Tropo 338: Némesis 17

Némesis 17. Seguimos en Jaén, pero con 661 contagiados y 26 fallecidos.

Nunca he escrito un diario. Un diario como los diarios de los que habla Andrés Trapiello. Descubrí el artículo en un tuit de Olmos. Si hoy no hubiese abierto Twitter no hubiese leído el tuit de Olmos y no hubiese leído el artículo de Trapiello. Lo que mejora tu día tener Twitter para abrirlo dos veces, una por mañana y otra por la tarde, y en la segunda, ¡bingo! No, no hubiese leído el texto de Trapiello porque no suelo leer La Vanguardia.

Después de leerlo me he reconocido en una cita, a pesar de que yo no escribo un diario sino una serie de entradas llamadas “Tropo n”. La cita tenía sabor. He descubierto en ella la realidad de esta rápida escritura que me acontece todos los días a partir de las tres de la tarde; unos días a las tres, otros a las seis y media, pero casi siempre a las diez de la noche. La cita:

En la mayoría de los casos esa rutina que se han impuesto y que en cierto modo les esclaviza, es la única que les permite ser enteramente libres en algún momento de la jornada

Andrés Trapiello en “Todos somos viernes”. La Vanguardia 31.03.2020

Sentirte libre mientras escribes. Eso es. Mientras la leía me preguntaba cómo habría escrito Trapiello ese artículo, si con pluma y papel o con el teclado. Apostaría una mascarilla a que lo ha tirado manuscrito. Conociendo sus cuadernos, no me extrañaría que lo hubiese hecho así. En qué cosas se entretiene la imaginación mientras leo citas de Trapiello.

Les he pedido a mis alumnos que lleven un diario del confinamiento. Algunos siguen, otros lo han abandonado. Me conformo con que un par de ellos sientan la libertad que supone ese momento de escritura. Si no es así, no habrá valido la pena el diario.

Me determino a escribir desde mañana y aquí, como si fuese un diario, un diario. Espero fraguar en el cuaderno nuevo que comienzo mañana algo. Es el motivo por el que la última página del cuaderno de diciembre, enero, febrero y marzo acaba con esta cita:

Incluso sin tener nada que contar. Azorín dice de El licenciado Vidriera : “Si nuestro Tomás hubiera consignado en un libro los sucesos que le habían acaecido durante la vida, este libro debería titularse Diario… de nada. De nada, y, sin embargo, de tanto”. Este diario de nada es tal vez el más difícil de los diarios, pero no es hora de preceptivas literarias.

Andrés Trapiello, antes citado

Tropo 280: Los perdidos

André Breton tiene una novela titulada Los pasos perdidos (1924). Alejo Carpentier tiene una novela titulada Los pasos perdidos (1953). Hoy, mientras estudiaba, me preguntaba si El salón de los pasos perdidos (2004) de Andrés Trapiello tendría alguna conexión con Los pasos perdidos de Breton y con Los pasos perdidos de Carpentier del mismo modo que dos torres están bien conectadas, preparadas para dar un lindo jaque. Me gustaría preguntárselo a Andrés Trapiello y salir de la duda. A él, incluso le preguntaría si con En busca del tiempo perdido (1913), de Proust, se podría dar jaque mate al rey de esta partida.

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Salón de pasos perdidos del antiguo Palacio de Justicia de París, grabado de Charles Meyron (1855) basado en el original del siglo XVI por Du Cerceau. Metropolitan Museum of Art, Nueva York. Fuente: Arquine

Tropo 99: El expurgo

Ningún lunes visitas la biblioteca, excepto si es agosto. Plagada de estudiantes que no leen, sino que estudian auscultando el móvil en bermudas y sin las chanclas calzadas. Llego para dejar dos libros, La España negra I de Solana y Clásicos de traje gris, de Trapiello. Dirigiéndome al ordenador, donde las búsquedas en el catálogo -¡han cambiado los monitores, gritan entre aleluyas!-, veo colmada la mesa de expurgos. Hojeamos. Me acompaña R. Me llevo a casa Europa en el siglo XVI, de Koenigsberger y Mosse, en Aguilar, del 74, años ha. Un libraco de cuatrocientas páginas. “No hay sitio en el depósito”. “Cada vez hay menos sitio en el depósito, y claro, hay que expurgar”. ¡Haced una biblioteca más grande, hijos de puta!, piensa alguien acordándose del político. ¡Haced una biblioteca más grande, hijos de puta! Por segunda vez, alguien piensa con mucha bilis. Está respondiendo, en realidad, al lelo que cree en “es que no hay sitio en el depósito”. Construid tantas bibliotecas como barrios desfavorecidos haya en la ciudad, y llevad allí lo que no queréis en esta. Un tercero. Ahora sobra escribir de nuevo hijos de puta, pero había una cuarta, chica esta vez, que estaba a punto de decirlo en voz alta. De campos de fútbol estamos colmados, de instalaciones para hacer el gilipollas también. De bares, yo ya, borracho. Lo que faltan son bibliotecas y es un buen momento, dicen, porque eppur si muove. Los libros electrónicos se beben con pajita frente a los de papel, en cubas. Y así, sobrepasado el año 1000 digital, la esperanza es otra, qué quieres que te diga. Haced más bibliotecas y dejad el expurgo para los videojuegos.

Ningún lunes visitas la biblioteca, y menos, al tuntún. Te traes a casa La España negra II, de Gutiérrez-Solana, Escuadra hacia la muerte. Mordaza, de Alfonso Sastre y Una odisea, de Daniel Mendelsohn. Este último te lo llevas porque leíste dos tuits donde agradecían a Alberto Olmos la recomendación. Por lo visto habla del libro en un artículo que todavía no he leído. Y no lo he leído porque ya saben lo cachondo que se pone el ordenador en agosto; y el móvil está en un cajón, apagado, y sin batería. Lo saco y lo enciendo para mandar tres wasaps, escribir dos tuits y pintarle un like a algún libro en bikini. Iba a escribir que también lo enciendo para decirle a mi mujer que la espero en el chiringuito de la playa, pero hasta mitad de mes está sin batería.

Tropo 96: Las circunstancias óptimas no existen

“Cada cuartilla ha de ser como si fuese la última que vayas a escribir”. Si este tropo fuese el último que escribiera, el último que supiera que iba a escribir, destinaría lo que resta del día para pulirlo, pero destinar tanto tiempo a tan pocas letras no sería, déjame escribirlo, muy ético. La frase y la cita está extraída de la entrevista que una filóloga le hace a Trapiello en la “Revista Ínsula” número 809. Esa cita lleva a otra donde Trapiello afirma que “con la familia ocurre exactamente lo mismo. Hemos de hacer de cada minuto algo que pudiéramos volver a vivir, igual dentro de mil años. Quisimos formar una familia. Los libros y los hijos crecieron juntos. Y unos y otros son un poco de nosotros cuatro, de mi mujer, de mis hijos, míos. Recuerdo que un día me quejaba a Carlos Pujol: mis hijos no me dejaban escribir. Y entonces él, que con cuatro hijos estaba escribiendo unos libros maravillosos, me dijo: ‘Tienes que escribir en cualquier parte, en cualquier circunstancia, favorable o adversa. Si no puedes, déjalo, porque no vas a encontrar nunca las circunstancias óptimas; no existen’”.

Atrapas el asunto y el título del tropo. Las circunstancias óptimas para escribir no existen como tampoco las óptimas para leer. Hoy, para ambas actividades necesitas hacerte violencia, ser un “esforzado” que luche contra las condiciones sociales que te rodean: hijos, mujer, ruidos, mente inquieta, imaginación, tareas de cien naturalezas, redes sociales, normas sociales, compromisos, en definitiva, el decorado de “las circunstancias óptimas no existen” porque es un decorado hebén, inane, embeleco… Queda demostrado que las circunstancias óptimas para escribir y para leer no existen. Por eso te acompaña siempre un cuaderno y un libro, por eso exprimes esos quince minutos que te encuentras para pensar en la sintaxis de una frase, o en el tema del tropo de hoy, o en el tema del teatro que estás estudiando y aprovechas para poner por escrito dos ideas chulas. Porque así es como te has demostrado que algo de lo que pretendes contigo se encarna de alguna manera en tu escritura, casi al instante. Necesitas aislar la mente, y por eso paseas. Necesitas persuadirte para disuadirte de que estás rodeado de ocupaciones etéreas, frusleras y fútiles. Y sabiéndolo, así, de este modo, te lanzas a buscar la dirección adecuartilla, obviando, siempre que puedes y te dejan, el parto de los montes.

Tropo 95: Ana N. J. recibe dos consejos de escritura de Andrés G. T.

Ana (Nadal Jové) le pregunta a Andrés (García Trapiello) que qué es eso del estilo y la naturalidad. La naturalidad en la escritura, la escritura natural, la que mejor entra, esa con la que se demuestra que se sabe escribir, pero saber, saber escribir, tal y como escribe él, Andrés. 

Andrés no se va por las ramas. Y le suelta a Ana la primera: “España es un país barroco”. Lo sabías. Las apariencias, el postureo, mostrar más de lo que se es, la ínfula Barataria, la res farfollis y los exudados pedantes. Y para que te lo creas, dice que te esperes, que va a llamar a Gaya por teléfono. Llama delante de Ana, Andrés pregunta y Gaya le contesta, casi gritando: “El barroco es lo que sobra”. ¡Tira el cartón piedra!, le dice Andrés a Ana por lo bajini. Cuelga, mira a Ana, y le espeta que se imagine a Cervantes montado en un caballo, Rocinante, por ejemplo: busca la naturalidad, Ana.

Naturalidad, bien. Andrés le cuenta de quién recibió el mejor consejo para escribir. Cuenta que el primero fue de Miguel y el segundo de Juan Ramón. Así que si quieres ser natural escribiendo, Ana, no te compliques: “Lo que se sabe sentir se sabe decir”. Esto no te lo enseñan en ninguna de las escuelas de escritura dispersas por los rincones barrocos de España. Escuelas donde, a cambio de euros, de qué si no, te llenan el ego y te lo dejan ¡al dente! para que te lo creas. No creo en ellas –ahora habla un segundo narrador, yo mismo, B. M. Montero—, como estoy demostrando. Solo creo en algunas escuelas americanas, y universitarias, sobre todo. ¿Y si te cuento que me hubiese gustado estar en las aulas del edificio Williams y Stevenson donde impartía clases DFW? ¿Cómo te quedas? Sí, claro, en esas sí. O donde impartía clases William H. Gass. En esas también. En España debieran hacer universitarias las enseñanzas de escritura creativa porque por la vía que vamos… Pero eso sí, con profesores que derrochen naturalidad. Impostar es de feos. Otro día tiro de este hilo.

Además, para escribir bien tienes que enamorarte. En esas escuelas de escritura no te enseñan a enamorarte. Por eso es difícil que aprendas a escribir. Todo consiste en “mirar ahí”. Repite conmigo. Escribir es solo eso: “mirar ahí”. Y a partir de ahí, contar, aprender a contar lo que sientes.

El segundo consejo que te doy, Ana, es un consejo de JRJ. JRJ es Juan Ramón Jiménez. Y JRJ va al grano, no te lía, no busca el reboce. Barroco será tu padre. JRJ es intelijencia. Y así, por eso, te la suelta sin miramientos –apunta—: “Quien escribe como se habla irá más lejos y será más hablado, en lo porvenir, que quien escribe como se escribe”. ¿Qué quiere decir esto? Pues es muy sencillo: “¿Qué pensarías de una persona que se acercase a nosotros y empezara a hablarnos así: ‘Empero, ayer vi a Fulano en la alameda, el cual me dijo’?”.  No lo digas.  

Acabo con un argumento de experiencia, el que despliega Andrés en ese párrafo de la entrevista, que es el argumento que hace que me plantee leer los veintitantos tomos del Spp (Salón de los pasos perdidos): “Tú me preguntas que cuántas veces escribo una frase hasta que me parece natural. Te puedo decir cuántas veces escribo cualquiera de los tomos del Spp. Lo corrijo entre seis y ocho veces; a veces han sido tomos de 800 páginas, solamente con leerlo cuatro veces son 3200 páginas. Bueno, pero eso da igual. Lo importante en todo caso es que las 800 se le hagan cortas a alguien con sus tropiezos, repeticiones y demás… El tono. Casi todo está en el tono, me parece. Con el tono adecuado puede alguien contarnos lo que quiera. Ni demasiado alto, que te ponga de los nervios, ni demasiado bajo, que te duerma”.

Prosigo con la entrevista, que me la he dejado a medias para escribir este tropo. Eso sí, muchas gracias por ella, Ana (Nadal Jové); encantadísimo, guapa. 

Vínculo del tropo: Entrevista de Ana Nadal Jové a Andrés G. Trapiello.

Tropo 93: La negra idiosincrasia

Escribe, pero describe. Cuenta sin argumenta. Microtramas, retratos de la España del primerizo siglo veinte. Anticlerical Solana, muy anticlerical, un jocoso anticlerical, con escudo antifrailes y antimonjas. De clerófobo lo tilda Trapiello en el prólogo. Divertido a pesar de ser negro y muy negra la España que retrata. Hay rotundidad en las oraciones, parecen esquirlas que saltan tras tallar con su mirar así, aplicando el estique sobre la piedra de lo que hay. De lo que hay. Prostitutas, ganapanes, zapateros y pescadores, clérigos, curas y monjas; romeros y embarazadas, mujeres muchas. Pero clerófobo, insistimos. Así Torquemada era un pájaro que rezaba de rodillas para ganarse la gloria, «después de haber mandado quemar a tantos infelices dementes de la Inquisición».

Pueblos, costumbres y toros. «En los días de corrida el espectáculo era más brutal: los que volvían a pie venían cantando, con las botas de vino ya vacías y las cestas de la merienda, con banderillas en las manos, arrancadas por su mano del toro al tirarse al redondel al terminar la corrida, y los más borrachos vomitaban donde podían, y los pendencieros se metían con algún tranquilo transeúnte y alguna pobre mujer embarazada, a la que le daban un susto».

Un susto a las mujeres embarazadas con unas banderillas es jugo de mi imaginación. La fuerza de la sangre, en definitiva. La fuerza oscura y generosa que recorre las arterias del pueblo español, pero el pueblo que vive en la más miseria, en las calles, el pueblo que es capaz de engañar a un ciego para comer más uvas que él. Ese pueblo, ese pueblo de hace un siglo.

Un libro con mucho sabor, con un sabor de lo español que es característico y auténtico, tan de idiosincrasia española, de idiosincrasia térrea y negra.

Tropo 90: Notas

Pasar más hambre que un piojo es siempre una comparación que extraña y cuando algo te extraña cuando lo lees y cuando lo relees y cuando te sigue extrañando, llámalo cuando quieras literatura. Algún ruso, formal y con corbata te decía eso, si te extraña, literatura; si no te extraña, tíralo o recíclalo. Cervantes supo idear un prototipo; Galdós no, por ejemplo. Lo escribe Trapiello en la página 21 de Clásicos de traje gris. Galdós, por el contrario, caló muchos ambientes, como ese de los funcionarios de su época y que Trapiello vuelve a rescatar, la nota, digo: “Alcanzar la categoría de funcionario iba parejo, como se sabe, con el derecho adquirido del absentismo laboral”. Y por ese motivo, en ese Madrid de la época florecieron los cafés, casinos, círculos cívico-recreativos, amantes y demás enseres.

No he leído nada de Darío de Regoyos, pero se dice de él que descubrió un epitafio en un cementerio andaluz que rezaba: “El polvo yace aquí de mi querida, que lo tuvo magnífico en su vida”. Andalucía. De Azorín apunté en una nota “leer De un transeúnte“. Azorín, ese “hombre del tiempo pasado, con aspecto de señor de casino de pueblo, pocas rentas y muchas tardes para dedicar a la lectura”. Pero de todos, el que más me ha gustado, porque redimirá mi estilo y mi visión de lo que me rodea es Solana, que me aconseja nada más empezar La España negra: “Pero te veo muy mal; tu salud está muy resentida; cada día bebes más vino, más cerveza, más alcoholes y fumas más, y el día menos pensado haces crac, como una bota vieja; en fin, tú verás; lo mejor que puedes hacer es acostarte temprano y cuidarte”. Y cuidarte.