Tropo 90: Notas

Pasar más hambre que un piojo es siempre una comparación que extraña y cuando algo te extraña cuando lo lees y cuando lo relees y cuando te sigue extrañando, llámalo cuando quieras literatura. Algún ruso, formal y con corbata te decía eso, si te extraña, literatura; si no te extraña, tíralo o recíclalo. Cervantes supo idear un prototipo; Galdós no, por ejemplo. Lo escribe Trapiello en la página 21 de Clásicos de traje gris. Galdós, por el contrario, caló muchos ambientes, como ese de los funcionarios de su época y que Trapiello vuelve a rescatar, la nota, digo: “Alcanzar la categoría de funcionario iba parejo, como se sabe, con el derecho adquirido del absentismo laboral”. Y por ese motivo, en ese Madrid de la época florecieron los cafés, casinos, círculos cívico-recreativos, amantes y demás enseres.

No he leído nada de Darío de Regoyos, pero se dice de él que descubrió un epitafio en un cementerio andaluz que rezaba: “El polvo yace aquí de mi querida, que lo tuvo magnífico en su vida”. Andalucía. De Azorín apunté en una nota “leer De un transeúnte“. Azorín, ese “hombre del tiempo pasado, con aspecto de señor de casino de pueblo, pocas rentas y muchas tardes para dedicar a la lectura”. Pero de todos, el que más me ha gustado, porque redimirá mi estilo y mi visión de lo que me rodea es Solana, que me aconseja nada más empezar La España negra: “Pero te veo muy mal; tu salud está muy resentida; cada día bebes más vino, más cerveza, más alcoholes y fumas más, y el día menos pensado haces crac, como una bota vieja; en fin, tú verás; lo mejor que puedes hacer es acostarte temprano y cuidarte”. Y cuidarte.

Tropo 48: ¡Oh, hideputa, qué rejo tienen!

–¡Ta, ta! –dijo Sancho—. ¿Que la hija de Lorenzo Corchuelo es la señora Dulcinea del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo?

–Ésa es –dijo don Quijote—, y es la que merece ser señora de todo el universo.

–Bien la conozco –dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí a más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire. Ahora digo, señor Caballero de la Triste figura, que no solamente puede y debe vuestra merced hacer locuras por ella, sino que con justo título puede desesperarse y ahorcarse, que nadie habrá que lo sepa que no diga que hizo demasiado de bien, puesto que le lleve el diablo.

Don Quijote de la Mancha, Capítulo XXV (1603)

Alquilé aquel quinto piso cuando Malvina y yo creímos que nuestra pasión sería eterna. El edificio era nuevo y disponíamos en él de ocho habitaciones, en cada una de las cuales cabía una persona de pie y, si no era de exagerada estatura, podía extenderse a lo largo del suelo, aunque no a lo ancho; después nos habituamos a dormir de costado y conseguimos introducir en un cuarto interior un armario que, quizá por haberse dilatado un par de centrímetros, nunca más pudo ya salir de allí. El trastorno más serio nos lo produjo el tener que despedir a la cocinera, demasiado gorda para caber en la cocina y a la que en los primeros días hubo que lubricar, como a un émbolo, para que pudiese girar menos dolorosamente entre aquellas cuatro paredes.

Wenceleslao Fernández Flórez en El hombre que compró un automóvil (1932)

La hija del mesonero se llama Sumpika. Es una gorda exultante, maciza, que se pasea entre las mesas sin recato. Sus pechos, realzados por el corsé, desbordan frente al rostro de los hombres. Sus pezones están tintados de carmín rojo. Quizá por eso la piropean y le recitan versos de Schiller, que aquí son el padrenuestro de las mesoneras alemanas. Sumpikca agita frente a su rostro una ridícula estola de plumas de avestruz, se contonea como un botijo rozando los brazos de los hombres. Se muestra solícita con ellos, receptiva. A pesar de su esfuerzo, rezuma un odio indecible hacia esos bárbaros que la cercan y la manosean, que durante unos segundos la ensalzan a categoría de venus, aunque es gorda y triste, aunque ellos lo sepan, aunque sus piropos nazcan, precisamente, de su necesidad de humillarla, de poseerla a través de la humillación. Su vida podría resumirse entre mesas, entre esos borrachos que ahora la empujan. Pero la ilusión que provoca la embriaguez la libera de su esclavitud. Sabemos que duerme en el cuarto trasero, cerca de la leñera, junto a los puercos. Allí tiene una gran bañera de hierro esmaltado. Debajo de de la bañera ha puesto un pequeño infiernillo para caldear el agua. Y encima de la bañera, hemos visto un dosel sobre el que hay toneladas de plumas blancas. Sumpika pasa las tardes completas enjabonándose, perfumando el agua con sales, acicalándose y perfilando las aerolas de sus pezones. Ante el espejo, mientras se desnuda, come fruta. Pomelos y guayabas que disparan sus índices de serotonina, cuyo jugo resbala por sus manos y por sus codos hasta gotear (en chorreras naranjas y espesas) hacia la cara interior de sus muslos. Escondidos, al otro lado de la puerta, la oímos orinar, echarse cubos de agua, disfrutar del aseo.

Ignacio Ferrando en Nosotros H (2015)

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Tropo 43: Caco

Si no apago el ordenador y no guardo el móvil en un cajón, no sería capaz de escribir diariamente un tropo, o un texto como el que ahora leo mientras lo tecleo en la Lettera 32. Saco el cuaderno. Página 77. Lunes, 10 de junio de 2019. Leo: “Yo os diré la historia de Caco47”. Nota número 47 de los preliminares de la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Edición de Francisco Rico, en Punto de Lectura. ¿Editorial? Juzga y vive. Decía “Yo os diré la historia de Caco”. Y he pensado: “Necesito un narrador en primera como el narrador espectacular, impresionante y desarrolladísimo que despliega Genazino en Un paraguas para este día. Quiero a ese narrador en mi casa para que me ayude a contar cómo he descubierto quién era Caco”. Sí, ya, tú, como mis alumnos: “Caco es un ladrón, Caco es como un delincuente”, decían. Sí, ya, pero releer el Quijote trae bola extra. Bonus track en inglés. Bueno, sí, retrocedo. Digo. Prometo más bien. En los años que me toque impartir en primero de bachillerato he decidido que voy a releer el Quijote. Quien afirma esto no es un narrador en primera sino el autor de este tropo: yo; otro narrador en primera. Caco… Nota número 47. La leo en voz alta en clase y “oh, ah, sí”. No, espera, Bustos el otro día lo decía así: “Ah, oh. Genio”. Pues al final, así: Ooooooh, aaaaah, no lo sabía, profe. Ni tú. Ni ¿cuál yo? La nota: Caco, “hijo de Vulcano, que robó los bueyes a Hércules mientras dormía”. Esto está contado en el capítulo octavo de la Eneida. Y de cacao, nada.

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