad de los seres humanos y la durabilidad de sus instituciones bajo el ataque de una fuerza mortal, invisible e inescrutable. En este sentido —tal como comprenden Defoe, Camus y Roth—, la plaga no es más que una intensificación de la condición de la mortalidad.

Y de esta singular manera alimento mi plan de lecturas. La experiencia puede ser muy satisfactoria si leo los tres libros, uno detrás de otro, casi otra vez. Némesis no la leí, La peste creo que la he leído, sí, eso creo, y Diario de la peste…, ¡no la he leído! «Los libros proceden de los libros», refutamos.

Diario del año de la peste (1722)–>La peste (1947)–>Némesis (2010)

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