Te has leído 39 libros en 2018

Sí, finalmente fueron 39 y no 38. Los valoré con estrellitas; algunos con “reviews”. Si quieres comprobarlo en mi página de GoodReads, clica sobre alguna de las imágenes. Pero no hay excusas. Me propuse leer más que en 2017 (44) y no lo conseguí. Eso sí, según las estadísticas fueron 8776 páginas leídas. El año que viene Dios proveerá, seas ateo, judío, cristiano o musulmán.

La idea original que me llevó a exponer así lo que había leído me la dio Javier Avilés.

Y aquí, estadísticas de mi año 2018 en libros curiosísimas. Qué bien, GoodReads.

Este no lo pude añadir a GoodReads. Treinta y nueve, pues:

A propósito de Vilnius

Hay quien se conforma con una conversación literaria entre dos tazas de café con azúcar moreno. Hay quien cuenta estas reuniones de una manera espectacular que no es la mía. Yo no sé narrar ni se me espera. Yo leo, e invento antes de irme a la cama las tramas más espectaculares, que se quedan dentro, incluso cuando ya, más adentro de la cama, cierro los ojos y redoblo los esfuerzos para continuar con la historia hasta que el sueño me vence. Ocurre que no escribo nada, por pereza y falta de ilusión literaria. Me conformo con las migajas que caen de la mesa de los epulones literarios. Moríos, leía ayer en un tuit de Pérez Andújar dedicado a Jardiel y que rescato para que fijéis los pies al suelo porque recordad, levitar os hace ridículos. ¡Nadie levita!

Pero esta entrada tenía como fin un subrayado. Mi devoción por Vila-Matas es particular y sabida en mi casa y a la hora del recreo y del ochío. Media balda de mi biblioteca lo demuestra, mirad la fotografía. Es particular porque su literatura es singular y me fascina. No he leído a nadie que encarne de manera tan auténtica y patente la simbiosis entre lo que escribe y lo que revela y demuestra en sus entrevistas (muy fan de ellas). Se comporta como escribe y esto me resulta fascinante en un escritor. Le falta Twitter pero esto es un detalle menor. Ser espectador de una entrevista de Vila-Matas es eso, un espectáculo para este siglo y que demasiados listos y listas se están perdiendo. Saciaos en YouTube. Insisto, fascinante.

IMG_20170219_191140.jpgDecía que esta entrada tiene un porqué. El porqué es que observé en las estadísticas del blog un repunte procedente de Vilnius, el blog de Vila-Matas. Pinché sobre el vínculo entrante y encontré esta entrada de Vila-Matas que exponía un fragmento de la entrada de La manía de leer en la que escribía sobre Marienbad: esta. Este hecho me perturbó porque imaginé que alguien había leído —intuyo que el yo narrativo de Enrique que podía no ser Vila-Matas— mi entrada sobre su libro y la enumeró junto a otras referencias sobre su web. Porque ¡vaya web!: algo único dentro del panorama literario español. No solo se ha inventado —casi de la nada— su propio género literario sino que además ha reinventado la forma en la que un escritor debe significarse en Internet. Su web parece un mundo paralelo a cualquiera de los creados por tipos como Tolkien (es un ejemplo). Por su autorreferencialidad, sus vínculos, sus ¡recomendaciones! (tan magníficas y oportunas) y la armoniosa construcción y encarnación de su literatura. Mi única pregunta, la primera pregunta que le haría a Enrique Vila-Matas sobre su web y su blog es: ¿Los mantenéis vos? ¿La engendra, cambia, publica y lanza solo? O como supongo, es más comprensible, existe alguien (imaginad, ¡un personaje!) que la mantiene (para mí y mi intuición es una mujer —no me preguntes por qué—). Sí, esa sería una pregunta que satisfaría mi curiosidad de fan lector.

Me sentía en deuda y desde aquí, espero que lo lea, se lo agradezco. Gracias, Enrique. Dije en esa entrada algo que siento y que palpo. Es una web ejemplar para media humanidad de escritores. Y estaba en su web cuando no sé ni cómo ni por qué salté a su Café Perec y me percaté de que no había leído su último artículo y que tampoco extraje el libro para esta biblioteca que estoy construyendo: Biblioteca Café Perec. Del último artículo extraje los libros Veinte líneas al díaCigarette de Harry Mathews que ya he comprobado que van a ser difíciles de encontrar. ¿Quién me los presta? Mi primer intento ha sido infructuoso. Es más, quería contarlo en otro sitio que no fuese aquí porque después de leer ese artículo y actualizar Biblioteca Café Perec en el blog he sentido unas irrefrenables ganas de crear un blog muy personal para escribir veinte líneas al día y empezar a dar forma a los colores de las historias que aparecen justo antes, siempre justo antes de irme a dormir, cuando ni sé dónde están los lápices ni los cuadernos, estoy en pijama y muerto de sueño.

Gracias, Enrique, por citar La manía de leer. Que el rico epulón se acuerde de un tipo como Blumm es un placer y un honor.

Y hoy quiero acabar esta entrada insertando una fotografía. La que tomé ayer por la mañana en una cafetería de Jaén. La historia es que tuvimos que visitar la biblioteca porque R tenía libros en rojo, es decir, con plazo vencido. Además el viernes olvidé sacar El año de la peste, de Defoe. Quería con él grabar un vídeo junto al otro libro que refiere otra peste,  Némesis. Puedes suscribirte al canal YouTube para no perderte ningún vídeo. Ayer aproveché y saqué el libro de Coetzee que fue el origen de que leyese a Defoe y a Némesis. El tomo I, que leí y el dos que no lo leí. A ver si multiplicando alguna hora del día resulta su lectura, que va a ser difícil. Y bien, ¿para qué escribo todo esto? Para contar que apareció ante mí Javier Marías. R quería el último cómic de Lucky Luke y decidió invertir su paga en él. Fuimos al kiosko y cuál fue mi sorpresa al divisar, tirado en el suelo, enfrente del kiosko de prensa, a Corazón tan blanco en una edición de Anagrama (hoy habla Alberto Olmos de él). Y es que había estado escuchando y leyendo estos días a Marías, que si su reedición de Corazón tan blanco, que si gracias a él pudo empezar a vivir de la literatura y que allí estaba para mí. Y lo compré por dos euros. Los libros, quedó demostrado, acuden a ti cuando piensas en ellos. Quería contar esta singular mañana que pasé ayer con L y R, mis hijos. Lo demás no os interesa. Pero era sábado, imaginad.

Deseo que sigas disfrutando del poco domingo que te queda, leyendo, ocurra lo que ocurra.

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Las lecturas favoritas de 2016; no es broma

IMG_20161227_164004.jpgCuando llega diciembre, haces memoria. Recorres tu biblioteca con el fin de localizar, de la lista de libros leídos, los libros favoritos del año. Buscas esos libros fenomenales que le han traído a tu imaginación alegrías y a tu vida, por qué no, color. Y te sientas a escribir este post como una rutina anual. Te preguntas por qué lo haces, con qué finalidad y con ganas de qué escribes estas líneas. Y respondes con una simplicidad pasmosa: me gustaría que alguno de los lectores de este blog compre y lea algunos de los títulos sobre los que escribo hoy porque creo que no se va a sentir defraudado. Y no hay más razón que esta: yo he disfrutado y espero que tú también.

Los siguientes libros han conseguido que mi imaginación permaneciera estimulada incluso después de cerrar el libro, mientras el día se gastaba. A eso lo llamo también bienestar. Sin buscarlo, pero consintiéndolo cuando sucedía, alguna secuencia de la novela reaparecía en los momentos más extraños: esperando en un semáforo, paseando por mis calles o escuchando algún programa de música clásica. Libros que habían coloreado mi imaginación son libros que siempre recomendaré, como hago ahora.

El criterio que utilizo para seleccionar una lectura como favorita además de lo que cuento más arriba es sencillo: podría empezar a releerlo mañana. Sencillo, ¿verdad? Pues bien, una vez aplicado ese criterio a cada uno de los cuarenta títulos que he leído en 2016 los que selecciono han sido cinco:

Satin Island, de Tom McCarthy y editada por Pálido Fuego en 2016. Conmocionó mi imaginación. Leída en un solo día. Merece la pena leer la ficha editorial y visitar los sitios donde han escrito sobre ella. Cuando abres al azar esta obra puedes leer fragmentos como el siguiente. Me quedé con las ganas de escribir algo más extenso en el blog sobre ella, para qué engañarme:

Todo, como decía Peyman, es susceptible de ser una ficción; pero el Futuro es el cuento más largo y pesado de todos.

Magistral, de Rubén Martín Giráldez está editada por Jekyll & Jill en 2016. Otra joya. Magistral. Si me preguntasen que diese una razón de por qué elijo Magistral como favorita, diría que por el jugoso juego jodidamente jueno que hace con el lenguaje, trastabillándolo y fabricando con él una semántica espectacular. Forjar ficción así es magistral. Este libro no lo prestaría por nada del mundo. Es el tipo de libro que no quieres perder de vista de tu biblioteca, es el tipo de libro que lo coges fuera de hora, lo abres y te recreas con alguna página. En la ficha editorial, al igual que en el anterior, podéis leer más razones inteligentes. Como aperitivo, este fragmento:

Como mi bravata no era amable, tuvisteis que hacerla pasar por amable amansándola con vuestra lectura de mayordomos. ¡Mira que hay que ser retorcido para hacer pasar una soflama por una obra amable! Hay que reconocer, eso sí, que de esta forma conseguisteis desactivar casi por completo su sentido, y brindasteis con coños para celebrarlo. ¡No! No vale decir que yo soy bueno y decir que el que está a mi lado es bueno y decir que el que está a mi lado es bueno, porque eso es imposible o, como mucho, paraverdad, porque yo no veo a mi lado más que individuos aquejados de corrección, libretistas muertos de miedo de hacer una frase que no se entienda a la primera, copistas locos por evitar la menor arruga en la frente de su dios hipnótico, el lector, el praegustador, el probador de venenos. Al fin y al cabo ése fue el motivo que me llevó a escribir un libelo breve y ambicioso, un masaje de tortura para doscientas y pico personas —¿cuántas más pretendes que te lean?, ¿te van a traducir acaso, galano? No ha nacido todavía el libro que lastime a quien no lo lee, al menos de manera directa, y no creas que no lo siento.

El rey, IMG_20161227_171706.jpgde Donald Barthelme está publicado en Círculo de Lectores en 1996. Acabar el año con este libro ha sido una buena decisión, y una suerte. Lo compré en una feria de libro antiguo porque quería leer algo de Barthelme y una vez comprado había permanecido en ese sitio titulado «libros que quiero leer pronto» hasta este mes. Con un finísimo sentido del humor Barthelme humaniza una divertidísima sátira donde ríes de verdad y donde lo inverosímil del mundo caballeresco juega a los dados con el anacronismo de una guerra mundial. Parodia de nuestro imbécil mundo, rifirrafes que Barthelme construye con este peculiar collage literario. Es su última obra antes de morir. Es otra obra de arte. Como muestra, un fragmento:

Ginebra conversa con el Caballero Marrón.

—El bombardeo ha sido terrorífico —dice él—; hace poco pasé por Londres: hay incendios por todas partes. Están enviando más de quinientos o seiscientos aviones de golpe. Teniendo todo en cuenta, la gente se lo está tomando bastante bien.

—Pero ¿no los bombardeamos nosotros también? —pregunta Ginebra.

—Sí —dice el Caballero Negro—, estamos utilizando Wellingtons, Hampdens y Halifaxs contra sus ciudades. Pero las pérdidas son elevadas. Alrededor del seis o siete por ciento en cada incursión. Lo que está muy cerca de lo inaceptable.

—¿Qué es inaceptable?

—Nunca se explicita qué es inaceptable —dice el Caballero Marrón-. Depende, sabéis, de la situación. La situación puede requerir que un día se declare que lo que es aceptable es más importante, ¿me seguís?, que lo que había sido previamente inaceptable. Una trampa en la que no se quiere caer. Por esa razón utilizamos la fórmula «muy cerca de lo inaceptable».

—Un modo espantoso de hacer la guerra —comenta Ginebra—; prefiero sin duda el viejo estilo.

—Estoy de acuerdo —dice el Caballero Marrón—; la guerra debería dejarse en manos de los guerreros, es decir, en nuestras manos.

—Ésa no es la razón —replica Ginebra—, sino que vos, caballeros, estáis siempre perdiendo el tiempo por los bosques haciéndoos trizas a mamporros. Carecéis de sentido para planear a largo plazo y también sentido de estrategia.

—Es nuestra tradición —dice el Caballero Marrón—; es así como conseguimos acumular fama y respeto.

—Más a mi favor —afirma Ginebra; y admito que me gusta ver un golpe bien dado en el yelmo o una estocada hasta la ingle tanto como a cualquier otro. Pero en estos tiempos, ese tipo de comportamiento, como se dice vulgarmente, no corta el bacalao. ¿Qué es hoy un caballero a caballo, por más competente que sea, frente a seiscientos aviones que bombardean con precisión?

—Son cualquier cosa menos precisos —dice el Caballero Marrón—. Causan muchos daños, en efecto, pero no son precisos. Destrozan la tetera y no aciertan en el depósito de petróleo.

—¿Es eso cierto?

—Totalmente cierto. En una época fui piloto. Lo dejé porque, aunque el combate aéreo individual conserva algunos de los atributos de un combate caballeresco, no es lo mismo. Una ametralladora no es una arma atractiva.

Ginebra en la cama con el Caballero Marrón.

—Maravilloso —dice la reina—, el mejor con mucho de todos los que he echado.

Me llaman capuchino, de Daniil Jarms, editado por Automática Editorial en 2012. En una entrada del blog escribo sobre esta obra singular de la literatura. La potencia abruma. Cuánto oxígeno para la imaginación. Una obra que considero «metro» para medir libros de relatos. Muy sorprendido me dejó este descomunal Jarms. Algunos fragmentos, como he señalado, están en este post, que os invito a leer.

El arte de la memoria, de Frances A. Yates, que fue editado por Siruela en 2005. Cuando no existía el papel, cuando no existía ni el lápiz y el papel era necesario recurrir a la memoria. El libro es un recorrido desde que el poeta Simónides de Ceos, quinientos años antes de Cristo, recurriera a la asociación de imágenes y lugares para recordar dónde se habían sentado los comensales en un palacio después de un terremoto. Y de ahí a la Edad Media, la imaginería, los tratados de memoria, don Santo Tomás de Aquino, El Teatro de la Memoria de Giulio Camillo, el Renacimiento veneciano, el lulismo, Giordano Bruno, el ramismo, Robert Fludd y el método científico en el arte de la memoria. Sí, es un soberbio ensayo que me embelesó sobre todo en su primera parte. Este libro entró en mi esfera lectora porque le leí a Coetzee que contaba que el escritor Gerald Murnane fraguó su propio sistema de memoria a raíz de la lectura de este ensayo allá por 1966. Este detalle hizo que entrase pronto en mi lista de próximas lecturas, y entró; además, estaba en la biblioteca pública. Considero comprarlo y tenerlo en casa. Es un gran libro, un libro favorito, como los cuatro anteriores, para tomarlo de vez en cuando y sentarte en el sillón con él. Escribí un divertimento sobre él a raíz de un tuit de Inés.

El hombre no puede entender sin imágenes [phantasmata].

Y hasta aquí la lista de los libros favoritos de 2016. Las fotografías, además de ilustrar el post, me servirán para el fondo de pantalla de la única red social que me sirve: Twitter. Se quedan cerca otros libros, pero una lista, tiene que ser una lista sincera.

Feliz Navidad.

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La herida se mueve, de Luís Rodríguez

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Impresionar a la imaginación, y de eso va la literatura.

Introducción

Con este libro me entretuve más de la cuenta porque llegaba dedicado y era una responsabilidad, hasta la fecha desconocida, escribir sobre un libro que te dedican, aunque sea en el décimo séptimo lugar: «a Bernardo Luis Munuera». Hubiese sido más corto escribir «Blumm», amigo; pero eso ya da igual.

Me lo he leído tres veces. Era una responsabilidad muy grande que te dediquen un libro y que solo lo leas una vez. Era ir de pobres. Por ese motivo me lo leí tres veces en tres meses distintos. La última, con este archivo en Word abierto.

La obra de la que hoy escribo es una novena.

Al abrirlo tropiezas con un adverbio que es esa clase de palabra cuyos elementos son invariables y tónicos y que están dotados generalmente de significado léxico y modifican varias categorías, principalmente a un verbo, de un adjetivo, de una oración o de una palabra de la misma clase. Y qué ilusión me provocó tropezarme con mi adverbio favorito: «quizá». No es frecuente tropezar con adverbios al abrir una novela y por eso cuando comienzas la lectura del libro que empieza «tropezar con un adverbio no te cambia la vida; no es una calamidad, no hay daño, ni resiste comparación con un derrame o una pérdida, o contar azulejos blancos desde el suelo hasta el techo, dos veces, en la consulta del hematólogo, remordido porque es una estupidez hacer eso y no darle otra intensidad a estos instantes cuando sabes que, dentro de un momento, entrará el médico y te dirá, con voz hermosa, si tienes cáncer».

Y efectivamente, queda escrito: la diferencia entre dos escritores es un tercero: este —yo ya no los tildo— que escribe un «quizá» hiperbólico.

Uno de nueve. Mauro y Celia abren el telón. Mauro piensa en Descartes cuando se baña y habla con Estanis que cuenta en un bar, sin vergüenza, de qué color son los decorados de su intimidad. Estanis, ese tipo que decidió publicar Los contrarios para detener la hemorragia de frases y que le preguntó a Mauro, que se fue de casa con su quizá, que qué piensa del escritor que es capaz de arrojar una rana viva al fuego para acumular material narrativo. Aquí, en este preciso momento, subrayé en el libro la siguiente frase: «Mauro lee Los contrarios de un tirón», a la que añadí: «título del post». Finalmente no. Me detengo en la capacidad del hombre para ser engañado. Así Mauro paga tres mil pesetas para… tendrás que leerte el libro si quieres deshacerte de las pelusas que genera un cerebro cuando no piensa, aunque aquí hubiese quedado mejor el verbo «carburar»; los cerebros carburan. Lee Los contrarios, hazte un favor.

Dos de nueve. Muertos y entierro. No te asustes. Recuerda: «La distancia desde uno mismo hasta un muerto se puede medir en metros». Aparece Genaro, que es otro y de Aurora. Idelio también, que es un personaje que en la novela presume de haberse acostado con nueve mujeres. Joaquín, zapatero, Rosendo, Plácido, Bernardo Tea, y Ricardo, el de las hostias a Claudio. Que me reí cuando lo leía. Tomasa también, aunque ella no estuvo en la escena donde dos personajes juguetearon con la escena de la cocina donde El cartero fue Nicholson. La risa de este capítulo llega: «sólo quiero tres latas (de atún) cada vez que nos acostemos». De extraterrestres, Benito, de extraterrestres.

Tres de nueve. Habland de Dios. Genaro se tira todo el capítulo visitando a Benito, el suplantado. Imaginación. No ha libro con más imaginación materializada que este, que del libro sobre el que estoy escribiendo hoy. No ha, repito, ¡no ha! Porque hay una forma llena de escribir libros, decía el otro día en Twitter y es esta, la de escribir un libro centón, rebosante de imaginación.

Cuatro de nueve. No eligió empezar con el estilo indirecto libre. Mauro es el narrador aunque le de asco el sexo, el sexo con Celia, su mujer. Genaro mientras, atraca un banco. Aquí, en cuatro de nueve el tema resurge. El amor y la naturaleza de las relaciones donde ni la pasión ni los guiños ni las ingles.

Cinco de nueve. Más amor en cámara frigorífica. Surreal. Tintes surrealistas como de Artaud. A mí que me gusta más Artaud que una metáfora bien hecha. Concha aquí compra manzanas con algoritmos en movimiento. A Dios no puedes educarlo pero sí puedes citar a Dürrenmatt y convertirte en Dios por eso. Justo ayer, después de leer un discurso de Torrente Ballester (Acerca del novelista y de su arte) descubrí quién fue este tipo. Pues resulta que el autor del libro que estoy hablando ha leído El juez y el verdugo, libro que ha entrado en una lista de lectura, en mi lista de lectura particular y privada porque dicen que es novela negra en el país de Heidi. Pero retomemos esta entrada, y este libro. Vamos por el quinto «capítulo», aunque no existan capítulos propiamente dichos sino conversaciones en la calle Virgen de la Fervorosa, 16, de Baeza (¡Que existe!).

Seis de nueve. Mañana.

Siete de nueve. Lee.

Ocho de nueve. Lee.

Nueve de nueve. Lee.

Lee La herida se mueve de Luis Rodríguez, y sopla las pelusas de tu cerebro.

Mañana ha de llegar; sí, para releérmelo otra vez.

Impresionar a la imaginación, y de eso va La herida se mueve. Compra, lee, sopla, sopla, resopla.

Bernardo Munuera Montero
Apartado de correos nº 119. 23080. Jaén
Canal Telegram de Soporto Tropos, de reciente creación: https://t.me/blummblog

«Los libros proceden de los libros» (Resumen semanal)

«Los libros proceden de los libros» afirmaba en la página 26 de este discurso Torrente Ballester. Esa frase me ha marcado. Un ejemplo, un resumen, mi semana.

El lunes 7 recogí del apartado 119, 23080 de Jaén El maquinista y otros cuentos, de Jean Ferry. Quiero empezarlo pronto, y colarlo (la pila anexa está compuesta por los libros que quiero leer algún día):

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El martes 8 anoto un pensamiento casi insulso, pero pensamiento, al fin y al golfo:

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El miércoles 9 descubrí la palabra «jitanjáfora». Compuse un post extraño: Zumbra ulalibre salumbra jitanjáfora:

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El jueves 10 machaqué un texto titulado Amante desesperado del premio y obstinado en amar de Quevedo que encontré en este libro. Alucinante. Me lo estoy aprendiendo de memoria. A ver cuánto me dura:

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El viernes 11 por la tarde, antes de irme a la biblioteca infantil con R., me enviaron el vídeo de un tipo que no trabaja en un fayado sino en un búnker; es Talese, Gay Talese: A Man of Record. No he leído nada de Talese. Quiero leer algo de Talese. Acepto recomendaciones. Gracias. Muchas gracias. Dios os bendiga a ti y al escritor que me descubrió el vídeo, don Sarmentero.

El sábado 12 descubrí por qué casi nada de lo que hoy escriben los escritores permanece; no saben escribir con brío, ni con imágenes que embistan a la imaginación, ni con metáforas refulgentes. «Lo que inmortaliza un texto es lo que escapa al análisis» dice el Traductor de Shakespeare: El estilo a salvo.

Ayer sábado también le hice una foto a una de mis bibliotecas, recién aseada y recién ordenada (ubiqué libros desde unas baldas a otras). A R. no le gusta que haya libros en la parte superior de la biblioteca pero le he dicho que la Historia debe dominar la vida de un hombre, y la Filosofía la de la mujer; y cómo no un cómic de Superman del setenta y tantos ahí arriba, separando la Historia de la Filosofía; y Dios, y Bla, Bla… R. se resigna y se va al dormitorio para continuar leyendo Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York.

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Con el café del sábado me entretuve en capturar algunos fragmentos para mi recién inaugurado archivo de recortes (hubo un tiempo en que los quemé todos pero ahora que escribo más…): quiero un búnker como el de Talese aunque no escriba como Talese. El primero de los fragmentos procede del artículo que sobre Ferlosio publicó el ABC Cultural el sábado por la mañana. Nunca hay que escribir deprisa, Ferlosio nunca escribía deprisa. Después de leer el artículo reconozco la intención fuerte y abrasiva que «tengo de querer leer» Ensayos I. Altos estudios eclesiásticos si el presupuesto de abril da de sí:

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Y el segundo fragmento capturado pertenece a la reseña que hace Ángel Basanta de Marienbad eléctrico, de Vila-Matas. Ojalá dé de sí el presupuesto de abril, ¡pardiez!, que ¡por textos audaces como este avanza el arte de la narrativa!

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Y hoy domingo, día 13 y del Señor, me he pasado el día —o lo que viene a significar el término «día» un día como un domingo— rematando un informe de lectura que entregaré mañana, día 14. Un original que está bien, que se lleva un seis o un siete global pero que vale más para ser un bestseller que para configurarse en un longseller. Como casi todo lo que escribís hoy, artistas. Lo expondré sin datos de autor y obra en la sección informes de lectura. Para vuestro uso y disfrute, editores.

Buenas tardes. Disfruten de la próxima semana.

 

Uno de los altares de Javier Avilés

Portnoy es Javier Avilés, autor y editor del blog El lamento de Portnoy, título que da título a una obra de ROTH, Philip, que no he leído, o creo recordar que no la he leído aunque el libro haya estado durante un par de décadas en casa de papá y mamá (esa edición de Bruguera era mortal).

Portnoy me envía la fotografía que encabeza el post y que él ha definido como el altar que le tiene hecho a Roth, Philip. Gracias, Javier. La cicatriz que algunos autores dejan cuando los lees dura para toda la vida. Como cuando leí Patrimonio, que me hizo llorar cuando lo terminé. Avisado quedas.

Gracias, Javier. Quiero ver tantos altares como dioses tengas.

Más «suffering», «struggle» y «overcoming» en las novelas

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Hoy escribo la entrada prometida tarde porque me entretuve con Bollinger. Estoy frente a mis libros, parte de mi biblioteca. Ver fotografía. Estoy de pie. Miro al azar. Los libros hablan, incluso así dispuestos. Miro, por ejemplo, el de Eduardo Laporte, Luz de noviembrey que recomiendo. Otro de Jarry, otro que no he leído pero que llevo detrás de él meses: Relatos inéditos de Hemingway. Diarios de Kafka, de obligada relectura. Thomas Mann, Curzio Malaparte, Coover, Julián Ríos, Hamsun y Hamsun. Gombrowicz, Malouf y Leyner. Jack Green y su insobornable Despidan a esos desgraciados, James, Henry. ¿Qué será de estos libros dentro de cien años? ¿A quién le aprovecharán? ¿Los comprarán algunos de vuestros nietos en librerías de viejo? ¿De Vigo? ¿Por qué para que un libro sobreviva en el tiempo tiene que desprender lástima, temor y «catarsis»? ¿Por qué los buenos no narran lo que por desgracia abunda hoy: «pretty boring lives» televisivas? Sucede, eso es lo que sucede. Muchos escritores narran y escriben con las campanadas de las últimas series y sucede lo que se escribe: diálogos, vidas dulces sin conflictos existenciales, sexo o mucho sexo, ideología literaria y libros que surgen como el moho. Con pasar un trapito… Pero sí, los mejores ingredientes siguen siendo el suffering, struggle and overcoming. 22.21 h