Tropo 99: El expurgo

Ningún lunes visitas la biblioteca, excepto si es agosto. Plagada de estudiantes que no leen, sino que estudian auscultando el móvil en bermudas y sin las chanclas calzadas. Llego para dejar dos libros, La España negra I de Solana y Clásicos de traje gris, de Trapiello. Dirigiéndome al ordenador, donde las búsquedas en el catálogo -¡han cambiado los monitores, gritan entre aleluyas!-, veo colmada la mesa de expurgos. Hojeamos. Me acompaña R. Me llevo a casa Europa en el siglo XVI, de Koenigsberger y Mosse, en Aguilar, del 74, años ha. Un libraco de cuatrocientas páginas. “No hay sitio en el depósito”. “Cada vez hay menos sitio en el depósito, y claro, hay que expurgar”. ¡Haced una biblioteca más grande, hijos de puta!, piensa alguien acordándose del político. ¡Haced una biblioteca más grande, hijos de puta! Por segunda vez, alguien piensa con mucha bilis. Está respondiendo, en realidad, al lelo que cree en “es que no hay sitio en el depósito”. Construid tantas bibliotecas como barrios desfavorecidos haya en la ciudad, y llevad allí lo que no queréis en esta. Un tercero. Ahora sobra escribir de nuevo hijos de puta, pero había una cuarta, chica esta vez, que estaba a punto de decirlo en voz alta. De campos de fútbol estamos colmados, de instalaciones para hacer el gilipollas también. De bares, yo ya, borracho. Lo que faltan son bibliotecas y es un buen momento, dicen, porque eppur si muove. Los libros electrónicos se beben con pajita frente a los de papel, en cubas. Y así, sobrepasado el año 1000 digital, la esperanza es otra, qué quieres que te diga. Haced más bibliotecas y dejad el expurgo para los videojuegos.

Ningún lunes visitas la biblioteca, y menos, al tuntún. Te traes a casa La España negra II, de Gutiérrez-Solana, Escuadra hacia la muerte. Mordaza, de Alfonso Sastre y Una odisea, de Daniel Mendelsohn. Este último te lo llevas porque leíste dos tuits donde agradecían a Alberto Olmos la recomendación. Por lo visto habla del libro en un artículo que todavía no he leído. Y no lo he leído porque ya saben lo cachondo que se pone el ordenador en agosto; y el móvil está en un cajón, apagado, y sin batería. Lo saco y lo enciendo para mandar tres wasaps, escribir dos tuits y pintarle un like a algún libro en bikini. Iba a escribir que también lo enciendo para decirle a mi mujer que la espero en el chiringuito de la playa, pero hasta mitad de mes está sin batería.

Tropo 78: Miércoles bufo

Hay libros que no encuentras en las librerías, ni en Amazon ni en Iberlibro. Hay libros que solo puedes encontrarlos en los depósitos de las bibliotecas públicas, y con signaturas como DP-44088.

Descubres, a tu edad, quiénes eran las gorgonas. Últimamente tienes la boca llena de gorgonas, y echas espuma en Twitter sobre ello. Lo que te ofrece Wikipedia resulta deslavazado, en ocasiones prosaico y zonzo. Y conforme pasan las consultas, más; es como si tuvieras que comer todos los días lentejas, por mucho hierro que contengan, te aburren. Las gorgonas eran unos monstruos femeninos y ayer las “metonimicé” como coños: algunas feministas, bonita.

El miércoles también apunté en el cuaderno que tenía que buscar información sobre la feria de San Ovidio que se celebró en París en 1771. Pero claro, si ahora tuvieras que buscar esto sin Internet, dime tú a mí. Apuntas estas búsquedas porque Buero Vallejo tiene una obra titulada así, El Concierto de San Ovidio, que es, dicen en un libro, “una de sus mejores obras junto a Las Meninas y El tragaluz, que escenifica algo que realmente ocurrió en la Feria de San Ovidio de París en 1771: la actuación de una orquestina bufa de ciegos, episodio que llevó al pedagogo Valentín Haüy a consagrarse a la educación de los invidentes”. Así funcionaban nuestros dramaturgos. El pretérito imperfecto que he utilizado lo dice todo, pero yo no digo nada. De Alfonso Sastre, si lo quieres entender, como en los cielos mandan, tienes que llevar repasados a sus representaciones los mitos de Saturno, Cronos y la vida de Abraham. Ten entran ganas de leer lo de Ovidio de Buero.

Otros apuntes de miércoles, bloguero de tanto al mes. Una máquina para difundir libros buenos, una máquina inventada por los americanos -por quién si no- que se llame Ailebab Machine, por ejemplo. El miércoles lo cierras con una reflexión: qué lástima que Julio Verne no dejase escrita ninguna novela que ilustrase el funcionamiento de esa máquina para difundir libros buenos. Pero para qué, si “hace unos días me dijo que estaba a punto de terminar una titulada La memoria del olvido, le pregunté de qué trataba y respondió: de nada, la literatura nunca trata de nada, es un vacío, así que pienso que la literatura es como la vida, como mis recuerdos que son nada, ni siquiera humildes o miserables, nada”. Son las ventajas de abrir al azar el cuaderno de abril de 2019 y encontrarte una cita de La soledad de las vocales de José María Pérez Álvarez para cerrar el tropo. Mañana jueves, aquí.