Crónica de un raudo viaje a Granada para hablar del Conde Lucanor y de libros con selfi incluido

Llegar a Granada. Salí del parking del Violón buscando la luz que reflejaba Sierra Nevada. ¡Nevada a finales de abril! Ya ves si tuvo que llorar el desgraciado de Boabdil, pues no perdió na el pobre; todo, ya ves. Yo no. Yo, lo primero que hice, para acompasar al tiempo que me ha tocado vivir, fue dejar constancia de mi presencia en Granada demostrando que a mí el Flamenco también me iba y cómo no, me importaba. Dejar constancia de que tu sombra y tú no estáis peleados es hacerte un selfi para subirlo a Instagram antes de que el semáforo se pusiera en verde. Mis seguidores tenían que saber que estaba en Granada un sábado por la mañana y que por ese motivo se presentaba ante mí una mañana agradable. Tan agradable tan agradable que me encontré por casualidad con un anagrama de Granada: agradan. Así pues no me quedó más remedio que titular el pie de la foto

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La crítica es, digámoslo así, la policía de la república literaria

La crítica es, digámoslo así, la policía de la república literaria. Es la que inspecciona lo bueno, y lo malo que se introduce en su dominio. Por consiguiente, los que ejercen esta dignidad, debieran ser unos sujetos de conocido talento, erudición, madurez, imparcialidad, y juicio; pero sería corto el número de los candidatos para tan apreciable empleo, y son muchos los que lo codician por el atractivo de sus privilegios, inmunidad, y representación. Meteos a críticos de bote y boleo. Tomad sin más, ni más este encargo, que os acreditará en breve, con la confianza, que os habrá inspirado este curso, arrojaos sobre cuantas obras os salgan al camino, o id a su encuentro como Don Quijote en busca de los encantadores, y observad las siguientes reglas de crítica a la violeta. Primero: Despreciad todo lo antiguo, o todo lo moderno. Escoged uno de estos dictámenes, y seguidlo sistemáticamente, pero las voces modernas y antiguas, no tengan en vuestros labios

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A los veintipocos tuve problemas serios

«Dijiste que ser un tipo normal era una de tus grandes fortalezas como escritor. A mí eso me pareció brillante, pero ¿qué querías decir? Creo… A los veintipocos tuve problemas serios. O sea, los estudios me habían ido realmente bien. La lógica y la semántica y la filosofía se me daban bien. Y tenía el serio problema de creerme más inteligente que los demás. [Un motivo para imitar.] Y pienso que si escribes desde la posición de creerte más inteligente que los demás, acabas o bien siendo condescendiente con el lector, o tratándolo con altanería, o jugando con él, o pensando que el objetivo es demostrar lo inteligente que eres. Y lo que me pasó fue que en esa década pasé por una serie de malos rollos que me hicieron darme cuenta de que no era tan inteligente. Me di cuenta de que no era tan inteligente como creía ser. Y me di cuenta de que muchas otras personas, incluso personas

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