Libros que ocuparon mi seso en 2020 (I)

Mientras un escritor no pase de moda no sabemos si tiene talento.
Nicolás Gómez Dávila en Escolios.

Con el tiempo he dejado de entender el sentido de las listas de libros que muchos medios publican en diciembre. En todo caso, si has leído, deberías nombrar todos los libros leídos porque para eso existen las reseñas y la crítica de libros, para que disciernas si un libro merece o no merece la pena leerlo. Y leído, lo nombres como uno de los libros del año. Por tanto, cuando has decidido leer, como ente inteligente que eres, sobreentendemos que ese libro era bueno. Para ti, claro. Si vas a emplear equis horas en la lectura de un libro, te habrás convencido antes con argumentos literarios, sobre todo, de que ese libro merecía la pena leerse. Por lo menos si te dices que sí, deberás demostrar después, o enseñar mejor, la marca que en algún sitio de tu seso e imaginación ha dejado ese libro. No hay tiempo que perder, y menos para leer libros malos porque digan lo que digan los de la quinta de la emoción, ¡sí, hay libros muy malos!

Yo, señor, por ese motivo, estos días, y debido a que he conseguido apuntar durante todos los meses de esta mierda de año, no solo los libros que he leído, sino los que han entrado en mi esfera de atención, voy a escribir desde hoy hasta que se acabe este pestoso y asqueroso año sobre los libros que he leído, usando, por qué no, el registro que usó Holden Caulfield en El guardián entre el centeno:

“Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es dónde nací, y lo asquerosa que fue mi infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y todas esas gilipolleces estilo David Copperfield, pero si quieren saber la verdad no tengo ganas de hablar de eso”.

Bueno, en inglés, como diría mi hija, suena mejor:

“If you really want to hear about it, the first thing you´ll probably want to know is where I was born, and what my lousy childhook was like, and how my parents were occupied and all before they had me, and all that David Copperfield kind of crap, but I don´t feel like going into it, if you want to know the truth.

Así que ahora, si realmente les interesa lo que voy a contarles, no se pierdan esta serie de entradas con las que me gustaría acabar el año. Escribiré sobre los libros que han sido importantes para mí en 2020, y que he leído, claro, o que he apuntado para leérmelos algún día porque los consideraba interesantes. Quizás les descubra el libro que podría cambiar su vida. Pero les voy a ser sincero, antes de nada: cualquier lista de libros que lean ahora por ahí es una mierda. ¿Cómo puede alguien elegir entre ytantosmil, diez, treinta o cincuenta “mejores libros de 2020”? ¿Son ustedes inteligentes? Escribe una lista, escribe una lista sobre los libros que te has leído, pero no me digas que son los mejores de 2020. Eso no, por Dios. Porque especificar “mejores” es enseñar el plumero, y hasta el culo: intereses creados. Como si en este país solo publicasen libros las editoriales de siempre. Pues no hay por ahí caviar ni na. Por eso les advierto: no se abrumen si no han leído los libros que han ofrecido las listas de las revistas culturales de este país, o las listas confeccionadas por los fulanos literarios o, menos aún, por las listas de los tres suplementos culturales de España. Ustedes léanlas, incluso anoten alguna referencia, pero descubran por su cuenta y riesgo cuáles son sus libros de 2020. Libros de 2020 que pueden haber sido editados en 1936 o en 2019. Y si no, fíjense en el fenómeno Chaves Nogales. ¿Este libro de qué año es? ¿Libros de 2020 son solo los libros escritos en 2020? Puertas al campo no, por favor. Lean, escriban su lista y publíquenla en algún sitio, incluso en la puerta de una iglesia. Será una lista válida. Hoy, hasta esa lista será válida.

Algunos se quejarán de eso, de que hoy todo el mundo opina sobre libros, o escribe sobre libros, pero ¿y qué? ¿No es importante distinguir que quien lo hace bien porque lee, y lee mucho y bien, lee sin la presión del pecunio o del interés de Andrés se merece nuestra atención? Si quien te recomienda un libro es un lector forjado en el calor de las horas y de las páginas de lectura, no dudaría en anotar lo que te insinúe. Independientemente de que trabaje para algún suplemento literario o no. Apunta el libro, lee alguna reseña en algún país extraño, vete a su ficha editorial, pero huye de lo main y de lo stream porque ustedes no saben el asco y la pringue que suelta lo main y lo stream. Conforma mentes que se creen de repente inteligentes y con desdén, te miran como supremacistas culturales que son. Sé un lector curioso, atiende a tus intereses literarios, sobre todo, no a los de los demás, busca la razón literaria, la res literaria y por qué no, sé clasista con los libros con los que vas a alimentar tu imaginación y sabiduría, aunque te tilden de rarito. Lee la calidad que se desprende, por ejemplo, de muchas editoriales independientes.

Y me voy ya no sin antes escribir que la mayoría de las listas que he leído ignoran a las editoriales que editan con oficio. Editoriales que continúan discriminadas por los suplementos literarios y revistas, o que las sacan de refilón. Da una pena… En esos suplementos siguen apareciendo las editoriales de siempre, las aburridísimas editoriales de siempre con los mismos autores de siempre. Por esa razón hay que invertir, en su doble sentido, esas listas y descubrir lo que hacen otras editoriales. Pero para eso necesitamos lectores que lean en esas otras editoriales, que son nuevos manantiales con un agua, si cabe, más pura y vanguardista. Si no leemos en otras editoriales, no te surgirán otros paraísos literarios. Y digo que existen. Hay que abandonar a los grandes grupos igual que hay que abandonar, dicen, a Amazon. El mismo daño hace Amazon al sector editorial –eso dicen ellos— que la constante aparición de los sellos de siempre en las revistas y suplementos de siempre. Pero nadie quiere abrir ese melón. Hay que volcarse en la labor que hacen otras editoriales. Hay que ayudar a esos otros y verdaderos editores independientes. Porque el asunto alcanza unos niveles de vómito y aburrimiento; hasta empieza a ser normal, por ejemplo, que te encuentres la reseña literaria de un libro escrito por una periodista literaria en las páginas del suplemento donde la periodista y el compañero crítico trabajan; está la que ha escrito el libro y el que le ha escrito la reseña. El colmo. El desvergonzado aparataje mamporreril.

Por eso hay que cambiar la tendencia. Todo el mundo debería escribir sobre los libros que lee y le han parecido buenos, pero sobre todo de los libros que han impreso alguna marca indeleble en tu seso y en tu imaginación. Debería ser obligatorio escribir sobre los libros que te lees, ofreciendo argumentos literarios, temáticos, de trama y ocasión, de estilo y género porque son tantos y tantos los matices que pueden ofrecer los libros que, la lectura de esa recomendación, podría arreglarte un día, incluso una vida.

Lo escrito. A partir de mañana escribiré aquí y hasta final de 2020 mis comentarios sobre los libros a los que les metí la mano y el seso. No han sido tantos, pero bueno, incluso así, he levantado faldas.

Diario inusitado de un tipo en desuso, de Jesús Tíscar

Diario inusitado de un tipo en desuso, de Jesús Tíscar Jandra. Marli Brosgen, 2020.

Jesús Tíscar (Jaén, 1970) no tiene página en Wikipedia, pero nació en Jaén y es escritor desde que se destetó. Fue salir del regazo materno y empezar a ganar premios. Atesora el XXV Premio “Felipe Trigo” de Novela, el XV Certamen Literario “Villa de Colindres”, el XXXIII Premio de Narrativa “Antonio Porras”, el VI Certamen de Literatura “Miguel Artigas” y recientemente, obtuvo el XXI Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe con La japonesa calva. Y así hasta treinta premios más, pero no tiene página en Wikipedia.

Jesús Tíscar dice que se dedicó a escribir porque “pese a los recursos que tengo, lo talentoso que soy y lo bien que me manejo, tengo el problema de la iconoclastia, se me sale sola y termino cachondeándome de lo serio, aunque me dé de comer (pavo). Cuanto más serio, más cachondeo. Y claro, a los serios que se dedican a lo serio no les gustaba y me echaban. Así que opté por este oficio tan ridículo y estupendo de escribir historias”. Así se expresaba este tipo de Jaén cuando hace un par de años lo entrevistaba para “El quinto libro” Víctor Mirete.

Y así, de esta manera, encerrado y confinado, que parece lo mismo, pero no lo es, Jesús Tíscar nos escribió Diario inusitado de un tipo en desuso. Como subtítulo eligió “Alarma por peste”, entre otros motivos, y me los invento, para alinearlo con el Diario del año de la peste de Daniel Defoe; La peste, de Camus, La peste blanca, de Čapek o el novelón de Philip Roth titulado Némesis. Hay más novelas que versan sobre la peste y que fueron escritas durante una peste, pero no las he leído y ahora no me interesan. Estamos con Tíscar.

Diario inusitado de un tipo en desuso está publicado por una editorial jovencísima: Marli Brosgen. Sevillana, y no sé si de Triana. Tiene todos los derechos reservados, pero en las páginas de cortesía te advierten, acariciándote la mejilla: “si decides compartir cualquiera de los contenidos de este libro y lo haces por ‘amor al arte’, hazlo con total libertad, mientras cites la fuente”. Qué generosos. ¿Por qué? Quizá porque el diario fue escrito durante los sesenta y ocho primeros días de la pandemia en el muro de Facebook del autor. Allí dio vida a su Jesús Tíscar super alter ego, al personaje femenino y calambur Eva Luarte, su vecina “camarada de tetas”, con la que se quería casar y que se le quedó nada más verla “mirando muy seria, en silencio, mucho rato, tan seria y tan en silencio y durante tanto rato que la angustia me puso bruscamente derecho en el recostadero romano del tío Pilaro y me atacó el tic que me ataca cuando la tirantez se cuela en cualquier situación, consistente en un subibaja de cejas y, por ende, de gafas”. Su queridísima vecina, pues. Aparece entre las páginas el Pidarra, que no es más correveidile, mendigo y pordiosero porque no entrena. Le falta ser puto. Y no sé si al final, en la imaginación del autor, acabaría así, puto y celestino. Léete el libro y lo descubres. Por último, aparece el Bobas, que es en realidad, un follamigo de esos bipolar; bipolar, seguro. Todo follamigo es bipolar, en la realidad y en la ficción. Algún día me entretendré en demostrar esta hipótesis.

Si por algún motivo escribo estas letras es, sobre todo, para dejar impreso en algún sitio, aquí en esta web y en un folio impreso que guardaré en una carpetica cuando lo decida mi yo corrector, o censor, que el estilo que derrocha Tíscar en este texto es de tanta marca personal y literaria, que no sé qué hace todavía sin entrada en Wikipedia. La potencia léxica, las ilustraciones que dibuja con las palabras son tan reales que a veces se te acerca un personaje y hasta eres capaz de olerlo; las comparaciones, los neologismos, las virgueras onomatopeyas, la retrospección y la anticipación, su jerga y la de sus personajes, la vida efervescente y picarona que destilan sus escenas, con arabismos y gitanismos en boca de merdellones y barriobajeros tíos y tías, relajados y orgullosos de ser eso, los tíos y las tías de Tíscar. La mayoría, deseando entrar en una obra de teatro –porque Jesús Tíscar también escribe teatro.

Si hay algo que Jesús Tíscar demuestra en este Diario es la lucidez de su ficción. Una lucidez que se revela en cada intervención de sus personajes, una lucidez sita entre sus pensamientos y sus acciones, entre sus deseos y sus miserias. ¡Laírgen, cuánta miseria y roña destilan! Los personajes del diario son tan reales que hacen a Pascual Duarte un trampantojo moral.

Me he divertido leyendo este diario y me he entretenido mucho con las palabras que usa. El registro sigue deslumbrando, a pesar de ser el ¿quinto, sexto libro de Tíscar que leo? Y con la historia, por supuesto, porque es otra historia singular de la miseria humana, como tantas otras y misérrimas historias diarias con las que nos topamos, por ejemplo, en las escaleras de un edificio que parece una colmena. En aquellas escaleras de Buero, en aquella colmena de Cela. La imaginación y la invención son dos gemas que explota Tíscar párrafo a párrafo sin que nos harte.

Si quieres y pretendes quebrar tu rutina como lector, lee este diario. La realidad de la cuarentena se encarnó sin melindre en este Diario inusitado de un tipo en desuso.   

Bernardo Munuera Montero (Blumm)

Vlog Soporto Tropos

202012071340 Zettelkasten

Ayer aproveché que estaba delante de la chimenea para reiniciar mi sistema de archivo. Hacía frío y necesitaba calentarme. Hacía frío y el papel ardía bien, demasiado bien, incluso el escrito con tinta verde, así que no lo dudé.

Mientras ardían los papeles, leía Zettelkasten. De hecho, transcurrí toda la tarde sentado frente a la chimenea leyendo ese blog, y arrojando papeles antiguos al fuego. Serían las ocho y media cuando lo decidí: debía reiniciar mi sistema de archivo. Di por invalidado todo el material que durante años había estado recopilando, transcribiendo y que ahora solo permanecía almacenado a la espera de arder; tanto papel almacenado, tantos bits ocupados seguían ahí, en un fichero de la biblioteca, porque no sabía muy bien para qué iba a utilizarlos. Quizá logre recuperar alguna pieza, pero dependerá de si logro coserla al nuevo sistema mediante zettels. Todo no ardió ayer, claro. Trataría de recuperar esa pieza de conocimiento para vincularla a una nueva elaborada a partir de mis palabras y no contentarme con las palabras dichas y escritas por otros. Transformar la cita, el texto, en algo propio. Ese será ahora un principio básico de mi nuevo sistema.

El motor de mi antiguo sistema de archivo era un huero afán por archivar y contener en papel y en tinta pensamientos, palabras y textos de otros, a ser posible bonitos e impactantes. Pero sin modificar. Sin tratar. Sin traducción a mis esquemas mentales. Textos que, al no estar digeridos por mi seso ni por mi vida, se quedaban en eso, en meras transcripciones copiadas y finalmente acumuladas. ¿Para qué sirve eso? Para nada. Si no sirven para construir conocimiento, solo sirven para gastar tinta y ocupar un espacio. Zettelkasten me ha abierto el seso. Había vivido durante todos estos años en la falacia del coleccionista: coleccionaba citas, tarjetas índice llenas de notas y pensamientos sin cocinar, papeles por todos lados en soporte físico y en digital.

Hoy quería reflejar este hito, o este mojón y poste, con esta entrada, que me servirá para indicar la dirección de mis caminos hacia un nuevo territorio del conocimiento y que iré ilustrando por aquí. Nunc Coepi! Hoy recomienzo un nuevo sistema de archivo personal y de estudio que estará basado en los principios del Zettelkasten, sistema original ideado por Luhmann.

¿Qué es un zettel? Un zettel es una pieza de conocimiento, argumento o concepto que, elaborado, traduce a tu entendimiento lo que ha escrito sobre un tema otro individuo. Es una pieza de conocimiento escrita con tus propias palabras. Escribir con tus propias palabras es, quizás, lo más importante. Es una garantía para que puedas incorporar esa pieza a tu bagaje académico, profesional, mental y por qué no vital.

De hecho, a partir de hoy, las entradas de este blog manarán de este sistema de archivo, que queda inaugurado.

Todo continuará, claro… Suscríbete para no perderte nada:

Actualización 202012082102: “Zettelkasten–Cómo un erudito alemán fue tan increíblemente productivo“, de David B. Clear.

Carta a Eva Luarte, la Calambura

Me pillas leyendo Diario inusitado de un tipo en desuso, de Jesús Tíscar. No he pasado del prólogo. Soy incapaz de seguir avanzando sin sacar la máquina y escribir unas letras para decir justamente eso, que no he sido capaz de seguir leyendo si no escribía algo sobre el originalísimo prólogo que inventa. Escribir originalísimo prólogo es muy tópico. Eso ya lo sabía, pero ¿quién es capaz de crearse un “alter ego rancio y darle una vida ridícula para airearla en Facebook durante sesenta y ocho días”? Jesús Tíscar Jandra. Por lo menos es sincero: “sin tener ni puñetera idea de lo que iba a escribir, pero sí a quien se lo iba a escribir”.

Lo de Tíscar esta vez es de primera persona, de principal y primerísima persona. Y de melodía y ritmo, de no aguantarse el espíritu porque lo va vomitando en forma de letras, de neopalabras, que son y pasarán a la historia de la lengua, o a alguna historia, como los neologismos de Tíscar, allende Umbral y Cela: “pensamentazos”, “personajales”, “diccionarosa” y “pidarras”; esta última ni Casares ni Moliner, ni yo ni don Contexto hemos sabido descifrar qué significa. Pero da igual. El prólogo es la explicación de una inseminación, la de Tíscar en Facebook durante el confinamiento, que es, como dice, y vaya tropo se le cae, “la imprenta global” donde todo el mundo leía cómo de mal o bien se estaba “amazapanando”.

Como ven, todo va de imágenes, que son tropos tiscarianos. Hay quien copia y pega tropos, pero Jesús Tíscar los inventa. Así lo cuenta antes de empezar, por ejemplo, cuando dice que él es “un escritor de los de antes, chinche, desconocido y muy de salir de la escribanía (…), muy de los bares y las reboticas, de las mojigangas callejeras y las droguerías tangerinas, muy del ángulo de tus ingles (…), de las tertulias flatulentas, allá donde estén, por lejos que se hallen, de las tertulias flatulentas y silenciosas y de los corros de la patata entonados en hilacho tristón, achupé, achupé, sentadito me quedé”.

Sin vergüenza continúa disociando la biografía deslumbrante de un narrador que cuenta desde la ficción, no lo olvides, la biografía de su creador, del padre del narrador, que se cuenta a sí mismo y nos lo cuenta a nosotros. Será por espejos entre los muelles narrativos. El objetivo es “verdaderizar” el confinamiento, contárselo a su musa Eva Luarte, que es la Calambura y no muy asaúra por lo que parece, pero que él, entre sus “soledades a espuertas”, no le quedó más arranque que escribir para salvarse con la literatura durante el confinamiento, aunque a él “esa frasecita de marras, propia de poetas cipotines y de entrevistas industriales de Paginadós…” no le va, la de salvado con la literatura. Y ahora, un paréntesis: ¿Cómo alguien es capaz de condensar en un solo enunciado (“entrevistas industriales Paginadós”) todo lo que siempre había pensado sobre las entrevistas que fragua ese programa vomipurgativo? No lo sé. Así que pregunto: ¿cómo lo hace?

              Así pues, llega este Diario inusitado de un tipo en desuso editado en Marli Brosgen[1].

El prólogo es un pacto con la ficción. En él se estipula cómo va a fermentar y cómo hay que espolvorear los ingredientes entre las mientes de los lectores. Los que llevamos años leyendo a Jesús Tíscar sabemos que no nos cuenta la realidad, porque eso, como dice, “eso es un tedio muy de mandilones y cronistas”. Tíscar lo que hace es corromperla. Bueno, tampoco. La realidad es muy corrupta de natural por lo que él lo único que hace es desechar el tique que nos da la realidad en un supermercado. Eso es rutina, y fluslería. Si la realidad fuese ese tique, qué raro sería el escritor que sabría lucirse y entretener al personal con la literatura que contiene la rutina de la realidad, la que contiene semejante documento, dice. Él arruga el tiquecito y descalabra la cotidianidad para verle las ingles, por ejemplo, o los sesos y las hechuras más aviesas y contrahechas.

Jesús Tíscar no escribe ninguna línea gratis, asegura; ni para él. Por este motivo quiero animarte a que leas Diario inusitado de un tipo en desuso[2] para que, como mínimo, conozcas cómo un escritor reutiliza el lenguaje de ir a comprar el pan con los resortes de la ficción, en este caso, de la ficción de un diario de la peste, como el de Defoe, o el de Roth y otros tantos, de un diario diferente de esta peste de dos mil veinte.

Adiós. Sigo leyendo. “Domingo, 15/03/2020 (I)”


[1] Web de la editorial Marli Brosgen: https://marlibrosgen.com/

[2] Puedes comprar el libro en la editorial: Diario inusitado de un tipo en desuso.

O escuchas

El método Uriarte

El método Uriarte 8/11/2020 DO

EL MÉTODO URIARTE parece sencillo. Lo anoto. Según dice y escribe en la página 240 él va anotando a lo largo del día y después se sienta delante del ordenador y escribe. Dice, por ejemplo: “Son las cinco de la tarde y me instalo ante el ordenador sin una idea clara de lo que voy a hacer. Tal vez anotar algo sobre las dos últimas líneas apuntadas en el cuaderno: ‘El Príncipe de Ligne visita a Voltaire’ y ‘cita en Kierkegaard’”.

Prosigue después para terminar escribiendo: “Y ahora tardaré al menos una hora en descomprimir y poner por escrito lo que me ha pasado por la cabeza en dos minutos, mientras bebía el café con la mirada distraída en las hojas del ficus”.

La escritura de sí

La escritura de sí 7/11/2020 SÁ

NO TENGO TIEMPO para escribir. Sí para preparar clases, leer, tuitear, instagramear, pasear, amar, cocinar algún arroz, recoger y llevar a mis hijos de aquí para allá, hacer la colada, que es poner lavadoras a cuarenta grados o más, limpiar, correr, hacer burpis de esos, que tonifican y dan forma a mi torso cincuentón recién estrenado, leer la prensa digital, bueno, alguna prensa digital: El Mundo, ABC y El Confidencial y para de contar, en papel de sábado en sábado, algún mes, visitar algún sagrario cercano a casa, que para eso vivo en el centro de Jaén y creo en Dios, ir a misa cuando puedo y siempre los domingos y fiestas de guardar, leer a Merton y a Jalics y de vez en cuando a Main, confesarme como pobre pecador. Leer también a Atanasio de Alejandría del que por cierto el otro día compré un libro titulado vida de Antonio, así, en minúsculas… Leer mucha literatura, sobre todo literatura, mucha, rebosante… Tengo tiempo para todo eso menos para escribir; incluso para beber cerveza con amigos y amigas; y sacar ratos de estudio, casi como de propina. Sí, estudio casi todos los días, menos los domingos. Poco dice que estudio mi yo censor. Muy poco, se reafirma. Le contesto que estudio cuando puedo y me dejan, que cuando puedo hago esquemas que enseño a mis alumnos, que fotocopian y terminan enmarcados y colgados en las paredes de sus habitaciones. Tengo fotos, risas, jaja. Esquemas que memorizas, aunque a ti, cuando se te da bien memorizar es en primavera, cuando las flores, cuando todas las flores se abren, las verticales y las horizontales. Pero lo que yo quiero es escribir más, mucho más. La rabieta que tengo es esa, en definitiva, que no tengo tiempo para escribir, porque no me siento a escribir puesto que leo, sobre todo leo y leo y leo y leo. Con lo que me gusta escribir a mí.

Y ha sido Séneca esta semana quien me ha dado el tirón de orejas. Ya se lo había leído este verano en Cartas morales a Lucilio I, pero lo he vuelto a leer en un artículo de Foucault que me envió mi amigo José Luis, profesor de Antropología. Yo he leído muy poco a Foucault, a pesar de que creo que leo suficiente y suficiente son unos cincuenta libros al año. En realidad, leer cincuenta libros al año no debe impresionar a nadie. Conozco a gente que lee cerca de cien. No son muchos cincuenta. No son muchos cincuenta libros. Ese artículo de Foucault, sito en Estética, ética y hermenéutica y titulado “La escritura de sí”, ha supuesto un aldabonazo que ha abierto más mi seso. La lectura solo abre sesos. Es más, desde hoy, y después de leer ese artículo, me he convencido de que he de escribirme, de que tengo que invertir parte de mi tiempo en escribirme con todas las consecuencias. Sí, sí: escribirme y practicar el hypomnémata.

Pero estaba con Séneca. Y Séneca esta semana me lo ha dicho muy clarito: “Disipa la multitud de libros”. Foucault incluye en ese artículo una glosa a la cita del cordobés: “Si escribir demasiado agota (Séneca está pensando en el trabajo del estilo) el exceso de lectura dispersa: ‘Disipa la multitud de libros’. Si uno pasa sin cesar de libro en libro, sin detenerse jamás, sin retornar de cuando en cuando a la colmena con su provisión de néctar, y, por tanto, sin tomar notas ni constituirse por escrito un tesoro de lectura, se expone a no retener nada, a dispersarse a través de pensamientos diferentes y a olvidarse de sí mismo”.

            Escribirme, como finalmente me sugiere también Uriarte. Y me voy: “Y en cuanto a los que pensáis que no tenéis la suficiente imaginación para inventaros un cuento o una novela, mi recomendación sería que os volvierais a vosotros mismos y escribierais directamente sobre vuestras vidas. Tal vez no pasaréis a la posteridad (a la posteridad con mayúsculas, a la que al fin y al cabo no pasan más que cuatro gatos), pero dejaríais a vuestra pequeña posteridad, a la que está al alcance de la mano, a vuestra familia y a vuestros amigos, una imagen de vosotros y de vuestras vidas que sin duda leerán con interés”.

            De esto se trata.