Ofrece un hermoso bollo al individuo sospechoso

El Sr. Oliver Wendell Holmes, en su fascinante libro, El Profesor de la Mesa de Desayuno nos da la siguiente regla para saber cuándo un humano es viejo y cuando joven: «El experimento crucial es este: ofrece un hermoso bollo al individuo sospechoso exactamente diez minutos después de cenar. Si lo acepta y devora con facilidad, queda demostrado el hecho de que es joven». Wendell nos cuenta que un ser humano, «si es joven, comerá lo que sea, a cualquier hora del día o de la noche». Para determinar la salubridad del apetito mental de un animal humano, pon en sus manos un tratado —mínimamente bien escrito— sobre algún tema popular —un bollo mental. Si lo lee con entusiasta interés y toda atención y si, tras la lectura el lector puede responder preguntas sobre el tema, la mente está a pleno rendimiento. Si lo deja educadamente, o quizá lo manosea algunos minutos y entonces dice: «¡No puedo leer este estúpido libro! ¿Me puedes alcanzar el segundo volumen de el Misterioso Asesinato? Puedes estar perfectamente seguro de que algo va mal en su digestión mental.

Lewis Carroll en Alimentar la mente, Gadir, 2009

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Poseo el talento de saciarme con muy poco

Además, no tengo el menor deseo de hacer carrera. Lo que para otros es lo máximo, para mí es lo mínimo. Hacer carrera es algo que, Dios es testigo, no puedo respetar. Me gusta vivir, pero no afanarme en pos de una carrera, cosa que se considera extraordinaria. ¿Qué hay de extraordinario en ello? Espaldas prematuramente encorvadas a fuerza de estar de pie ante escritorios demasiados bajos, manos llenas de arrugas, rostros pálidos, pantalones de trabajo raídos, piernas temblorosas, vientres prominentes, estómagos estropeados, cráneos pelados, ojos cargados de encono, torvos, insípidos, descoloridos, sin brillo, frentes extenuadas y la conciencia de haber sido un perfecto idiota cumplidor de sus deberes. ¡Gracias! Prefiero seguir siendo pobre pero sano, renunciar a una casa lujosa a cambio de una habitación barata, aunque dé a la más oscura de las callejuelas, prefiero los apuros económicos al compromiso de tener que elegir dónde debo ir en verano a recomponer mi arruinada salud; cierto es que sólo soy respetado por una persona: yo mismo, pero es alguien cuyo respeto es el que más me importa; soy libre y puedo, cada vez que la necesidad lo exige, vender mi libertad por un tiempo para luego ser nuevamente libre. Vale la pena ser pobre a cambio de libertad. Tengo qué comer, porque poseo el talento de saciarme con muy poco. Me indigno cuando alguien me viene con la palabra trabajo fijo y los compromisos que ella supone. Quiero seguir siendo un ser humano. En una palabra: ¡me gusta lo peligroso, lo abisal, lo flotante y no controlable!
Robert Walser en Los hermanos Tanner

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A lo difícil se ha de llegar por lo fácil

La semana comenzó con un tuit de la Biblioteca Nacional que desembalé porque llevaba tiempo buscando una biografía breve sobre Ignacio como la que se incluye en el tuit.

Me descargué la biografía de Astrain (aquí la tenéis) y me la leí entre la tarde del lunes y la tarde del martes: dos tardes. Os la recomiendo. Son 143 páginas. Me aturdió, he de reconocerlo. Prendió la mecha. Me pregunté. Me templé.

Esa biografía me llevó a saber más, mucho más sobre los jesuitas y estuve dos días leyendo sobre ellos. Estoy de vacaciones y mi plan es sencillo: estudiar por la mañana y leer por la tarde. Después me pongo las zapatillas y me voy a pasear, a correr o a montar en bicicleta con mi familia (hay fotos). Y en los días de piscina buceo sin libro en la mano.

Hoy el texto que traigo para LA PÁGINA es de Santo Tomás de Aquino. Y se preguntarán, ¿qué pintará este santo aquí? Pues qué les voy a contar; que quede entre nosotros: siento una profunda admiración por este tipo. Ya les contaré algún día…

Antes de llegar a él he dedicado la semana a saber de jesuitas, dominicos y benedictinos. Por cierto, no se pierdan, por favor por favor, la serie que escribió el poeta ateo Antonio Lucas esta semana sobre la Abadía de Silos. Gracias a ella he apuntado en la lista de tareas “Algún día / Tal vez” enclaustrarme cuatro o cinco días allí, en su hospedería. Si después de leer la serie de Antonio Lucas no encuentran ese deseo, aunque solo sea el deseo de pasear por su claustro, no te enfades, quizás estés ya muy podrido y ciberapresado. Yo anhelo estar allí unos días.

No os distraigo más. La serie de Antonio Lucas está debajo enumerada. Regodeaos. Busquen una sombra y léanla con tranquilidad. En la tercera entrega cuenta esto. Ya me callo. A mí estas historias me dan mucho y mucho «de pensar».

El monje más joven del lugar, Luis Javier, es un sevillano de 32 años rápido como la sangre. Antes de ingresar en la orden pisó calle y discoteca. Terminó Derecho con Premio Extraordinario. En EEUU hizo un máster en Jurisprudencia Medioambiental. Regresó a casa y combinó las clases en la universidad con las tardes de picapleitos en un bufete. Ganaba buen parné. Vivía en un apartamento con vistas. Iba en línea recta a convertirse en un pollopera de éxito, creyente pero no beato, mundano, con amigos alejados de la Iglesia y una existencia color miel. Pero a los 24 años le dio por preguntarse algo fatal: “¿Y esto es todo?”. Cualquier chico de su edad firmaría por la mitad de su ajuar académico. Pero él se lanzó a dudar. Alguien le recomendó unos días en la hospedería de Silos, por templar la cosa. Y aquí, como un arponazo, le dio no sé qué golpe de cierzo y ya lo vio claro. Iba a ser monje.

Es domingo, no hay cierzo y es agosto; no estás en Jaén, peor para ti. Aquí alcanzaremos hoy los cuarenta y tantos. ¿Se pueden soportar? Sí. Pues sopórtalos y no te quejes, me diría Séneca. Releo la serie. Me gusta tanto que ha avivado algún rescoldo:

  1. Un ateo en Silos: Hacia no sabes dónde.
  2. Un ateo en Silos: Otra manera de callar.
  3. Un ateo en Silos: Una abeja de oro.
  4. Un ateo en Silos: Lo que viniste buscando.

Y el texto de esta semana para LA PÁGINA es el que es porque leyendo sobre los dominicos apareció deslumbrante. Fascinante. No todos los sacerdotes, monjes, frailes y obispos son pederastas, iluso. ¿Qué te creías? A Dios gracias. Tanto he leído sobre ellos que me he propuesto, a ese ritmo sencillo de pasatiempo, leer la Suma Teológica en latín. Sí, sí, me he puesto a estudiar latín como un lego, a refrescar lo que aprendí y enseñé a aquellos zagales de Marbella una vez. No quiero olvidarlo. Me han descubierto algunos manuales de Cambridge muy golosos. Ya tengo los dos primeros. Y en casa ya tenía a don Valentí Fiol. Maravilloso. Vacación era esto, independientemente de dónde te encuentres y dónde viajes y dónde te digan que has de hacerte el mejor selfie para que el mundo lo vea. Sé. Sé (del verbo «ser»).

El texto que Santo Tomás de Aquino escribió para mí es el siguiente:

Ya que me preguntas, carísimo hermano en Cristo, cómo debes estudiar para adquirir el tesoro de la ciencia, mi consejo es el siguiente.

No te lances de pronto al mar, sino acércate por los riachuelos, porque a lo difícil se ha de llegar por lo fácil. Te mando que seas tardo para hablar y para ir a distracciones; abraza la pureza de conciencia; date a la oración; procura permanecer en tu celda, si quieres entrar un día en el templo del saber; sé amable con todos; no te preocupes de lo que hacen los demás; no tengas demasiada familiaridad con nadie, pues la excesiva familiaridad engendra desprecio y roba tiempo al estudio; huye sobre todo de perder el tiempo; imita a los santos y a los buenos; guarda en la memoria todo lo bueno que oigas; cuando tengas alguna duda, aclárala; acumula cuantos conocimientos puedas en el arca de tu mente, como quien trata de llenar un vaso; no busques lo que sea superior a tus fuerzas.

Si sigues estos pasos producirás copiosas ramas y frutos en la viña del Señor. Cúmplelo y alcanzarás lo que deseas.

Después de leerlo me puse a leer la Suma (Aquí la tenéis entera, solo en castellano).

La Summa se escribiría con esta perfección. Intuyo (Gracias, R.):

Acabo con una recomendación de lectura. Estoy leyendo (para que el mundo lo vea lo publiqué en mi cuenta de Instagram) este libro medio biográfico medio filosófico de san Agustín, cuyas páginas me están procurando muchísima PAZ. Si pueden, léanlo. Dudo que sea superior a tus fuerzas: Agustín, de Gareth B. Matthews.

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Pasen un buen domingo. Paseen.

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Los dormidos, y los muertos, no son sino como pinturas

«Ahora sé que la cita de Shakespeare procedía de Macbeth y que ese símil está en boca de su mujer, al poco de que Macbeth haya vuelto de asesinar al rey Duncan mientras dormía. Forma parte de los argumentos dispersos, o más bien frases sueltas, que Lady Macbeth va intercalando para quitarle hierro a lo que su marido ha hecho o acaba de hacer y es ya irreversible, y entre otras cosas le dice que no debe pensar ‘so brainsickly of things’, de difícil traducción, pues la palabra ‘brain’ significa ‘cerebro’ y la palabra ‘sickly’ quiere decir ‘enfermizo’ o ‘enfermo’, aunque aquí es un adverbio; así que literalmente le dice que no debe pensar en las cosas con tan enfermo cerebro o tan enfermizamente con el cerebro, no sé bien cómo repetirlo en mi lengua, por suerte no fueron esas palabras las que en aquella ocasión citó la mujer inglesa. Ahora que sé que esa cita venía de Macbeth no puedo evitar darme cuenta (o quizá es recordar) de que también ese nos susurra al oído sin que lo veamos acaso, la lengua es su arma y es su instrumento, la lengua como gota de lluvia que va cayendo desde el alero tras la tormenta, siempre en el mismo punto cuya tierra va ablandándose hasta ser penetrada y hacerse agujero y tal vez conducto, no como gota del grifo que desaparece por el sumidero sin dejar en la loza ninguna huella ni como gota de sangre que enseguida es cortada con lo que haya a mano, un paño o una venda o una toalla o a veces agua, o a mano sólo la propia mano del que pierde la sangre si está aún consciente y no se ha herido a sí mismo, la mano que va a su estómago o a su pecho a tapar el agujero. La lengua en la oreja es también el beso que más convence a quien se muestra reacio a ser besado, a veces no son los ojos ni los dedos ni labios los que vencen la resistencia, sino sólo la lengua que indaga y desarma, la que susurra y besa, la que casi obliga. Escuchar es lo más peligroso, es saber, es estar enterado y estar al tanto, los oídos carecen de párpados que puedan cerrarse instintivamente a lo pronunciado, no pueden guardarse de lo que se presiente que va a escucharse, siempre es demasiado tarde. No es sólo que Lady Macbeth induzca a Macbeth, es que sobre todo está al tanto de que se ha asesinado desde el momento siguiente a que se ha asesinado, ha oído de los propios labios de su marido ‘I have done the deed’ cuando ha vuelto, ‘He hecho el hecho’, o ‘He cometido el acto’, aunque la palabra ‘deed’ se entiende hoy en día más como ‘hazaña’. Ella oye la confesión de ese acto o hecho o hazaña, y lo que la hace verdadera cómplice no es haberlo instigado, ni siquiera haber preparado el escenario antes ni haber colaborado luego, haber visitado el cadáver reciente y el lugar del crimen para señalar a los siervos como culpables, sino saber de ese acto y de su cumplimiento. Por eso quiere restarle importancia, quizá no tanto para apaciguar el aterrado Macbeth con las manos manchadas de sangre cuanto para minimizar y ahuyentar su propio conocimiento, el de ella misma: ‘Los dormidos, y los muertos, no son sino como pinturas’; ‘Aflojas tu noble fuerza, al pensar en las cosas con tan enfermizo cerebro’; ‘No se debe pensar de esta manera en estos hechos: así, nos hará volver locos’; ‘No te pierdas tan abatido en tus pensamientos’. Esto último se lo dice tras haber salido con decisión y haber regresado de untar los rostros de los sirvientes con la sangre del muerto (‘Si sangra…’) para acusarlos: ‘Mis manos son de tu color’, le anuncian a Macbeth; ‘pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco’, como si intentara contagiarle su preocupación a cambio de contagiarse ella de la sangre vertida de Duncan, a no ser que ‘blanco’ quiera decir ‘pálido y temeroso’, o ‘acobardado’. Ella sabe, ella está enterada y esa es su falta, pero no ha cometido el crimen por mucho que lo lamente o asegure lamentarlo, mancharse las manos con la sangre del muerto es un juego, es un fingimiento, un falso maridaje suyo con el que mata, porque no se puede matar dos veces, y ya está hecho el hecho: ‘I have done the deed’, y nunca hay duda de quién es ‘yo’: aunque Lady Macbeth hubiera vuelto a clavar los puñales en el pecho de Duncan asesinado, no por eso lo habría matado ni habría contribuido a ello, ya estaba hecho. ‘Un poco de agua nos limpia’ (o quizá ‘nos limpie’) ‘de este acto’, le dice a Macbeth sabiendo que para ella es cierto, literalmente cierto. Se asimila a él y así intenta que él se asimile a ella, a su corazón tan blanco: no es tanto que ella comparta su culpa en ese momento cuanto que procura que él comparta su irremediable inocencia, o su cobardía. Una instigación no es nada más que palabras, traducibles palabras sin dueño que se repiten de voz en voz y de lengua en lengua y de siglo en siglo, las mismas siempre, instigando a los mismos actos desde que en el mundo no había nadie ni había lenguas ni tampoco oídos para escucharlas. Los mismos actos que nadie sabe nunca si quiere ver cometidos, los actos todos involuntarios, los acto que no dependen ya de ellas en cuanto se llevan a efecto, sino que las borran y quedan aislados del después y el antes, son ellos los únicos e irreversibles, mientras que hay reiteración y retractación, repetición y rectificación para las palabras, pueden ser desmentidas y nos desdecimos, puede haber deformación y olvido. Sólo se es culpable de oírlas, lo que no es evitable, y aunque la ley no exculpa a quien habló, a quien habla, éste sabe que en realidad no ha hecho nada, incluso si ha obligado con su lengua al oído, con su pecho a la espalda, con la respiración agitada, con su mano en el hombro y el incomprensible susurro que nos persuade.»

Javier Marías en Corazón tan blanco, Anagrama, 1992


La Página es una sección dominical del blog donde transcribo algún fragmento de los libros que he hojeado o leído durante esta semana.

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Cifras y letras

«Los dados permiten una organización, o lo que es lo mismo una creación, arbitraria, de lo real. Las secuencias numéricas y el orden alfabético permiten otras, igualmente eficaces, y cuya capacidad heurística no es menor. Parte de la ficción contemporánea, alejándose del género torpe, híbrido y mal definido que es la “novela poética”, toma de la poesía aquello que durante mucho tiempo le ha sido más característico: la coacción arbitraria, partera de sentidos nuevos. Encorsetado por formas intangibles, el poema fuerza al lenguaje a plegarse y así libera significaciones nuevas, placeres desconocidos. Las estructuras precondicionadas de Walter Abish, Harry Mathews o Gilbert Sorrentino, arbitrarias, confieren a su ficción un exceso de orden que pone de manifiesto que las estructuras convencionales cuyo ordenamiento, por conocido, consideramos natural, llevan en su seno una serie de imposiciones y limitaciones igualmente determinantes. Hacen de su necesidad virtud y placer; a las bridas y a las ballenas ellos prefieren sus cintas: erótica del corsé y de su cintura de avispa.

Las obras de Walter Abish están publicadas en New Directions donde se codean con las de sus primos que se llaman Queneau, Nabokov, Jarry, David Antin o Borges. En muchos de ellos, como ocurre en el Oulipo —al que pertenece Mathews, amigo y traductor de Perec— el lenguaje literario se apoya sobre sus condicionantes formales, una de cuyas variantes es la libertad absoluta. Para Abish jugar con la energía latente en los dispositivos del lenguaje, supone hacerle confesar al lenguaje muchas más cosas de las que nos desvela cuando lo utilizamos habitual y despreocupadamente; su juego genera el sentimiento que la lengua juega con la conciencia del escritor, socio activo, maestro de las elecciones tácticas, ciertamente, pero sólo socio. La lengua, a su vez, le lleva más allá de lo que él mismo quiere, quizá, hasta el umbral de su empresa. Alegría, independencia, posturas y celadas del uno hacia la otra y de la otra hacia el uno, el envite, la aceptación, el rechazo, la interferencia: juego. Producción de sentido sin apuesta previa.»

Marc Chénetier en Más allá de la sospecha. La nueva ficción americana desde 1960 hasta nuestros díasVisor, 1997. Traducción de María Lozano.

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El artículo exige vivir pegado a una actualidad que cada día me importa menos

La página es una sección del blog donde, todos los domingos, transcribo un fragmento de algunos de los libros que he hojeado o leído durante la semana. En realidad suele ocupar la mitad o una página completa tecleada para un documento Google Drive a tamaño 12, y poco más mecanografiada.

«Lo mejor de Umbral está por venir, vuelvo a decirlo. Un Umbral detenido, un barroco ascético, que se acerca a las cosas, a los gorriones/gorrones callejeros, a los gatos que exageran su andar felino, agatándolo más, un Umbral más contemplativo que activo, lejos del protagonismo un poco chulesco que le encantaba antaño, cultivador ahora de una “estética zoom”, que enfoca un objeto, un gesto, un animal para transfigurarlo literariamente. El escritor apresurado quiere ahora conseguir la calma. “Lo malo del articulismo —escribe— lo que me va pesando ya, es que nos roba el presente. El articulismo supone sacrificar la verdad a la actualidad. El artículo, la crónica, la columna, nos arrastra un poco con todos los lastres de lo que pasa, pero uno va teniendo la conciencia cada día más en lo que no pasa, en el sueño de la gata, en las flores que se inventa el sol de la mañana, en el silencio misterioso y astral de los atardeceres, en el cansancio sano y sobrio de los hombres. El artículo exige vivir pegado a una actualidad que cada día me importa menos. Sigo haciendo artículos. Pero sé que la vida, el presente, el gran día permanente del cielo, sigiloso de noches, no tiene fechas ni calendario, es la pura lejanía pura en la que quiero vivir.”»

 

Del prólogo que escribe José Antonio Marina para Los alucinados, de Francisco Umbral, en la Esfera de los Libros, 2001.

 

Recomiéndales que dejen de decir necedades, de discutir acerca del Universo

La página es una sección o categoría del blog donde, todos los domingos, transcribo un fragmento de algunos de los libros que he hojeado durante la semana. En realidad suele ocupar la página de un documento Word en Google Drive a tamaño 12. Este último dato era innecesario pero el blog es mío.

DIÓGENES.—Polideuces, quiero encargarte que, apenas subas a la tierra (es a ti a quien corresponde, según creo, volver mañana a la vida), si ves en alguna parte a Menipo, el cínico (podrás encontrarlo en el Craneo de Corinto, o en el Liceo, riéndose de las disputas que tienen los filósofos unos con otros), le digas estas palabras: «Menipo, si te has reído bastante de las cosas de la tierra, Diógenes te invita a que vayas a la morada de Hades, a reírte mucho más. Aquí tu risa no puede ser todavía una risa franca, y es frecuentemente preguntarse: “¿Quién conoce bien el más allá?” En el Hades, en cambio, no cesarás de reír a carcajadas, como hago yo, sobre todo cuando veas a los ricos, sátrapas y tiranos, tan oscuros e insignificantes, diferenciándose de los demás tan sólo por sus gemidos, y adviertas que su escasa hombría y su vileza les hace recordar los bienes de arriba.» Esto quiero que le digas. Y añade que, antes de venir, llene la alforja de abundantes altramuces y ponga en ella también comida de Hécate, si encuentra en el suelo en alguna encrucijada, o un huevo procedente de sacrificio, o algo semejante.

POLIDEUCES.—Le transmitiré tu mensaje, Diógenes. Pero antes dame información necesaria para que yo sepa con exactitud qué aspecto tiene ese hombre.

DIÓGENES.—Es viejo y calvo, y viste un «tribonio» lleno de agujeros, abierto a todos los vientos, y de color vario a causa de las piezas de tela que lleva aplicadas. Siempre está riendo, y generalmente mofándose de esos filósofos fanfarrones.

POLIDEUCES.—Fácil es encontrarlo con esas señas.

DIÓGENES.—¿Puedo darte también algunas instrucciones para que se las comuniques a aquellos filósofos?

POLIDEUCES.—Hazlo. Tampoco eso me será molesto.

DIÓGENES.—En resumidas cuentas, pues, recomiéndales que dejen de decir necedades, de discutir acerca del Universo, de proporcionarse cuernos unos a otros, de inventar cocodrilos y de enseñar a hacer semejantes preguntas sin solución.

POLIDEUCES.—Pero dirán que soy un inculto e ignorante, por hacer reproches a su sabiduría.

DIÓGENES.—Mándalos, pues, a paseo de mi parte.

POLIDEUCES.—Les daré también ese recado, Diógenes.

DIÓGENES.—Y a los ricos, queridísimo Polideuces, diles esto de mi parte: ¿por qué, necios, echáis siete llaves a vuestro dinero?, ¿por qué os torturáis, calculando intereses y amontonando talentos sobre talentos, si dentro de poco tendréis que marchar de aquí con sólo un óbolo?

POLIDEUCES.—Haré como dices.

[Fragmento del “Diálogo de los muertos” en Diálogos de tendencia cínica, de Luciano de Samosata.]

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Por eso a veces me tienta colgar textos en internet, porque allí prometen tener una existencia continua

«Diez. Hace varios años comencé a publicar un blog. Un poco de manera inconstante, o descuidada, o las dos cosas a la vez; y creo que lo sigo haciendo de ese modo. Pero su presencia, siendo lateral y a veces extemporánea, cambió en su momento la forma como entiendo mi propia escritura. Este blog consiste en una serie de escritos de distinta índole. No lo tomo como un sitio donde colgar opiniones o anunciar cosas relacionadas con mis libros. Aprovecho el espacio gratuito y las plantillas predefinidas para poner fragmentos textuales, ensayos y escritura dispersa en general. Los comentarios no están activados y tampoco hay enlaces a otras páginas. Es de algún modo un sitio un poco autista, o que pretende ser lo más silente posible. Continue reading “Por eso a veces me tienta colgar textos en internet, porque allí prometen tener una existencia continua”