Tropo 248: Las lecturas de Blumm en 2019

Me propuse leer 61 títulos y llegué a 56. Lo dejé sellado y firmado en GoodReads, que dice que leí 12 027 páginas este año (faltan dos títulos en GoodReads, pero no los tiene). Pero aquí están los que se leyeron. Aquí están los libros que se significaron en 2019. Como puedes observar, no persigo novedades. Como se puede observar, mi criterio es dispar. Como se puede observar, no leo tanto como leen otros, que llegan a 150 y cosas así. No hay excusas para no leer. Eso sí, desde hace dos libros, voy a escribir algunas líneas, buenas o no, sobre cada uno de los títulos que lea. Y lo voy a dejar registrado, por si te quieres pasar de vez en cuando, por si quieres probar con algo de lo que he leído en “Registro de lecturas“. Y lo haré ¡sin pudor!

La lista de Blumm, mi lista, la que me ha nutrido este 2019. GoodReads hace unas estadísticas muy curiosas y te invito a que las veas:

https://www.goodreads.com/user/year_in_books/2019/75778379

  1. ¿Por qué escribir? de Philip Rot
  2. Historias del Kronen de José Ángel Mañas
  3. Tzili, la historia de una vida de Aharon Appelfeld
  4. Qué te importa lo que piensen los demás de Richard Feynmann.
  5. Los Reconocimientos, de William Gaddis
  6. ¿Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos?, de Ben Marcus
  7. Valle-Inclán. Los botines blancos de piqué, de Francisco Umbral
  8. ¿Quieres publicar una revista? de Angharad Lewis
  9. Historia de un alma, de Antonio Praena
  10. La jornada de un periodista americano en 2889, de Julio Verne
  11. La opción benedictina, de Rod Dreher
  12. Guía de hoteles inventados, de Óscar Sipán
  13. Memorias. Mi medio siglo se confiesa de González Ruano
  14. The lost tools of learning de Dorothy Sayers
  15. 8.38 de Luis Rodríguez
  16. 12 reglas para vivir. Un antídoto al caos, de Jordan B. Peterson
  17. 5 de Sergio Chejfec
  18. La soledad de las vocales, de José María Pérez Álvarez
  19. Ensayos sobre el hombre y otros escritos, de Alexander Pope
  20. Tsurezuregusa. Ocurrencias de un ocioso, de Yoshida Kenko
  21. Sábado, domingo, de Ray Loriga
  22. Nembrot de José María Pérez
  23. Examen final, de José María Pérez
  24. Distraídos venceremos, de Andrea Valdés
  25. Un paraguas para este día, de Genazino
  26. Nosotros H, de Ignacio Ferrando
  27. El hombre que compró un automóvil, de Wenceslao Fdz Flórez
  28. Literatura infiel, de Ricardo F. Colmenero
  29. Memoria de doce escritores, de Rafael de Penagos
  30. Mis páginas mejores, de Julio Camba
  31. Noche de guerra en el museo del Prado, de Rafael Alberti
  32. Clásicos de traje gris, de Andrés Trapiello
  33. La España negra, de José Gutiérrez-Solana
  34. Señas de identidad, de Juan Goytisolo
  35. El jardín simbólico, Anónimo del siglo XI
  36. La España negra II, de José Gutiérrez-Solana
  37. Opiniones del gato Murr, de Hoffmann.
  38. Una Odisea, de Daniel Mendelsohn
  39. Quédate… La acedia. El mal desconocido de nuestro tiempo, de Jean-Charles Nault
  40. La isla del Dr. Moreau, de HG Wells
  41. La Regla de san Benito. San Gregorio Magno. Libro II de los diálogos
  42. El poder de la mente. El placer de transformar tu cuerpo, Diego Calvo (¡mojón!)
  43. Escuadra hacia la muerte, de Alfonso Sastre
  44. Los cigarros del faraón, de Hergé
  45. ¿Qué es filosofía?, de Ortega y Gasset
  46. El cuarto de atrás, de Carmen Martín Gaite
  47. Devaluación continua, de Andreu Navarra
  48. El gato encerrado, de Andrés Trapiello
  49. Fuente Ovejuna, de Lope de Vega
  50. Volpone de Ben Jonson
  51. Anatomía sensible, de Andrés Neuman
  52. Paraguas en llamas, de Jordi Mestre
  53. Los zapatos de Murano, de Miguel Fernández-Pacheco
  54. El porvenir de ayer es ya recuerdo, de Manuel Alcántara
  55. Vendrán años más malos y nos harán más ciegos, de Sánchez Ferlosio
  56. El castillo de Otranto, de Horace Walpole

Feliz entrada de año y felicísimos Reyes. ¡Ven, veinte veinte!

Tropo 247: La cosa

Estoy en cama. Algo me sentó muy mal muy mal ayer. Acabo de abrir el móvil y lo primero que he hecho es empezar a escribir este tropo después de leer esta genialidad de Juan Tallón:

La imagen la tomé ayer de una exposición. Resume, con una imagen, a qué dedicaban el tiempo y cómo preparaban el futuro.

Hasta mañana. Os recuerdo que mañana publicaré la lista de los libros leídos de 2019.

Tropo 246: El castillo de Otranto

El castillo de Otranto, de Horace Walpole. Anaya, 1991. Traducción, apéndices y notas de Mª Engracia Pujals. Ilustración de Julio Gutiérrez Mas. De la biblioteca pública, registro 85972 y signatura J-N/WAL/cas. Libro que termino de leer el 29/12/19 a las 19.15 h. Domingo de Navidad por la tarde. Sillón y manta. 188 páginas. Califico 4/5 en GoodReads. Por este libro sé que es importante escribir los sueños y las pesadillas que te vengan en las siestas y por las noches. Walpole escribió más de cinco mil páginas de cartas, misivas, epístolas y correspondencia. A quien se las dirigía les pedía, les advertía que no destruyesen sus envíos, que los conservasen. Y así, más de cinco volúmenes de cartas tienen los ingleses de Horace Walpole. De hecho constituye la mayor contribución del autor a las letras inglesas y son una excelente historia político y social de la época, dicen los que saben de literatura inglesa del siglo XVIII. Es el primer título que leo del autor, que conste.

Pero en 1764 se echa una siesta y tiene una pesadilla que él mismo relata: «Tuve un sueño del cual lo único que recordé fue que me encontraba en un antiguo castillo y que al final de una gran escalinata vi una enorme mano enfundada en su armadura. Empecé de inmediato a escribir sin tener ni la más remota idea de lo que pensaba decir o relatar». Y así, durante los dos meses siguientes disminuyó la escritura de cartas y febrilmente, imagino, el 6 de agosto de 1764 ponía fin a esta interesante novela.

Interesante porque su comienzo es kafkiano, aunque habría que escribir que Kafka es walpoliano por el comienzo de esta novela. De hecho, esta novelita, escrita con casi cincuenta años –todavía no hay nada perdido, Blumm—, está considerada como la primera manifestación surrealista en la novelística inglesa.

No voy a revelar nada de la ingeniosa trama, pero lo que da de sí el encoñamiento de un príncipe, el de Otranto –ciudad situada en la misma tapa del tacón de la península itálica—, por la prometida de su hijo, Isabella. El hijo de Manfred, el príncipe, muere por causas kafkianas (walpolianas en realidad) en la página 3 del relato. Por eso revelo que muere. No reviento nada. A partir de ahí la fusión del género caballeresco con la novela contemporánea es divertida. Hasta me ha recordado –a ratitos— a El rey, de Donald Barthelme –obrita, por cierto, desternillante— por la extraña combinación de elementos. Que si un caballero y una piadosa heroína, un cuento medieval y unos criados malhablados y parlanchines, muy shakespearianos, lo cómico con pizcas de Las Mil y una noches. Un castillo gótico deslumbrante, con su desfile de fantasmas, recovecos con calabozos, conventos y fuerzas de la naturaleza que determinan a un precedente del héroe byroniano.

La novela tiene algunas fallas. Sí, pero ha sido el libro idóneo para un domingo vespertino de Navidad. Otro título más para recomendárselo a chaveas y a ancianos. Dejé de recomendar libros que no he leído. Bueno, nunca lo he hecho. Con este se acordarán toda la vida de Manfred y de mí, seguro.

Las grietas de Greta

Artículo publicado el 9 de diciembre de 2019 en “La Contra de Jaén”

Yo también pienso que lo de Greta es patético, es decir, que Greta es patética, que su vida es un desenfoque y que qué hace una chiquilla de dieciséis años enseñándose tanto en tanta cumbre parafernalia. Mis alumnos, algunos, piensan que Greta es una muñeca diabólica y mis alumnos, que tienen la edad de Greta, algunos, dicen que quieren tener dieciocho para votar a Vox. Ya saben, de los chiquillos te puedes esperar cualquier cosa.

Así pues a mí no me ha quedado más remedio que coger un bolígrafo Bic y un papel del montón de “sucios” y escribir, o darle cuerpo, en definitiva, a lo que tengo en la cabeza acerca de Greta, el personaje. Porque yo no lo dudo: se trata de una ficción.

Desde luego que, cuando el otro día Lomana llamó patética a la chavala, lo hacía con verdadero conocimiento etimológico. Y digo esto porque patético es un adjetivo que señala un gesto, una actitud, que es la de expresar padecimiento moral, angustia, pasión o un sentimiento muy intenso. De esta manera, nadie me lo negará, lo que hace Greta es en realidad una súplica patética. Greta está llamando al modo patético a la población para que deje de producir CO2 y comience a orinar H2O. Greta, me digan lo que me digan, se está haciendo, como dice el meme de moda, la “vístima”.

No les miento si les digo que como de verdad tenía pensado empezar el artículo era así: “Yo también pienso que Greta es patética y mira que reciclo hasta el rollo de papel del váter”. Y digo lo del papel del váter para demostrarles lo consecuentes y mentalizados que estamos en casa. Además de reciclarlos, yo, particularmente, me niego a tomarme una cerveza en una terraza con estufa. Eso es un desmadre. Eso es no tener clarividencia. Además, me imagino a Greta gritándome por detrás mi falta de conciencia ecológica y mi sinvergonzonería.

Pero el discurso de Greta tiene grietas y ha sido mi hijo quien me ha dicho “papá, titula así el artículo”. Y así lo he titulado: “Las grietas de Greta”.

Las grietas de Greta empiezan por el talante runflante que sostiene. Supongo que el que padezca Asperger, aunque más que padecer, como he leído por ahí, lo tendrá, lo intensifica todo. Y digo esto porque que tú seas moreno no significa que padezcas el moreno. Ya me entienden, cosas del lenguaje, que es un bribón. Entonces, la primera grieta salta a la vista: su talante no encaja con su aparente madurez y presencia levitante. No se concilian con las hechuras de una adolescente. En todo caso, Greta es una chica adiestrada, pero eso me resultaría aún más patético.

La segunda grieta está relacionada con el número de totumpotes que tiene detrás insuflándole manutención económica. ¡Y a qué intereses! Con decirte que ha sido ella la que ha dicho que vaya mierda de infancia está teniendo… No sé, y lo desconozco, (ya saben, soy un tipo que recicla rollos de papel de váter y se niega a tomarse una cerveza en una terraza con calefacción), pero el suelo de la calle está mojado porque ha llovido, o está mojado porque se han meado cinco perros y sus dueños han echado agüita, que no lejía; o porque han fregado, pero aquí en Jaén, son las menos. A lo que voy, todo tiene una causa.

Así que no, no, y no. Una niña de dieciséis años enganchada a una causa para la que no tiene ni edad ni cuerpo, y menos madurez y recursos, es en realidad un trampantojo o una muñeca zarandeada por otros, llámense papás, gerifaltes o astutos mandamases.  

Las grietas de Greta me proporcionan una extraña sensación de vergüenza ajena. Creyéndose conditio sine qua non y quid, no alcanza ni lo uno ni las razones para su teatro. Entonces le digo: ¡Grita fuerte grieta, Greta, bajamos el telón y nos vamos a casa!

                                                                                               BLUMM. blumm.blog

Tropo 245: Vendrán más años malos

El próximo día 31 de diciembre publicaré la lista con los libros leídos durante 2019. Han sido menos de los que quisiera, en torno a unos cincuenta, y apenas hay novedades, por lo que la lista no interesará a nadie, pero me apetece publicarla. Vendrán más años malos y no leeremos tanto: ¡y nos harán más ciegos! No lo dudes; tampoco te lo tomes a broma.

Quien me anima a hacer pública esta lista ha sido Javier Gomá. Javier Gomá parece un tipo interesante. Parece capaz no solo de leer hoy, sino de digerir y escribir con cierto brillo conclusiones sobre lo que lee. Es un tío inteligente, se ve; talento hay. De hecho, tengo entre mis propósitos de lectura analizar algo suyo en 2020. Hoy, mientras, me he recreado leyendo un artículo que escribió hace diez años en el diario dependiente de la mañana. El tuit que contiene el artículo te lo vinculo y te lo recomiendo. Hay sabiduría. Además, merece la pena que te preguntes ahora qué haces con más libros en tu casa que Montaigne y por qué eres menos lumbre que él:

Hoy también quería anunciarte que he inaugurado un cuaderno para registrar las lecturas. En papel, claro. Existía un registro digital, en Evernote, pero me animé a cambiar el sistema. Bueno, el sistema era sencillo, apuntar, pero el registro que voy a hacer será cuádruple: anotar la lectura y las observaciones en el cuaderno, completar una ficha índice con los datos bibliográficos y las observaciones, transcribir el apunte completo a un archivo Word y crear una entrada aquí y en el registro de lecturas del blog recién inaugurado. Llegado el próximo 31 de diciembre de 2020, Dm, copiaré y pegaré en una entrada todo el contenido.

Hoy iba a hablar de ajedrez y literatura, pero el tropo ha venido así. Otro día.

El primer registro de lectura es:

  1. Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, de Rafael Sánchez Ferlosio. Destino, 1993. Colección Áncora y Delfín. Volumen 713. Termino de leer el 28/12/19 a las 17.00 h. De la biblioteca pública con el n.º de registro 78772. Califico 4/5 en GoodReads. Tremendísimo Ferlosio, casi inalcanzable, pero lúcido, lucidísimo pese a su volar tan tan alto. Inalcanzable en ocasiones porque apenas desperdiga verbos, ni los desperdicia. Todos los gerundios eran necesarios, así como los infinitivos y participios. Nada sobra, nada se desprecia. Este tipo fue un genio, un genio que destripó el lenguaje. Una obrita casi de referencia. Casi, he escrito.

Tropo 244: Teoría de la musa

Hoy le contaba a Jesús Tíscar, mientras tomábamos café y me dedicaba su última publicación, Los pimientos y otros cuentos indigestos, que el tropo diario haría referencia a las musas, o más bien a la teoría de la musa que enunció Rafael Sánchez Ferlosio en Vendrán más años malos y nos harán mas ciegos. Él, por lo que me ha contado, se cita con ellas todos los días a la misma hora. Cree en la disciplina del escritor, practica la disciplina como medio para destilar enjundias y otros cuentos, relatos y novelas a las que les suele rebosar la literatura, que es eso que no existe, pero que está tejida con la imaginación del escritor, que sí existe, por lo que, sin más retrasos ni carantoñas, paso a transcribir el pertinente fragmento del autor del Jarama, novela que nos marcó y de la que hemos hablado con recreo y admiración:

(Teoría de la musa.) La musa nunca viene para poner la pluma o el pincel en movimiento, sino que solamente sobreviene –en caso de que quiera o pueda hacerlo— cuando una u otro ya se están moviendo. Quiero decir que cada vez se hace en mí más fuerte y más fiadera la impresión de que todo lo que encontramos de realmente feliz en una obra literaria nunca ha sido producto de invención y elaboración deliberada, sino instantánea flor de ocurrencia sobrevenida. Reluce con el aura inimitable que se me antoja propia de lo genitum, non factum como dice del Verbo el Credo de Nicea. Me parece absolutamente inverosímil que Cervantes, cuando esbozó en su mente y empezó a escribir un entremés gracioso pero vulgar y hasta salaz en algún paso, como El viejo celoso, pudiese ni tan siquiera imaginar, hasta el instante mismo de llegarle a los puntos de la pluma, que iba a sobrevenirle, entre los frescos, besados, rebesados, jubilosos, rientes, desvergonzados labios de la malcasada adúltera –y en respuesta al burlado marido que desde fuera de la alcoba la conmina a abrir el cerrojo de la puerta—, la ocurrencia que es a la vez la más alta, arrebatadora y amorosa expresión de gratitud carnal que pueda concebirse y la frase más increíblemente hermosa que se haya escrito en prosa castellana: «Lavar quiero a un galán las pocas barbas que tiene con una bacía llena de agua de ángeles, porque su cara es como la de un ángel pintado».

Rafael Sánchez Ferlosio en Vendrán más años malos y nos harán más ciegos

Tropo 243: El fracaso de las librerías

Solo aquella que corre gravísimo peligro de pasar inadvertida es una verdadera novedad. Por eso Herodes, que alguna experiencia tiene del asunto, extiende diariamente a la totalidad del censo su orden de degüello. El instrumento de ejecución es el periódico.

Rafael Sánchez Ferlosio en Vendrán más años malos y nos harán más ciegos

El fracaso de las librerías está en el fracaso de sus mesas de novedades. Es como si te invitaran a una fiesta y siempre, pero siempre, siempre encontrases a las mismas personas, y si no a las mismas personas, a los familiares de esas personas con las que estuviste en el último convite. Es aburridísimo encontrarte títulos nuevos de editoriales viejas: las de siempre, a los de siempre. Subrayemos: el fracaso de una librería es el fracaso de su mesa de novedades.

Como lector te aburres. No ves caras nuevas en las fiestas de temporada. Siempre es lo mismo, siempre son las mismas. Piensas ahora que ese es uno de los motivos por los que uno, compras más libros en internet, dos, visitas más librerías de viejo (donde hay más savia nueva -tropo-) y tres, no serías nadie sin tu biblioteca pública a cincuenta y ciento cincuenta metros de casa. Sí, vivo a cincuenta metros de una biblioteca pública.

Si fuese librero sería pobre, eso también es verdad. Si fuese librero mi librería haría circular por la mesa de novedades las novedades de todas las editoriales de España. No solo las novedades de las viejas editoriales. Todas las novedades editoriales tendrían las mismas oportunidades de encontrarse con los ojos de los lectores que visitasen mi librería. Les expondrían a continuos tropos y por eso mi librería se llamaría Soporto Tropos. Su misma supervivencia sería un verdadero tropo.

Pero hoy, regresemos a la realidad, me he pasado la tarde en el taller cambiándole las ruedas delanteras al coche. Y allí, he dado fin a dos libros que tenía empezados. Para mí, dos novedades con las que me he divertido muchísimo. Bueno, también he conseguido puntos en el entrenamiento con Lichess.