Ofrece un hermoso bollo al individuo sospechoso

El Sr. Oliver Wendell Holmes, en su fascinante libro, El Profesor de la Mesa de Desayuno nos da la siguiente regla para saber cuándo un humano es viejo y cuando joven: «El experimento crucial es este: ofrece un hermoso bollo al individuo sospechoso exactamente diez minutos después de cenar. Si lo acepta y devora con facilidad, queda demostrado el hecho de que es joven». Wendell nos cuenta que un ser humano, «si es joven, comerá lo que sea, a cualquier hora del día o de la noche». Para determinar la salubridad del apetito mental de un animal humano, pon en sus manos un tratado —mínimamente bien escrito— sobre algún tema popular —un bollo mental. Si lo lee con entusiasta interés y toda atención y si, tras la lectura el lector puede responder preguntas sobre el tema, la mente está a pleno rendimiento. Si lo deja educadamente, o quizá lo manosea algunos minutos y entonces dice: «¡No puedo leer este estúpido libro! ¿Me puedes alcanzar el segundo volumen de el Misterioso Asesinato? Puedes estar perfectamente seguro de que algo va mal en su digestión mental.

Lewis Carroll en Alimentar la mente, Gadir, 2009

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El protagonista muere, de Fernando Fedriani

Si se borran los nombres propios, se borran los errores y las conductas impropias. Si se borran los nombres, la raza humana se dará la mano y dejará de pelear.

De la escena XVI de El protagonista muere, de Fernando Fedriani.

El protagonista muere, de Fernando Fedriani, fue la obra ganadora del II Certamen Simprota de Teatro Joven de 2013, premio concedido por el Ayuntamiento de Medina Sidonia que fue editado en el año 2017 por Ediciones Antígona. Bien hecho. 

Cuando leo teatro pienso más. Sí, sí, sé que las obras de teatro se escriben para ser representadas pero me formulo preguntas estúpidas. ¿Dónde? ¿Dónde deben ser representadas las obras de teatro? ¿En un escenario? ¿En tu imaginación dentro de tu seso? ¿Por qué un parlamento puede tener más fuerza cuando es leído en la soledad más absoluta de tu habitación que cuando lo escuchas interpretado por los actores mientras tú estás sentado junto a ella en el patio de butacas? Ya, ya lo sé. Mi propuesta hundiría las salas de teatro y no es mi intención. Pero no lo dudo: los textos dramáticos me hacen reflexionar más, en la soledad del conmigo mismo, del solo y sin sombra, en una habitación. 

Pero hoy, además, esta obrita de apenas cincuenta páginas, me fideliza como lector del recién descubierto Fernando Fedriani. Se le ven todos los talentos para la escritura de textos dramáticos. ¡Y solo he leído El protagonista muere! Compruebo que tiene más y representados por la compañía de teatro «Los Pollitos». Tomo nota. 

El protagonista muere es una parodia, una lucha de yos (el yo de red social y el yo que tú y yo conocemos). Cuando se encuentran esos yos deciden revelarnos la tensión entre la vida hacia fuera y la del silencio, o la de dentro. Una parodia que ridiculiza las relaciones atolondradas que surgen en las redes sociales, las relaciones superficiales que se guarecen en el barullo de la exterioridad. El protagonista muere es una señal de socorro que le insinúa al lector: ¡Vete a ti! ¡Vete a ti! ¡Recupérate! Busca la voz verdadera, encógete en el regazo de Ana, la vivaz y atractiva, porque ella te escucha, ella no contabiliza los corazoncitos de ritual. Ella es silencio, si te fijas. 

A mí me ha tronado El protagonista muere. Muy dentro. Me ha hecho reflexionar y ahora solo quiero verla representada, porque la he leído, la he pensado y la he asimilado. Es una obra auténtica e inteligente. Me atrae la literatura inteligente. 

Como me he propuesto algo cortito, algo que no supere las quinientas palabras, acabo. Y acabo con un subrayado. El simbolismo que despliega la obra apabulla. Y las metáforas, los paralelismos y guiños al lector (figura literaria de nuevo cuño). Todo es arte para denunciar esa banalización de nuestras vidas como creyentes y practicantes de esa nueva religión monoAppeística: la movillización, de móvil y de incivilización.

Animo a que se hagan con la obra. Si solo tienes que leer lo que necesitas, reconozco que necesitaba leerla. Léanla,  piénsenla, encuentren la voz y el parlamento que les retrata. Quizá olviden el móvil en la butaca. Recojan el colofón de El protagonista muere en sus vidas, por favor.

 

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Leer no sirve para nada (en imágenes)

Los intelectuales son especialistas en algo caduco, dominadores de cuestiones que a nadie interesan. Los bibliotecarios son celadores de un depósito de cadáveres, que pagan su frustración matando polillas. Las polillas son las únicas que se enteran de algo, pues se nutren de los libros y los convierten en movimiento. La cultura es un medio y no un fin: ¡por eso ellas son las únicas lectoras coherentes! Los libros no son objetos decorativos ni de diseño. La gente debería regalarlos tras haberlos leído. Las estanterías repletas de libros son tan útiles como las huchas vacías.

Fernando Fedriani en Narciso, finalista del «Premio Andalucía de Novela» (¡Inédita!).

Tesis: Leer no sirve para nada si lo que lees no te cambia.

Es una de las sugerentes conclusiones a las que llegas después de vaciar tu biblioteca, limpiar cada libro, expurgar alguna mierda y disponerlos de nuevo por orden alfabético de autor.

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Los libros proceden de los libros

Esto hubiese ido de Faulkner si no hubiesen ganado Roth, Camus y Defoe. Es una entrada informativa, una nota-descubrimiento o nota-revelación, como ustedes prefieran, donde se refuta uno de mis lemas favoritos: «Los libros proceden de los libros».

El martes visité la biblioteca pública y en la vitrina de novedades estaban expuestos los dos volúmenes de Las manos de los maestros. Ensayos selectos, de Coetzee (por cierto, me gusta mucho las portadas que ha diseñado Javier Jaén). Me llevé uno, por probar, por saltarme la lista de lectura que configuro cada dos meses y que es la lista más inútil que hago al mes. No me sirve para nada. Comencé a leerlo nada más llegar a casa y ya terminado recomendaría los artículos de los hotentotes, «La ociosidad en Sudáfrica», el titulado «William Faulkner y sus biógrafos» y este que traigo hoy, el décimo, que se titula «Philip Roth y su crónica de la plaga», donde Coetzee analiza, comparando con dos obras, Némesis Elegía. Muy buenos los tres. Gozo. Bueno, también gocé con el titulado «Leer a Gerald Murnane», que ha sido todo un descubrimiento. Coetzee lector me parece superior al Coetzee escritor. No lo digan muy alto.

En las páginas 184 y siguientes Coetzee demuestra cómo Diario del año de la peste de Defoe, que conocía Albert Camus antes de escribir La peste, llega hasta Roth así:

En una entrevista de 2008, Philip Roth mencionaba que había estado releyendo La peste, de Camus. Dos años más tarde publicaba Némesis, una obra de ficción ambientada en Newark en el verano de la polio de 1944 (diecinueve mil casos en todo el país), situándose así en la tradición de escritores que habían usado el concepto de la plaga para explorar la tenacidad de los seres humanos y la durabilidad de sus instituciones bajo el ataque de una fuerza mortal, invisible e inescrutable. En este sentido —tal como comprenden Defoe, Camus y Roth—, la plaga no es más que una intensificación de la condición de la mortalidad.

Y de esta singular manera alimento mi plan de lecturas. La experiencia puede ser muy satisfactoria si leo los tres libros, uno detrás de otro, casi otra vez. Némesis no la leí, La peste creo que la he leído, sí, eso creo, y Diario de la peste…, ¡no la he leído! «Los libros proceden de los libros», refutamos.

Diario del año de la peste (1722)–>La peste (1947)–>Némesis (2010)

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Jaén, ciudad del norte

«Di siempre menos de lo necesario», me aconsejan, «haz el favor de prescindir de las explicaciones», me insisten. Di siempre menos y exprésalo con pocas palabras, solo las que necesita la ocasión; y cállate después, cállate por Dios, cállate y no metas la pata; aprende de los estoicos, del Séneca aquel y de Epicteto, su amigo. Autocontrol, necesitas autocontrol y respirar hondo, venga, ya, exprésate. Pues bien, escuchen, solo necesito cinco palabras: no me gusta el fútbol.

No me gusta el fútbol pero tengo dos hermanos árbitros, uno en primera y otro en segunda división. Tengo otro hermano que entrena a los zagalillos de un equipo de Córdoba y una hermana en la sala de máquinas del nuevo Real Jaén C.F. Mi hijo me sienta a ver partidos del Real Madrid y de la selección española y mi suegro me tiene al día del trajín que lleva y que trae el equipo de su vida. ¡Hala, Jaén! ¡Un proyecto, una ilusión! ¡Todos sumamos!

Pero a mí, y disculpen que lo repita otra vez, no me gusta el fútbol. Aun así les recomiendo uno de los mejores libros que he leído sobre fútbol, y solo he leído dos: Dios es redondo, de Juan Villoro, que es uno de los mejores cronistas de fútbol a pie de cancha. Un tipo que me atrapó con la vida secreta de los goles, sí ¡la vida secreta de los goles! Si les gusta el fútbol, se van a divertir con este libro.

Hoy quiero hablar de fútbol. Imaginen…

sigue leyendo en LACONTRADEJAÉN (15/AGO/17) 

Poseo el talento de saciarme con muy poco

Además, no tengo el menor deseo de hacer carrera. Lo que para otros es lo máximo, para mí es lo mínimo. Hacer carrera es algo que, Dios es testigo, no puedo respetar. Me gusta vivir, pero no afanarme en pos de una carrera, cosa que se considera extraordinaria. ¿Qué hay de extraordinario en ello? Espaldas prematuramente encorvadas a fuerza de estar de pie ante escritorios demasiados bajos, manos llenas de arrugas, rostros pálidos, pantalones de trabajo raídos, piernas temblorosas, vientres prominentes, estómagos estropeados, cráneos pelados, ojos cargados de encono, torvos, insípidos, descoloridos, sin brillo, frentes extenuadas y la conciencia de haber sido un perfecto idiota cumplidor de sus deberes. ¡Gracias! Prefiero seguir siendo pobre pero sano, renunciar a una casa lujosa a cambio de una habitación barata, aunque dé a la más oscura de las callejuelas, prefiero los apuros económicos al compromiso de tener que elegir dónde debo ir en verano a recomponer mi arruinada salud; cierto es que sólo soy respetado por una persona: yo mismo, pero es alguien cuyo respeto es el que más me importa; soy libre y puedo, cada vez que la necesidad lo exige, vender mi libertad por un tiempo para luego ser nuevamente libre. Vale la pena ser pobre a cambio de libertad. Tengo qué comer, porque poseo el talento de saciarme con muy poco. Me indigno cuando alguien me viene con la palabra trabajo fijo y los compromisos que ella supone. Quiero seguir siendo un ser humano. En una palabra: ¡me gusta lo peligroso, lo abisal, lo flotante y no controlable!
Robert Walser en Los hermanos Tanner

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Los alucinados, de Francisco Umbral

Hoy, después del café y del rato de estudio vespertino, durante el descanso que me tomo entre hora y hora, he terminado de releer las veinte últimas páginas de un libro que ha pasado a importarme: Los Alucinados, de Francisco Umbral.

He redescubierto nuestra literatura más básica y más clásica, la esencial, diría yo, la literatura de nuestro siglo XX hasta mediados de los ochenta. Ricas y agudas semblanzas de un par de generaciones de escritores españoles. Algunos los había estudiado durante el BUP y el COU (soy del BUP y del COU) en aquellos horribles libros de texto sin color y sin gracia: Cela, Rubén Darío, los Machado, Miguel Hernández, JRJ, Valle y de la Serna, Salinas y Alberti, Lorca y los Unamuno, Baroja y Azorín, es decir, todos los que se siguen estudiando con el mismo método, me atrevería a escribir, en los centros educativos de hoy.

Uno de mis personajes, no recuerdo ahora cuál de ellos, había pensado utilizar este libro de Umbral como libro de texto para sus clases de bachillerato en un instituto de Andalucía. Es una original manera de destaparles a estos chicos apantallados los magníficos escritores que ha dado la patria. 

El prólogo con el que se abre me parece espectacular y fíjense que yo, tiempo ha, llamaba a quien lo escribe, José Antonio Marina, “el manido”, pero reconozco que el prólogo que escribe para Los alucinados es soberbio, descriptivo, casi perfecto de largo y ancho para vestir a Umbral y su libro. Un prólogo que presenta el rico y trabajado estilo que Francisco Umbral derrocha en esta colección de artículos literarios. 

Umbral, yo qué voy a decir y escribir a estas alturas, es un artesano de la expresión y de la palabra. Es estilo. Umbral, después de leer este libro, te demuestra que no solo puede ser uno de los hombres que mejor conoce nuestra literatura y que más la ha “divulgado” sino que es uno de los escritores que mejor ha expresado las características y el estilo  de los escritores de los que habla. Así es. Así se trabaja la palabra y la literatura.  

Comienza sus semblanzas con Rubén Darío para acabar escribiendo de los Adonáis y del «férreo Gimferrer». Ha sido espectacular, créanme. Y ha sido un auténtico placer leer este catálogo de tipos que se dedicaban en cuerpo y alma a la escritura, vía prosa, vía poesía, vía teatro, con una singularidad deslumbrante.

Umbral se apoya en la anécdota personal para hacer del libro un ejemplar goloso. Sí, está salpicado con anécdotas personales que protagoniza con los «personajes» del libro.

En el recorrido descubres el buen oficio de la escritura, la consagración de vidas normales y risueñas a la página en blanco, empezando, cómo no, por el autor.

Pero si he de destacar uno de los porqués del libro, desde mi punto de vista, sería la nítida fotografía que es capaz de dibujar Umbral con el estilo de cada uno de los protagonistas. Si no sabes cómo escribe Baroja, espera, lee:

«Baroja no se gusta a sí mismo ni le gusta cómo escribe, y esto se aprecia en el descuido y la desgana de sus procedimientos literarios, desde la falta de sintaxis a la falta de organización. Lo que no se acaba de decirse nunca es que Baroja no creía en lo que estaba haciendo. Pero don Pío era ese antipático gracioso que tanto gusta a nuestro pueblo. Un complicado cruce de italiano, vasco, anarquista, burgués, artista, cientifista, pensador y mal gramático».

Y así con cada uno de los más de cincuenta escritores españoles del siglo veinte. Un libro necesario en la biblioteca de cualquier estudioso del articulismo literario y de los escritores que fraguaron nuestra literatura en el siglo pasado. 

Gracias, Umbral.

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A lo difícil se ha de llegar por lo fácil

La semana comenzó con un tuit de la Biblioteca Nacional que desembalé porque llevaba tiempo buscando una biografía breve sobre Ignacio como la que se incluye en el tuit.

Me descargué la biografía de Astrain (aquí la tenéis) y me la leí entre la tarde del lunes y la tarde del martes: dos tardes. Os la recomiendo. Son 143 páginas. Me aturdió, he de reconocerlo. Prendió la mecha. Me pregunté. Me templé.

Esa biografía me llevó a saber más, mucho más sobre los jesuitas y estuve dos días leyendo sobre ellos. Estoy de vacaciones y mi plan es sencillo: estudiar por la mañana y leer por la tarde. Después me pongo las zapatillas y me voy a pasear, a correr o a montar en bicicleta con mi familia (hay fotos). Y en los días de piscina buceo sin libro en la mano.

Hoy el texto que traigo para LA PÁGINA es de Santo Tomás de Aquino. Y se preguntarán, ¿qué pintará este santo aquí? Pues qué les voy a contar; que quede entre nosotros: siento una profunda admiración por este tipo. Ya les contaré algún día…

Antes de llegar a él he dedicado la semana a saber de jesuitas, dominicos y benedictinos. Por cierto, no se pierdan, por favor por favor, la serie que escribió el poeta ateo Antonio Lucas esta semana sobre la Abadía de Silos. Gracias a ella he apuntado en la lista de tareas “Algún día / Tal vez” enclaustrarme cuatro o cinco días allí, en su hospedería. Si después de leer la serie de Antonio Lucas no encuentran ese deseo, aunque solo sea el deseo de pasear por su claustro, no te enfades, quizás estés ya muy podrido y ciberapresado. Yo anhelo estar allí unos días.

No os distraigo más. La serie de Antonio Lucas está debajo enumerada. Regodeaos. Busquen una sombra y léanla con tranquilidad. En la tercera entrega cuenta esto. Ya me callo. A mí estas historias me dan mucho y mucho «de pensar».

El monje más joven del lugar, Luis Javier, es un sevillano de 32 años rápido como la sangre. Antes de ingresar en la orden pisó calle y discoteca. Terminó Derecho con Premio Extraordinario. En EEUU hizo un máster en Jurisprudencia Medioambiental. Regresó a casa y combinó las clases en la universidad con las tardes de picapleitos en un bufete. Ganaba buen parné. Vivía en un apartamento con vistas. Iba en línea recta a convertirse en un pollopera de éxito, creyente pero no beato, mundano, con amigos alejados de la Iglesia y una existencia color miel. Pero a los 24 años le dio por preguntarse algo fatal: “¿Y esto es todo?”. Cualquier chico de su edad firmaría por la mitad de su ajuar académico. Pero él se lanzó a dudar. Alguien le recomendó unos días en la hospedería de Silos, por templar la cosa. Y aquí, como un arponazo, le dio no sé qué golpe de cierzo y ya lo vio claro. Iba a ser monje.

Es domingo, no hay cierzo y es agosto; no estás en Jaén, peor para ti. Aquí alcanzaremos hoy los cuarenta y tantos. ¿Se pueden soportar? Sí. Pues sopórtalos y no te quejes, me diría Séneca. Releo la serie. Me gusta tanto que ha avivado algún rescoldo:

  1. Un ateo en Silos: Hacia no sabes dónde.
  2. Un ateo en Silos: Otra manera de callar.
  3. Un ateo en Silos: Una abeja de oro.
  4. Un ateo en Silos: Lo que viniste buscando.

Y el texto de esta semana para LA PÁGINA es el que es porque leyendo sobre los dominicos apareció deslumbrante. Fascinante. No todos los sacerdotes, monjes, frailes y obispos son pederastas, iluso. ¿Qué te creías? A Dios gracias. Tanto he leído sobre ellos que me he propuesto, a ese ritmo sencillo de pasatiempo, leer la Suma Teológica en latín. Sí, sí, me he puesto a estudiar latín como un lego, a refrescar lo que aprendí y enseñé a aquellos zagales de Marbella una vez. No quiero olvidarlo. Me han descubierto algunos manuales de Cambridge muy golosos. Ya tengo los dos primeros. Y en casa ya tenía a don Valentí Fiol. Maravilloso. Vacación era esto, independientemente de dónde te encuentres y dónde viajes y dónde te digan que has de hacerte el mejor selfie para que el mundo lo vea. Sé. Sé (del verbo «ser»).

El texto que Santo Tomás de Aquino escribió para mí es el siguiente:

Ya que me preguntas, carísimo hermano en Cristo, cómo debes estudiar para adquirir el tesoro de la ciencia, mi consejo es el siguiente.

No te lances de pronto al mar, sino acércate por los riachuelos, porque a lo difícil se ha de llegar por lo fácil. Te mando que seas tardo para hablar y para ir a distracciones; abraza la pureza de conciencia; date a la oración; procura permanecer en tu celda, si quieres entrar un día en el templo del saber; sé amable con todos; no te preocupes de lo que hacen los demás; no tengas demasiada familiaridad con nadie, pues la excesiva familiaridad engendra desprecio y roba tiempo al estudio; huye sobre todo de perder el tiempo; imita a los santos y a los buenos; guarda en la memoria todo lo bueno que oigas; cuando tengas alguna duda, aclárala; acumula cuantos conocimientos puedas en el arca de tu mente, como quien trata de llenar un vaso; no busques lo que sea superior a tus fuerzas.

Si sigues estos pasos producirás copiosas ramas y frutos en la viña del Señor. Cúmplelo y alcanzarás lo que deseas.

Después de leerlo me puse a leer la Suma (Aquí la tenéis entera, solo en castellano).

La Summa se escribiría con esta perfección. Intuyo (Gracias, R.):

Acabo con una recomendación de lectura. Estoy leyendo (para que el mundo lo vea lo publiqué en mi cuenta de Instagram) este libro medio biográfico medio filosófico de san Agustín, cuyas páginas me están procurando muchísima PAZ. Si pueden, léanlo. Dudo que sea superior a tus fuerzas: Agustín, de Gareth B. Matthews.

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Pasen un buen domingo. Paseen.

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Vacación y libros de compañía

«Los libros malos son un veneno intelectual que destruye el espíritu. Y porque la mayoría de las personas, en lugar de leer lo mejor que se ha producido en las diferentes épocas, se reduce a leer las últimas novedades, los escritores se reducen al círculo estrecho de las ideas en circulación, y el público se hunde cada vez más profundamente en su propio fango».

La cita con la que empiezo este artículo y mis vacaciones es de Enrique Vila-Matas. La leí hace años en Bartleby y compañía y desde entonces quedó archivada en el fichero de notas de los libros que leo. Recurro de vez en cuando a este archivo para hilar temas sobre los que escribir. Pero no solo descubrí la de Vila-Matas sino que di con otra muy buena de Francisco Umbral que justificaba la escritura de este artículo: «Cuando no se tiene nada que escribir, pero se sigue escribiendo, […] es por donde mejor se les conoce como escritores. Escritor es el que lo es más allá de sus temas. El que solo escribe cuando tiene algo que decir, es un señor que dice cosas.»

Con estas dos cartulinas sobre la mesa empecé a escribir…

sigue leyendo en LACONTRADEJAÉN (1/AGO/17)

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