Tropo 76: El lunes

La semana. El lunes. Comienzo a asentar las bases del proyecto número 02020. Empiezo con el teatro español a partir de 1940, que alimentará, de manera exponencial, el número de desideratas. Cuando aumentas, de esta manera, la lista de libros que deseas leer, te sientes más grano de arena de playa, aunque nunca pierdes la perspectiva y concluyes que la realidad te cobija: el sol y el mar.

El lunes leo, y lo recojo como nota en el cuaderno (bulletjournal), que Julio Camba escribía y entregaba sus artículos manuscritos. Así como Azorín se reconvirtió con cierta dificultad a la escritura con máquina de escribir, Julio Camba fue fiel a su pluma y a su caligrafía durante toda su vida. Apunto en el cuaderno como desiderata Noche de guerra en el Museo del Prado, de Rafael Alberti y Memoria de doce escritores. Ambos están en la biblioteca pública y los saco esa misma mañana para leerlos cuanto antes. Esa misma tarde leo de un tirón Memoria de doce escritores, de Rafael Penagos. Tomo algunas notas con el Bic normal negro. He redescubierto el placer de escribir con Bic. No me voy a la cama sin apuntar un tercer libro: El arte del buen decir. Predicación y retórica, de Kurt Spang (2002). No pretendo el sacerdocio, pero sí reconozco mi afán por descubrir los secretos del discurso, la oratoria, la retórica, el estilo y la escritura con literatura. Puro enfoque. Emborrono el cuaderno con significados de la palabra “intonso”.

Acabo las anotaciones del día 8 de julio de 2019, lunes, con un pensamiento sobre Camba: “Sueños, surreal, vivo lenguaje, mundo por montera, divertimento. Para qué decir lo que dicen todos, los otros y los demás. Para qué, si vives, no escribir”.

Cuando digo que creo en Dios me toman por gilipollas. Cuando digo que creo en la Literatura también. Saco foto de la página de la lista de lectura y las desideratas de julio y subo el tropo a WordPress. Ahora, sábado trece y ocho y pico de la tarde, me voy a correr y a sudar con ellos a la Alameda de Capuchinos; bueno, R va en bici.

Tropo 72: El estilo no es nada

Lo que acabo de hacer: cerrar el portátil y sacar la máquina de escribir. El móvil está lueñe, que es una palabra que he aprendido hoy. Y lueñe quiere decir que está en la mesita de noche, cargándose. Tengo media hora para escribir este texto, versión definitiva incluida, antes de irme a correr con L y R por las faldas del castillo de Santa Catalina de Jaén, entre pinares y piedras, chicharras y ardillas. Después programaré la entrada para que salte sobre las nueve y pico de la noche. En WordPress todo son ventajas.

La difícil tarea de escribir sin distracciones. Por eso he cerrado el portátil, por eso he sacado la máquina, por eso he alejado el móvil. Lo pensaba hoy en la biblioteca, donde me he ido a echar un rato de estudio. Pensaba la fábrica de artículos que tenían escritores como González Ruano y Julio Camba debajo del colchón. Un artículo diario. Todos los días. No tenían distracciones. Camba, además, los entregaba manuscritos. Siento envidia de ese ritmo de escritura, y más de los frutos que ofrece porque pienso que un artículo bueno nunca sale a la primera. Y ahí está el mérito. Imagina a cualquier plumilla que te guste. Seguro que lo primero que piensa recién levantado es en que hoy también le toca escribir un artículo. Los días así son plenos sí o sí. Tener la cabeza caliente todo el día, desde el café de la mañana hasta que se da a luz el artículo, con el posible tema, detalle, anécdota, percance, cosa, asunto e idea. ¿Hay mejor manera de mantener el corazón en forma? Gistau, dice Ricardo F. Colmenero en Literatura infiel, se tiraba ocho horas delante del ordenador con la página en blanco hasta que aparecía la idea. Pasión.

Hasta había pensado exigirme más. Publicar un artículo diario en el blog. Bueno, un tropo artículo. Solo se trataría de transformar y alargar los tropos; buscar nostalgias, “vivencias aparentemente intrascendentes”, como hacía González-Ruano. Rafael de Penagos escribe que “su labor literaria podría ampararse bajo esta frase de Racine: “Toute l’invention consiste à faire quelque chose de rien”. Hacer algo con lo que parecía que no era nada, con lo que había pasado inadvertido para las miradas poco atentas, con lo que no está en un primer plano de tumultuosa curiosidad ni solicita, insoslayablemente, el comento de todos.”

Y ¿con qué estilo? ¿Cómo había de ser el estilo? Te traigo, y con esta cita me voy a trotar por los montes, a Azorín. “¿Qué cómo ha de ser el estilo?, se preguntaba usted. Pues el estilo… Mirad la blancura de esa nieve de las montañas, tan suave, tan nítida; mirad la transparencia del agua de ese regato de la montaña, tan límpida, tan diáfana. El estilo es eso; el estilo “no es nada”. El estilo es escribir de tal modo que quien lea piense: “Esto no es nada”. Que piense: “Eso lo hago yo”. Y que, sin embargo, no pueda hacer eso tan sencillo –quien así lo crea–, y que eso que no es nada sea lo más difícil, lo más trabajoso, lo más complicado”.

El columnismo literario engancha. Reconozco mi adicción a él, pero escribirlo tiene que dar un gustito… Eso sí, o te propones perseguir lo que dice Gracián, o piérdete por el monte del Castillo de Santa Catalina. Recuerda, “más obran quintaesencias que fárragos”.

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