No he dejado rastro de lo escrito a mano

¿Por qué de este narrador de Vila-Matas nadie se acordará? ¿Por qué desaparecerá dentro de cien años? ¿Por qué crees –bueno, mejor lo piensas– que no dejar rastro de lo escrito en lápiz en un papel motivará que te olviden antes?

No lo sé, pero esta semana he creado un blog para mis alumnos. Lo alimento, en buena parte, con hornija analógica. Porque así es, porque en el principio fue el papel, y después, el escaneado para una pantalla o “enigmático interior de un ordenador”, como escribía Vila-Matas en la cita que fotografío para esta entrada.

Todo lo que no sea escrito en papel desaparecerá. Esa es mi fe y por eso miro con recelo a todos los fervientes y espumosos fans de la escritura superdigital, de superficial y digital. También es mi tesis. Hay tanta sabiduría en aquello de Zambra de “mi padre era un computador y mi madre una máquina de escribir”.

Mi madre es una máquina de escribir y mi abuela un bolígrafo y papel. Pero estábamos con el lápiz. Es el gineceo de la escritura, la habitación donde todo nace. Ahora, siempre lo recuerdo, aquella imagen de Roth, aquella imagen de Roth en su habitación solo, frente a la pared y en la mesa, un bolígrafo y un papel. Podía tirarse horas hasta enhebrar su prosa. Ese es el trabajo real de la ficción, o así lo concibe quien escribe. O Ferlosio. O Delibes. O Goytisolo. ¿Eran otros tiempos? Sí, de forja y artesanía narrativa.

Y así que encontré la ficha que hoy utilizo como pretexto para escribir esta entrada, que fue medio esbozada antes en un cuaderno con tinta azul de Pilot, que es el cuaderno que llevo a todos los lados debajo del brazo. Una ficha que encontré mientras buscaba otra relacionada con los griegos o romanos. Hallé las dos.

Los textos que se originan y se producen con orden y espasmo digital se desvanecen con más facilidad que los cincelados, aún con más tiempo y materia, de manera analógica. Insisto, es mi tesis. Argumento de experiencia. Lo digital tiende hacia el abismo y la pérdida mientras que lo analógico permanece en el mundo, que es el mundo que le corresponde y en el que nace, el de la materialidad y el grafito, que mancha y radia; un mundo, el analógico, y valga la paradoja, mucho más visible que el digital.

Extraña entrada esta que tuvo, cómo no, su origen en una simple ficha de cartulina. Hasta le tomé una fotografía de su lado bueno. Nada pudo llegar a ser sin el papel que sobrevuela la frontera esquiva del país donde reina un Cronos devorador. Es por eso, por lo que el narrador de Mac y su contratiempo dejará de existir. Vila-Matas también, incluso yo, claro, pero nos sobrevivirán los pliegos de papel con palabras de grafito. Porque quien no da forma a su pensamiento, a su ficción, a sus mentiras y verdades en un sitio palpable y en un tiempo determinado, desaparecerá. Es mi tesis, recuerda. ¿Y qué más da? Eso es verdad, ¿qué más da?

La cita está extraída de la página 16 de esa obra de Vila-Matas que sí tengo en papel y en casa. También es un programa de escritura. De estas ausencias de trabajo y artesanía, estos, los de hoy, lodos narrativos:

“El caso es que lo he escrito todo a lápiz en las hojas arrancadas del cuaderno, las he corregido luego con lentes de aumento, las he pasado a limpio en el ordenador, las he impreso y las he vuelto a leer y de nuevo las he vuelto a pensar, he corregido las copias –es el verdadero momento de la escritura–, y de luego tras haber trasladado lo reformado a mi PC, no me he dejado rastro de lo escrito a mano y he dado por buenas finalmente mis notas del día, que han quedado bien ocultas en el enigmático interior de un ordenador”.

Vila-Matas en Mac y su contratiempo

Actualización del 20 de octubre de 2020

Rechaza la sed de libros

Me he propuesto, después de leer el artículo de Rafael Sarmentero[1] “Esto no es un juego”, publicar todas las semanas una entrada, como si fuese un articulito para cualquier suplemento dominical, que es en lo que se va a convertir el blog este año. Un texto gratuito y accesible para quien visite el blog, un texto misceláneo.

Sarmentero en su artículo se acusa de su laxitud de compromiso, del relajo en el que ha caído: “He sido mariquitamente autoindulgente. Y eso se ha terminado”, escribe. “¿Qué estoy haciendo con tal grado de pagafantismo creativo?”, se pregunta. Después afirma que “si cada día al menos escribo mi media hora, tres cuartos…” recuperará la sensación del deber cumplido.

Me he sentido identificado con sus afirmaciones, si bien yo no he venido al mundo a escribir obras maestras, pero sí a jugar con las palabras y las letras. Es más, sus palabras me han servido para recomenzar la escritura aquí. Justo ayer publicaba en Twitter que llevaba veinte días sin escribir nada. Y sí, hubo un momento del día en que aislé el hecho y la reflexión sobre la no escritura, esa bartlebymanía, y me resultó rarísimo. Me pregunté por qué, aunque las razones eran muy evidentes: nuevo curso, nuevo plan de estudio, niños y colegios, hogar y familia, Dios e Instagram.

Nunc Coepi!: el pagafantismo creativo se ha acabado. Y se ha acabado porque el año pasado fui capaz de escribir una entrada diaria y era feliz. Ahora no escribo una entrada diaria y no soy feliz. Eso es verdad, aunque este tipo de felicidad sea una felicidad vana. Usted me entiende.

Recojo muchas notas a lo largo de la semana. Notas sobre quienes me rodean. Notas sobre pensamientos y exabruptos, ideas para una nueva educación, planificaciones de estudio (ahora estoy con Galdós, tema 59), ideas para una novela que nunca escribiré y asuntos de variopinta naturaleza, como guardias de recreo, criterios de evaluación o citas tales como “ridícula pedantería libresca” (a propósito de Calisto, el de Melibea). También tomo notas sobre como sube y baja el IBEX-35 y lo poco o mucho que repercute en lo poco que hay en un fondito de inversión. Vida, en general. Nunca se sabe si andamos sobre simientes o sobre residuos, decía A. de Musset.

Pero si hoy he abierto este editor, es para escribir sobre qué plan de lecturas me he propuesto para este curso. Y será un plan austero, entre otros motivos porque voy a tomar como lema “Rechaza la sed de libros”. Y les explico.

Estoy releyendo El trabajo intelectual, de Jean Guitton[2]. Un libro que no estaba marcado, ni subrayado ni trabajado. Lo leí hacia el 2000 o así. Y claro, puse remedio. Comencé su relectura en agosto con un lápiz bicolor. Empecé releyendo la segunda parte a finales de agosto y comencé la primera ahora, en septiembre. Nunca había invertido el orden de lectura de un libro, pero este me lo permitía. Ahora no recuerdo las razones del porqué lo hice. Anoche llegué al capítulo VI, que se titula “La lectura como enriquecimiento de sí mismo”. Me gustó tanto la cita con la se abría, que transcribo la primera página del capítulo completa:

“‘Rechaza la sed de libros –dice Marco Aurelio–, para morir no con lamentos, sino con serenidad’.
Es curioso observar los convencionalismos que aceptan los hombres cuando hablan de sus lecturas.
Al oírles, se diría que han leído todos los libros que se les nombra: los escritores clásicos (por supuesto), los recientes ganadores de premios, los libros extranjeros. Sin embargo, el cálculo demuestra que la capacidad de leer es pequeña, excepto en aquellos cuya profesión es la crítica y que saben apreciar el contenido de una obra solamente con hojearla. Suprimid de la vida humana los trabajos, las preocupaciones, los cuidados del cuerpo y del mundo, los viajes, los accidentes, queda poco tiempo para la lectura. El que hubiera leído diez libros al año y hubiera hecho esto durante medio siglo no habría conocido nada más que una ínfima parte de lo que contiene la biblioteca más pobre de su ciudad. Y contar con diez libros bien leído en un año, ¿es acaso demasiado? Y, quizá, este lector regular, al cabo de treinta años, ¿no preferiría releer los libros que le habían gustado en su juventud en vez de coger otros nuevos?

Jean Guitton en el capítulo VII de El trabajo intelectual.

El texto sigue hablando sobre “saber detenerse” y “tener libros de cabecera”. El capítulo entero es una magnífica reflexión en torno a la necesidad de leer para conocer el sentido de la vida y de las vidas de los que nos rodean “y que el embrutecimiento de lo cotidiano nos esconde”. Pero leer detenidamente, ese va a ser el plan de lectura para este curso. Por un fin: “En el fondo, el arte de leer bien, consiste en componer una segunda Biblia para sí mismo, en leer la primera con inteligencia, y la segunda, la nuestra, con nuestra fe”.


[1] Rafael Sarmentero cose las ideas y los pensamientos que recoge en su cuaderno y muestra el resultado en su blog cada cierto tiempo en piezas como “Esto no es un juego”. Diamantinas, por cierto.
[2] Publicado en Rialp en 1999 aunque el texto original apareció en 1951 en Editions Montaigne, de París (enlace afiliado)

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Es suficiente que seamos conocidos por Dios

Hace una semana recibí de la Abadía de Silos tres libros: una novelita sobre la monja Hildegarda, el Elogio del silencio, de Anselm Grün y El libro de las Horas, de Thomas Merton. Hoy el post va de Merton y va de Merton porque no quiero perder el texto que he leído esta mañana mientras tomaba el primer café. Qué mejor lugar para guardarlo que este blog donde soporto todos los tropos que la existencia me depara.

¿Quién me descubrió a Merton? Pablo D’Ors. ¿Dónde, cómo? En la sección “Recursos para la meditación” que tiene en la web Amigos del Desierto. Leer a Merton sosiega. Da igual la hora del día, estés sano o enfermo, triste o alegre. Merton suscita mucha paz y alegría interior por lo que si estás triste, leyéndole, abres una posibilidad de estar alegre.

El texto que transcribo está incluido en la sección de la mañana del viernes de este peculiar libro de las horas. Y dice así:

“LECCIÓN
Es verdad que la sociedad materialista, la llamada cultura que ha nacido bajo las tiernas misericordias del capitalismo, ha producido lo que parece ser el límite extremo de esta mundanidad. En ninguna parte, excepto acaso en la sociedad análoga de la Roma pagana, ha habido nunca un florecimiento tal de lujurias y vanidades baratas, mezquinas y repulsivas, como en el mundo del capitalismo, donde no hay mal que no se fomente y estimule por hacer dinero. Vivimos en una sociedad cuya política entera consiste en excitar todos los nervios del cuerpo humano y mantenerlos al más alto punto de tensión artificial, para llevar todo deseo humano al límite y crear tantos deseos nuevos y pasiones sintéticas como sean posibles a fin de abastecerlos con los productos de nuestras fábricas e imprentas, estudios de cine y todo lo demás.
Independientemente de lo que suceda, me siento cada vez más unido a quienes, por todas partes, se entregan a la gloria de la verdad de Dios, a la búsqueda de valores divinos ocultos entre los pobres y los marginados, al amor a esta herencia cultural sin la cual no se puede estar sano. El aire del mundo está contaminado de mentiras, hipocresía, falsedad; la vida es corta y la muerte se acerca. Tenemos que entregarnos con generosidad e integridad a los verdaderos valores: no hay tiempo para la falsedad y las medias tintas. Pero, por otro lado, no es necesario que obtengamos grandes éxitos y ni siquiera que seamos famosos. Para nuestra integridad, es suficiente que seamos conocidos por Dios. Si lo que hacemos es puro a Sus ojos, servirá para la libertad, la iluminación y la salvación de Sus hijos en todas partes”.

El libro de las horas, de Thomas Merton (Sal Terrae, 2009)

1. Web de la tienda de la Abadía de Silos con los títulos que adquirí.
2. Recursos para la meditación de la web Amigos del Desierto de Pablo D’Ors.
3. Ficha del libro de Merton El Libro de las Horas.

Bernardo Munuera Montero
Apartado de correos nº 119. 23080. Jaén
Canal Telegram de Soporto Tropos, de reciente creación: https://t.me/blummblog

No elogies a nadie antes de oírlo hablar

Cuando se agita la criba, quedan los desechos; así, cuando la persona habla, se descubren sus defectos. El horno prueba las vasijas del alfarero, y la persona es probada en su conversación. El fruto revela el cultivo del árbol, así la palabra revela el corazón de la persona. No elogies a nadie antes de oírlo hablar, porque ahí es donde se prueba una persona.

Libro del Eclesiástico 27, 4-7

Editoriales ayunas de todo criterio y sin garantía literaria

Olivia es una alumna que lee más que sus compañeros. Además, sigue con cierto interés las clases de Lengua y Literatura de segundo de bachillerato en la Escuela de Arte José Nogué. Se pinta las uñas de negro y escribe sonetos con un bolígrafo bic. De vez en cuando se le escapa un pareado, pero da igual, no cuenta para la nota. Estos datos, como habrán supuesto, son innecesarios, pero quiero que me crean: se llama Olivia, de verdad, de verdad. Olivia Lorca, Lorca es su apellido de mentira.

Olivia me quiere y yo la quiero, pero por otros motivos. Ella me quiere porque soy su profesor de Literatura y yo la quiero porque aparece en clase con textos sugerentes, descocados que a mí, en alguna ocasión, me han revuelto loco. No sé de dónde los saca ni cómo da con ellos. Por eso le pregunté por ellos el otro día y me contestó que de Instagram, pero yo no le creo. Después de una sonrisa me lo reveló: “De Twitter, profesor”. Vale, ahora sí le creo. Le preguntaré otro día cómo da con tan valiosos hilos azules en Twitter. Olivia tiene 18 años y se pinta las uñas de negro.

Así que, presentada Olivia, resta presentar el texto que me trajo. Es de Lorca. Me vino muy bien, porque íbamos a empezar el tema del teatro de principios de siglo hasta 1939 y fue, desde luego, un texto pertinente. Y si no, lean:

Un teatro sensible y bien orientado en todas sus ramas desde la tragedia al vodevil, puede cambiar en pocos años la sensibilidad de un pueblo […] Yo oigo todos los días, queridos amigos, hablar de crisis del teatro… Mientras que actores y autores estén en manos de empresarios absolutamente comerciales, libres, y sin control literario ni estatal de ninguna especie, empresas ayunas de todo criterio y sin garantía de ninguna clase, actores y autores y el teatro entero se hundirá cada día más sin salvación posible… […] El teatro se debe imponer al público y no el público al teatro. Para eso autores y actores deben revestirse, a costa de sangre, de gran autoridad […] Al público se le puede enseñar -conste que digo público, no pueblo-; se le puede enseñar porque yo he visto patear a Debussy y a Ravel hace años, y he asistido después a las clamorosas ovaciones que un público popular hacía a las obras antes rechazadas. Estos autores fueron impuestos por un alto criterio de autoridad superior al del público corriente, como Wedekin en Alemania y Pirandello en Italia, y tantos otros.

–Lorca
Página de Los Reconocimientos de Gaddis donde se escribe Los Reconomientos, libro editado con criterio literario

Este texto, además, me servía para fijar más argumentos contras las hordas Defreds y revelar que no es artista quien se pliega a los gustos de público. Valle, por ejemplo, perdió la cuenta de las veces que desechó cambiar sus obras para que fuesen representadas. Así, y por eso, escribió lo que le daba la gana. Así, y por eso, sigue representándose con éxito en 2019. ¿Qué, fue, por el contrario, de Benavente?

Con este texto también presenté a Ben Marcus. El texto también era un argumento contra mi particular cruzada contra las editoriales ayunas de criterio literario, contra esas editoriales que se vendieron al público y al mercado, claro; no saben imponer a ese mismo público cierta autoridad literaria.

Gracias, Olivia. Feliz día de Andalucía.

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En la magia secreta de las palabras que no es palabrería

Utilizo folios blancos para escribir estas entradas; y las futuras. Desde hace un tiempo procuro escribir mis textos primero en papel y con pluma. Literal. Romántico. Después los transcribo con la ayuda de algún editor de texto. Desde que tomé esta decisión escribo más, pero publico menos en el blog y en general.

Tampoco escribo tanto, soy un exagerado. Lo que aparece aquí es la destilación de un texto original que fue antes en una página blanca con propaganda detrás. Si comparo lo que produzco con ordenador y lo que escribo a mano, con pluma y papel, reconozco que hay una gran diferencia. Lo manuscrito tiene menos ganga, vale más a mis ojos; mucho más. Por eso voy a continuar este camino porque intuyo al final mi paraíso.

Estoy leyendo las memorias de González-Ruano, en Renacimiento. Encontré un pasaje que me sentó. Dice así: “He encontrado siempre inaguantable y superior a mis fuerzas hacer un esquema o un proyecto de nada. Ni en la vida ni en los libros, ni en un simple artículo he sabido bien nunca lo que iba a hacer. Me he metido en las cosas ‘a lo que dieran’, confiado en la inspiración que acuda, que no es lo mismo que en la improvisación aunque se le parezca, y en la magia secreta de las palabras que no es palabrería”.

Hay quien toca un instrumento de oído. Es la primera analogía que se me ocurre para preguntarme si también se puede escribir de oído, como nos demuestra González-Ruano. Parece que sí. Y prosigue: “[…] Si hubiera construido un esquema, un plan previo, me hubiera creído que ya estaban escritas y me habría horrorizado empezar otra vez por el principio”.

Y me remata cuando leo que “pienso seguir escribiendo dentro de una intención, claro está, cronológica, lo que vaya recordando, y unas cosas arrastrarán, supongo yo, a las otras, y entre ellas completarán un todo”.

De todas las declaraciones que hace César González-Ruano en torno a su proceso de escritura, tengo que destacar la que más me ha sorprendido: “Escribir deprisa, no porque tenga prisa, sino miedo a aburrirme, y no corregiré –casi nunca lo hice– ni he de volver sobre el original por otro miedo: el de que no me guste y lo rompa”.

Destilando

Me fulmina, sí, me fulmina de esta manera tan rotunda cuando hace desaparecer del horizonte de su quehacer lo que a mí me paraliza cuando escribo con el ordenador: al censor, al corrector de estilo que alimento cuando escribo así. Esta es una de las causas por las que quiero persistir en esta forma de nueva escritura, más lenta, pausada, manuscrita. Por eso adoro escribir con máquina de escribir y no con ordenador.

Qué fácil resulta, ahora que dedico todos los días un rato a escribir a mano, hilar y coser texto hasta la transcripción final con el editor de texto y el ordenador enchufados.

Es la única forma que me ha demostrado que puedo escribir muchas palabras por día. Es la única forma que me ha permitido controlar por fin, al corrector interno, al censor exacerbado y en presente. Era la única forma que he encontrado de no ver mi escritura como una diarreíca.

Estas líneas me ayudan hoy a dar forma a esa masa informe y diaria de pensamientos y silencio escrito. Lo que no negaré es la inigualabre impronta que queda marcada en estos nuevos textos.

Desconozco cuánto tiempo aguantaré escribiendo así todos los días, pero he de significar que escribir así, de manera manuscrita, procura tiempo para escribir; aparecen ante ti minutos con los que no contabas. No sé cómo sucede. Cuando escribía de manera digital, doy fe: no sucedía. Quizás tenga razón Chejfec en Últimas noticias de la escritura cuando atiende así, en este trozo de texto; parece que todo consiste en el ansia de realidad y eternidad que guardamos en el fondo de algún sitio: “La escritura material permanece como lo inscripto en la realidad, en los objetos ciertos, y como tal exhibe o preanuncia su caducidad”.

¿Qué es el hombre sino un viaje caduco? ¿Qué es la escritura material sino un anhelo de inmortalidad?

Me gustaría que te cansases haciendo lo que te gusta

Primero lees:

¿Cómo empieza con un nuevo libro?

Empezar un nuevo libro es desagradable. Estoy totalmente inseguro acerca del personaje y el aprieto en que se encuentra, y debo empezar por un personaje en su aprieto. Peor que no conocer tu tema es no saber cómo tratarlo, porque en última instancia todo se basa en eso. Redacto comienzos y son terribles, una parodia más o menos inconsciente de mi libro anterior más que la escisión de este, que es lo que deseo. Necesito algo que me conduzca al centro de un libro, un imán que lo atraiga todo hacia él; eso es lo que busco durante los primeros meses cuando escribo una obra nueva. A menudo he de escribir un centenar de páginas o más antes de conseguir un párrafo que tenga vida. “De acuerdo –me digo–, este es tu comienzo, empieza aquí: este es el primer párrafo del libro.” Reviso los primeros seis meses de trabajo y subrayo un párrafo en rojo, una frase, a veces no más de una línea, que tiene vitalidad, y entonces mecanografío todos esos textos en una página. Normalmente no suele dar más de una página, pero si tengo suerte, ese es el comienzo de la primera página. Busco la vivacidad y establezco el tono. Tras el espantoso comienzo, llegan los meses de juego incontrolado y, despues del juego llegan las crisisi, el enfrentamiento con el material y el odio al libro.

Philip Roth a Herminone Lee en ¿Por qué escribir?, páginas 181 y 182

Después lees esto otro:

¿Hasta qué punto tiene el libro en la cabeza antes de empezar?

Lo que más importa no está ahí. No me refiero a las soluciones de los problemas, sino a los mismos problemas. Cuando empiezas buscas lo que se te va a resistir. Buscas dificultades. En ocasiones, al comienzo la incertidumbre surge no porque la escritura sea difícil, sino porque no lo es en grado suficiente. La fluidez puede ser una señal de que nada sucede; de hecho, la fluidez puede ser la señal para que me detenga, mientras que estar en la oscuridad entre una frase y la otra es lo que me convence para seguir adelante.


Philip Roth en ¿Por qué escribir?, página 182

Los subrayados son míos. Es entonces cuando tuiteas:

Si Roth tiraba y desechaba 100 páginas para obtener ¡el primer párrafo! de algunas de sus novelas… [Complete la condicional al modo de “If I were rich man…”]— blumm (@blumm) 13 de enero de 2019

Roth te demuestra por qué no escribes. No puedes ser escritor si no te sientas durante horas, horas y horas a entretejer oraciones, frases, artilugios que sobrevuelen el lenguaje literal, donde el tropo, de cualquier clase, sea un fin. Tienes el otro camino, el camino de la -rragia. Por eso se publican tantos libros de adobe, que se marchitan tan pronto.

Por cierto, hablando de tropos. Ayer compré el ABC Cultural y pegué en el cuaderno dedicado al asunto literario, (sin recortar con las tijeras como se puede observar -¡qué vergüenza!-), esta sustantiva reseña de César Antonio Molina. Tan sustantiva, que he apuntado el libro porque no quiero perderle la pista. Hasta tomé una foto, mirad:

Roth no mentía. De hecho, los escritores que no mienten son los únicos que entran en la Historia de la Literatura. A Valéry le sucedía lo mismo porque a mitad de la reseña puedes leer:

Valéry fue postergando la entrega: cientos de tachaduras, infinitas variantes y reescrituras sin fin. Llega a comentar el autor que su Alfabeto no deja de preocuparle, le ha dedicado mucho tiempo “Dígales que he reescrito la letra E quince veces de quince formas distintas y aún no estoy contento con ella. Paciencia, paciencia.

Reseña de César Antonio Molina a Alfabeto de Paul Valéry. ABC Cultural, sábado, 12 de enero de 2019. Líneas 21-24.

Más adelante hay una frase con la que Vila-Matas sería capaz de pergeñar, plantear y escribir un libro. Huele a Bartleby:

En realidad es una obra acabada desde su inacabamiento.


Reseña a Alfabeto de Paul Valéry en ABC Cultural, sábado, 12 de enero de 2019. Líneas 35 y 36

Todo se resume, hoy quiero hacerlo así, en esta visión de Kafka:

Mi relación para con el escribir y con los hombres es invariable y está basada en mi ser, no en las condiciones temporales. Para poder escribir, tengo necesidad de aislamiento, pero no “como un ermitaño”, cosa que no sería suficiente, sino como un muerto. El escribir en este sentido es un sueño más profundo, o sea, la muerte, y así como a un muerto no se le podrá sacar de su tumba, a mí tampoco se me podrá arrancar de mi mesa por la noche.

Kafka en la carta que le escribe a Felice Bauer el 26 de junio de 1913

A mí me gustaría escribir un libro, una nouvelle, una nivola quizás. Solo hay un camino, por lo menos hay tipos que te lo demuestran: para que lo que escribas merezca la pena, para que brille, tenga un sentido pleno, primero para ti y después para la imaginación de los demás, tienes que dedicarte en exclusiva y con ahínco a la tarea. Hay quien se creó un búnker de escritura, como hizo de Salinger, o a lo que llegó Sherwood Anderson. Lo cuenta Philip Roth:

Que yo sepa solo dos escritores importantes fueron gerentes de fábricas de pinturas: tú, en Turín, Italia, y Sherwood Anderson, en Elyria, Ohio. Anderson tuvo que apartarse de la fábrica (y de su familia) para ser escritor; tú pareces haberte convertido en el escritor que eres por el procedimiento de quedarte en la fábrica y desde allí sacar adelante tu carrera.

Philip Roth hablando con Primo Levi en ¿Por qué escribir?

Algo hay que escribir, amigos. Y pronto. (Preferiría no hacerlo). En todo caso, estas palabras de Gass me alivian:

Why do you write?

I can reply by pointing out that it is very dumb question. Nevertheless, there is an answer. I write because I hate. A lot. Hard. And if someone asks me the inevitable next dumb question. “Why do you write the way you do?” I must answer that I wish to make my hatred acceptable because my hatred is much of me, if not the best part. Writing is a way of making the writer acceptable to the world –every cheap, dumb, nasty thought, every despicable desire, every noble sentiment, every expensive taste. There isn`t very much satisfaction in getting the world to accept and praise you for things that the world is prepared to praise. The world is prepared to praise only shit. One wants to make sure that the complete self, with all its qualities, is not just accepted but approved… not just approved–whoopeed.

William H. Gass en The Art of Fiction No. 65. Interviewed by Thomas LeClair. Issue 70, Summer 1977

Me gustaría que te cansases haciendo algo que te gusta” escribe William Gaddis en la página 200 de Los Reconocimientos.

Imagen de portada de Haggin Museum

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