Libros que ocuparon mi seso en 2020 (VI)

Los libros que ocuparon mi seso en mayo de 2020 estaban escritos en el blog en esta entrada: https://blumm.blog/2020/05/29/la-lista-de-lecturas-mayo-de-2020-5/ Hoy, hago fullería. Disfruten:

Comienzo una lista. Los libros que leo. Una lista comentada, claro. Si cuajase, si no fracaso mejor, publicaré, en la última semana de cada mes, algo sobre los libros leídos. Rebajar el perfil en Twitter se ha traducido en un incremento de las páginas leídas. Créeme, de otro siglo, como en mi juventud.

Hablando de listas. Glosé un artículo de Ignacio Echevarría sobre una literatura de nuestro país. Él esbozaba algunas líneas generales, pero no entró en detalles. Me hice eco titulando la glosa con un refrán extraído del Quijote: Cada puta hile y coma.

Abiertas las flores, recojamos la miel.

1.º Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, de Ángel Ganivet. Madrid, Cátedra, 1988. Edición de Laura Rivkin. 466 páginas.

Ángel Ganivet nació en 1865 en Granada y se suicidó el 29 de noviembre de 1898 mientras atravesaba el río Dwina, en Riga, en uno de los barquitos en que lo cruzaba a diario. Se arrojó dos veces al río porque la primera los pasajeros consiguieron salvarlo, pero en un momento de descuido, logró lanzarse de nuevo. Murió con 32 años ahogado, y ahogada quedó su prometedora carrera literaria. El suicidio, escribe Laura Rivkin, fue resultado de una depresión paranoide, tipo de psicosis fasotímica. Así lo certifica Castilla del Pino. Supe desde un principio que si tenía que escribir sobre Ángel Ganivet comenzaría mostrando el atentado que perpetró contra su existencia.

El libro de Los trabajos es un gozo. Ganivet se propuso con él “la transformación social y humana por medio de inventos originales (…) y es una novela de costumbres contemporáneas”; así la define él. Basada en los doce trabajos de Hércules, solo completó seis. Se corresponden con los seis capítulos de la obra. En el prólogo se dice que Unamuno y Gasset quedaron impresionados con la novela autobiográfica del suicida. Ya se escribían autobiografías en 1892, amigos de 2020. También apunta Rivkin que es “un relato retrospectivo en prosa que una persona real hace de su propia existencia, destacando su vida y especialmente la historia de su carácter”.

Ganivet escribió las 400 páginas en dos meses de 1892. Siete páginas diarias. Sin Mac, ni Word, ni típex. Sin Twitter, además.

Si decides leer esta novela te sorprenderán las mujeres que aparecen en ella. Sobre todo las dos protagonistas: Martina y Mercedes, moza de “insolente hermosura que nació con mal sino” y Martina, mujer con la que convive Pío Cid durante sus andanzas y que conquistó al comienzo de la obra mediante el juego del amor durante una fiesta. Todas las mujeres deslumbran, pero especialmente esas dos. La mujer es plural, enérgica e infatigable en esta novela. Su voz, multitudinaria. Frente a ellas, el antagónico, el hombre, el tío triste e interesado de principios de siglo, el del cliché mustio y apocado. Las mujeres… yo me he enamorado de las mujeres de esta novela, sobre todo de Martina y Mercedes.

Lean antes de morir Los trabajos. Recréense en dos de los clímax de la novela: la reprimenda que Martina le hace a Pío y el magnífico cuento de “Juanico el Ciego (Tragedia vulgar)” incluido magistralmente al comienzo del “Trabajo quinto: Pío Cid acude a levantar a una mujer caída”. Ese cuento es una joya. Atraviesa desde su ficción, la ficción de Los trabajos. ¿Cómo hace eso Ganivet en 1892? Qué efecto tan colosal, es la ficción fractal.

2.º Fundamentos de crítica literaria¸ de I. A. Richards. Buenos Aires, Huemul, 1976. Traducción de Eduardo Sinnot. 194 páginas

Sobre este libro escribí una reseña. No voy a escribir nada más. Para qué. Ahorro un párrafo: “Reseña 2: Con las piernas abiertas como una estrella”. Sí anuncio que pronto comenzaré la lectura de Crítica práctica, del mismo autor y en Visor, 1991.

3.º 10 razones para borrar tus redes sociales de inmediato, de Jaron Lanier, Madrid, Debate, 2020. 192 páginas. Edición para Kindle.

Este libro es la causa de que lleve dos semanas sin publicar casi nada en Twitter. Ahora publica en Twitter mi blog. Lo hace de manera programada y automatizada. Los artículos y entradas que escribo se publican solos. He ganado mucho tiempo. Mucho tiempo es mucho tiempo. Me enganché tarde a la lectura en el confinamiento. Las primeras semanas estábamos todos en Twitter orinando en la tapia y mirándonos la polla. Ahora, hemos regresado al monte para leer y escribir. Leemos y escribimos mejor. Mucho mejor. Di que no. También me he despegado considerablemente de Instagram y Facebook, aunque nunca estuve más de dos meses en esa grimosa red. Pero qué grima da, ¿verdad? Por cierto, ¿aún tienes cuenta en Facebook, so carroza?

Photo by Prateek Katyal on Pexels.com

Se ha escrito mucho sobre este libro. A mí me han convencido los argumentos de autoridad y cierta bibliografía. ¡A qué manipulación nos han sometido! Existe manipulación. Se demuestra. Demasiada. Toda. Mucha. Twitter donde más. Antes de abandonar la actividad en Twitter salías manchado de guerracivilismo. Purgué pronto mi timeline y todo se aclaró. En la vida real no existe lo que hay en Twitter. Twitter no es el microcosmos de nada. Algún día traeré pruebas. Twitter te manipula. Instagram te miente y Facebook, joder ¿todavía estás en Facebook?

4.º El sentido del estilo, de Steve Pinker. Madrid, Capitán Swing, 2019. 351 páginas.

Seis capítulos. Los tres primeros y el quinto no hay malo, esenciales. El sexto anglófilo y el cuarto, por condensación sintáctica. Me quedo con los tres primeros. Son el perfume que le he comprado a mi escritura.

Pinker detectó hace tiempo que en el siglo XXI había que escribir jugándosela. La guerra está en conseguir la atención para que te lean. Frente a Twitter, Instagram, Facebook, Netflix y Radio María, o escribes bien, con una ventana al mundo y maldiciendo todo lo que sabes, o ni con red sujeta con fuerza a un árbol podrás atraer hacia ti a los lectores, y mucho menos si escribes de un modo incoherente tus textos, que son textos malos porque en realidad no sabes escribir hablando, aunque sea escribir con estilo bajo, como decía Garlandia.

Con el estilo clásico que propone Pinker encuentras lo que merece la pena mostrar y le das al lector el punto de vista perfecto desde el cual observar lo que vale. ¿Para qué? Para que te lean, que es lo que quieres que suceda cuando le das al publish; y que presten menos atención a Twitter, claro, y a Instagram, a Netflix y a Radio María. Facebook… en serio, ¿aún sigues en Facebook?

Photo by Kei Scampa on Pexels.com

Es un buen trabajo. Es un trabajo serio y bien estructurado. Conforme pasas las páginas vas cogiendo barro sintáctico. Pero el barro lo despegas para enseñárselo a tus alumnos cuando vayan a tirarte esa piedra negra que llevan en el bolsillo: “Profesor ¿para qué sirve la sintaxis?” Pues mira, zagal, además de para entender que hay gente que encierra moscas en el lavavajillas, “la sintaxis es el código que utiliza la lengua para representar quién hizo qué a quién. Pero también determina la secuencia de un proceso, de anterior a posterior, en la mente del lector. La mente humana solo puede hacer un pequeño número de cosas a la vez, y el orden en el que aparece la información afecta al modo como se maneja y se asume dicha información”.

El sentido del estilo es un libro de estudio y puesta en práctica. Estrategias ofrece. Ya sabes, omitir palabras superfluas, escribir con sustantivos y verbos, colocar las palabras más relevantes al final de una frase y agarrar esta guía de escritura para el siglo XXI que pretende, en definitiva, que dos actos tan naturales como hablar y ver se consigan reflejar perfectamente sobre un papel o una pantalla mediante un acto tan antinatural como la escritura. Cuida tu estilo. Mira, escucha, lee: ¡Si lo haces, estás embelleciendo el mundo!

5.º El público, de Bruno Galindo. Madrid, Lengua de Trapo, 2012. 219 páginas.

«¿Usted es escritor, verdad?»

Ópera prima. Me gustan las óperas primas. Desde que leí la de Barth, La ópera flotante, las comparo todas con ella. Así pondero calidades. Lo siento. El público es una novela con muchísimos tintes autobiográficos. Se intuye. Y lo digo por las abundantes y bien construidas descripciones. Etopeyas y prosopografías que ya saben, sirven para sujetar las imaginaciones. Un protagonista culto desubicado en un mundo mediocre y vano. Autoestima tocada. Por lo menos al principio.

El público comienza con frases cortas. Así es como se levanta el vuelo y más con la primera. Una reunión inicial donde se ha de hablar así, expeditivo. Surgen las metonimias, como la del Anclas y tío Burberry, protagonistas de un mundo donde la prensa está mercantilizada –como ahora– y donde se busca desesperadamente más público. Vaya radiografía del sector. Año 2012.

Curiosidades: ¡Aparece una Blackberry! y aparece la palabra “ensalmo” (como por) en la página 55, pero no aparece Twitter ni Instagram; sí «redes sociales». ¿Bruno Galindo trabaja en una revista literaria, musical? Pregunto porque derrocha sabiduría de oficio en esta novela, que es, como dijo una vez Juan Malherido, generacional también.  

La novela es un derrotero hacia un ocaso existencial, lleno de tropos oscuros y variopintos. Hay literatura, sí. Y hay literatura porque hay tropos. Muchos y bien repartidos. Chulas comparaciones, metonimias a kilos, antítesis hiladas, dispuestas, rozándose con las metáforas.

Eso sí, me quejo. Mira, Bruno, si en el capítulo de la fiesta…, fíjate lo que digo, si hubieses tomado otra decisión… Y me refiero al personaje de la camarera. Yo quería más camarera así como bebo café después de comer. Qué fuerza tenía ese personaje. ¡Pero no aparece más! Reconozco la extraña frustración que me causó no encontrarla más durante la historia. Quiero a esa camarera. Soy un enamoradizo. Con esa camarera se estableció una conexión literaria que hubiese ofrecido a tu novela más brillo, pienso. Y desde luego que al protagonista y a mí más placer. Pero la novela creció de la mano de una patosa borracha.

Después, acontece la historia, un poco ideologizada, sí, pero que te animo a leas. Ten en cuenta que es la primera novela de Galindo y escribir una novela así a la primera no es fácil. Además, es un entretenido puzle. Léela, regresa a esta entrada, y me dejas tu opinión sobre “el protagonista de un libro sobre el fracaso que había escrito su autor más admirado”.  

La lista de lecturas: mayo de 2020 (5)

Comienzo una lista. Los libros que leo. Una lista comentada, claro. Si cuajase, si no fracaso mejor, publicaré, en la última semana de cada mes, algo sobre los libros leídos. Rebajar el perfil en Twitter se ha traducido en un incremento de las páginas leídas. Créeme, de otro siglo, como en mi juventud.

Hablando de listas. Glosé un artículo de Ignacio Echevarría sobre una literatura de nuestro país. Él esbozaba algunas líneas generales, pero no entró en detalles. Me hice eco titulando la glosa con un refrán extraído del Quijote: Cada puta hile y coma.

Abiertas las flores, recojamos la miel.

1.º Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, de Ángel Ganivet. Madrid, Cátedra, 1988. Edición de Laura Rivkin. 466 páginas.

Ángel Ganivet nació en 1865 en Granada y se suicidó el 29 de noviembre de 1898 mientras atravesaba el río Dwina, en Riga, en uno de los barquitos en que lo cruzaba a diario. Se arrojó dos veces al río porque la primera los pasajeros consiguieron salvarlo, pero en un momento de descuido, logró lanzarse de nuevo. Murió con 32 años ahogado, y ahogada quedó su prometedora carrera literaria. El suicidio, escribe Laura Rivkin, fue resultado de una depresión paranoide, tipo de psicosis fasotímica. Así lo certifica Castilla del Pino. Supe desde un principio que si tenía que escribir sobre Ángel Ganivet comenzaría mostrando el atentado que perpetró contra su existencia.

El libro de Los trabajos es un gozo. Ganivet se propuso con él “la transformación social y humana por medio de inventos originales (…) y es una novela de costumbres contemporáneas”; así la define él. Basada en los doce trabajos de Hércules, solo completó seis. Se corresponden con los seis capítulos de la obra. En el prólogo se dice que Unamuno y Gasset quedaron impresionados con la novela autobiográfica del suicida. Ya se escribían autobiografías en 1892, amigos de 2020. También apunta Rivkin que es “un relato retrospectivo en prosa que una persona real hace de su propia existencia, destacando su vida y especialmente la historia de su carácter”.

Ganivet escribió las 400 páginas en dos meses de 1892. Siete páginas diarias. Sin Mac, ni Word, ni típex. Sin Twitter, además.

Si decides leer esta novela te sorprenderán las mujeres que aparecen en ella. Sobre todo las dos protagonistas: Martina y Mercedes, moza de “insolente hermosura que nació con mal sino” y Martina, mujer con la que convive Pío Cid durante sus andanzas y que conquistó al comienzo de la obra mediante el juego del amor durante una fiesta. Todas las mujeres deslumbran, pero especialmente esas dos. La mujer es plural, enérgica e infatigable en esta novela. Su voz, multitudinaria. Frente a ellas, el antagónico, el hombre, el tío triste e interesado de principios de siglo, el del cliché mustio y apocado. Las mujeres… yo me he enamorado de las mujeres de esta novela, sobre todo de Martina y Mercedes.

Lean antes de morir Los trabajos. Recréense en dos de los clímax de la novela: la reprimenda que Martina le hace a Pío y el magnífico cuento de “Juanico el Ciego (Tragedia vulgar)” incluido magistralmente al comienzo del “Trabajo quinto: Pío Cid acude a levantar a una mujer caída”. Ese cuento es una joya. Atraviesa desde su ficción, la ficción de Los trabajos. ¿Cómo hace eso Ganivet en 1892? Qué efecto tan colosal, es la ficción fractal.

2.º Fundamentos de crítica literaria¸ de I. A. Richards. Buenos Aires, Huemul, 1976. Traducción de Eduardo Sinnot. 194 páginas

Sobre este libro escribí una reseña. No voy a escribir nada más. Para qué. Ahorro un párrafo: “Reseña 2: Con las piernas abiertas como una estrella”. Sí anuncio que pronto comenzaré la lectura de Crítica práctica, del mismo autor y en Visor, 1991.

3.º 10 razones para borrar tus redes sociales de inmediato, de Jaron Lanier, Madrid, Debate, 2020. 192 páginas. Edición para Kindle.

Este libro es la causa de que lleve dos semanas sin publicar casi nada en Twitter. Ahora publica en Twitter mi blog. Lo hace de manera programada y automatizada. Los artículos y entradas que escribo se publican solos. He ganado mucho tiempo. Mucho tiempo es mucho tiempo. Me enganché tarde a la lectura en el confinamiento. Las primeras semanas estábamos todos en Twitter orinando en la tapia y mirándonos la polla. Ahora, hemos regresado al monte para leer y escribir. Leemos y escribimos mejor. Mucho mejor. Di que no. También me he despegado considerablemente de Instagram y Facebook, aunque nunca estuve más de dos meses en esa grimosa red. Pero qué grima da, ¿verdad? Por cierto, ¿aún tienes cuenta en Facebook, so carroza?

Photo by Prateek Katyal on Pexels.com

Se ha escrito mucho sobre este libro. A mí me han convencido los argumentos de autoridad y cierta bibliografía. ¡A qué manipulación nos han sometido! Existe manipulación. Se demuestra. Demasiada. Toda. Mucha. Twitter donde más. Antes de abandonar la actividad en Twitter salías manchado de guerracivilismo. Purgué pronto mi timeline y todo se aclaró. En la vida real no existe lo que hay en Twitter. Twitter no es el microcosmos de nada. Algún día traeré pruebas. Twitter te manipula. Instagram te miente y Facebook, joder ¿todavía estás en Facebook?

4.º El sentido del estilo, de Steve Pinker. Madrid, Capitán Swing, 2019. 351 páginas.

Seis capítulos. Los tres primeros y el quinto no hay malo, esenciales. El sexto anglófilo y el cuarto, por condensación sintáctica. Me quedo con los tres primeros. Son el perfume que le he comprado a mi escritura.

Pinker detectó hace tiempo que en el siglo XXI había que escribir jugándosela. La guerra está en conseguir la atención para que te lean. Frente a Twitter, Instagram, Facebook, Netflix y Radio María, o escribes bien, con una ventana al mundo y maldiciendo todo lo que sabes, o ni con red sujeta con fuerza a un árbol podrás atraer hacia ti a los lectores, y mucho menos si escribes de un modo incoherente tus textos, que son textos malos porque en realidad no sabes escribir hablando, aunque sea escribir con estilo bajo, como decía Garlandia.

Con el estilo clásico que propone Pinker encuentras lo que merece la pena mostrar y le das al lector el punto de vista perfecto desde el cual observar lo que vale. ¿Para qué? Para que te lean, que es lo que quieres que suceda cuando le das al publish; y que presten menos atención a Twitter, claro, y a Instagram, a Netflix y a Radio María. Facebook… en serio, ¿aún sigues en Facebook?

Photo by Kei Scampa on Pexels.com

Es un buen trabajo. Es un trabajo serio y bien estructurado. Conforme pasas las páginas vas cogiendo barro sintáctico. Pero el barro lo despegas para enseñárselo a tus alumnos cuando vayan a tirarte esa piedra negra que llevan en el bolsillo: “Profesor ¿para qué sirve la sintaxis?” Pues mira, zagal, además de para entender que hay gente que encierra moscas en el lavavajillas, “la sintaxis es el código que utiliza la lengua para representar quién hizo qué a quién. Pero también determina la secuencia de un proceso, de anterior a posterior, en la mente del lector. La mente humana solo puede hacer un pequeño número de cosas a la vez, y el orden en el que aparece la información afecta al modo como se maneja y se asume dicha información”.

El sentido del estilo es un libro de estudio y puesta en práctica. Estrategias ofrece. Ya sabes, omitir palabras superfluas, escribir con sustantivos y verbos, colocar las palabras más relevantes al final de una frase y agarrar esta guía de escritura para el siglo XXI que pretende, en definitiva, que dos actos tan naturales como hablar y ver se consigan reflejar perfectamente sobre un papel o una pantalla mediante un acto tan antinatural como la escritura. Cuida tu estilo. Mira, escucha, lee: ¡Si lo haces, estás embelleciendo el mundo!

5.º El público, de Bruno Galindo. Madrid, Lengua de Trapo, 2012. 219 páginas.

«¿Usted es escritor, verdad?»

Ópera prima. Me gustan las óperas primas. Desde que leí la de Barth, La ópera flotante, las comparo todas con ella. Así pondero calidades. Lo siento. El público es una novela con muchísimos tintes autobiográficos. Se intuye. Y lo digo por las abundantes y bien construidas descripciones. Etopeyas y prosopografías que ya saben, sirven para sujetar las imaginaciones. Un protagonista culto desubicado en un mundo mediocre y vano. Autoestima tocada. Por lo menos al principio.

El público comienza con frases cortas. Así es como se levanta el vuelo y más con la primera. Una reunión inicial donde se ha de hablar así, expeditivo. Surgen las metonimias, como la del Anclas y tío Burberry, protagonistas de un mundo donde la prensa está mercantilizada –como ahora– y donde se busca desesperadamente más público. Vaya radiografía del sector. Año 2012.

Curiosidades: ¡Aparece una Blackberry! y aparece la palabra “ensalmo” (como por) en la página 55, pero no aparece Twitter ni Instagram; sí «redes sociales». ¿Bruno Galindo trabaja en una revista literaria, musical? Pregunto porque derrocha sabiduría de oficio en esta novela, que es, como dijo una vez Juan Malherido, generacional también.  

La novela es un derrotero hacia un ocaso existencial, lleno de tropos oscuros y variopintos. Hay literatura, sí. Y hay literatura porque hay tropos. Muchos y bien repartidos. Chulas comparaciones, metonimias a kilos, antítesis hiladas, dispuestas, rozándose con las metáforas.

Eso sí, me quejo. Mira, Bruno, si en el capítulo de la fiesta…, fíjate lo que digo, si hubieses tomado otra decisión… Y me refiero al personaje de la camarera. Yo quería más camarera así como bebo café después de comer. Qué fuerza tenía ese personaje. ¡Pero no aparece más! Reconozco la extraña frustración que me causó no encontrarla más durante la historia. Quiero a esa camarera. Soy un enamoradizo. Con esa camarera se estableció una conexión literaria que hubiese ofrecido a tu novela más brillo, pienso. Y desde luego que al protagonista y a mí más placer. Pero la novela creció de la mano de una patosa borracha.

Después, acontece la historia, un poco ideologizada, sí, pero que te animo a leas. Ten en cuenta que es la primera novela de Galindo y escribir una novela así a la primera no es fácil. Además, es un entretenido puzle. Léela, regresa a esta entrada, y me dejas tu opinión sobre “el protagonista de un libro sobre el fracaso que había escrito su autor más admirado”.  

Glosa 2: Initium

Artis initium dolor.
Ratio initium erroris.
Initium sapientiae vanitas.
Mortis initium amor.
Initium vitae libertas.

Cuando Javier Herrero glosa este texto en Ganivet: Un iluminado[1], lo hace así:

La vanidad es el principio de la sabiduría (INITIUM SAPIENTIAE VANITAS) porque solo cuando comprendemos el carácter ilusorio de los bienes del mundo comienza la búsqueda del verdadero bien; y el dolor nos lleva al arte (ARTIS INITIUM DOLOR) porque arte es, como vimos, la creación espiritual que penetra en la verdadera realidad de los seres y la muestra a otros; pero para ese descubrimiento del espíritu es preciso que muramos al amor de la carne, y tal muerte es el dolor; la muerte de la carne nos lleva al verdadero amor; pues la carne, las necesidades materiales y la ambición que de ellas nacen son las cadenas que nos esclavizan: romperlas es la verdadera libertad, y con esa libertad comienza la verdadera vida, la del espíritu (INITIUM VITAE LIBERTAS). La naturaleza corrompida del hombre, que tiende a la destrucción y la rebeldía, intenta guiarse en su vida espiritual por la fuerza de su razón; tal empeño, que deifica al hombre, es vano: la razón nos lleva al error (RATIO INITIUM ERRORIS), a la impiedad y rebelión: solo la fe que nace de la iluminación salva al hombre. Tal fe le muestra el objeto de su amor: el Mundo ideal en el que resplandece el Artífice supremo; pero la posesión de la Belleza ideal es imposible en esta vida; de ahí que el amor lleve a la muerte (MORTIS INITIUM AMOR). El nombre de Arimi[2], el de la muerte misteriosa, señala, sin duda, hacia el suicidio de Ganivet, por el que este rubrica su fe en este ideal mediante el máximo testimonio”.

Quien glosa lo sabe: cierra antes la puerta de su habitación. La glosa de Javier Herrero anula a la de Munuera Montero, pero. El arte, la razón, el inicio de la sabiduría y del amor que inicia la vida consiste solo, se basa solo, en iniciar la libertad.

En el principio había redundancia, y un principio que no es constituyente de nada, porque es nada. La vanidad así no es sabiduría porque es principio no constitutivo de una búsqueda desesperada hacia el bien. ¿Un bien verdadero? ¿Duele el bien verdadero? ¿Algo que se anhela puede doler? ¿El suicidio duele? ¿Objeto, subjeto?

Pero si ha sido arte, ha sido alma. Trozo de alma de quien ha sufrido es dolido. ¿Alma? ¿Estás hablando de alma en 2020? Sí. ¿Existe el arte? Sí. Pues existe el alma. Pepe, aterriza. Bah, esto es reventar el registro. Del todo. El eterno enfrentamiento, el espíritu frente al trozo de barro, lo vulgar y lo culto, la carne y las ganas de comer, Pepe, frente al libertinaje de la levitación, del querer, querer y querer volar, liberándote de las cadenas, el vivir conforme a, o conformando a, o dándote forma de manera infeliz. La razón es ese toroide salvavidas, es la razón térrea, del mismo modo hombre que come, duerme y folla, de barro y de tierra, entre el barro y el agua, prendiendo la ratio initium errores. So mortal. Y así te demuestro que con estas sombras no puedes embellecer mucho más tu espíritu porque llamas a Arimi y te pegas un tiro, o te lanzas al río Dwina un 29 de noviembre de… Dos veces encima. Y suicidas la carne, y volatilizas tu sombra y robas algo que nunca ha sido tuyo.


  • [1] Madrid, Gredos, 1966
  • [2] El acróstico deletrea el nombre del héroe de La conquista¸ el de la «muerte misteriosa».