Marienbad eléctrico, de Vila-Matas

«Al final de Marienbad eléctrico escribo que me gusta mucho Lucinda Williams cuando canta Born to be loved, casi un blues sobre el orgullo: “No naciste para que abusaran de ti, para perder / para sufrir, para nada / Naciste para que te quieran”. No se puede decir mejor: no hemos nacido para que nos jodan».

—Vila-Matas en una entrevista de Anna María Iglesia para “Revista de letras”

Reconozco que llevaba tiempo sin leer nada de Enrique Vila-Matas pero esta entrevista despertó el interés por conocer qué hacía, por qué novela preferiría no escribirla iba. Asiduo lector de su imaginación —en casa tengo cuarto y mitad de una balda para él— dejé de leer sus libros casi sin darme cuenta. Lo que sí recuerdo es que abandoné su estela cuando saltó desde Anagrama a Seix Barral. Comenzaría en esta última publicando Dublinesca, que es una novela que todavía no he leído. También recuerdo que, como forma de protesta —me gustaba mucho leer a Vila-Matas en los libros de Anagrama (manías)— no compré Aire de Dylan; lo saqué de la biblioteca pública. Me lo leí. Disfruté mucho.

Pero me he reconciliado. No hay nada más que visitar su web para rendirse al quehacer literario de Vila-Matas y por qué no decirlo, al quehacer cibernético de este autor, que está construyendo, si no la mejor, la más asombrosa página de autor. Su web en un laberinto donde, una vez dentro, quieres cerrar todas las puertas y quedarte allí, por un tiempo, esperando encontrarte al mismo Vila-Matas encarnado saliendo desde un vínculo diciéndote «Preferiría no estar aquí, pero como has entrado…». No sé cómo considerarán su web, a mí me resulta fascinante; tú, ¿qué adjetivo utilizarías para esta maravilla? ¡Asombrosa!

img_20161111_004111Marienbad eléctrico. Es el título también. A esto hemos venido otra vez a La manía de leer, a hablar de nuevo, con insistencia, de lo que nos gusta de los libros que leemos. Nada más abrirlo anotas las dos primeras referencias: El original de Laurade Nabokov y Siempre supe que volvería a verteAurora Lee, de Eduardo Lago. Sabes que aquí empieza Marienbad y sabes, porque no has leído ninguna de las dos, que vas a perder. Este es el reto que siempre nos propone Vila-Matas en muchas de sus creaciones, incluso de sus artículos de Café Perec: que tienes que ser un magnífico lector, un devorador de literatura exquisita, por lo menos, para ir con cierto compás y con destreza entre las páginas de cualquier texto suyo. Desde este punto de vista, la literatura de Vila-Matas es una literatura para lectores cultos, lectores, valga la expresión, de élite.

Del primer encuentro entre tres artistas, Eduardo Lago, Dominique Gonzalez-Foerster y Vila-Matas surgen dos novelas: esta, de la que escribo hoy, Marienbad eléctrico y Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee, que fue consecuencia del comentario que le hizo DGF a Eduardo Lago, sobre su estilo, que le recordaba al de Nabokov en El original de Laura. La anécdota con la que comienza Marienbad desencadena el resto del libro.

Marienbad llama a Rimbaud. Lo necesita para seguir escribiendo, para seguir construyendo la demostración de que su escritura puede inspirar a una artista que reconoce y sabe que…

«Soy una especie de escritora fracasada, y por mucho que me encanten los libros hay una tensión: siempre ha sido un misterio para mí cómo se escribe ficción, cómo empezar, qué escribir […] A veces digo que hago una forma de literatura que se pierde en la nada porque no soy capaz de escribir. Cuando tengo que esbozar diez líneas me paralizo. Mi sueño más profundo es la escritura».

Marienbad se construye desde un café, desde los encuentros de Vila-Matas con DGF que están repletos de reflexiones, correos electrónicos y diálogos en torno al «estado de las cosas» de lo que resultará una proposición: describir lo que pueda imaginar que será la una exposición futura de la artista Dominique Gonzalez-Foerster (DGF); o una antiexposición con una orquesta de jazz que queda nombrada con el título de la obra: Marienbad eléctrico. De jazz, del futuro, de esa materia con que está hecha la literatura que permite pensar lo que existe pero también lo que se anuncia y todavía no es.

Es a partir de aquí cuando Vila-Matas despega y lo hace, nada más y nada menos que con Rimbaud. Aquí reside el secreto de este escritor. Rescata a Rimbaud para entender el primer dato que le da DGF y que será vital para que este haga prender la novela: «los igorrotes» que no fueron electrocutados en Marienbad ni en ningún sitio. El juego está presente tanto, tanto, tantísimo, querido Watson.

Marienbad es una amalgama de voces susurradas desde Rimbaud, Sebald, Borges, Calasso, Beckett, Stein, Perec, Éluard, Burgess, Walser, Canetti, Lorca, Ribeyro, Doyle, Barthes, Sterne, Gaddis, Bolaño, Lispector, Bioy, Octavio Paz…  que son los integrantes de esta gran orquesta de jazz la dirige Marienbad.

Acabo con una coincidencia que mi cerebro me descifró. En la página 62 Vila-Matas escribe que DGF y él jamás se habían visto antes de llegar a la recepción del hotel en Granada. Este hecho me recordó otro acaecido en Granada cuatro siglos antes entre Boscán y Navagiero donde este sugirió a Boscán, amigo de Garcilaso de la Vega, que por qué no introducía el verso endecasílabo y las estrofas italianas inaugurando con esta adopción la estética italianizante en España. El cerebro te juega estas relaciones y busca completar la equivalencia y la esquiva analogía entre lo que surgió entre DGF y Vila-Matas y la sugerencia que Navagiero le propuso a Boscán y que determinó —y en qué grado—, la literatura española desde ese momento. ¿Es esta obra de Vila-Matas un giro hacia otro horizonte literario? El «estado de las cosas» así lo puede demostrar.

Finalizo demostrando que actualmente Vila-Matas para escribir, lee.

Y para acabar del todo, en el siguiente vídeo insiste y demuestra, una vez más, que «le gustaba situarse en la ambigüedad y no tener que implorar que le reconozcan que hace arte». Se lo atribuyo y sé que acierto. Así resume un artista su obra de arte: Marienbad eléctrico:

 

El domingo resulta ser bien poca cosa

IMG_20151031_154313_editDije que publicaría «todos los domingos» pero la realidad es otra: «cada dos domingos». Es decir, publico cuando me da la gana. Y así continuaré. La entrada de hoy es una reflexión en voz alta en torno al ritmo de publicación en este blog, y a este blog mismo. Voy a soliloquiar en el siguiente párrafo. Me apetece. Hace tiempo que no lo hago. Saco punta a la primera persona. Punto y aparte.

Las visitas a este blog han descendido y ¡claro!, peras al olmo no puedes pedir si te dedicas a publicar de higos a brevas. Lo comprendo, no me llores. Además, he abandonado los dominios de la página (lamaniadeleer y bernardomunuera). Vuelvo al WordPress de toda la vida. ¿Recuperar la esencia? Más olmos sin peras. Pero hay más: abandoné ciertos derroteros que alimentaban la web; me «aburrí» de la industria editorial, me empalagué de manuscritos y lo que menos echo de menos: me tiré del tren tirano de la novedad editorial. Mucha paz. Esto trajo mucha paz y sosiego a mi vida como lector. Las editoriales son… y me acuerdo de una canción: ¡Ay, tirana, tirana! Ahora leo más «clásicos», de los que escribo menos porque ¿qué sentido tiene escribir sobre los clásicos  —ese texto que identifico como escrito y editado antes de ¿2000, 1990?—? Así pues me dedico a releer —y en esa tarea sigo— textos como el Poema de Mio Cid, la obra completa de Garcilaso, el Lazarillo de Tormes, a fray Luis de León, san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús, Boscán, Quevedo, Góngora y Herrera; Lope de Vega, Cervantes y Cía; Cela, Martín Santos, Caballero Bonald y Laforet; pero hay doscientos más en la cola. No sé al final qué haré, si les daré entrada aquí o no.

También publico menos porque salgo a pasear más. Eso es evidente. Paseo. Es la actividad más fructífera que existe. Pasear sin más. Salir de casa y tirar hacia allí o hacia allá. Lo hago con un lápiz bicolor, de esos que sirven para subrayar. Y subrayo las ideas de la vida; las principales en rojo y las secundarias en azul. Otro día escaneo los esquemas y os los enseño.

La verdad es que hoy quería escribir sobre los dos libros de la fotografía que encabeza la entrada: La novela española entre 1936 y 1980 de Martínez Cachero y el Manual de literatura española XIII. Posguerra: narradores de Cénlit ediciones. La idea matriz con que iba a batir la entrada era el asombro que me producía la precisión léxica con que los autores de dichas obras dibujan las historias de cada una de las obras literarias que «reseñan». E iba a comparar esa precisión léxica, esa riqueza de imágenes y metáforas, esa claridad expositiva con lo que encuentro en la web cuando me decido a recoger información sobre algún libro en la web.

Es domingo. Encontré este texto dentro del libro de Martínez Cachero sobre El Jarama, que fue, en su día, una novela que me impactó y que debería releer urgentemente. Es oxígeno:

El tiempo acotado —en un día que es domingo— significa para casi todos los personajes implicados en la acción un tiempo distinto al habitual; es su día de descanso con lo que esto supone de fiesta y diversión, más libre y jocunda en los jóvenes —entristecida por la muerte de Lucita—, más convencional y consabida en las familias de la taberna. Se viene de Madrid y del trabajo cansado y se volverá a lo mismo; queda en el medio, breve paréntesis de intenso aprovechamiento, el domingo que resulta ser bien poca cosa, pues a su final solo quedan ruinas —cuando se acaba el día y la jornada en la taberna, «salió la moza con la escoba y se ponía a barrer el suelo en torno a ellos [los compañeros de Lucita, la muerta, que aún permanecían allí]: papeles pisoteados, mondas de frutas y servilletas de papel, cajetillas vacías y colillas de puro y chapas de botellines de cerveza, de orange y de coca-cola; bandejas de cartón y cajas aplastadas, con letreros de tiendas de repostería, tapones, cascarillas de cacahuetes, periódicos, todo esparcido, revuelto con el polvo, tras de la fiesta consumida». Casi un frío inventario naturalista, hecho de miembros o piezas de desecho, pero suficientemente expresivo de la efimereidad y pequeñez de la alegría gozada por sus consumidores (como en el poema Domingo, de Ángel González: ilusión falaz de ese día que concluye convertido en: desteñido papel, vidrio olvidado, / polvo tedioso sobre las aceras…)