Del imposible lenguaje de la noche

Siempre que leo un libro que me sorprende y compruebo que apenas han escrito sobre él, me acuerdo de Holden Caulfield cuando decía aquello de “y todas esas gilipolleces estilo David Copperfield”. Hablo de El imposible lenguaje de la noche, de Joaquín Fabrellas (Chamán Ediciones, 2020), que no es una gilipollez estilo David Copperfield, sino una ópera prima digna de cualquier suplemento cultural de tirada nacional. Pero claro, es lo que respondía el otro día Alberto Olmos en una entrevista de la revista Centinela cuando le preguntaban si se veía como director de Babelia. Fue rotundo: “Sin ningún problema. El mito de Babelia es que la gente cree que es como un sanedrín de sabios infalible, un poco como el Nobel. No, es gente como tú y como yo; y si yo fuera su responsable, pues obviamente muchos de los que se pasean por sus páginas no saldrían y muchos que no salen nunca ocuparían la portada. La cultural, oficialmente, no es más que eso”.

El imposible lenguaje de la noche me ha sorprendido. Así he empezado este texto. He de revelar que tuve la oportunidad y la confianza del autor para leer el primer borrador del original de la novela, pero la versión final ha sido un espectáculo inesperado. Ya saben que aquí no se escriben reseñas, sino que se glosa, o se comenta, se talycualea sobre libros. A secas. Como no nos debemos a nadie, escribimos cómo y sobre lo que nos da la gana. Por este motivo, porque aquí no escribimos reseñas, les dirijo a una de las mejores reseñas que he leído sobre El imposible lenguaje de la noche. La firma Pedro Mármol para la revista Turia. En este vínculo están los porqués hay que leer esta pieza literaria.

Pero soy de comparar. En Literatura hay que comparar. Así que lo primero que hice cuando terminé de leer la novela de Fabrellas fue buscar un texto que condensase lo que había leído. Y lo encontré. Tenía un libro que comentaba Los vagabundos del Dharma. Era un texto que encontré tan preciso e idóneo para El imposible lenguaje de la noche que me sorprendí. Yo pensaba que Los vagabundos era una obra que pertenecía a Gary Snyder, pero buscando qué editorial lo había publicado comprobé que era de Kerouac, y que había editado Anagrama en la colección Compactos. El texto al que hago referencia y que utilizo para comparar la novela de Fabrellas con la de Kerouac es el siguiente. Tan fetén: “Su escritura automática se basa en las variaciones e improvisaciones sobre un tema apoyado en ritmos rápidos y recurrentes. Eso da la apariencia de un desvío del tema y de caos, pero en realidad consigue una estructura basada más en la armonía que en la melodía. Las improvisaciones, además, persiguen leves disonancias y se realizan en un estado casi de éxtasis”.

Sí, no tengo dudas. Este es un texto que encarna lo que he experimentado de la mano del protagonista de El imposible lenguaje de la noche, Paul Demut. Ahora solo me alegro de haber leído una novela con tanto ritmo en sus capítulos, sobre todo, y por gozar con algo tan bien tirado y hecho al modo bukowskiano y kerouaciano.

Tengo que leer es una perífrasis de obligación que refuta una de las más ciertas leyes de la termodinámica literaria: un libro te lleva a otro. Así que Los vagabundos del Dharma queda apuntado en la lista de desideratas.

Tropo 82: Sus páginas mejores

Ya me gustaría completar este tropo con palabras esenciales. Pintarlo con frases llenas y rebosantes de palabras esenciales. Tantas como las que he encontrado en los artículos de Julio Camba recogidos en Mis páginas mejores, selección de artículos prologados por Manuel Jabois y editados por Pepitas de Calabaza. Año 2012. “Con existencias en nuestra web”.  

No sé cómo llegué a este libro, pero me figuro que, saliendo como salía de leer Literatura infiel, recalé con querer en él. A mí me descolocó mucho el título: Mis páginas mejores, pero creo que fue porque ejecutaba algún artículo del código del extrañamiento literario. Lo releí tres, cuatro, cinco veces. Ponía del revés el libro, ocultando la portada, le daba la vuelta, y otra vez, ahora en voz alta: Mis páginas mejores. Así, un rato. Mientras, me decía: “joder, qué efecto tan chulo el de ese nombre con ese adjetivo”. Magnífico ejemplo de adjetivo pospuesto que guardo para mis alumnos. No le quedaba otra a ese nombre. ¡Viva el nombre! Denotar era eso, marcar territorio era rugir así. Hasta pensé que eso era hacer tres líneas en el Tetris con una simple L invertida.

Se escribe como se vive, leí en el prólogo de Jabois, y así lo he comprobado en cada uno de los ciento y pico artículos que conforman esta selección de piezas. Julio Camba escribía así porque vivía así. En Camba compruebas cómo sacaba a relucir los azares de su vida, cómo “caer en casa de Frau Grube” le movió a ambientar esa caída; cómo tener “un amigo muy demócrata” era atesorar para sus artículos las contingencias de ese amigo y de aquellas gentes con las que se rodeó en Francia, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, Suiza, Italia y Portugal. Sacar brillo a esas experiencias era su trabajo. Después lo ofrecía reluciente, por piezas y con entrega manuscrita.  

Agudeza, agudeza de cuchillo (concisión) y tenedor (acierto). Buscando lo esencial del ambiente, del carácter, de una mentalidad. Saciando nuestro interés humano por los asuntos raros y extraños con los que se topaba. Sus palabras y sus giros. No hay tópicos, no hay frases hechas, así nos define, y de un modo magistral, qué es el periodismo literario.

Decía Eugenio D’Ors que los articulistas tenía que pasar de la anécdota a la categoría con el fin de hacer brillar un símbolo, una alegoría, o por lo menos, reflejarlos. Que en eso consistía el arte de la columna; y que eso lo hacía don Julio Camba, don Eugenio.

Acabo con una cita que utilicé recientemente y que extraje de El lenguaje y la vida, de Charles Bally. La naturalidad del juego de palabras de Camba la me la ha recordado:

“El lenguaje natural, ese que todos hablamos, no está al servicio de la razón pura, ni del arte; no apunta ni a un ideal lógico ni a un ideal literario; su función especial y constante no es la de construir silogismos, ni la de redondear periodos… el lenguaje está simplemente al servicio de la vida”.

Tropezarse con el mundo como se tropezó Camba fue ponerse al servicio de la vida; para escribirla.

Vínculo de este tropo: El libro puede adquirirse sin gastos de envío en la página web de la editorial.

8.38, de Luis Rodríguez

Reseña extraída de la página 15 de la revista Soporto Tropos nº 1

Todo Luis era literatura

Dice Peterson en su regla número 7, que el deux ex machina es el truco más barato que puede utilizar un escritor. Dicha regla reza: “Dedica tus esfuerzos a hacer cosas con significado, no aquello que más te convenga”.

Luis Rodríguez certifica su muerte, anfibología donde las haya, con esta novela, pero ¿qué novela?: DEUS EX MACHINA ha muerto —Luis Rodríguez.

Deicidio narrativo. Era necesario para construir una novela plena de significado, que busca los resortes para alcanzar la meta de la vida por sí y en sí, como ya consiguió —analogo— Shelley con Frankenstein.

8.38 es una novela que atiende al significado de sus resortes más que a la conveniencia de una historia que busca vender, que se vende y que no se prostituye en   bestseller (algo sin significado). Ahora se supone que debo escribir: lee 8.38. Lo escribo

Sí, es una literatura extraña. Y es extraña porque Luis Rodríguez inyecta en ella la misma sangre que permite a la literatura ser y estar viva. Enciende su corazón, arranca el motor, y toma como pretexto la palabra meta para alcanzar la victoria. La palabra meta. La palabra meta como prefijo: meta-, la del después de.

Jugar con los mimbres con que se fabrica una novela ha sido divertido. Son los mismos mimbres con los que funciona la memoria. Dicen los expertos que cuando se estudia, no hay mejor opción que dejar huecos para que el cerebro rellene, complete. Porque está demostrado: los datos que mejor se recuerdan a largo plazo son los que su eliminación los ha hecho visibles.

Mi imposible no me abandona jamás, dijo Paul Valéry. Es incluso lo que pudo pensar Klaus, el pirata de la imaginación de Luis, cuando solicitó, tras ser capturado y juzgado, que dejasen libres a tantos hombres de su tripulación como pasos diera sin cabeza. El resto lo hace la literatura: ves al pirata y te sorprendes contando los once pasos que Klaus dio sin cabeza antes de tropezar con el pie de quien lo juzgó. Hijo de puta.

La buena literatura no es un trasto. La literatura de Luis Rodríguez es una transformación hacia un juego narrativo que busca la meta; o la teta y la leche que mana del pezón de la imaginación del autor. Qué dulzura, cuánto placer.  Empiezas y no ves el final, hasta que cierras el libro. Sí, es libro de un tirón.

La literatura de Luis Rodríguez constituye una de las voces contemporáneas más personalísimas y originales del panorama literario actual. Mancha, y mancha porque es guinda sabrosa que se deshace en la imaginación, y que de eso se trata, de no tachar la literatura: ser ficción es más coherente que ser real. ◄ST►

8.38 está editada en la editorial Candaya.

Puedes descargarte la revista Soporto Tropos aquí.

 

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Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta

triumph scrambler

A ciertos libros llegas tarde. O eso te hacen creer. Siempre hay alguien que te dice, o peor aún, te insinúa que la lectura de ese libro tendrías que haberla hecho con diecisiete años y dos meses. Y te regocijas en la complejidad de esa afirmación pensando: «¡eso es un misterio! y no que se te parta la uña del dedo anular por falta de levadura de cerveza». Porque el problema siempre es ese: «Vas tarde, amigo, yo ese libro me lo leí con quince años, ¿quién no se ha leído a Nietzsche con catorce años o a Salinger con veintitrés? Vas muy tarde, amigo, vas muy tarde», te dicen sin que se harten.

Te excluyen del club de señoritas cultas y tipos vehementes, pulcros y pedantes suicidas si no has leído un determinado libro en un intervalo muy concreto de tu vida. «Es que si no te has leído la obra completa de Hilyitro y Houellebecq con veinte años, ¿qué puedes esperar de la vida, zorro?». Es más, percibes que te clasifican en un determinado infierno mientras escuchas y hasta imaginas sus bisbiseos: «¡Va, qué poco nivel tiene! ¡Qué inculto! ¡No pertenece a nuestra élite cultural!». O peor. (Ahora recuerdo a Muñoz Molina cuando hace poquito reveló que empezó a leer por primera vez a Thomas Bernhard). Pobre.

Algo así o algo muy similar al «así» me ha sucedido en este mes. Tenía pendiente desde hace muchísimo tiempo —seis o siete años— leer un libro que, desde que supe de él, tuve claro que lo leería. Siempre tuve unas ganas enormes y tremendas y “agoniosas” de hacerlo. Y lo he hecho este mes y no he quedado defraudado. No sé dónde descubrí su referencia pero su título escondía cierta chispa y mucha originalidad: Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta, de Robert M. Pirsig.

Y lo he escuchado, sí, así: «Lleva editado siglos, ¿ahora lo lees?». Quien me lo ha dicho ¡no tiene motocicleta! ¡Pobre teórico, pardo infeliz!

Zen y el arte lo he leído durante este mes. Lo he hecho en la edición de Mondadori que es la que tenía la biblioteca pública de Jaén que cierra en agosto y hasta el 15 de septiembre por las tardes (¡esto sí que es terrorismo!). Después de leer Zen y el arte he empezado a releer Zen y el arte en esta edición, en la de Sexto Piso. Aproveché que el día 20 fue san Bernardo para regalármelo. Soltar 24,50 € en la librería Metrópolis de Jaén fue un acto heroico. Me hice la suficiente violencia para soltar 24,50 € por un libro porque yo, que suelo leer más de cuarenta libros al año, por los libros de leer por casa no suelo pagar más de quince euros (sépanlo editoriales). Pero Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta no era ni iba a ser un libro para leer por casa. Ha sido un libro que hace que te replantees tu “cierto actuar personal” y por qué no escribirlo, “conductual”. No sé si me explico. Quiero releerlo y ensimismarme con él. No sé qué grado alcanzaré en esta tarea pero revelo que me he planteado desde arrancar un blog a partir de él y escribir cómo voy haciendo carne ciertas ideas del libro ¡hasta reiniciar un hobby! y sacarme el A2 por la necesidad de “coger y desconectar”; o ahorrar para volver a rodar con máquinas capaces de dibujar dos mil horizontes. En definitiva, plantearse con cuarenta y tres asuntos que los pedantes suicidas y algunos funcionarios de la vida te silban que tenías que haber hecho con veintitrés. Pero es ahora, con cuarenta y tres, cuando pueden saborearse mejor para alcanzar quizás dos o tres cotas más de felicidad aunque uno sepa de dónde procede la Felicidad.

Y por hoy nada más. No quería que pasase este mes sin publicar una segunda entrada en el blog. Quería nombrar este libro en el blog. Tarea finalizada. Agosto… ya se fue otro agosto de lecturas: dos manuscritos, esta poderosa obra maestra de la metafísica de la calidad: Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta y el comienzo de su relectura. Ah, y Platón, que acabo de empezar El banquete. Qué magia la de estos libros —y la de esos originales—.

«Agosto se hace tan corto que siempre necesita a septiembre para hacerse realidad», escribí ayer.

Saturno, de Eduardo Halfon

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«Usted, padre, también se burlaba de mi trabajo literario. Le parecía a usted ridículo que su hijo pretendiese ganarse la vida escribiendo. Se avergonzaba usted de mi vocación. A sus amigos les solía mentir. ¿Lo recuerda, padre? Entré al restaurante y usted, recio, imponente, ya estaba hablando con uno de sus socios. Al verme, usted me dio una palmadita en la espalda. Te presento a mi hijo, el ingeniero. Otras veces, yo era un abogado. Nunca pudo usted aceptar que su primogénito no siguiera sus mismos pasos. Nunca pudo usted comprender que mi vocación no era la suya. Yo, padre, le daba pena. Lo humillaba. Ante sus ojos, yo era un fracaso y, por lo tanto, como padre, usted también era un fracaso. Y esa frustración, ese dolor, salía en sus bromas e insultos. ¿Lo recuerda, padre? No soy ingeniero, le dije a su socio. Soy un escritor. Yo escribo, rematé con estoicismo. Usted, padre, me devoró con su mirada»[1].

«Los romanos identificaban a Saturno, su antigua divinidad agrícola, con el dios griego Cronos, hijo de Urano (el Cielo) y de Gea (la Madre Tierra), que tras expulsar a su padre se hizo dueño del mundo. Se casó con Rea y tuvo numerosos hijos, pero Gea le predijo que uno de ellos le arrebataría el poder y los devoró a todos salvo a Júpiter, a quien Rea logró poner a salvo en Creta, donde creció alimentándose con la leche de la cabra Amaltea; cuando estuvo preparado, se enfrentó con su padre y lo destronó, convirtiéndose en señor de todos los dioses»[2].

«No pienso en absoluto en la muerte, pero la muerte piensa continuamente en mí»[3]. Thomas Bernhard se atreve a abrir un libro de Álvaro Colomer: Los bosques de Upsala.

Cuando lees Saturno, de Eduardo Halfon, te preguntas si, para ser escritor, tienes que acabar suicidándote, si tienes que terminar, a la fuerza, devorado por una madeja de demonios rojos a los que diste entrada un día frío de enero. Te lo preguntas así, ahora, en abril, sin mucho sentido común de por medio.

Saturno es una metáfora en sesenta y ocho páginas. Una metáfora que rotula la peculiar relación de un padre con el hijo de puta de su hijo —piensa el padre— que ha decidido destinar su vida a la escritura. Y así como Saturno lo hizo, así el padre quiso «irrelevar» su paraíso, la escritura. El protagonista, entonces, entra en una enumeración de suicidios; y lo hace en barrena. Es una metáfora también, sí, donde Rea, o la escritura, logra salvar a Eduardo, o al narrador de Saturno.

El libro se lee antes de que puedas actualizar el timeline de Twitter. Así que, con la angustia y la ansiedad que soportan hoy los libros, qué me dices de la ventaja. Además, la edición está numerada y es una edición preciosista; está cuidadísima. Enhorabuena. Ni que fuese un libro de poesía, doctor Jekyll. Pero aunque no lo sea, ¿cuándo una metáfora no ha sido el tropo perfecto para hacer poesía, poeta? Pues imagina una metáfora de sesenta y ocho páginas sobre la prosa depurada de Halfon, sin tilde en la «o». Querré leer más de Halfon, sin duda. Saturno ha sido un sabroso aperitivo. Y no sé por dónde empezar. ¡Por turno!

[1] Eduardo Halfon en la página 40 de Saturno, título editado por Jeckyll & Hill el 3 de marzo de 2017.

[2] Fragmento del comentario al óleo de Francisco Goya “Saturno devorando a un hijo” publicado en la página 170 de Goya. Los grandes genios del arte, Biblioteca El Mundo, 2005.

[3] Cita de Thomas Bernhard con la que Álvaro Colomer abre Los bosques de Upsala (Alfaguara, 2009).

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Palabras de doble filo de Álex Grijelmo

WP_20150412_003Palabras de doble filo (Espasa, 2015) de Álex Grijelmo es un libro para periodistas que quieren comunicar con excelencia y no sienten el cansancio que les impida continuar mejorando los textos que escriben.

Álex Grijelmo advierte nada más empezar: «Sin ánimo de ridiculizar sino de enseñar». Y así nos empaqueta ochenta y tantos que son ochenta y cuatro artículos sobre el buen uso del lenguaje en el periodismo. Ejemplos extraídos de la televisión, radio y prensa; un registro de malos y buenos usos del lenguaje periodístico.

¿Qué demuestra este libro? El desuso del bueno uso de lenguaje como herramienta de trabajo del periodista. Así, sin más.

El libro derrocha un claro tono docente, muy explicativo, ameno y con un toque de humor certero. Grijelmo no olvida la ironía y sin miedo traza con compás en alguna ocasión una suave curva cínica; pero se ríe, al final siempre ríe. E importa esta sonrisa.

Cuando terminas el libro consideras que una dieta alta en pleonasmos, por ejemplo, no es lo más saludable para trasmitir los mensajes con más excelencia.

 

Los libros repentinos, de Pablo Gutiérrez

IMG_20150627_194124GUTIÉRREZ, Pablo. Los libros repentinos. Seix Barral, 2015

Quien me descubrió, hace algunos años ya, a Pablo Gutiérrez fue un ateo que me recomendó Nada es crucial. Recuerdo que esa novela me gustó. Tengo amigos ateos que leen libros donde a la religión, y mejor si es a la católica, le cortan la cabeza como a un santo yazidí. Pero Jesús, como escribe Gutiérrez en Los libros repentinos, es el amigo que nunca falla y no el portador de la espada ni el alfanje. Desde esa posición, que es un motivo, hay que demostrar que se tiene capacidad para diferenciar el opinar y el ser. Además, aprovecho ahora la sugerencia que me hacía William H. Gass hace unos días: «There are dangers in reading, one of which is reading too much of the same thing. This habit warps the mind and spoils the taste for other things. Critics who make their living by reading and reviewing books guard against this danger by reading all types of literature from Shakespeare to dime novels. Through great variety, they keep their minds refreshed and open». ¿Qué me dicen? ¿Están de acuerdo? Por este motivo leo novelas americanas, españolas y de Pablo Gutiérrez.

Escribía también Mann hace un rato en Los orígenes del Doktor Faustus (Dioptrías, 2015) que la vida es tormento, y solo en tanto que sufrimos, vivimos. Así que empiezo con la protagonista que sufre en la novela de Gutiérrez, una mujer que se llama Reme y que casaron con quince años recién estrenados, con los consentimientos en enaguas y los flujos vaginales casi transparentes.

Reme es una lectora sexagenaria o septuagenaria que parece que viene de enterrar a su marido, imaginamos. Reme ha sufrido porque Reme es una vieja indecente que viste con harapos y deja que el pelo le crezca sobre los hombros como la mala hierba. Reme es atea, y ahora, que es viuda, es más atea, como si grados tuviera la no-fe. A Reme le llega una caja con cincuenta libros de la editorial Austral que van a demostrarle que lo suyo en la vida ha sido una catástrofe porque la mitad de su vida le fue usurpada. El narrador nos describe al principio cuál ha sido la vida de Reme y qué nos espera sentados en la grada de la novela. La vida de Reme en la Explanada, el bautizo del primer bebé que nació en el barrio, qué hace un obispo hablando de procreación y por qué la contabilidad registró, en impecables asiento contables, las porciones de niños sin bautizar con sus padres en mancebía. Mujeres sinceras que amaban a sus maridos como Reme y Anita, ¡ah, Anita! a la que un policía le recuerda que la policía no persigue maridos fugados. Reme y su incauto, que es como el narrador llama al padre de sus hijos. Todo al principio, en la primera parte, en el primer capítulo de la primera parte.

Pero han aparecido cincuenta libros de Austral que son libros que un estudiante de C.O.U. estudiaba hace veinte años. Y aquello era bagaje. No, esos libros no se leían, se estudiaban y así hará Reme con ellos, estudiárselos para comprobar qué grado de verdad trae la literatura a la vida y cómo podría salvarla.

En Los libros repentinos el autor comienza a dibujar a la que será la protagonista como una mujer bruta de formación, y sensible de talle, una mujer rota y que, sentada en una escalera, espera a que comience su historia, su Historia de una escalera. Viene San Manuel y empieza la primera lección: «Lee, hija mía, lee aunque sea novelas. No son mejores las historias que llaman verdaderas. Vale más que leas que no te alimentes de chismes y comadrerías». Y pudo tomar nota el narrador: el resentimiento cristiano no existe. Existe una interpretación del que es ateo de lo que no conoce porque o bien no ha leído o bien se ha alimentado toda su vida de chismes y comadrerías, de soberbias de la razón y éticas de perros. Cristianos mediocres los que corteja la novela, cristianos con menos caridad que un soldado defendiéndose con una bayoneta.

Continúa la novela, te agarras al siguiente polisíndeton porque de lo que se va a tratar es de dar fuerza y energía a la expresión de los conceptos. Y Reme los tiene que entender. ¡Anda que el lector!

La abnegación de una madre tiene como modelo a Reme, que perdía a sus hijos con la heroína de los ochenta. Baroja sigue aconsejándole que si quería enterarse un poco de la vida no tenía más camino que leer novelas. Anita sigue estando en la novela, que es más joven que Reme y que hace contrapunto; abandonada por su marido, se queda embarazada y el barrio le recuerda aquello de que los críos no tendrán apellido pero sí nombre. Aparece Roberto en el ambiente, en un ambiente en el que el mismísimo Montero Glez sabría extraer sustancia. Recuerden, estamos en el barrio de la Explanada.

Reme, Anita y Roberto, un chaval dulzarrón que avanza entre lo sórdido y lo tópico junto a Anita, de prestado, viviendo de la plusvalía y de lo que daba la calle hasta que en un centro de menores entra con los pulgares colgando. Y los tambores de Semana Santa retumban a costalero de carrera oficial y para devoto, Roberto.

Y es la esquizofrenia que ha caracterizado a muchos cristianos de la España más rancia y menos carismática la que va a mostrar Pablo Gutiérrez desde ahora en Los libros repentinos hasta el punto de denunciar la esquizofrenia colectiva del cristiano que no es cristiano sino individuo que se rige por principios que no son los evangélicos sino los del postureo social, cofrade y falto de caridad. El infierno está lleno de hermanos cofrades que no se hablan con hermanos de sangre. Ya lo verán.

Marx adviene también. La perspectiva marxista de la sociedad, esa otrora utopía de Owen y Saint Simon, ese opio encarnado en cereros, bordadores, orfebres, tallistas, doradores; buenos oficios, mejores costumbres, identidad y orden para el lumpen. Retrato de la vida cofrade y del impacto que provoca en los barrios donde arraigaban. Ut sic. De esto hace literatura Pablo Gutiérrez y la literatura es mentira, o es una representación donde los pobres siguen siendo pobres sin que nadie pueda redimirlos. A los pobres les gusta el olor a pobre, quizá.

Oda a que el pobre también pudiera tener derecho a comprar en El Corte Inglés, ese lugar repleto de objetos que no poseerás. La denuncia es cansina, la denuncia de las condiciones en las que vive doña Remedios harta. Pero recupera en esa posición de la novela otra vez los libros repentinos que son los libros que se arrojaron en sus manos como un ritual de sanación para curar una herida que no sangraba por la soledad sobrevenida sino por la toma de conciencia de una verdad solemne: que su vida se extinguía, que todo había sido un error desde el principio, que nada es crucial salvo el paso del tiempo. Atisbas a Remedios leyendo, tapando su angustia mientras tendía la ropa en las ventanas y balcones exteriores.

Propaganda, necesidad del reciclaje, la solución a tanta barbarie capitalista está en la formación. O eso creemos aquí. Gutiérrez cree más bien en el repentinismo. Lean el libro. Resentimiento es que aparezca Marx entre tanta casa barata apaciguando a las chicas lumpen. Y así hasta la represión que supuso la no lectura, la no apertura al mundo real que estaba en los libros que no leyó Reme.

En la tercera parte arremete con literatura contra El Devoto. Un personaje que resulta ser maricón porque estaba escrito, parece ser ley general, corolario, conditio sine qua non: si eres capaz de aprenderte el calendario litúrgico, las fiestas y las vísperas, las rutinas eclesiales, decenas de palabras insospechadas como alba, estola, casulla, el corporal, la patena y el cáliz, se dice presbiterio en vez de presbiterios; aprendió a vestir y desvestir al cura cuando la sacristana no estaba; aprendió que los curas no saben vestirse solos igual que no saben cocinar su comida ni lavar su ropa, el sagrado ministerio exige que hayas personas subordinadas par esos asuntos… y así ad infinitum te quedas maricón. También se demuestra que uno de los objetivos de la novela de Pablo Gutiérrez es ridiculizar la actitud del feligrés y del cofrade, ir de iconoclasta y líder de los ateos y demostrar que si eres un personaje untado de esa religión mal practicada, acabas, repito, maricón. Después está la fe. O la Fe, según con qué ojo sepas guiñar.

Más embarazos, más mentirosos y así hasta el final, donde en una ciudad que parece y es mugrienta, llorando nostalgias, los niños crecían y las niñas para el lupanar. Parece que todos menos el concejal. Aparece la figura del concejal como pieza que cierra el triángulo, o el círculo o el cartel de la representación. Concejales que viven para la apariencia, mujeres que sostienen a concejales y que son feroces sin haber leído un solo libro. La Feroz es otro personaje de la novela. Muy divertido. Mujer del concejal, concejal que va detrás de la presa, escarnio y bocas aristocráticas que solo sabían engañar al pueblo. Zorros viejos, ciudadanos perplejos. Podíamos pues. Den las luces.

—Pero todo esto que usted cuenta, ¿es verdad o es locura de usted? Porque a mí me han dicho que usted ha escrito novelas, y que por escribirlas comiendo mal ha perdido la chaveta.

—Yo le juro a la señora que lo que le he dicho es el Santísimo Evangelio.

No me quiero fijar en la historia. La historia, os vais a reir, es lo menos importante de Los libros repentinos. La historia no me importa. Los cristianos mediocres que ahí aparecen tampoco. Ni las formas de hacer política ni la pobreza de los barrios de siempre. A mí me importa la escritura de Pablo Gutiérrez que me recuerda a aquel boom de los «narraluces» (Francisco Ayala, Caballero Bonald, Manuel Andújar) donde los rasgos estilísticos son de una pureza brillante y hasta barroca y que se complacía en la hermosura de las palabras que atienden a su sonoridad dignificando, de una vez por todas, la prosa narrativa. A Pablo Gutiérrez parecen ir dirigidas las palabras de José Domingo del número 310 de la revista Insula de 1972: Esta calidad de la prosa es una de las características a subrayar en los actuales novelistas andaluces, por encima de esos pretendidos rasgos generacionales de los que habría mucho que hablar, existe una positiva realidad: su labor dignificadora de la prosa, del arte del buen decir. Y sí, lo de este autor, es de floración novelesca. Puedes enfocar tu crítica a los temas que trata (desigualdad social, comportamientos individuales de quien se hace llamar cristiano, folclore cofrade, consumismo, capitalismo voraz, poder municipal putrefacto) pero de lo que hay que disfrutar es de la capacidad de mostrar lo bella que es nuestra lengua cuando se usa con raza para hacer literatura, para surfear entre las olas del lenguaje.

Perogrullesca verdad sería el decir que a Pablo Gutiérrez —lo digo yo— se adherirán más lectores cuando suelte el lastre temático de esa «literatura del subdesarrollo» y del social-realismo; cuando limpie esa pátina «proletaria» con que embadurna sus novelas, cuando arranque ese cansinismo que produce ir de antiburgués. Y también soy rotundo: imposible encasillar a Pablo Gutiérrez en aquella «generación de la berza».

Y acabo. Me va a cerrar la reseña un fragmento de la página 294 del último libro que he leído, El cuaderno perdido, de Evan Dara:

«hace poco sumé dos y dos… durante un pequeño y lamentable episodio —con cuyos detalles no te aburriré— donde destaca un personaje llamado Stephen… pero cuando acabé por comprenderlo, fue de un modo decisivo, definitivo… comprendí que había que acabar con mis estrategias fracasadas y compensaciones desesperadas… que tenía que dejarlas atrás de una vez por todas… pues mis tendencias habían adquirido, advertí, la capacidad de perpetuarse a sí mismas, una fuerza de carácter narrativo, cuya autodeterminación irresistible, imparable, conducía cada vez más a la decepción… y por eso advertí que debía romper con mi narrativa, destrozar por completo esta serie de códigos que siempre traicionan su contenido…».

Lean Los libros repentinos.

Adenda:

  1. El blog de Pablo Gutiérrez es El adjetivo mata. Blog que recomiendo leer.