Del imposible lenguaje de la noche

Siempre que leo un libro que me sorprende y compruebo que apenas han escrito sobre él, me acuerdo de Holden Caulfield cuando decía aquello de “y todas esas gilipolleces estilo David Copperfield”. Hablo de El imposible lenguaje de la noche, de Joaquín Fabrellas (Chamán Ediciones, 2020), que no es una gilipollez estilo David Copperfield, sino una ópera prima digna de cualquier suplemento cultural de tirada nacional. Pero claro, es lo que respondía el otro día Alberto Olmos en una entrevista de la revista Centinela cuando le preguntaban si se veía como director de Babelia. Fue rotundo: “Sin ningún problema. El mito de Babelia es que la gente cree que es como un sanedrín de sabios infalible, un poco como el Nobel. No, es gente como tú y como yo; y si yo fuera su responsable, pues obviamente muchos de los que se pasean por sus páginas no saldrían y muchos que no salen nunca ocuparían la portada. La cultural, oficialmente, no es más que eso”.

El imposible lenguaje de la noche me ha sorprendido. Así he empezado este texto. He de revelar que tuve la oportunidad y la confianza del autor para leer el primer borrador del original de la novela, pero la versión final ha sido un espectáculo inesperado. Ya saben que aquí no se escriben reseñas, sino que se glosa, o se comenta, se talycualea sobre libros. A secas. Como no nos debemos a nadie, escribimos cómo y sobre lo que nos da la gana. Por este motivo, porque aquí no escribimos reseñas, les dirijo a una de las mejores reseñas que he leído sobre El imposible lenguaje de la noche. La firma Pedro Mármol para la revista Turia. En este vínculo están los porqués hay que leer esta pieza literaria.

Pero soy de comparar. En Literatura hay que comparar. Así que lo primero que hice cuando terminé de leer la novela de Fabrellas fue buscar un texto que condensase lo que había leído. Y lo encontré. Tenía un libro que comentaba Los vagabundos del Dharma. Era un texto que encontré tan preciso e idóneo para El imposible lenguaje de la noche que me sorprendí. Yo pensaba que Los vagabundos era una obra que pertenecía a Gary Snyder, pero buscando qué editorial lo había publicado comprobé que era de Kerouac, y que había editado Anagrama en la colección Compactos. El texto al que hago referencia y que utilizo para comparar la novela de Fabrellas con la de Kerouac es el siguiente. Tan fetén: “Su escritura automática se basa en las variaciones e improvisaciones sobre un tema apoyado en ritmos rápidos y recurrentes. Eso da la apariencia de un desvío del tema y de caos, pero en realidad consigue una estructura basada más en la armonía que en la melodía. Las improvisaciones, además, persiguen leves disonancias y se realizan en un estado casi de éxtasis”.

Sí, no tengo dudas. Este es un texto que encarna lo que he experimentado de la mano del protagonista de El imposible lenguaje de la noche, Paul Demut. Ahora solo me alegro de haber leído una novela con tanto ritmo en sus capítulos, sobre todo, y por gozar con algo tan bien tirado y hecho al modo bukowskiano y kerouaciano.

Tengo que leer es una perífrasis de obligación que refuta una de las más ciertas leyes de la termodinámica literaria: un libro te lleva a otro. Así que Los vagabundos del Dharma queda apuntado en la lista de desideratas.

Tropo 82: Sus páginas mejores

Ya me gustaría completar este tropo con palabras esenciales. Pintarlo con frases llenas y rebosantes de palabras esenciales. Tantas como las que he encontrado en los artículos de Julio Camba recogidos en Mis páginas mejores, selección de artículos prologados por Manuel Jabois y editados por Pepitas de Calabaza. Año 2012. “Con existencias en nuestra web”.  

No sé cómo llegué a este libro, pero me figuro que, saliendo como salía de leer Literatura infiel, recalé con querer en él. A mí me descolocó mucho el título: Mis páginas mejores, pero creo que fue porque ejecutaba algún artículo del código del extrañamiento literario. Lo releí tres, cuatro, cinco veces. Ponía del revés el libro, ocultando la portada, le daba la vuelta, y otra vez, ahora en voz alta: Mis páginas mejores. Así, un rato. Mientras, me decía: “joder, qué efecto tan chulo el de ese nombre con ese adjetivo”. Magnífico ejemplo de adjetivo pospuesto que guardo para mis alumnos. No le quedaba otra a ese nombre. ¡Viva el nombre! Denotar era eso, marcar territorio era rugir así. Hasta pensé que eso era hacer tres líneas en el Tetris con una simple L invertida.

Se escribe como se vive, leí en el prólogo de Jabois, y así lo he comprobado en cada uno de los ciento y pico artículos que conforman esta selección de piezas. Julio Camba escribía así porque vivía así. En Camba compruebas cómo sacaba a relucir los azares de su vida, cómo “caer en casa de Frau Grube” le movió a ambientar esa caída; cómo tener “un amigo muy demócrata” era atesorar para sus artículos las contingencias de ese amigo y de aquellas gentes con las que se rodeó en Francia, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, Suiza, Italia y Portugal. Sacar brillo a esas experiencias era su trabajo. Después lo ofrecía reluciente, por piezas y con entrega manuscrita.  

Agudeza, agudeza de cuchillo (concisión) y tenedor (acierto). Buscando lo esencial del ambiente, del carácter, de una mentalidad. Saciando nuestro interés humano por los asuntos raros y extraños con los que se topaba. Sus palabras y sus giros. No hay tópicos, no hay frases hechas, así nos define, y de un modo magistral, qué es el periodismo literario.

Decía Eugenio D’Ors que los articulistas tenía que pasar de la anécdota a la categoría con el fin de hacer brillar un símbolo, una alegoría, o por lo menos, reflejarlos. Que en eso consistía el arte de la columna; y que eso lo hacía don Julio Camba, don Eugenio.

Acabo con una cita que utilicé recientemente y que extraje de El lenguaje y la vida, de Charles Bally. La naturalidad del juego de palabras de Camba la me la ha recordado:

“El lenguaje natural, ese que todos hablamos, no está al servicio de la razón pura, ni del arte; no apunta ni a un ideal lógico ni a un ideal literario; su función especial y constante no es la de construir silogismos, ni la de redondear periodos… el lenguaje está simplemente al servicio de la vida”.

Tropezarse con el mundo como se tropezó Camba fue ponerse al servicio de la vida; para escribirla.

Vínculo de este tropo: El libro puede adquirirse sin gastos de envío en la página web de la editorial.