Irene y el aire, de Alberto Olmos

“Todo consiste en gestar y después dar a luz.”

La cita la entresaqué de Cartas a un joven poeta, de Rilke, y decidí enseguida que sería el primer enunciado que leerían los lectores de este impromptu que escribo para registrar una lectura, la de Irene y el aire, de Alberto Olmos.

En esta ocasión también deseaba acercarme al texto desde el “hay que escribir lo que se ve y no lo que se sabe”, mencionado el otro día por un profesor en su canal de Youtube. Hay que escribirlo ya, ahora: lo que he visto en este libro de Olmos ha sido literatura. Y les cuento.

Les cuento, sobre todo, porque algunos escritores andan a la gresca: “Tú no haces literatura, sino autoficción” y así, entretenidos están en certificar quién escribe desde la realidad del escritor y quién desde la imaginación. Este afán por juzgar la escritura del otro es, en realidad, un afán aburrido. Pero ahí andan, les advierto, ahí están tirándose los tinteros a la cabeza con alta intolerancia al quehacer del prójimo, aburriéndose mientras dilucidan qué es ficción, qué autoficción o qué, en definitiva, literatura.

Irene y el aire es literatura y mi argumento es una cifra.

En 2016 nacieron en España más de cuatrocientos mil bebés. La cifra, en número, intimida más: 410 576 bebés. Pues bien, después de leer Irene y el aire les confieso que en 2016 solo nació Irene. Y aquí es donde reside la magia de la literatura porque una de las pócimas para producirla es el extrañamiento, o la singularización de un nacimiento entre cuatrocientos mil. Esa capacidad la otorga la literatura. Irene y el aire es literatura.

Cuando empiezas a leer compruebas muy pronto aquello del “multiplicaré los dolores de tus embarazos; con dolor darás a luz tus hijos; hacia tu marido tu instinto te empujará”. Es verdad que el último enunciado discrimina a la mujer, pero si leen bien la Biblia, la Biblia considera esta discriminación como un mal fruto del pecado. Ahora no nos vamos a poner teológicos, pero había que precisar.

El comienzo del libro nos recuerda el principio de los tiempos, donde ya en los versículos del Génesis 3,16 aparecen el dolor y la muerte, como sucederá en las primeras reflexiones del padre primerizo. Pensamientos en torno al significado del embarazo, en este caso de la novia del narrador. Unas ideas que, como destellos, inundarán las primeras páginas con sinónimas expresiones del embarazo: “el futuro se cincela sin pausa en los talleres de la carne, lento, expansivo”; “dentro del vientre grávido va la vida, y eso es todo, en realidad”; “un cuerpo copiándose a sí mismo”; “la maternidad como responsabilidad meramente ambulatoria, de mensajero, de transportista, pero una transportista que se fabrica su propio envío”; “como si trajéramos a la fiesta otra fiesta”. Y así.

El embarazo pasa enseguida a ser compensado porque se produjo, en aquel acto de…, con placer. Por ese motivo se despliegan entre los “holas y jajás” de los encuentros con amigos y conocidos, los juicios raseros como “de modo que alguien se le ha corrido dentro” o “esa ha follado sin condón”. La caricatura que Olmos hace está muy bien rotulada. Las causas del embarazo se agolpan en la imaginación de los demás de manera original. El autor, con estos esbozos imaginativos, empieza a perfilar la frontera entre el universo recién creado entre su pareja, él y el bebé y el resto de los protagonistas, que enseguida se transforman en estrellas sin luz, es decir, en simples planetas pequeños y sin capacidad de rotación y traslación.

Mes a mes casi. Así relata Alberto Olmos el aumento de la barriga de Eugenia. Una narración que se abre paso entre los prejuicios del mundo que les rodea. Pero, de repente, planta un STOP: “¿No habrá alguna responsabilidad en los padres de izquierdas sobre el hecho de que tantos se sus hijos acaben viviendo en la precariedad?  Y prosigue hasta la gran relevación: “No tener un hijo es el único fracaso definitivo”. Contrapesa la genial sentencia con una más rotunda: “La paternidad siempre implica que alguien tiene que morir”. Aquí alcanza un hito, esa reflexión en torno a la muerte que trae y llega con la vida vapulea, porque “uno nunca sabe si conseguirá llegar a la muerte antes que su hijo”. En este momento cierras el libro, profieres un bisbiseo con letra (“hijoputa”) y miras el horizonte de la habitación de tu hijo, que es donde estás leyendo, recostado en la cama. Y tragas porque el libro se hace crudo ante la incertidumbre que siembra la frase.

Se cierra el capítulo 7 y se podría resumir con él toda la primera parte. Ese, en concreto, lo he releído varias veces. Es síntesis magistral, es corriente subterránea que retroalimenta, es, en definitiva, el corazón de la novela. Porque nacer es vencer, en un primer asalto, a la muerte. De eso no hay duda. Y tocar el aire tiene que ser el deber primero de cualquier bebé. Y no ahorcarse con un cordón dentro del cuerpo de la madre, ni asfixiarse, porque “nacer muerto es un agujero que el lenguaje abre en la biología, un contrasentido que la palabra revela a la naturaleza (…) Nacer muerto, sin embargo, no tiene gracia alguna, no son palabras fugitivas ni literarias: es la exactitud clínica del lenguaje”. Así que, como si de una bofetada se tratara, se te recuerda, querido lector, que nuestra vida nunca alcanzará la grandeza de nuestro nacimiento. Y esto se anota.  

La segunda parte se lee en barrena, cayendo desde todos los sitios. Sobreviene el parto. Deslumbrantes, de nuevo y otra vez, desde mi punto de vista, las anotaciones recogidas en el cuaderno del narrador; resultan originales y geniales. Y entre esas notas y lo que el narrador cuenta, surge un juego narrativo que otra vez, vuelve a deslumbrar. Una segunda parte que parece un bólido surcando los cielos, un grito estridente ante lo que está sucediendo: un parto empezaba a tragarse el universo. Un embarazo pintado con palabras, un nacimiento subrayado entre cuatrocientos mil, un bebé que acaba desparramado como el barro sobre los pechos de su madre. Lee Irene y el aire, y comprueba de qué va la vida, la de la gente.

Ficha editorial: Irene y el aire, de Alberto Olmos.
Irene y el aire, de Alberto Olmos (Seix Barral, 2020) (Enlace afiliado)

Tropo 338: Némesis 17

Némesis 17. Seguimos en Jaén, pero con 661 contagiados y 26 fallecidos.

Nunca he escrito un diario. Un diario como los diarios de los que habla Andrés Trapiello. Descubrí el artículo en un tuit de Olmos. Si hoy no hubiese abierto Twitter no hubiese leído el tuit de Olmos y no hubiese leído el artículo de Trapiello. Lo que mejora tu día tener Twitter para abrirlo dos veces, una por mañana y otra por la tarde, y en la segunda, ¡bingo! No, no hubiese leído el texto de Trapiello porque no suelo leer La Vanguardia.

Después de leerlo me he reconocido en una cita, a pesar de que yo no escribo un diario sino una serie de entradas llamadas “Tropo n”. La cita tenía sabor. He descubierto en ella la realidad de esta rápida escritura que me acontece todos los días a partir de las tres de la tarde; unos días a las tres, otros a las seis y media, pero casi siempre a las diez de la noche. La cita:

En la mayoría de los casos esa rutina que se han impuesto y que en cierto modo les esclaviza, es la única que les permite ser enteramente libres en algún momento de la jornada

Andrés Trapiello en “Todos somos viernes”. La Vanguardia 31.03.2020

Sentirte libre mientras escribes. Eso es. Mientras la leía me preguntaba cómo habría escrito Trapiello ese artículo, si con pluma y papel o con el teclado. Apostaría una mascarilla a que lo ha tirado manuscrito. Conociendo sus cuadernos, no me extrañaría que lo hubiese hecho así. En qué cosas se entretiene la imaginación mientras leo citas de Trapiello.

Les he pedido a mis alumnos que lleven un diario del confinamiento. Algunos siguen, otros lo han abandonado. Me conformo con que un par de ellos sientan la libertad que supone ese momento de escritura. Si no es así, no habrá valido la pena el diario.

Me determino a escribir desde mañana y aquí, como si fuese un diario, un diario. Espero fraguar en el cuaderno nuevo que comienzo mañana algo. Es el motivo por el que la última página del cuaderno de diciembre, enero, febrero y marzo acaba con esta cita:

Incluso sin tener nada que contar. Azorín dice de El licenciado Vidriera : “Si nuestro Tomás hubiera consignado en un libro los sucesos que le habían acaecido durante la vida, este libro debería titularse Diario… de nada. De nada, y, sin embargo, de tanto”. Este diario de nada es tal vez el más difícil de los diarios, pero no es hora de preceptivas literarias.

Andrés Trapiello, antes citado

Tropo 316: Hórrida sordidez

Así nació por ejemplo, La Tribuna. Emilia veía pasar a menudo por las calles de La Coruña a las obreras de la fábrica de tabacos, hasta que un día acabó preguntándose: “¿Habrá alguna novela bajo esos trajes de percal y esos raídos mantones?” Y para comprobarlo, antes de ponerse a escribir, siguiendo los dictados de Zola y del naturalismo, la Condesa acudió a la fábrica durante dos meses, mañana y tarde, y allí, “oyendo conversaciones, delineando tipos, cazando al vuelo opiniones y modos de sentir…”, logró reunir el material necesario y pudo más tarde describir en toda su inhumana realidad el ambiente de la fábrica, sobre todo el de su “infierno”, los talleres de desecado, que nos muestra sin remilgos en toda su hórrida sordidez; pero, en cambio, cuando llega el momento culminante del parto de Amparo, cuando ya no se trata de describir injustas realidades, sino simples funciones fisiológicas, las cosas cambian.

José Hesse en el prólogo a Insolación, de Emilia Pardo Bazán, Taurus, 1970

Hoy es 8M. He abierto una cerveza El Alcázar por mi mujer y mi hija. Y por mi madre y mis tres hermanas. Por mis numerosas sobrinas. Por mi cuñadas y suegra. Por todas ellas, claro que sí. Pero también por ti, guapa. Por eso y más he brindado, pero sobre todo por un artículo de Leyre Iglesias en El Mundo, que medio he fusilado en mi estado de WhatsApp -perdona, Leyre-: Hoy no iré al 8 de marzo. Pido perdón al poder (por este tipo de artículos pago 8 € al mes al El Mundo, amigos).

También hoy, porque las mañanas del domingo son elásticas y bonitas, he paseado y he descubierto mientras paseaba un pódcast de El Confidencial que recomiendo seguir, donde Alberto Olmos y Esteban Hernández analizan algo que me interesa muchísimo. ¿Por qué el feminismo excluye? ¿Por qué este feminismo es nazi? Lo tienes aquí, por si sales a pasear. Ve con Dios.

Fuera parte, como dice C, menos mal que hay leonas que saben rugir, intelectualmente, digo. La semana ha sido grata. Me he sentido cómodo y casi sin remilgos cuando he divulgado este vídeo a cuantas personas se han tropezado conmigo. Tranquila, no te asustes, es una mujer como tú, pero piensa diferente. Como sé que puedes soportar el tropo, te lo vinculo.

Por hoy, basta. Lean Insolación, de Emilia Pardo Bazán. En España hacen falta más mujeres como ella y menos chicas pensando todas siempre lo mismo. Emilia llegaba a casa sola, y decidía cómo hacerlo. Porque sobre todo, era culta, culta y culta, para que te enteres.

Ante tanta petición. La imagen podéis verla aquí. La descubrí en el laboratorio de Arqueología de la Universidad de Jaén. Disfrutad: http://www2.pastwomen.net/ciclos/embarazo-parto-y-crianza

Tropo 52: Tu obsesión

Por eso viajar es bueno, incluso realizar búsquedas que desvelan la mediatización del asunto; llámalo obsesión: el feminismo.

Hoy, después de leer el hachazo dialéctico, bueno, la bofetada verbal, va, el zasca (palabra que aún no recoge el DLE) de Alberto Olmos a las cansinas del feminismo editorial, y digo cansinas cuando debiera escribir cansinos –fíjate en las respuestas a su tuit anunciando el artículo-, he pensado en el bien que me hacen sus argumentos y cuánto me recrean. Me lo paso pipa leyéndole. En esa serie de artículos, los que está escribiendo en “Mala Fama“, Alberto Olmos desmantela con mucho gracejo, saladamente, con una donosidad que me encanta, las mentiras que la corrección política (editorial), el saber estar (editorial), el no sacar los pies del plato (editorial), y el postureo nos quiere hacer creer: que si no hay paridad editorial, que si todo es machismo en la industria editorial, que si los premios literarios siempre los ganan los hombres, que si mi vulva no es menos que tu pene, que mi poetube besa la luna por detrás y así, asnería tras asnería. Yo digo chuminadas.

Pero todo, en realidad, es una obsesión. He hecho dos rápidas consultas en Enclave RAE para averiguar cuáles son las palabras más buscadas en España desde que comenzó el año hasta hoy. ¿Sorpresa? Sí, estáis obsesionados. Mirad (la palabra “diccionario” es la que se ofrece por defecto cuando vas a buscar en la aplicación, de ahí que esté donde esté; ni caso):

Palabras más consultadas en España desde el 1 de enero de 2019 hasta hoy

Pero no me he quedado ahí. Después he consultado si la obsesión era solo mía o de más países, y fíjate, me sugieren que titule así el tropo de hoy: “Tu obsesión”. Y claro, cómo no iba a salpicar al sector editorial.

En España estamos obsesionados con la palabra “feminismo”

*Demás tropos*

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Tropo 13: Ricardo F. Colmenero y nos

Llegué a él sin querer, como sucede siempre. Llegué a él, y la ciencia puede demostrarlo, por Alberto Olmos. Alberto Olmos, el Raudo, despierta en ocasiones mis ganas para leer a chicas primero, y a chicos después; sacando factor común: gente interesante que, además de escribir, saben escribir. Ahora recuerdo, por ejemplo, cómo leí Purga de Sofi Oksanen por su culpa o cómo he empezado a inyectarme en vena a Ricardo F. Colmenero; no sé si fue por un tuit o por qué fue, o quizás fue algo perfunctorio y dejamos de ser pedantes a la de ya. A lo que voy, o al “es decir”, Alberto Olmos es mi mentor y nada me falta.

A Colmenero llevo leyéndole poco, ni una semana, pero en el examen final de los segundos de bachillerato que adiestro, en la opción A, que es la que contiene el texto periodístico, irá él con chaqueta y corbata. E irá porque sus columnas son las ideales para lo que persigo: claras, literarias, puliditas, brillantes, de medidas 90-60-90 y desternillantes. Columnas que pegan a un alumno a la silla durante hora y media y que al aviso de “señores, cinco minutos”, te contestan: ¿me deja leerlo otra vez, por favor?

Y es que son amenas, divertidas y como voy a repetir una vez más, desternillantes. ¿Escucharon la carcajada que solté cuando leí “Lapidando a la abuela”?:

Se había pasado treinta años pidiéndome que tirara sus cenizas al mar, y aquel agosto me traje unas pocas a Ibiza en un joyero de madera que mi madre selló con cinta aislante porque no tenía cierre. Mientras lo hacía, le di la lata con mi temor a que se abriera en la maleta y la abuela se esparciera por toda la ropa, así es que agotó el rollo.

Del artículo “Lapidando a la abuela” de Ricardo F. Colmenero. En Literatura infiel, Círculo de Tiza, 2019

El fragmento, querido lector, está extraído del libro que compré ayer en la librería después de leer tres artículos seguidos sin mirar la pantalla del móvil. No, fueron cuatro. Leí “La comunidad”, que creo que fue el que ganó el Premio de Periodismo Julio Camba, y tres más al azar. No lo solté ya. Había un solo ejemplar y la librería estaba concurrida. Suele ocurrir los sábados. Pasé por caja, recorrí setenta y tres pasos, abrí el portal, lo puse en el atril junto a Bernhard y le eché la fotografía que encabeza este artículo (ya no los llamo posts, que me da grima). Lo estoy post-iteando.

Son cuadros. Los artículos son cuadros de verdad. Y recuadros, la verdad, donde su yo (poético, iba a escribir) juega con la realidad que apunta, enfoca, nos descubre. ¡Qué encuadres! Ese “nos” también es muy importante. Sin ese “nos” no habría ningún juego. A ese “nos” se lo da todo en biberón, como a su Iago. Escribe jugando y sabiendo que estamos ahí, detrás, leyéndole. No, nada de monólogo ni soliloquio. Tampoco apartes, qué dices. Lo que es, es un jugón Ricardo Efe con las anécdotas, es un jugón del yo y del nos. Y a mí, y seguro que a ti cuando lo leas, este juego me fascina. Enhorabuena.

Apuramos. Me gusta cómo derrocha la tinta sobre el papel. Así que, me voy callando ya. La razón de este tropo es, uno, agradecer a Alberto el descubrimiento y dos, mostrar reverencia a la escritura de Ricardo. Qué envidia, pardiez. Qué envidia pintar así. Pero yo no me voy a quedar quieto, yo me voy a fijar cómo lo hace y por lo menos, como nos contó Gaddis en Los Reconocimientos, voy a intentar falsificar algo de vez en cuando. Sin permiso.

Muchas gracias a los dos, artistas.

*Demás tropos*

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Tropo 7: Escribir todos los días

“Puedes utilizar las palabras para manipular el mundo y hacer que te proporcione lo que quieras”. J. B. P.

Me resulta asombroso comprobar cómo, después de seis piezas como esta, me sorprenda en algún momento del día elucubrando sobre el “de qué voy a escribir”, el “cómo lo voy a enfocar” o pensando simplemente en el “qué duro se puede hacer esto de escribir todos los días”. En ocasiones, y no quiero mentir a nadie, pienso en la mierda que va a salir, pero llegar a esa conclusión no me corresponde a mí. Por eso lo que hago es escribir y vaciarlo aquí.

Sí, esto nació como un reto personal. Quería, por decirlo de una manera coloquial, sufrir en mis carnes el trabajo que desarrolla un escritor, sin ser, evidentemente, un escritor. Escritor es un término similar a “cosa”, “poco”, “mucho”, entra lo que tú quieres que entre y así, por ejemplo, un escritor puede ser un escritor de relatos, un articulista o un tipo que, como Pynchon, se dedicaba a redactar o revisar manuales de instrucciones de aviones. Hay escritores, por ejemplo, que una vez han adquirido el estatus de escritor, porque han publicado una novela, han escrito tres artículos y han abandonado su blog, se dedican en cuerpo, tinta y alma a escribir solo tuits. Son los que más pena me dan.

Pero no me quiero desviar del tema, y no me quiero desviar porque lo primero que hago al empezar a escribir estos textos es colocar el temporizador del reloj o del móvil en 30 minutos. Sí, quizás haga trampa y haya días que amplíe a 40′, o porque tenga abierto el cuaderno con dos o tres ideas que me sobrevinieron mientras colocaba los platos en el lavavajillas, tendía la ropa en el patio o tomaba un café en la Colombiana de la Carrera, pero no puedo ni quiero destinar más tiempo a este ejercicio y para abreviar recurro a las notas y apuntes que suelo tomar durante el día en el Bullet Journal o cuaderno de toda la vida. Hoy iba a hablar -tenía apuntado- sobre una editora que hay en Twitter que se cree madre superiora Moral, pero será otro día. Dice que solo los filólogos pueden hacer crítica literaria. Me mondo. Sé que va a seguir regalándome más perlas tuiteras y yo ya, me he acostumbrado a decir la verdad porque cuando no sé qué hacer cuando no sé qué hacer lo resuelvo así, diciendo la verdad, o mi verdad, al menos. Otro día, insisto.

Lo de Pynchon, ahora que lo pienso, no sé si es del todo verdad. Lo buscaré para certificar su veracidad. Pero visto desde esa perspectiva, si bien puede ser falso, sí podría ser verosímil. Era fácil que lo fuese. Si no existiera la verosimilitud no existiría la ficción.

En definitiva, la idea era escribir todos los días y publicar el resultado aquí, en el blog, como si de un entrenamiento se tratara, incluso de una experiencia mística. Podría escribir todos los días y no publicarlo, pero entonces, lo reconozco, no escribiría. Solo me plantearía hacerlo así si empezara una novela, o algo por el estilo, pero ¿cómo podría alcanzar ese objetivo si no soy capaz de escribir todos los días primero? Lo esencial era bregar, asentar una rutina. Sin rutinas no hay camino hacia nada. Porque quiero escribir más, he empezado así. Quería experimentar la dificultad que supone escribir todos los días un texto medio coherente, con algún tropito. Por ahora, no voy a mentir, no estoy nada descontento. Hay tropos que se están leyendo más de lo que pensaba y doy este dato porque están consiguiendo un número de visitas elevadísimo. Me sorprende. Desconozco los porqués aunque supongo que se están compartiendo por ahí, pero no tengo Facebook porque, como les dije el otro día a mis alumnos, Facebook me da asco. Y es verdad, Facebook me da asco.

Si lo consigo, me reconoceré como la tercera persona que escriba todos los días en su blog. El “todos los días” es la piedra angular, os recuerdo. Así, por ejemplo, Alberto Olmos lleva escribiendo todos los días desde el 1 de octubre de 2013 y el Padre Fortea hace lo mismo desde noviembre de 2006. Los leo con cierta regularidad y el contenido de sus textos me entretiene muchísimo, incluso a veces, me fascina. Tan distintos, pero con un atractivo común, el del sine die, el “sin fallar ni un solo día”. Y eso, atrae. ¡Aplaudid! ¡Enhorabuena!

*Demás tropos*

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20181121 Coto vedado

Mientras se dan premios pomposos por doquier, merece la pena seguir leyendo en busca de los auténticos escritores, como Rachel Cusk, cuya novela Prestigio es un hito de la autoficción.

Así empieza Alberto Olmos su artículo de hoy “Por qué todos los premios literarios son ridículos’.

Sigo a Alberto Olmos desde hace muchísimo tiempo, desde la época en que tuve mi primera BlackBerry, una Pearl. E indico este dato porque recuerdo que me iba a un bar a tomar el primer café de la mañana antes de trabajar. Allí me apostaba en la barra y Google Reader en la Blackberry ofrecía lo demás. Alberto publicaba en este tiempo una serie de entradas en Hikikomori, su blog. La serie de los ceros y los unos, una colección de entradas encantadoras y muy bien escritas que versaban sobre mil asuntos, desde las canciones que escuchaba en su iPod hasta no sé, menudencias del día a día. Recuerdo una entrada divertidísima donde escribía sobre una bufanda ¿roja? que le habían regalado por su cumpleaños. Vaya pieza tan entrañable. ¡Cuánta risa!

Hoy quería escribir la entrada para fijar la referencia que da Alberto en su artículo: Prestigio, de Rachel Cusk (Libros del Asteroide, 2017). Y sí, también ha quedado registrado en mi Bullet Journal

*Nota: La BlackBerry Pearl se lanzó en 2006. Como la esperaba me hice muy pronto con ella. Es decir, puedo asegurar que descubrí a Alberto Olmos hace doce años. Ni el carbono 14 fecharía tan bien una descubrimiento digital.

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