Esto de que ser sea dejar de ser

“La lucha es el tiempo, es el mar encrespado y embravecido por los vientos, que nos manda sus olas a morir en la playa: la paz es la eternidad, es la infinita sábana de las aguas quietas. Y la eternidad, ¿no te aterra? ¿Qué vas a hacer en toda ella tú, pobre ola del mar de las almas? ¿Te acuerdas de aquellas noches de invierno en que en derredor a la hoguera del viejo tronco de la encina muerta divagábamos -¡dulce tristeza de consuelo desesperado!- las eternas divagaciones de los hombres nacidos del barro? Porque allí éramos hombres. El uno dejaba de ser labrador, el otro médico, el otro abogado, cada cual se desnudaba de su oficio y quedábamos los hombres. La visión de las llamas de una hoguera es como la visión de la rompiente del mar; las lenguas de fuego nos dicen lo mismo que las lenguas de agua. Lo mismo que de ellas se hacen para deshacerse,

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Descubriendo subjuntivos: si ellas no mintieran…

Como escribía ayer en un tuit, durante esta semana estuve entretenido con un texto de Javier Marías. Quise descubrirle los subjuntivos. El artículo fue publicado a esta hora hace una semana: “Ojo con la barra libre”. No había tantos subjuntivos, dos “hayas” y  poco más, uno al principio y otro casi al final. Era rasgo de subjetividad —no rotundo—, pero de eso se trataba, de levantarle la falda al texto —¡y el texto va de faldas!—. Quería detectar los rasgos de subjetividad, ya saben, que si grupos tónicos irregulares, elementos tematizados, primeras personas, adverbios modales, ruptura del orden lógico de la oración, proformas léxicas, es decir, comodines, vulgarismos y expresiones informales, palabras polisémicas por doquier, formas verbales valorativas, ironías y distopías, connotación de la buena y presencia de elementos humorísticos así como una progresión temática sin respetar el orden: esto es ¡subjetividad! Y sí, le descubrí bastantes rasgos al texto, pero dejo el resultado para otro momento. No lo voy

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Doña Tere cuenta la historia de su padre

Me he propuesto, antes de que acabe la Navidad, descubrir por qué releo todos los días las dos páginas que ocupa el relato “Doña Tere cuenta la historia de su padre” (adjunto al final de la entrada) de Rafael Sánchez Ferlosio. Me tiene ensimismado. Y solo son tres párrafos, apenas cuatrocientas palabras, pero vaya tres párrafos, vaya cuatrocientas dieciocho palabras. Han conseguido crear en mi imaginación la figura nítida de una viuda y la de su difunto marido, delgado, enjuto; la de un zagal llamado Alfanhuí y la figura de un padre, el de la viuda, que se recorrió medio mundo arando. Sí, arando. Ahora que lo releo, pienso que el verdadero protagonista es el libro, un libro con el que Alfanhuí «se entretenía mucho viendo las figuras». He conseguido encontrar la portada del libro que Ferlosio nombra en el relato. Era fácil. ¡En 0,54 segundos! 318 000 resultados. Es el Petit Larousse Illustré. Es este, el de la portada

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Catorce libros que me he leído y que te recomiendo

Cuánto tiempo. Como hacía todos los años en La manía de leer, un blog que se perdió en un cajón, este año relacioné en Twitter cuáles habían sido para mí los mejores libros que leí en 2017. Por si quieres apuntar alguno, por si no tienes ni idea de qué regalar a alguien especial que lee además de actualizar su Instagram, su Twitter y su Facebook. De los casi cincuenta solo te recomiendo los siguientes: Los mejores libros que he leído en 2017 entran en un tuit. No voy a escribir ningún post. Los enumero en el siguiente. Quedan algunos días pero no creo que acabe antes de… Ferlosio (PÁGINAS ESCOGIDAS) y Gass (SOBRE LO AZUL). A continuación: — bernardo munuera (@blumm) 16 de diciembre de 2017 1. ÚLTIMAS NOTICIAS DE LA ESCRITURA, de Sergio Chejfec 2. ZAMA, Antonio Di Benedetto 3. NÉMESIS, de Philip Roth 4. EL RETABLO DE NO, de Luis Rodríguez 5. AUNQUE POR SUPUESTO TERMINAS SIENDO TÚ MISMO,

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Análisis de lo implícito: interpretación gráfica

Solo hay un camino para aprender, comprender; y para comprender, reelaborar; y para reelaborar, reinterpretar lo que lees, dibujar la idea, jugar, en definitiva, para que tu cerebro asimile la información y tu memoria le abra la puerta para que tome asiento. Si no, si no labras la tierra, si solo miras cómo corre el agua del río, si apostado en la orilla de un río solo te dedicas a escuchar el sonido del agua… Leer sin tomar notas es como ver correr el agua de un riachuelo sin más: distracción, puro y simple disfrute pero ya está. Desde luego alimenta menos, y a estas alturas de siglo no necesito más postureos; solo los justos.

Tarde de mapa mental

Contar a qué he dedicado la tarde del domingo es sonrojarme: he releído algunos fragmentos de El libro de los mapas mentales, de Tony Buzan y he estado escaneando. Quería refrescar algunos de los conceptos que hacen de los mapas mentales una potentísima herramienta de trabajo intelectual, que, la verdad, tengo infrautilizada. De entre todos los párrafos que he leído, transcribo dos. De otros, han resultado imberbes mapas mentales, que parecen dibujados por un colosal principiante. Pero mejoraré. Esa es la garantía que te extiende Buzan cuando abres su libro. Además, soy muy crédulo. Las personas suponen que son incapaces de crear imágenes porque en vez de entender que el cerebro siempre alcanza el éxito mediante una experimentación continuada, confunden el fracaso inicial con una incapacidad fundamental y lo consideran como la medida auténtica de su talento. Y por ello dejan que una capacidad mental que podría haber florecido con toda naturalidad se marchite y muera. […] En un ejercicio como éste, es

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