La pulsera del dios

No necesito ninguna pulsera digital.

—Sé específico, Evaristo, por favor.

Especifico, soy Evaristo. Soy Evaristo García y llevo tres meses y medio acostándome con una idea en la cabeza, con una necesidad insatisfecha: ¿Necesito como “runner” una pulsera que cuente, uno detrás de otro, todos los pasos y zancadas que doy mientras corro? Esta lleva siendo la pregunta que durante los tres últimos meses y medio, desde la llegada de la primavera, me he estado haciendo todos los días antes de irme a la cama. Y hoy, yo, Evaristo García, he llegado a la conclusión de que no necesito ninguna pulsera ni reloj digital con GPS o sin GPS que me lo cuente todo, hasta los árboles que me van dando sombra a lo largo del camino, hasta lo vital, hasta las constantes vitales más esenciales como pulsaciones, pasos y tropiezos en el camino, se ponga como se ponga don Enrique Dans, el gurú que pretende que digital tiene que ser hasta el alma.

Siempre había pensado, yo, Evaristo García, que necesitaría una pulsera de este tipo para completar mi ser como “runner”. No llegaría a “runner pro” sin esa cosita digital que cuantificaba todo. Ya lo he dicho, llevaba meses y meses acostándome con las insatisfacción de no dormir con una pulsera digital que iba a contar y medir todas las gotas de sudor que iban a resbalar por mi ebúrneo cuerpo cuando saliese a correr, casi siempre y ahora, y con estos calores, los lunes, miércoles y sábados a las ocho de la tarde, después de las dos horas y media del café con madalenas.

Podía resolver el asunto rápido: comprando la pulsera. Pero desde que soy padre de familia no numerosa y pobre, pondero el gasto, establezco presupuestos mensuales y cierro los meses con una oración: ingresos menos gastos, equis positivo. Evaristo García es así.

Pero, ¿realmente necesito una pulsera digital? Hoy, desde luego, lo tenía fácil. Hoy ha estado Amazon calentito. Parecía una teogonía desde donde manaba toda clase de ofertas con forma de paquetes colmados de productos y productos rebajados; yo los contaba. He imaginado a Hesíodo, detrás de una estantería repleta de libros sobre dioses griegos y romanos, contando con los dedos los paquetes que salían con destino a no se sabía dónde. Sí, desde luego, hoy han salido más paquetes que dioses. Qué barbaridad.

Pero lo he conseguido. Está a punto de finalizar el día 11 de julio de 2017 y he sido capaz, yo, Evaristo García, de no adquirir la pulsera Fitbit que Amazon me ofrecía hoy un 40 % más barata; ésa era una de las candidatas para rodear mi muñeca izquierda.

Pero hoy he decidido y me he convencido de que no necesito una pulsera digital para correr. Soy singular. Soy un tipo singular, ¿no han leído mi nombre? Evaristo García de Dios.

No necesito ninguna pulsera digital porque mi corazón no es digital. Las ocasiones que he utilizado un pulsómetro del tipo Polar estaba más atento en bajar la media de minutos/kilómetro que en disfrutar del correr por salud y placer, disfrutando de lo que veo, respiro y atento a lo que pienso. No se lo he contado a nadie: las mejores ideas del día me llegan cuando corro. Sería una lástima perder ese torrente creativo mientras ando ensimismado y ofuscado en la pantalla del pulsómetro, persiguiendo el ritmo que te manda un satélite vía GPS. Monitorizar era esto, algo estratosférico.

Tampoco necesito conocer los kilómetros que recorro cuando salgo a correr. No, Evaristo, no. Cuando decido hacerlo, ¡no soy ni quiero ser un corredor profesional!, salgo con un tiempo disponible determinado. Y no hay más. ¿Para qué necesito una pulsera digital, incluso con un 40 % de descuento? ¿Para qué necesito que me cuente las pulsaciones si cuando quiero contarlas me paro, miro mi cronómetro Casio de 17 € durante seis segundos y multiplico lo que cuento por diez? Mi opción es esta y se denomina «correr al mío modo natural», aunque no sea italiano. Pero es que cuando voy forzado, cuando el corazón quiere salirse por la boca, paro. Tan sencillo como eso. Nunca permito que cabalgue a más de 180 pulsaciones, por mí y por todos mis compañeros.

Además, ¿saben cuántos libros podría comprar con los doscientos y pico euros que cuesta un reloj digital?

Pues sí, hoy ha sido el día en que yo, Evaristo García de Dios, he decidido continuar con mi reloj y cronómetro Casio años 80 y desechar la opción del reloj que monitoriza. 

Me apetecía escribir estas líneas a vuelapluma, sin ninguna pretensión, para alertar de la cantidad de artilugios que hoy han salido de los almacenes de Amazon porque ALGUIEN ha decidido que los necesitamos, alguien ha escrito que son imprescindibles para nuestra salud y que sin ellos somos unos desgraciados tipos infelices.

Sal a correr sin reloj digital, disfruta de las sensaciones de tu cuerpo sin más distracción que la que tu cerebro te proporcione. Es tan placentero dejar volar la imaginación cuando corres. Tanto o más que en un sueño. Te lo digo yo, Evaristo García de Dios.


ADDENDA I

La idea de escribir esta entrada surgió después de entablar una conversación vía… con don Rafael Sarmentero. Nos ilustramos e intercambiamos opiniones con artículos de este calibre:

  1. The Lost Art of Running By Feel.
  2. How and Why to Run Without a GPS.

SÚPER ADDENDA

Desde hace algún tiempo escribo el primer borrador «de mis cosas» en una máquina de escribir y lo hago así porque es la única manera que he encontrado para escribir en el primer intento la “masa”, el “cuerpo” de lo que quiero hablar, sin regresar ni corregir nada, sin entretenerme en puntos y comas, sin buscar formas ni curvas. Busco que salga un «texto masa». En mi cuaderno Leuchtturm1917 nunca desarrollo texto para el blog, solo atrapo ideas y notas sobre mil quinientas cosas.

Los dos borradores de la entrada están escritos con una Olivetti Lettera 32. Después, durante la transcripción a Google Drive y de ahí a WordPress, me suelo entretener más; incluso me pongo cantos gregorianos, o a Bach, Telemann o Vivaldi.

El texto que acabáis de leer sobre la decisión de no utilizar pulsera digital es la tercera versión del original. Por este motivo queda clasificado en la categoría de «a vuelapluma», textos escritos muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerme a meditar, sin vacilar ni esforzarme mucho.fichero.html.jpg Son textos que escribo entre dos versiones, como este. Podría pulirse muchísimo más pero en la era digital, todo vuela a vuelapluma, por desgracia, y aunque creces y quieres pulir más, buscando una perfección que ni tienes ni vas a alcanzar, no das más de sí, no sabes, y te conformas con leérselo a los demás; así te imaginas cómo lo haría Javier Marías cuando escribió:

img_20170709_122459.068.jpg

Y de aquí, y queda inaugurada la categoría «La mecanográfica de Blumm», surgió la «masa texto» para la entrada “La pulsera del dios”:

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Libros adquiridos en mayo de 2015

hikikomori

Imagen extraída de malherido.com, texto raudo 616 de Alberto Olmos

Comprar libros es un atributo de mi conducta. Soy un comprador de libros como soy un comprador de leche entera y bolígrafos Bic. Todos los meses visito la librería como el cristiano una iglesia los domingos. Visitar una librería, comprar en una librería (en Metrópolis de Jaén, en Amazon o en Iberlibro) y leer lo que me traigo de allí es un hábito que alimenta, cómo decirlo, ese sentimiento de gusto y bienestar «intelectual». Además, leer es un instinto y necesito saciarlo.; también una manía. La riqueza que se desprende de los libros que leo no me la suele dar la vida ni empecinándome en buscarla. Es una hipótesis: lo que colman los libros no lo colma nada. Pero esto lo digo yo y me sirve solo a mí. Ahora recuerdo a Reme, protagonista del último título de Pablo Gutiérrez (la semana que viene quiero escribir de ella, no del libro que la contiene, Los libros repentinos, que por cierto recomiendo).

Sí, también frecuento la biblioteca, pero es una biblioteca de ciudad en cuesta, mal dotada si la comparamos con pueblos más pequeños, ¡¡que cierra desde el 15 de junio hasta el 15 de septiembre por las tardes!!, jodiendo a quien trabaja por las mañanas y al que está en paro y la ha convertido en un ¡refugio! donde su imaginación busca trabajo; jodiendo a quien no tiene recursos para comprar libros ni en Metrópolis ni en Amazon ni en Iberlibro. Esta biblioteca particular, la pública de Jaén, es una biblioteca de asco por este motivo. La frecuento, decía, la frecuento todas las semanas te cuento, pero no, Alberto, el lujo es el de la administración competente que no la dota como debe y que la cierra cuando le da la gana para ahorrar en luz y en migas de pan. Por eso frecuento librerías físicas y librerías en el Amazonas. Por pura necesidad e instinto. Y mientras tenga un sueldo, claro.

Raro es el mes que compro un libro que supere los quince euros. En Iberlibro hay chollos como el que encontré ayer: Historia del doctor Johann Fausto en Siruela por 3,95 €. No son los veinte euros de un bestséller de papel estraza, por ejemplo, es un libro digno para mi biblioteca.

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Además, encontrar libros a 3,95 € cuando los venden a 149,95 € es puro gozo:

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Pero enumero, paso a enumerar ya, cuáles han sido los libros que han entrado en casa en mayo.

1) El primero es de un compañero de 4º de E.G.B. que hoy es sacerdote. Antes fue médico y cirujano. José María Pardo. Asistí a una conferencia a principio de mes. Allí compré su Somos felices, naturalmente. Cuestiones de sexualidad y familia. Eunsa 2014. Como advierten, soy un tipo valiente que lee de todo, que quiere leer de todo y que no repudia ningún libro de sustancia cristiana. Os puedo demostrar que soy cristiano pero siempre lo hago con una cerveza. Sonríe.

2) El rey, de Donald Barthelme lo compré en Mimo Libros, que es una librería de viejo de Jaén. Me espera el rey Arturo en plena Segunda Guerra Mundial ante el dilema de usar o no el nuevo Grial: la bomba atómica. Es Barthelme. Aquí amamos a Barhelme.

3) Mann me gusta. Lo que escribe Mann me suele gustar. Este libro lo compré porque semanas antes había imaginado la escritura del diario de una novela mientras escribía una novela. La idea me atrae. Siempre que me he imaginado escribiendo lo he hecho pensando en esa duplicidad: la novela que se escribe y el diario de la novela que se escribe. Pues bien, eso es Los orígenes del Doktor Faustus de la editorial Dioptrías. Mann escribía el Doctor Faustus y simultáneamente un diario con los entresijos y los porqués. Estoy en la página cuarenta y lo recomiendo.

4) El último libro adquirido en mayo ha sido de Pálido Fuego, una editorial que venero: El cuaderno perdido de Evan Dara. Cuando leí el dossier que José Luis Amores colgó en la web no tuve más remedio que dejar lo que estaba haciendo y dirigirme a la librería para encargarlo. Agotar el presupuesto de mayo y junio a mitad de mayo era una ruina. Esta vez no lo compré en Amazon. Quería hablar con Antonio, el librero, del libro; ya me lo ha pedido cuando lo termine. El texto del que hablo es este y merece la pena leerlo, créanme: Cuando la literatura se ocupó del todos. El libro abre con un prólogo de Stephen J. Burn y subrayen lo que les dé la gana:

Los escritores más «populares», más «exitosos» de entre nosotros (al menos durante un breve período), son, en noventa y nueve de cada cien casos, personajes meramente hábiles, perseverantes, osados: en resumen, entrometidos, aduladores, charlatanes. Gente que logró imponerse con facilidad sobre editores aburridos … se adjudicó reseñas favorables escritas o mandadas a escribir por partes interesadas … De tal modo se fabrican «reputaciones» efímeras que, en su mayoría, sirven para sus propósitos específicos, o séase: llenar la bolsa del charlatán y del editor charlatán.

¿Para qué quiere uno un libro? Para leérselo. ¿Cuántas veces? Quinientas ¿Por qué tantas? Porque no te cansas. ¿Y después? Lo subrayas. ¿Y más después? Te haces un selfie con él. Pero sí, también reconozco que regalo libros, los dono, hago potlatch con Juan e incluso los vendo y los presto porque necesito librar espacio de los anaqueles que hay distribuidos por casa para que pueda entrar savia nueva.

Esto es un resumen.