Volví a cargar y volví a disparar

No sé si han leído La familia de Pascual Duarte, de Cela. Yo sí. Esta semana, en esas decenas de periodos de veinte minutos que te ofrece el día la releí. Todo fue posible gracias a un autopacto —¡qué asco de palabra!—: «si sales de casa y compruebas que llevas tu teléfono móvil, comprueba también que portas un libro, de papel o electrónico; vaya a donde vaya, me dirija a donde me dirija». Ese era el autopacto. Así. Y se refuta: lees más, demasiado más. Teléfono y libro no son una pareja natural pero a mí me importa dos bledos eso. Ayer por la tarde terminé de leerlo. Qué obrita de arte. Y ayer por la noche sucedió, por desgracia. Ayer, ayer, ayer. Y hoy, entre el acíbar y las noticias que volaban junto a Heráclito en Twitter (París, París y París, ese sitio donde bien valía una misa), me imaginé durante una milésima de segundo —solo una porque somos

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