Tropo 354: Leer y gosar

Suena la lluvia. Rodrigo está haciendo las actividades con los cascos puestos y lo observo desde la mesa contigua. Parece inglés, o alemán, y yo español. Son estas letras un comienzo que ha tratado de emular a otro artístico, el de Antonio Lucas en “Inquilino del Km. 0”. Ha tratado.

Ya he hablado muchas veces aquí de Antonio Lucas. Es ateo, creo, pero ha estado en Silos. Gracias a él redescubrí ese monasterio. Todavía no lo he visitado, pero quiero hacerlo pronto. Sí he recibido algunos libros desde allí y no me canso de visitar las imágenes de su biblioteca; te pierdes para perderte entre las ocultas caligrafías de Berceo.

Antonio Lucas se borró de Twitter y esa decisión le procura palabras para nutrir buenas piezas diarias. Quiero hacer lo mismo, pero no tengo cojones, ni de huir de Twitter ni de sacar brillo a mis palabras. Me faltará. No podré, intuyo.

Si quieres que cambie de tema tengo que decirte que los profesores estamos trabajando el triple. Ya, no todos. Los hay que invierten dos horas a la semana, pero he de reconocer que yo trabajo el triple. Se lo decía el otro día a A. Antes preparaba las clases y me llevaba la estrategia al aula. Ahora, además de prepararlas, secuenciar y programar todo con más detalle, tienes que transformarlas en algo que quepa por la aguja de la jeringa digital. Han de llegar de alguna manera a los que las están esperando jugando a la Play, esa lluvia fina de conocimiento.

De repente, me han entrado unas ganas tremendas de encenderme un cigarro y fumar, sobre todo fumar y no tantas de encenderlo, pero es que llevo once años sin fumar.

Cuando escribo que trabajo el triple no quiero lanzar un bulo; como están de moda. Decía que preparo y transformo. Y atiendo las dudas que llegan por correo, Instagram, Moodle y teléfono, que estoy chalado con eso de atender por Instagram, bueno, gilipollas, pero ya da igual. Se trata de atomizarse y sacar tentáculos.

Abandoné la grabación de vídeos. Las clases a distancia no son clases presenciales. Son clases a distancia y, si bien estoy todos los días a la misma hora en una sala de videoconferencias esperando a que entren los alumnos de tres cursos por turnos para resolverles las dudas, he dejado de grabar el típico vídeo de profesor comprometidísimo con sus alumnos donde solo se le ve la cara y se le escucha la voz. Qué me dices del altavoz. Ni Bose. Ese tipo de estrategias no me cuadran ahora, no terminan de convencerme. Sí grabo audios -cortos- y algún que otra grabación de pantalla sí que realizo, pero ¿mi cara y mi voz en plan altavoz animado? No. Añade además, el diseño de actividades y contenidos para la fiera de Moodle: configura, da acceso, permisos y retroalimenta sin biberón.

Yo lo que le digo a la gente es que mis alumnos tienen que leer. Se trata de leer. Tienen que leer. Si quieren aprender tienen que leer. Que no hay más truco, chaval. ¿Quieres saber? Lee. Conocimientos al poder.

Por ese motivo, durante estos días, los míos ya se han leído textos de Séneca y de su sobrino, Lucano y su Farsalia, de la puta Celestina y Elicia, de Agustín García Calvo, un trocito de la ópera de Carmen de Bizet, otro cuarto y mitad de Don Juan Tenorio de Zorrilla, de Fígaro, El conde Lucanor y textos de la Vida de santo Domingo de Silos; el romance de Abenámar, de Gárgoris y Habidis y el Plus Ultra de Robert Graves y textitos de María Zambrano sobre Séneca y su Sobre la brevedad de la vida. Me he convertido en un buscador nato de textos sugerentes, los cuales estoy almacenando como si fuesen pepitas de oro. Uf, qué tópico.

Mis alumnos leen. Mis alumnos están leyendo porque creo en la lectura. Hasta en la lectura de las instrucciones de la plataforma Moodle. Si no leen no van a conocer sus entresijos. El viernes que viene tienen esa tarea, meterse los diez folios de cómo se gestiona Moodle. Texto instructivo, ¿no?

Pero es que además, y me voy, mis alumnos responden bien a las preguntas que les hago sobre los textos vía cuestionarios estrambóticos y lúdicos, recién diseñados que hasta queman cuando los abren. Pero pronto, si nos dejan, empezaremos a glosar, a leer y glosar que es leer y gozar. Porque leer y gosar es divertido, porque leyendo y gosando proseguirá la vida. Solo leer y glosar.

Porque es indudable que, si se escribiesen las ocurrencias de los andaluces, no resultarían tan graciosas ni la mitad de lo que parecen en sus labios: al sonsonete, al ceceíllo y a la pulcritud en responderse debe la mayor parte del salero

Un personaje de Insolación, de Emilia Pardo Bazán

A lo difícil se ha de llegar por lo fácil

La semana comenzó con un tuit de la Biblioteca Nacional que desembalé porque llevaba tiempo buscando una biografía breve sobre Ignacio como la que se incluye en el tuit.

Me descargué la biografía de Astrain (aquí la tenéis) y me la leí entre la tarde del lunes y la tarde del martes: dos tardes. Os la recomiendo. Son 143 páginas. Me aturdió, he de reconocerlo. Prendió la mecha. Me pregunté. Me templé.

Esa biografía me llevó a saber más, mucho más sobre los jesuitas y estuve dos días leyendo sobre ellos. Estoy de vacaciones y mi plan es sencillo: estudiar por la mañana y leer por la tarde. Después me pongo las zapatillas y me voy a pasear, a correr o a montar en bicicleta con mi familia (hay fotos). Y en los días de piscina buceo sin libro en la mano.

Hoy el texto que traigo para LA PÁGINA es de Santo Tomás de Aquino. Y se preguntarán, ¿qué pintará este santo aquí? Pues qué les voy a contar; que quede entre nosotros: siento una profunda admiración por este tipo. Ya les contaré algún día…

Antes de llegar a él he dedicado la semana a saber de jesuitas, dominicos y benedictinos. Por cierto, no se pierdan, por favor por favor, la serie que escribió el poeta ateo Antonio Lucas esta semana sobre la Abadía de Silos. Gracias a ella he apuntado en la lista de tareas “Algún día / Tal vez” enclaustrarme cuatro o cinco días allí, en su hospedería. Si después de leer la serie de Antonio Lucas no encuentran ese deseo, aunque solo sea el deseo de pasear por su claustro, no te enfades, quizás estés ya muy podrido y ciberapresado. Yo anhelo estar allí unos días.

No os distraigo más. La serie de Antonio Lucas está debajo enumerada. Regodeaos. Busquen una sombra y léanla con tranquilidad. En la tercera entrega cuenta esto. Ya me callo. A mí estas historias me dan mucho y mucho «de pensar».

El monje más joven del lugar, Luis Javier, es un sevillano de 32 años rápido como la sangre. Antes de ingresar en la orden pisó calle y discoteca. Terminó Derecho con Premio Extraordinario. En EEUU hizo un máster en Jurisprudencia Medioambiental. Regresó a casa y combinó las clases en la universidad con las tardes de picapleitos en un bufete. Ganaba buen parné. Vivía en un apartamento con vistas. Iba en línea recta a convertirse en un pollopera de éxito, creyente pero no beato, mundano, con amigos alejados de la Iglesia y una existencia color miel. Pero a los 24 años le dio por preguntarse algo fatal: “¿Y esto es todo?”. Cualquier chico de su edad firmaría por la mitad de su ajuar académico. Pero él se lanzó a dudar. Alguien le recomendó unos días en la hospedería de Silos, por templar la cosa. Y aquí, como un arponazo, le dio no sé qué golpe de cierzo y ya lo vio claro. Iba a ser monje.

Es domingo, no hay cierzo y es agosto; no estás en Jaén, peor para ti. Aquí alcanzaremos hoy los cuarenta y tantos. ¿Se pueden soportar? Sí. Pues sopórtalos y no te quejes, me diría Séneca. Releo la serie. Me gusta tanto que ha avivado algún rescoldo:

  1. Un ateo en Silos: Hacia no sabes dónde.
  2. Un ateo en Silos: Otra manera de callar.
  3. Un ateo en Silos: Una abeja de oro.
  4. Un ateo en Silos: Lo que viniste buscando.

Y el texto de esta semana para LA PÁGINA es el que es porque leyendo sobre los dominicos apareció deslumbrante. Fascinante. No todos los sacerdotes, monjes, frailes y obispos son pederastas, iluso. ¿Qué te creías? A Dios gracias. Tanto he leído sobre ellos que me he propuesto, a ese ritmo sencillo de pasatiempo, leer la Suma Teológica en latín. Sí, sí, me he puesto a estudiar latín como un lego, a refrescar lo que aprendí y enseñé a aquellos zagales de Marbella una vez. No quiero olvidarlo. Me han descubierto algunos manuales de Cambridge muy golosos. Ya tengo los dos primeros. Y en casa ya tenía a don Valentí Fiol. Maravilloso. Vacación era esto, independientemente de dónde te encuentres y dónde viajes y dónde te digan que has de hacerte el mejor selfie para que el mundo lo vea. Sé. Sé (del verbo «ser»).

El texto que Santo Tomás de Aquino escribió para mí es el siguiente:

Ya que me preguntas, carísimo hermano en Cristo, cómo debes estudiar para adquirir el tesoro de la ciencia, mi consejo es el siguiente.

No te lances de pronto al mar, sino acércate por los riachuelos, porque a lo difícil se ha de llegar por lo fácil. Te mando que seas tardo para hablar y para ir a distracciones; abraza la pureza de conciencia; date a la oración; procura permanecer en tu celda, si quieres entrar un día en el templo del saber; sé amable con todos; no te preocupes de lo que hacen los demás; no tengas demasiada familiaridad con nadie, pues la excesiva familiaridad engendra desprecio y roba tiempo al estudio; huye sobre todo de perder el tiempo; imita a los santos y a los buenos; guarda en la memoria todo lo bueno que oigas; cuando tengas alguna duda, aclárala; acumula cuantos conocimientos puedas en el arca de tu mente, como quien trata de llenar un vaso; no busques lo que sea superior a tus fuerzas.

Si sigues estos pasos producirás copiosas ramas y frutos en la viña del Señor. Cúmplelo y alcanzarás lo que deseas.

Después de leerlo me puse a leer la Suma (Aquí la tenéis entera, solo en castellano).

La Summa se escribiría con esta perfección. Intuyo (Gracias, R.):

Acabo con una recomendación de lectura. Estoy leyendo (para que el mundo lo vea lo publiqué en mi cuenta de Instagram) este libro medio biográfico medio filosófico de san Agustín, cuyas páginas me están procurando muchísima PAZ. Si pueden, léanlo. Dudo que sea superior a tus fuerzas: Agustín, de Gareth B. Matthews.

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Pasen un buen domingo. Paseen.

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