El escritor sin gracia se queda en «fraseólogo»

Está elástico Jarnés. Está dando de sí. Tres entradas ya. Ahora transcribo parte de las páginas 46 y 47 del prólogo de Domingo Ródenas a El profesor inútil (1926), que versan sobre la «gracia» del escritor, que viene a ser como su genuina singularidad, siendo «genuina» y «singularidad» palabras muy afines tal y como han quedado dispuestas. De semántica empática, si me permiten la expresión. No retardo la explosión. ¿Imaginan que los escritores sin gracia desapareciesen, se desintegraran para siempre cuando comprobasen que, (una vez leído el siguiente fragmento), son unos desgraciados, unos fraseólogos de pacotilla, unos alicortos literarios? ¿Se imaginan? ¡Protéjanse! Ahí va: La gracia es una virtud, un valor no cultural sino vital que acusa «riqueza espiritual alimentada por una vida plena». «Es la armonía de facultades» y «expresa siempre una relación de sociedad», es decir, « es un valor social», por lo que su cultivo supone «cumplir con un deber para con el prójimo». De ahí deriva una admonición:

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